Hace casi dos años escuché de labios de mi mujer una frase que nunca podré olvidar: Vives de una forma tan predecible que me tienes aburrido. Aunque Lucía pensaba que nuestra vida era monótona, yo me sentía feliz en ella. Me levantaba temprano cada mañana, tomaba un desayuno ligero, hacía unos estiramientos y me vestía para ir al trabajo. Lo primero que hacía era ayudar a Lucía a prepararse para su jornada, ya que ella salía antes, y solo después me encargaba de lo mío. Siempre preparábamos la comida en casa; le metía el bocadillo en el tupper tanto a Lucía como a mí. De camino de vuelta, todas las tardes, pasaba por el supermercado y al llegar cocinaba, recogía y ponía la lavadora. Antes de dormir veíamos una película y directo a la cama.
Me sentía seguro de que todo estaba bien. Lucía bien cuidada y alimentada, la casa limpia y acogedora, ¿qué más podía pedir? Los sábados hacía siempre una buena limpieza, horneaba algo dulce y cocinaba un poco. Por la tarde nos reuníamos con algunos amigos, ya sea en nuestra casa o por el centro de Madrid. Los domingos eran para visitar a la familia: pasábamos medio día con los padres de uno y luego con los del otro, ayudando en lo que hiciera falta y disfrutando del tiempo juntos.
Por la noche, el descanso en casa nunca faltaba. Nunca discutíamos ni alzábamos la voz. Reinaron la calma y la armonía en nuestro piso durante años. Sin embargo, llegó ese día en que mi mujer soltó que se sentía aburrida conmigo. Pasó horas hablándome, diciéndome que no era feliz y comparando nuestra vida con la de sus amigas, todas ellas siempre de fiesta y disfrutando a tope. Nosotros ni siquiera discutíamos, según ella. De repente, esa tarde, cogió y se fue.
Yo estaba completamente a gusto con cómo vivíamos y no sentía la necesidad de cambiar nada. Pero, por amor a Lucía, estaba dispuesto a lo que fuera, incluso reinventarme. Decidí empezar cambiando por fuera: doné ropa de mi armario y fui de compras, gastando lo que teníamos ahorrado para una casita en la sierra en prendas nuevas. Me corté el pelo, me cambié el estilo. En resumen, me propuse no verme aburrido. Al poco tiempo, busqué un trabajo diferente. Dejé el clásico empleo de oficina para empezar a organizar eventos y celebraciones. Así conocí un mundo plagado de planes y experiencias originales.
A la semana, cuando Lucía volvió a casa, no daba crédito con mi cambio. Le prometí una vida diferente, sin rastros del pasado. Y así fue. Apenas estábamos en casa: no parábamos con los viajes, los nuevos conocidos, los planes espontáneos. Todas las noches íbamos a algún club, restaurante, bar, fiestas en casa de amigos, lo que surgiera. Algunos fines de semana improvisábamos excursiones, ya fuera a Valencia, Bilbao o algún pueblo costero; montábamos en bicicleta, remábamos en un kayak o hacíamos camping.
Tras unos cuantos meses de ese ritmo trepidante, Lucía empezó a decirme que echaba de menos la paz y la tranquilidad, sentarse en el sofá sin más, los guisos caseros y mis bizcochos. Ahora ya no tenía tiempo ni para mirar la cocina. Me había transformado tanto, que mi mujer ya no sentía mi compañía como antes.
Al cabo de otra semana, Lucía me planteó que no soportaba más esa vida de tanta actividad. Quería volver a las tardes hogareñas, los fines de semana de visita familiar y la comida recién hecha, no sándwiches recalentados o pedidos a domicilio.
La cuestión es que a mí ya no me interesaba volver. Todo ese tiempo intenté con todas mis fuerzas acostumbrarme a los deberes y a la rutina, pero ahora me apasionaba el nuevo rumbo y no deseaba abandonarlo. Antes apreciaba la vida tranquila, hoy no la cambiaría. Esta vez, cuando Lucía pidió recuperar nuestro antiguo día a día, fue el estallido final.
Fue su sueño, pero no lo pude soportar más: platos rotos, los vecinos llamando a la puerta, y acabó escribiendo la policía. Lucía se marchó con sus cosas a casa de sus padres. Tal vez espera regresar y encontrarme como era antes. Pero ya no volveré a serlo. No somos actores de una película, no se puede cambiar de personaje así de fácil. Si vuelve, sobre la mesa encontrará los papeles del divorcio y una nota: Ahora soy yo quien se aburre, y no puedo seguir viviendo contigo.
Hoy, mi mayor lección es que la felicidad, a veces, consiste en asumir el cambio propio aunque el mundo insista en que nada mude.







