Querido diario:
Esta mañana he vuelto a tener otro encontronazo con la vecina, esa Amparo con la que antes compartía tantas cosas. ¡Ni se te ocurra tocarme los cristales! ha pegado un grito desde su corral. ¡Preocúpate por tus propios ojos! ¿Te crees que no me doy cuenta de a quién miras?
¿Pero de qué vas? ¿Es que estás celosa o qué? le he soltado yo, medio sorprendida. ¡Menuda idea tienes de la vida! Ya sé lo que te voy a regalar por Reyes: ¡una máquina para deshincharte los morros!
¿Y por qué? Seguro que te convendría más a ti me ha contestado la tía, tan ácida como siempre. ¿O los tuyos ya no hay artefacto que los deshinche? ¡No te creas que no me entero de nada!
A veces me pregunto en qué momento las cosas se torcieron así. Me he bajado de la cama, con las piernas medio entumecidas, y he ido directa al rincón de las estampas a rezar una oración para empezar el día, como hacía mi madre en la vieja casa de Salamanca. No soy una beata, nunca lo he sido; pero algo tiene que haber más allá, ¿no? Yo al menos quiero tener a ese alguien de mi parte. Ya a mis casi setenta, enemistarse con las fuerzas que son sólo puede traerte problemas, y si acaso no hay nada, tampoco pierdo mucho.
Hoy, como cada día, he añadido unas palabras propias al rezo, por si acaso. El ritual se cumple y el alma descansa un poco más.
En realidad, mis grandes problemas no son ni la política ni los atascos tan socorridos. Lo mío son mis nietos y Amparo, la vecina. Los nietos al menos tienen a sus padres, que les aguanten la tontería y ese desdén por todo. Pero Amparo Ay, con ella no hay remedio; es la campeona mundial de arrancarme el alma a trozos.
En las películas, los piques entre dos artistas hacen gracia. Aquí, en el pueblo, es solo agotador. No ayuda que Amparo haya envenenado hasta los buenos recuerdos; si ahora te busca las vueltas, da igual lo que digas.
Menos mal que todavía tengo a Pedro Romero, alias “Perico el Motillo”, aunque hace mil años que su Derbi está más muerto que vivo en el cobertizo. Perico y yo nos conocemos de toda la vida. Antes salíamos por ahí todos juntos, también con Carmela, mi difunto marido y la mujer de Perico, descansaban ambos ya en el cementerio viejo, y nosotros seguimos buscando compañía en las meriendas de los jueves.
Lo curioso es que en el colegio éramos inseparables: ella, él y yo, como una taza con dos asas. Ahora me parece increíble cómo cambió todo después de que se quedara viuda Amparo. Se volvió agriada, avara y, sobre todo, carcomida por la envidia. Y mira que tenía razones, la pobre: yo, aún con los años, sigo delgada, y ella digamos que pide a gritos un intermediario para encontrarle la cintura. Además Perico, últimamente, se ríe más conmigo que con ella, que a duras penas consigue sacarle dos frases.
Como Perico tiene una chispa que pa qué, últimamente a Amparo todo le molesta: primero que si el baño huele, que si mi wáter está mal puesto. ¡Como si en la aldea las cañerías fueran París! Y yo, claro, no me achico: ¡Hija, bastante tienes tú con esos cristales de oferta del seguro! Si lo bueno nunca lo regalan…
¡No te metas con mis cristales! gritó encendida. ¡Preocúpate de tus pupilas! ¿Acaso piensas que no veo cómo miras?
Y vuelta a empezar con los celos. Yo, por mi parte, le seguía el juego: Mujer, ¿vas a estar así todo el año? Si te veo con la boca tan grande, te regalo la máquina para Reyes.
Guárdala para ti, que lo tuyo ya no tiene remedio, rebatía ella sin dejarme tranquila.
Todo un bucle, así, cada dos por tres.
Al final se quejó ante Perico, quien me dijo, muerto de risa, que lo mejor sería enterrar el baño de una vez… Y así lo hicimos: mis hijos pusieron dinero y reformaron el baño en casa, y Perico, con sus manos de oro, tapó el pozo ciego. Pensé: ¡ahora sí, Amparo, se acabó! Pues nada, que ahora la guerra era por la pera limonera que dice que mis nietos le birlaron las frutas. Lo cierto es que las ramas caían en mi parcela y los críos cogieron unas cuantas como si fueran nuestras.
¡Tus nietos han destrozado mi peral! me acusó seguro.
Pero si ni lo han tocado; tus gallinas sí que me tienen destrozada la huerta intenté defenderme. Pero ella, ni caso: ¡La gallina es tonta por naturaleza! Los niños, en cambio, hay que educarlos, abuela. Y no pasarse el día riendo con galanes.
Total, de nuevo al inicio. Y claro, al final fue Perico el que convenció para podar las ramas que daban a mi terreno: Son tuyas, ¿no? Haz con ellas lo que quieras. Y, ante la mirada de piedra de Amparo, las podó.
Pero a mí también me cansaba lo de las gallinas. Este año ha comprado una nueva raza y todas acababan destrozando los sembrados. Y cuando la enfrenté, sólo sonrió con ese gesto despectivo: Tú misma, a ver qué vas a hacer.
Perico, más tecnológico que nadie en el pueblo, trajo la broma de internet: ¿Y si pones huevos en la huerta por la noche y al día siguiente los recoges delante de su cara?. Y oye, funcionó: Amparo se quedó helada viéndome recoger “los huevos” delante de ella, y ni una gallina volvió a cruzar la valla.
A veces pensé que tal vez, después de aquello, podíamos arreglarlo: Amparo, no hay motivo para seguir enfadadas. Pero no, la cosa no cambió; ahora le molestaba el humo cuando cocinaba en la cocina de verano.
¡Anda ya! Si hasta ahora te daba igual protesté.
Pero yo también llegué a mi límite. Un día, tomando café con Perico, le confesé: Esta mujer me va a comer viva; ya estoy hecha una sombra de tanto disgusto.
Pues se atragantará, que yo no lo voy a permitir me aseguró con una sonrisilla misteriosa. Ya verás
Un par de días más tarde, amanecí con música delante de casa. ¡María, María, sal fuera! gritaba Perico, a los mandos de su motillo recién restaurada. ¿Ves por qué estaba tan triste? Porque no podía sacar a pasear la moto. ¡Venga, que nos vamos a dar una vuelta, como en los tiempos jóvenes!
Y allí me subí, sintiendo que ahora las mayores de 65 somos abuelas guerreras, que la vida empieza de nuevo por muchas arrugas que tengamos.
No tardó mucho en pedirme que me quedara a vivir con él. Ahora soy la señora Romero oficialmente, y Amparo Ella sigue en la casa de siempre, sola, regordeta y más agria que nunca. Sin nadie con quien pelear, dicen que se ha convertido en la fantasma gruñón del barrio.
¿Y yo? Por fin vivo tranquila, aunque aún sueño que un día aparezca llamando a la puerta, lista para otra batalla. En fin, así son las cosas aquí, en un pueblo castellano de los de toda la vida. ¡Quién me mandaría a mí complicarme con tanto baño y tanta reforma!







