¡No quiero otra nuera, así que haz lo que te parezca! exclamó la madre a su hijo.
Alejandro estaba terminando sus estudios en la Universidad Complutense de Madrid y pensó que era el momento adecuado para casarse con su primer amor de instituto, Lucía. Lucía era guapa, pero además era una joven amable e inteligente. Por aquellos días, ella preparaba su tesis de fin de máster. Ambos acordaron que se casarían en cuanto Lucía defendiera su trabajo.
Alejandro decidió contarle a su madre sus planes de boda, pero ella no le tenía buenas noticias. Le dijo que o se casaba con Carmen, la hija de sus vecinos, o con nadie más. Después, le soltó la pregunta que casi pesaba como sentencia: “¿Qué es más importante para ti, el éxito profesional o el amor?” La madre de Alejandro soñaba con que su hijo llegase lejos y fuera un hombre de éxito.
Carmen era hija de una familia acomodada del barrio de Salamanca, llevaba tiempo enamorada de Alejandro y su madre consideraba que era la opción ideal. Sin embargo, Alejandro sólo tenía ojos para Lucía, que venía de una familia humilde del barrio de Vallecas. La madre de Lucía arrastraba una mala reputación. ¿Qué diría la gente si Alejandro se casaba con ella?
No quiero otra nuera. Haz lo que quieras insistió la madre.
Alejandro intentó convencer a su madre durante semanas, pero ella fue implacable. Llegó incluso a decir, furiosa, que si se atrevía a casarse con Lucía, lo desheredaría y rompería completamente la relación. Presionado y temeroso de perder a su familia y el apoyo que le daban, Alejandro se acobardó. Siguió saliendo con Lucía durante seis meses más, pero la relación se fue apagando poco a poco.
Al final, Alejandro se casó con Carmen. Ella estaba locamente enamorada de él y, aunque lo intentó, Alejandro no quiso que celebrasen una gran boda. Temía que Lucía pudiese tropezarse con alguna foto o comentario de aquel evento. Asimismo, al casarse con Carmen, Alejandro se mudó a la enorme casa de sus suegros y ellos no tardaron en encontrarle un buen puesto en una empresa conocida. Pero, a pesar de la posición y el dinero, Alejandro nunca fue feliz.
No quiso tener hijos. Cuando Carmen se dio cuenta de que no lograría convencerle de formar una familia, ella misma pidió el divorcio. Para entonces, Alejandro tenía ya cuarenta años y Carmen, treinta y ocho. No mucho después, Carmen volvió a casarse, tuvo una hija y finalmente fue feliz.
Alejandro nunca dejó de pensar en Lucía. Buscó la manera de encontrarla, pero nunca la localizó; era como si se hubiera desvanecido. Entonces un conocido le contó que, tras separarse de él, Lucía se había casado con un hombre que resultó ser un maltratador. Él terminó con su vida en un arrebato de violencia.
Tras conocer aquello, Alejandro se recluyó en el viejo piso de sus padres en Chamberí, refugiándose cada día más en el vino, consumido por los recuerdos y el remordimiento. Miraba la foto de Lucía y nunca pudo perdonar a su madre.
Al final, Alejandro comprendió, quizás demasiado tarde, que la verdadera felicidad no se encuentra en lo que los demás esperan de nosotros, sino en ser fieles a uno mismo y a los sentimientos más sinceros del corazón.






