Él la esperaba desde la guardería, pero ella volvió embarazada de un donjuán de la ciudad. Todos murmuraban que él era un calzonazos, pero fue él quien acabó engañando a todo el pueblo.

Mira, te tengo que contar la historia de cómo el destino le dio la vuelta a una de esas historias de pueblo que todo el mundo cree que sabe ya cómo va a acabar. En mitad de un pueblecito rodeado de huertas en Castilla, resulta que desde pequeños, dos vecinos eran inseparables: Clara y Javier. Todo el pueblo los veía juntos, ¡como uña y carne! Iban juntos del brazo al parvulario, recogían amapolas y margaritas en los márgenes del río, se guarecían de los chaparrones bajo el mismo nogal enorme y hasta compartían el bocata de chorizo en la plaza.
¿Pero no te cansas de estar siempre pegada al mismo chico? solía decirle la madre de Clara, mirando desde el ventanuco cómo los chavales le daban pan duro al gato del portal. ¿No tienes ganas de irte con las niñas de tu edad?
Ay, mamá, ¿para qué? Si Javier es como de la familia. Como el viejo nogal. ¿Has visto alguna vez una mañana sin sol? Pues igual respondía ella riéndose, acariciando al bigotudo gato.
El padre, que siempre escuchaba todo detrás del periódico, sentenciaba cerrando la discusión: Deja que la vida vaya haciendo sus propios planes. Quién sabe, quizá esa amistad acabe creciendo como un hueso de melocotón y nos volvemos aún más familia.
Eso está por ver, no hay que adelantar acontecimientos decía la madre, asomada al alféizar. La vida da muchas vueltas. Igual mañana Clara conoce a otro en la feria.
Pero el tiempo, con su calma de río en verano, fue pasando. Javier siempre estuvo ahí, su amigo fiel, su sombra. Cuando Clara faltaba por fiebre, él le llevaba apuntes y una ristra de nísperos robados. Y ya cuando los dos entraron en el instituto, cualquiera veía cómo a Javier se le iluminaba la cara al mirar a su amiga, aunque ella nunca quiso marcar diferencias: Es mi amigo de toda la vida, mamá. Como un hermano.
Y Javier, que ya no miraba a otras chicas, seguía a su lado, leal en lo bueno y en lo malo, aunque por dentro se muriera de celos cada vez que algún chaval se acercaba a Clara.
Total, que, después de la graduación, Clara se fue a Madrid a estudiar magisterio, y a los pocos meses le tocó a Javier hacer la mili. Antes de irse, se armó de valor y fue a casa de la madre de Clara:
Mercedes, por favor, no dejes que la cases con cualquiera. Déjame volver. Escríbele que aquí sigo.
Haz la mili tranquilo, chico le dijo ella. Clara tiene dos años de carrera por delante. Cuando vuelvas, Dios dirá.
Javier escribía cartas de las que huelen a casa y a recuerdos, pero Clara, aunque respondía con cariño, nunca le dejó claro nada.
Cuando por fin volvió Javier, todo el mundo en el pueblo ya sabía la bomba: Clara volvía de la capital embarazada y con un prometido que no era él.
El novio, uno de esos madrileños espabilados, Lucas se llamaba, era un tipo de esos que tocan la guitarra y tienen mil historias para contar. Todo el mundo estaba encantado con él, menos la madre de Clara, que no las tenía todas consigo: Hija, ¿segura que es buena idea? Se le ve muy veleta
Que sí, mamá, no te preocupes. Lucas me quiere y ya. Además, bueno ya hay algo en camino le confesó, y la madre terminó en la cocina llorando, tapándose la cara con el delantal.
Javier, por su parte, ni se asomó a felicitar. Se encerró en casa y se volcó en el taller de su padre para intentar olvidar el dolor. Sus padres lo miraban impotentes.
Mientras, en casa de Clara, Lucas se acomodó de maravilla. Era el alma de las fiestas y jamás levantaba una mano para ayudar. Cuando le sugerían buscar trabajo para costear boda, él salía con que eso era cosa de los padres, y que para algo había terminado la carrera, así que a descansar se ha dicho.
Un día, la madre de Clara no pudo más. Cogió un tren a Madrid para conocer a los padres de Lucas y lo que vio le heló la sangre: una casa triste, una madre dada al vino y el futuro suegro, si es que se podía llamar así, sin trabajo y con mala fama. Al volver, se lo contó todo a Clara entre lágrimas.
Esa noche, Clara le plantó cara a Lucas y le exigió que se pusiera a trabajar de una vez. Lucas, ofendidísimo, se cogió el primer autobús de vuelta a Madrid antes del amanecer llevándose de paso todo el dinero que la familia de Clara había ahorrado para la boda.
Cuando la madre descubrió el robo, madre e hija se abrazaron llorando. El padre, que nunca fue de mucho hablar, se levantó mirando al Cristo de la pared y dijo:
¡Basta! Mejor ahora que tarde. Olvídate de él, Clara. Si algún día vuelve, ni se te ocurra recibirle. No deja nada más que desgracia.
La hija, hecha migas, preguntó casi sin voz: ¿Y ahora qué hago, papá?
Vete mañana al ayuntamiento y anula todos los papeles. Si te preguntan, di que lo has dejado tú. Mantén la cabeza alta, hija. Y tranquila, que si llega el bebé, aquí estamos nosotros para ayudar. Yo trabajo y abuelos no le van a faltar.
Así lo hizo. Por todo el pueblo corrió la noticia de que Clara había dejado al madrileño y, esa misma tarde, mientras el cielo de Castilla se teñía de melocotón, Javier llamó a la puerta con una caja de dulces. Como si nada hubiese pasado, habló de la mili y de las cosas que había visto, intentando aliviar el peso que notaba en la casa.
Al despedirse, la invitó a dar una vuelta y, ya en el umbral, se le puso serio y la tomó de la mano.
Clara, somos amigos de toda la vida. Pero tengo que decirte algo Te quiero desde que tengo memoria, y, si tú quieres, me gustaría casarme contigo. Prometo que nunca te faltará amor ni respeto.
Clara se sentó en la escalera llorando. Llorando de agotamiento y de susto por la honestidad. Javier la abrazó con paciencia.
¿Tanto le querías? preguntó él en voz baja.
Ella negó, sin poder hablar.
¿Te hizo daño?
No, Javier, simplemente desapareció. Era solo fachada, y yo me tragué el cuento. Fui muy tonta.
Pues mejor así. ¿Quieres darme la oportunidad de hacerte feliz?
Clara, con los ojos llenos de lágrimas, le contestó: No puedo. No así. Estoy esperando un hijo. Lo voy a tener sola No lo mezcles con esto.
Javier aguantó el silencio de una eternidad, y luego, sin dudar, le dijo: Un hijo es un regalo, Clara. Yo puedo llegar a quererlo tanto como tú. Por eso te pido que empieces esta vida conmigo, los dos juntos.
Ella se asustó y salió corriendo, pero Javier volvió al día siguiente, esta vez acompañado de su padre y de un amigo para pedir su mano al estilo tradicional. Al principio, el padre de Clara alucinaba: Pero hija, ¿ya tienes novio nuevo?
Pero la determinación de Javier pudo con todo. Finalmente, los padres bendijeron la unión y Javier convenció a Clara para irse juntos a una ciudad en crecimiento, donde su amigo del ejército les conseguía casa y trabajo de primera.
Allí empezaron de cero: él de soldador, ella de encargada en una obra. Ahí nació su primer hijo, morenito y con los ojos de su abuelo castellanomanchego, luego llegó el segundo, y la vida empezó a marchar bien, tranquila y sencilla. Los chiquillos iban a la guardería donde trabajaba su madre y, al cabo de un par de años, Javier ya era jefe de cuadrilla.
Cuando los abuelos venían de visita el piso se llenaba de ruido y alegría, y un tiempo después, fueron ellos los que regresaron a su pueblo con los dos niños y una niña recién llegada. Esta vez no volvieron a la casa de siempre, sino a una casa grande al lado del campo, con huerto y todo. Javier llegó hasta con un SEAT León reluciente.
Hemos vuelto para que los abuelos disfruten de los nietos y que la niña nazca donde debe nacer decía Javier por el bar.
La gente les miraba y comentaba que estaban hechos el uno para el otro. Clara, que siempre fue guapa, tenía ahora una calma y una luz que nunca antes. Javier seguía mirando a su mujer como el primer día, sin perder esa mirada de admiración mezclada con cariño profundo.
Hija, qué suerte tienes le decía su madre, viendo cómo su yerno la ayudaba a cargar la leña. Eso es un buen marido.
Sí, mamá, tienes razón. Si no hubiese pasado todo aquello, igual nunca habría sabido lo que es ser tan feliz.
La vida, para ellos, se pareció a ese huerto que fueron levantando: primero la tierra dura, luego los brotes delicados y, con constancia y amor, los árboles acabaron dando la mejor sombra y los frutos más dulces. Porque lo suyo no fue un flechazo de novela, sino esa felicidad serena y honesta, hecha de perdón, lealtad y la certeza de que el amor, de verdad, es esa luz suave que, poquito a poco, lo llena todo y lo hace florecer.

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Él la esperaba desde la guardería, pero ella volvió embarazada de un donjuán de la ciudad. Todos murmuraban que él era un calzonazos, pero fue él quien acabó engañando a todo el pueblo.
Todo depende de ti: ¿Acordamos ya o la verdad saldrá a la luz?