Cuidadora para la esposa — ¿Cómo dices? — A Lidia le pareció que no había oído bien. — ¿Que tengo que marcharme? ¿Por qué? ¿Para qué? — Venga, ahórranos la escena, ¿quieres? — frunció el ceño él. — ¿Qué es lo que no entiendes? Ya no tienes a nadie a quien cuidar. Y a dónde te vayas, me da absolutamente igual. — ¿Pero qué dices, Edu, si íbamos a casarnos…? — Eso te lo imaginaste tú solita. Yo no tenía esa intención. A los 32 años, Lidia decidió dar un giro radical a su vida y marcharse del pueblo donde había nacido. ¿A qué quedarse? ¿A escuchar los reproches de su madre? Su madre nunca se cansaba de echarle en cara el divorcio. Que cómo había dejado escapar a su marido. Pero si el tal Vasco no valía ni un duro — borracho y mujeriego. ¿Cómo pudo casarse con él hace ocho años? La verdad es que ni se apenó por el divorcio — todo lo contrario, hasta respiraba mejor. Solo que con su madre discutían cada dos por tres por eso. Y también por dinero, que siempre escaseaba. Por eso, decidió que se iría a la capital de provincia ¡y allí le iría de maravilla! Fíjate en Sveti, su amiga del colegio — llevaba cinco años casada con un viudo. ¿Y qué más da que él tuviera dieciséis años más y que ni guapo fuera, si tenía piso y dinero? Y ella, Lidia, no tenía nada que envidiarle a Sveti. — Pues menos mal, ¡ya era hora! — aplaudió su idea Sveti. — Prepara la maleta, los primeros días puedes quedarte en casa, y lo del trabajo lo solucionamos. — ¿Y tu Vadim, el de siempre, no pondrá pegas? — dudó Lidia. — ¡Qué va! Él hace todo lo que yo le diga. No te preocupes, saldremos adelante. Aun así, pronto decidió no abusar de la hospitalidad de su amiga. Pasó unas semanas en su casa, hasta conseguir sus primeros sueldos y poder alquilar una habitación. Al poco, tuvo una suerte increíble. — ¿Qué hace una mujer como tú vendiendo en el mercado? — le preguntó con lástima un cliente habitual, don Eduardo. Lidia ya se sabía los nombres de los clientes fijos. — Hace frío, se pasa hambre, y la verdad, es un trabajo… ingrato. — Pero hay que buscarse la vida — se encogió de hombros ella. — De algún modo tengo que ganar dinero. Y añadió coqueta: — ¿O usted me ofrece algo mejor? Eduardo no era precisamente el hombre de sus sueños. Unos veinte años mayor, regordete, con entradas y una mirada perspicaz. Siempre revisaba las verduras al detalle y pagaba al céntimo. Pero iba bien vestido y venía en buen coche — no un vagabundo cualquiera, ni tampoco un borracho. Eso sí, llevaba alianza, así que para marido Lidia no lo contemplaba. — Te veo responsable, seria, limpia — pasó al tuteo él con naturalidad — ¿Alguna vez has cuidado de enfermos? — Sí, claro. Cuidé a mi vecina. Le dio un ictus y los hijos vivían lejos y no querían saber nada. Así que me pidieron el favor. — ¡Perfecto! — se animó él y de golpe puso cara de pena — Es que mi mujer, doña Tamara, ha quedado postrada. También ictus. Dice el médico que no hay muchas esperanzas. Me la traje a casa, pero no tengo tiempo de cuidarla. ¿Me ayudarías? Te pagaría lo que corresponde. Lidia ni lo dudó. Mejor un piso caliente, aunque hubiera que limpiar comederos, que pasar diez horas congelada sirviendo a clientes caprichosos. Además, Eduardo le propuso vivir allí, así que no tendría que pagar alquiler. — ¡Tienen tres habitaciones para ellos solos, podría jugarse un partido ahí dentro! — le contaba eufórica a su amiga. — No tienen hijos. La madre de Tamara — otra joya, a sus 68 aún juega a jovencita. Se volvió a casar hace poco y pasa de la hija. Nadie para cuidar a la enferma. — ¿Tan mala está? — Pues sí… Está paralítica, solo balbucea. No creo que se recupere. — No me digas que te alegras — Sveti le miró fijamente. — Alegrarme, no… — bajó la mirada Lidia — Pero cuando… bueno, Eduardo será libre… — ¿Pero tú estás fatal? ¿Deseando la muerte a alguien por un piso? — ¡Que no deseo nada! Solo que si me sale la oportunidad, no pienso dejarla pasar. Es fácil hablar cuando estás viviendo a cuerpo de reina… Eso acabó en bronca y tardaron meses en volver a hablar. Cuando lo hicieron, Lidia le confesó a su amiga que había empezado un lío con Eduardo. No podían vivir el uno sin el otro, pero claro, él no iba a dejar a su esposa — ¡no es ese tipo de hombre! Así que, por ahora, serían amantes. — ¿Entonces estáis ahí, tan a gusto, mientras su mujer se muere en la habitación de al lado? — volvió a rechazar Sveti el “romance”. — ¿Eres consciente de lo asqueroso que es? ¿O te pueden más las ganas de heredar — si es que hay algo? — De ti nunca espero una palabra amable — se ofendió Lidia. Dejaron de hablar otra vez. Pero no se sentía culpable (o solo un poquito). ¡Mira quién habla! Todos tan santos… Nadie entiende al que tiene hambre. Pero bueno, ya se las apañaría sin Sveti. ¡Total! Lidia cuidó a Tamara con todo esmero y responsabilidad. Y desde que comenzó la relación con Edu, asumió todas las labores de la casa. Al hombre hay que cuidarle no solo en la cama: buena comida, camisas limpias y planchadas, la casa reluciente. A Lidia le parecía que su amante estaba encantado y ella misma disfrutaba de la vida. Hasta se le pasó por alto que Edu ya ni le pagaba lo acordado. Total, ¿qué importaba el dinero si casi eran marido y mujer? Él le daba dinero para la compra y para lo que hiciera falta y ella gestionaba los gastos. Sin darse cuenta, apenas llegaba con lo que le daban. Y eso que era jefe de taller. Pero bueno, cuando se casaran ya arreglarían cuentas. La pasión fue apagándose y Edu cada vez tardaba más en volver a casa, pero Lidia lo excusaba: estaba cansado de aguantar a la enferma. ¿Por qué se cansaba, si apenas se asomaba a la habitación? No sabría decir, pero le daba pena. Lo previsible sucedió, pero Lidia lloró de verdad cuando Tamara murió. Fueron año y medio de su vida dedicados a esa mujer — ese tiempo nadie se lo devolverá. Hasta se ocupó de organizar el entierro. Eduard no podía de la pena. Eso sí, el dinero se lo dio justito. Pero se esmeró en hacer todo lo mejor que pudo. Nadie pudo reprocharle nada. Ni siquiera las vecinas, que antes la miraban mal por su lío. En el entierro, muchas hasta le dieron la razón. Su suegra quedó conforme también. Lo que no esperaba Lidia era lo que le dijo Edu. — Bueno, como comprenderás, ya no necesito tus servicios, así que te doy una semana para irte — le soltó en seco diez días después del entierro. — ¿Perdón? — A Lidia le pareció que no había entendido bien. — ¿A dónde tengo que irme? ¿Por qué? ¿Qué ha pasado? — De verdad, no montes una escena. ¿Qué no entiendes? Ya no tienes a nadie que cuidar. Y a dónde vayas, no es cosa mía. — Edu, ¿pero qué dices? Si íbamos a casarnos… — Eso era cosa tuya. Yo nunca prometí nada de eso. Al día siguiente, sin haber pegado ojo, Lidia intentó hablar con él, pero repitió lo mismo y encima le apremió a irse. — Mi prometida quiere reformar antes de la boda — soltó Edu. — ¿Prometida? ¿Quién es? — No es asunto tuyo. — ¿Cómo que no? Me iré, pero antes me pagas lo que me debes. Sí, sí, ¡no me mires así! Me prometiste cuarenta mil al mes. Solo me diste dos veces. Me debes 640.000. — ¡Mira qué bien calculas! — se burló él. — Ni lo sueñes… — Y tendrías que sumarle el trabajo de limpiadora. Pero bueno, dejémoslo en un millón y aquí paz y después gloria. — ¿Si no qué? ¿Vas a denunciarme? Si ni siquiera tienes un contrato. — Se lo contaré a doña Camila — respondió queda Lidia. — Al fin y al cabo, fue ella quien os compró el piso. Créeme, después de que le cuente todo, te quedarás hasta sin trabajo. Tu suegra te va a poner fino. Eduardo palideció, pero enseguida recuperó la compostura. — ¿Y quién te va a creer? Anda ya… Y mira, no quiero verte — vete ahora mismo. — Tienes tres días, cariño. Si no veo el millón, habrá escándalo — Lidia hizo la maleta y se fue a un hostal. Algo tenía ahorrado. Al cuarto día, al no tener noticias, fue al piso. Y mira qué bien: allí estaba doña Camila. Por la cara de Edu, supo que no pensaba pagarle, así que lo contó todo a su suegra. — ¡No le hagas caso, está desvariando! — se defendió el viudo. — Ya escuché cosas en el entierro, pero no las creí — le espetó la suegra —. Ahora todo encaja. Y a ti, yerno, espero que también. No olvides que la casa está a mi nombre. Eduardo se quedó de piedra. — Así que quiero que no quede ni rastro tuyo aquí en una semana. No. En tres días. Doña Camila se disponía a marcharse, pero al pasar junto a Lidia murmuró: — ¿Y tú qué? ¿Esperas una medalla? ¡Fuera de aquí! Lidia salió disparada del piso. Ahora sí que no vería un euro. Tocaba volver al mercado… allí siempre hay trabajo.

Diario de Ángeles, 3 de noviembre

¿Cómo dices? Me quedé helada, pensé que había oído mal. ¿Que tengo que marcharme? ¿Por qué? ¿Qué he hecho mal?
Por favor, Ángeles, no montes un drama ahora gruñó él, frunciendo el ceño. ¿Qué parte no entiendes? Ya no tienes a quién cuidar. Adónde vayas, la verdad, me da exactamente igual.
Pero, Eduardo ¿no habíamos hablado de casarnos?
Eso lo habrías imaginado tú sola. Yo no tenía intención de hacer nada semejante.
Todavía me cuesta asimilarlo. Qué ironía. A mis 32 años, cuando decidí dar un giro a mi vida y marcharme de Soria para instalarme por fin en Madrid

¿Qué hacía yo allí? ¿Seguir soportando las quejas de mi madre, siempre reprochándome el divorcio, como si la culpa fuera sólo mía?
¿Cómo pudiste dejar a tu marido?, me repetía. Pero Fernando no valía nada, era un desastre, siempre borracho y metiéndose en líos. ¡No sé ni cómo aguanté ocho años casada con él! El divorcio supuso un alivio, la verdad.

Eso sí, la convivencia con mi madre se volvió insufrible. Discutíamos casi a diario, sobre todo por el dinero, que escaseaba en casa.

Así que me prometí empezar una nueva vida en la capital. Si a mi amiga Carmen le había ido bien, ¿por qué no iba a conseguirlo yo?
Carmen había salido adelante casándose con un viudo mucho mayor, don Ramón. El hombre no tenía pinta de galán, pero era dueño de su piso en Lavapiés y no escatimaba en euros. Y yo, a decir verdad, no me consideraba menos que Carmen.

¡Por fin se te ha encendido la bombilla! celebró Carmen en cuanto se lo conté. Haz las maletas, puedes quedarte con nosotros hasta que encuentres algo. Y de trabajo ya buscaremos algo juntas.

¿A don Ramón no le importará?
Para nada. ¡Hace lo que le digo! ¡Tú tranquila, que nos irá bien!

Sin embargo, preferí no abusar de su hospitalidad. Tras unas semanas de ahorros vendiendo frutas en el mercado, pude alquilarme una habitación en Lavapiés.

Apenas un par de meses después se presentó la suerte ante mí. Me acordaré siempre.

¿Cómo es posible que una mujer como tú esté vendiendo tomates entre estas cajas? me dijo, con una mirada compasiva, uno de mis clientes habituales, don Eduardo Gómez.

A los clientes asiduos ya los llamaba por su nombre. Eduardo siempre examinaba los tomates con minuciosidad y pagaba hasta el último céntimo exacto. Venía en un buen coche y vestía mejor incluso entre la clientela del barrio. Nada de maleantes ni caraduras. Sin embargo, llevaba alianza y desde luego como pareja no lo contemplaba, aunque tenía cierta presencia.

Se ve que eres una mujer responsable, limpia, muy de fiar. ¿Alguna vez cuidaste enfermos?
Sí contesté enseguida. Mi vecina tenía un accidente cerebral y la ayudé mucho tiempo. Sus hijos, lejos, ni venían a verla.

Eduardo me miró, serio:
Pues ahora que lo dices, mi esposa, Rosario Martín, ha sufrido un infarto cerebral. Los médicos dicen que las probabilidades son pocas. La tengo en casa pero no tengo tiempo para cuidarla como merece. ¿Me ayudarías? Te lo pagaría, claro, como debe ser.

No dudé ni un segundo. Siempre mejor pasar calorcito en una casa, aunque tuviera que cambiar sábanas y llevar orinales, que estar pasando frío y bregando con gente antipática en la plaza.

Además, me ofreció quedarme a vivir allí para evitar alquileres.
Tiene tres habitaciones le decía luego a Carmen, feliz y están solos, sin hijos. La madre de Rosario, Ana Beltrán, es una mujer muy hecha a sí misma, se volvió a casar hace poco y está liada con su nuevo marido. Nadie puede hacerse cargo de la pobre.

¿Está muy mal? me preguntó Carmen.
Lamentablemente sí. Prácticamente no se mueve, sólo gime y ni siquiera puede contestar. Dudo que mejore.
¿Y eso te alegra? me miró fijo Carmen.
No, por supuesto que no contesté, bajando la mirada. Pero una vez cuando Rosario ya no esté, Eduardo será libre
¡Ángeles, no me digas que deseas que muera solo por el piso!
Yo no deseo nada, pero tampoco voy a dejar pasar una oportunidad. ¿No te parece? Tú tienes tu vida resuelta.
Discutimos fuerte y estuvimos meses sin hablarnos.

Pasaron los meses, y la relación con Eduardo fue haciéndose más cercana. No podíamos estar el uno sin el otro, pero él jamás dejaría a su mujer estando viva. Así que seguimos con nuestra relación clandestina.

Entonces tú te acuestas con él mientras su mujer agoniza en la otra habitación volvió a reprocharme Carmen cuando por fin le conté la verdad. ¿Eres capaz de mirarte al espejo?
Lo que pasa es que nunca tienes una palabra amable, me dolió.

Tras eso, volvimos a distanciarnos. Yo no sentía remordimiento (o sólo un poco, a ratos).

«De hambre no se acuerda el que está bien comido», se suele decir. Ya me las arreglaría sin su amistad.

Me ocupé de Rosario con toda mi dedicación. Cuando comencé mi relación con Eduardo, además, llevé la casa entera, limpieza, cocina, ropa Hasta le ponía sus camisas en su sitio y procuraba que la casa estuviera impecable.

Creía que a él le gustaba mi atención en la cama tanto como en la cocina, y que éramos casi como un matrimonio. La pasión fue bajando y él pasaba más y más tiempo fuera, pero yo lo atribuía al cansancio de estar lidiando con su esposa enferma.

Sin embargo, con el tiempo, dejaron de pagarme por cuidar a Rosario. Y ya me parecía normal, ¿qué más daba el dinero si ya era casi su esposa? Me daba efectivo para la compra y cosas de la casa, y yo llevaba las cuentas justas. El sueldo de jefe de taller que tenía Eduardo no era malo, pero suponía que ya habría tiempo de regularizar eso cuando fuéramos pareja oficial.

Por fin, tras año y medio, Rosario falleció. Lloré, porque le había dedicado a esa pobre mujer dieciocho meses de mi vida, y organizar su entierro me tocó a mí: Eduardo no tenía fuerzas, decía.

Él me pasó algo de dinero para los gastos, justo lo necesario, pero yo me encargué de todo, la ceremonia quedó digna y nadie pudo reprocharme nada, ni las vecinas que cuchicheaban a mis espaldas ni la propia suegra, Ana.

Por eso, jamás me esperé la frialdad con que me trató Eduardo después del funeral.
No necesito más tus servicios. Tienes una semana para irte, me soltó, helado, a los diez días.

¿Cómo dices? ¿Dónde se supone que tengo que ir? ¿Por qué?
Por favor, Ángeles, no quiero escenas. Ya no tienes a quién cuidar. Lo que hagas con tu vida está fuera de mi interés.
Pero ¿no decías que nos íbamos a casar?
Tú sola te lo inventaste. Jamás te prometí nada parecido.

Después de una noche sin pegar ojo, volví a intentarlo por la mañana. Él repitió, palabra por palabra, su discurso, y hasta me insistió para que acelerase la mudanza.
Mi prometida quiere reformar la casa antes de la boda, sentenció.
¿Prometida? ¿Quién es?
Eso no es asunto tuyo.
¡Ah, no! Me iré pero antes me pagas lo que me debes. No me mires así, por favor; prometiste cuatro mil euros al mes y sólo pagaste los dos primeros. Me debes sesenta y cuatro mil euros.
Qué rápido se te da contar, se burló. No sueñes tanto
¡Y todavía tendrías que pagarme de más como asistenta! Pero mira deja de contar al céntimo. Dame cien mil euros y cada uno por su lado.
¿Ah, sí? ¿Y vas a ir a juicio? No tienes ni contrato
Se lo contaré todo a Ana Beltrán, dije, segura. Recuerda quién te compró este piso. Y tú conoces a tu suegra mejor que nadie.

Le cambió la cara, pero enseguida trató de recuperar la compostura.
Nadie te va a creer. No sigas con amenazas Quiero que salgas ahora mismo.

Te doy tres días, cariño. Si no tengo los cien mil, tendrás escándalo, recogí lo poco que tenía y me fui a un hostal. Al menos, del dinero de la compra había apartado algo.

A los cuatro días volví a casa. Ana estaba allí. Le conté todo, sin rodeos.

Está delirando, no le haga caso, saltó Eduardo.
Algo ya escuché en el entierro, pero no quise creerlo, lo fulminó Ana con la mirada. Ahora todo cuadra. Y tú, yernito, espero que tengas clara una cosa: este piso está a mi nombre, no se te olvide.
Eduardo quedó mudo.

Tres días para que no quede ni rastro tuyo aquí. Ni uno más.

Ana se giró, pero antes me miró:
¿Y tú qué haces aquí plantada? ¿Esperando un premio? ¡Lárgate!

Salí corriendo, sin mirar atrás. Ya sabía que de ese dinero no volvería a ver ni un euro. Tendría que volver al mercado a buscarme la vida Allí siempre hay sitio para gente como yo.

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Cuidadora para la esposa — ¿Cómo dices? — A Lidia le pareció que no había oído bien. — ¿Que tengo que marcharme? ¿Por qué? ¿Para qué? — Venga, ahórranos la escena, ¿quieres? — frunció el ceño él. — ¿Qué es lo que no entiendes? Ya no tienes a nadie a quien cuidar. Y a dónde te vayas, me da absolutamente igual. — ¿Pero qué dices, Edu, si íbamos a casarnos…? — Eso te lo imaginaste tú solita. Yo no tenía esa intención. A los 32 años, Lidia decidió dar un giro radical a su vida y marcharse del pueblo donde había nacido. ¿A qué quedarse? ¿A escuchar los reproches de su madre? Su madre nunca se cansaba de echarle en cara el divorcio. Que cómo había dejado escapar a su marido. Pero si el tal Vasco no valía ni un duro — borracho y mujeriego. ¿Cómo pudo casarse con él hace ocho años? La verdad es que ni se apenó por el divorcio — todo lo contrario, hasta respiraba mejor. Solo que con su madre discutían cada dos por tres por eso. Y también por dinero, que siempre escaseaba. Por eso, decidió que se iría a la capital de provincia ¡y allí le iría de maravilla! Fíjate en Sveti, su amiga del colegio — llevaba cinco años casada con un viudo. ¿Y qué más da que él tuviera dieciséis años más y que ni guapo fuera, si tenía piso y dinero? Y ella, Lidia, no tenía nada que envidiarle a Sveti. — Pues menos mal, ¡ya era hora! — aplaudió su idea Sveti. — Prepara la maleta, los primeros días puedes quedarte en casa, y lo del trabajo lo solucionamos. — ¿Y tu Vadim, el de siempre, no pondrá pegas? — dudó Lidia. — ¡Qué va! Él hace todo lo que yo le diga. No te preocupes, saldremos adelante. Aun así, pronto decidió no abusar de la hospitalidad de su amiga. Pasó unas semanas en su casa, hasta conseguir sus primeros sueldos y poder alquilar una habitación. Al poco, tuvo una suerte increíble. — ¿Qué hace una mujer como tú vendiendo en el mercado? — le preguntó con lástima un cliente habitual, don Eduardo. Lidia ya se sabía los nombres de los clientes fijos. — Hace frío, se pasa hambre, y la verdad, es un trabajo… ingrato. — Pero hay que buscarse la vida — se encogió de hombros ella. — De algún modo tengo que ganar dinero. Y añadió coqueta: — ¿O usted me ofrece algo mejor? Eduardo no era precisamente el hombre de sus sueños. Unos veinte años mayor, regordete, con entradas y una mirada perspicaz. Siempre revisaba las verduras al detalle y pagaba al céntimo. Pero iba bien vestido y venía en buen coche — no un vagabundo cualquiera, ni tampoco un borracho. Eso sí, llevaba alianza, así que para marido Lidia no lo contemplaba. — Te veo responsable, seria, limpia — pasó al tuteo él con naturalidad — ¿Alguna vez has cuidado de enfermos? — Sí, claro. Cuidé a mi vecina. Le dio un ictus y los hijos vivían lejos y no querían saber nada. Así que me pidieron el favor. — ¡Perfecto! — se animó él y de golpe puso cara de pena — Es que mi mujer, doña Tamara, ha quedado postrada. También ictus. Dice el médico que no hay muchas esperanzas. Me la traje a casa, pero no tengo tiempo de cuidarla. ¿Me ayudarías? Te pagaría lo que corresponde. Lidia ni lo dudó. Mejor un piso caliente, aunque hubiera que limpiar comederos, que pasar diez horas congelada sirviendo a clientes caprichosos. Además, Eduardo le propuso vivir allí, así que no tendría que pagar alquiler. — ¡Tienen tres habitaciones para ellos solos, podría jugarse un partido ahí dentro! — le contaba eufórica a su amiga. — No tienen hijos. La madre de Tamara — otra joya, a sus 68 aún juega a jovencita. Se volvió a casar hace poco y pasa de la hija. Nadie para cuidar a la enferma. — ¿Tan mala está? — Pues sí… Está paralítica, solo balbucea. No creo que se recupere. — No me digas que te alegras — Sveti le miró fijamente. — Alegrarme, no… — bajó la mirada Lidia — Pero cuando… bueno, Eduardo será libre… — ¿Pero tú estás fatal? ¿Deseando la muerte a alguien por un piso? — ¡Que no deseo nada! Solo que si me sale la oportunidad, no pienso dejarla pasar. Es fácil hablar cuando estás viviendo a cuerpo de reina… Eso acabó en bronca y tardaron meses en volver a hablar. Cuando lo hicieron, Lidia le confesó a su amiga que había empezado un lío con Eduardo. No podían vivir el uno sin el otro, pero claro, él no iba a dejar a su esposa — ¡no es ese tipo de hombre! Así que, por ahora, serían amantes. — ¿Entonces estáis ahí, tan a gusto, mientras su mujer se muere en la habitación de al lado? — volvió a rechazar Sveti el “romance”. — ¿Eres consciente de lo asqueroso que es? ¿O te pueden más las ganas de heredar — si es que hay algo? — De ti nunca espero una palabra amable — se ofendió Lidia. Dejaron de hablar otra vez. Pero no se sentía culpable (o solo un poquito). ¡Mira quién habla! Todos tan santos… Nadie entiende al que tiene hambre. Pero bueno, ya se las apañaría sin Sveti. ¡Total! Lidia cuidó a Tamara con todo esmero y responsabilidad. Y desde que comenzó la relación con Edu, asumió todas las labores de la casa. Al hombre hay que cuidarle no solo en la cama: buena comida, camisas limpias y planchadas, la casa reluciente. A Lidia le parecía que su amante estaba encantado y ella misma disfrutaba de la vida. Hasta se le pasó por alto que Edu ya ni le pagaba lo acordado. Total, ¿qué importaba el dinero si casi eran marido y mujer? Él le daba dinero para la compra y para lo que hiciera falta y ella gestionaba los gastos. Sin darse cuenta, apenas llegaba con lo que le daban. Y eso que era jefe de taller. Pero bueno, cuando se casaran ya arreglarían cuentas. La pasión fue apagándose y Edu cada vez tardaba más en volver a casa, pero Lidia lo excusaba: estaba cansado de aguantar a la enferma. ¿Por qué se cansaba, si apenas se asomaba a la habitación? No sabría decir, pero le daba pena. Lo previsible sucedió, pero Lidia lloró de verdad cuando Tamara murió. Fueron año y medio de su vida dedicados a esa mujer — ese tiempo nadie se lo devolverá. Hasta se ocupó de organizar el entierro. Eduard no podía de la pena. Eso sí, el dinero se lo dio justito. Pero se esmeró en hacer todo lo mejor que pudo. Nadie pudo reprocharle nada. Ni siquiera las vecinas, que antes la miraban mal por su lío. En el entierro, muchas hasta le dieron la razón. Su suegra quedó conforme también. Lo que no esperaba Lidia era lo que le dijo Edu. — Bueno, como comprenderás, ya no necesito tus servicios, así que te doy una semana para irte — le soltó en seco diez días después del entierro. — ¿Perdón? — A Lidia le pareció que no había entendido bien. — ¿A dónde tengo que irme? ¿Por qué? ¿Qué ha pasado? — De verdad, no montes una escena. ¿Qué no entiendes? Ya no tienes a nadie que cuidar. Y a dónde vayas, no es cosa mía. — Edu, ¿pero qué dices? Si íbamos a casarnos… — Eso era cosa tuya. Yo nunca prometí nada de eso. Al día siguiente, sin haber pegado ojo, Lidia intentó hablar con él, pero repitió lo mismo y encima le apremió a irse. — Mi prometida quiere reformar antes de la boda — soltó Edu. — ¿Prometida? ¿Quién es? — No es asunto tuyo. — ¿Cómo que no? Me iré, pero antes me pagas lo que me debes. Sí, sí, ¡no me mires así! Me prometiste cuarenta mil al mes. Solo me diste dos veces. Me debes 640.000. — ¡Mira qué bien calculas! — se burló él. — Ni lo sueñes… — Y tendrías que sumarle el trabajo de limpiadora. Pero bueno, dejémoslo en un millón y aquí paz y después gloria. — ¿Si no qué? ¿Vas a denunciarme? Si ni siquiera tienes un contrato. — Se lo contaré a doña Camila — respondió queda Lidia. — Al fin y al cabo, fue ella quien os compró el piso. Créeme, después de que le cuente todo, te quedarás hasta sin trabajo. Tu suegra te va a poner fino. Eduardo palideció, pero enseguida recuperó la compostura. — ¿Y quién te va a creer? Anda ya… Y mira, no quiero verte — vete ahora mismo. — Tienes tres días, cariño. Si no veo el millón, habrá escándalo — Lidia hizo la maleta y se fue a un hostal. Algo tenía ahorrado. Al cuarto día, al no tener noticias, fue al piso. Y mira qué bien: allí estaba doña Camila. Por la cara de Edu, supo que no pensaba pagarle, así que lo contó todo a su suegra. — ¡No le hagas caso, está desvariando! — se defendió el viudo. — Ya escuché cosas en el entierro, pero no las creí — le espetó la suegra —. Ahora todo encaja. Y a ti, yerno, espero que también. No olvides que la casa está a mi nombre. Eduardo se quedó de piedra. — Así que quiero que no quede ni rastro tuyo aquí en una semana. No. En tres días. Doña Camila se disponía a marcharse, pero al pasar junto a Lidia murmuró: — ¿Y tú qué? ¿Esperas una medalla? ¡Fuera de aquí! Lidia salió disparada del piso. Ahora sí que no vería un euro. Tocaba volver al mercado… allí siempre hay trabajo.
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