Diario de Ángeles, 3 de noviembre
¿Cómo dices? Me quedé helada, pensé que había oído mal. ¿Que tengo que marcharme? ¿Por qué? ¿Qué he hecho mal?
Por favor, Ángeles, no montes un drama ahora gruñó él, frunciendo el ceño. ¿Qué parte no entiendes? Ya no tienes a quién cuidar. Adónde vayas, la verdad, me da exactamente igual.
Pero, Eduardo ¿no habíamos hablado de casarnos?
Eso lo habrías imaginado tú sola. Yo no tenía intención de hacer nada semejante.
Todavía me cuesta asimilarlo. Qué ironía. A mis 32 años, cuando decidí dar un giro a mi vida y marcharme de Soria para instalarme por fin en Madrid
¿Qué hacía yo allí? ¿Seguir soportando las quejas de mi madre, siempre reprochándome el divorcio, como si la culpa fuera sólo mía?
¿Cómo pudiste dejar a tu marido?, me repetía. Pero Fernando no valía nada, era un desastre, siempre borracho y metiéndose en líos. ¡No sé ni cómo aguanté ocho años casada con él! El divorcio supuso un alivio, la verdad.
Eso sí, la convivencia con mi madre se volvió insufrible. Discutíamos casi a diario, sobre todo por el dinero, que escaseaba en casa.
Así que me prometí empezar una nueva vida en la capital. Si a mi amiga Carmen le había ido bien, ¿por qué no iba a conseguirlo yo?
Carmen había salido adelante casándose con un viudo mucho mayor, don Ramón. El hombre no tenía pinta de galán, pero era dueño de su piso en Lavapiés y no escatimaba en euros. Y yo, a decir verdad, no me consideraba menos que Carmen.
¡Por fin se te ha encendido la bombilla! celebró Carmen en cuanto se lo conté. Haz las maletas, puedes quedarte con nosotros hasta que encuentres algo. Y de trabajo ya buscaremos algo juntas.
¿A don Ramón no le importará?
Para nada. ¡Hace lo que le digo! ¡Tú tranquila, que nos irá bien!
Sin embargo, preferí no abusar de su hospitalidad. Tras unas semanas de ahorros vendiendo frutas en el mercado, pude alquilarme una habitación en Lavapiés.
Apenas un par de meses después se presentó la suerte ante mí. Me acordaré siempre.
¿Cómo es posible que una mujer como tú esté vendiendo tomates entre estas cajas? me dijo, con una mirada compasiva, uno de mis clientes habituales, don Eduardo Gómez.
A los clientes asiduos ya los llamaba por su nombre. Eduardo siempre examinaba los tomates con minuciosidad y pagaba hasta el último céntimo exacto. Venía en un buen coche y vestía mejor incluso entre la clientela del barrio. Nada de maleantes ni caraduras. Sin embargo, llevaba alianza y desde luego como pareja no lo contemplaba, aunque tenía cierta presencia.
Se ve que eres una mujer responsable, limpia, muy de fiar. ¿Alguna vez cuidaste enfermos?
Sí contesté enseguida. Mi vecina tenía un accidente cerebral y la ayudé mucho tiempo. Sus hijos, lejos, ni venían a verla.
Eduardo me miró, serio:
Pues ahora que lo dices, mi esposa, Rosario Martín, ha sufrido un infarto cerebral. Los médicos dicen que las probabilidades son pocas. La tengo en casa pero no tengo tiempo para cuidarla como merece. ¿Me ayudarías? Te lo pagaría, claro, como debe ser.
No dudé ni un segundo. Siempre mejor pasar calorcito en una casa, aunque tuviera que cambiar sábanas y llevar orinales, que estar pasando frío y bregando con gente antipática en la plaza.
Además, me ofreció quedarme a vivir allí para evitar alquileres.
Tiene tres habitaciones le decía luego a Carmen, feliz y están solos, sin hijos. La madre de Rosario, Ana Beltrán, es una mujer muy hecha a sí misma, se volvió a casar hace poco y está liada con su nuevo marido. Nadie puede hacerse cargo de la pobre.
¿Está muy mal? me preguntó Carmen.
Lamentablemente sí. Prácticamente no se mueve, sólo gime y ni siquiera puede contestar. Dudo que mejore.
¿Y eso te alegra? me miró fijo Carmen.
No, por supuesto que no contesté, bajando la mirada. Pero una vez cuando Rosario ya no esté, Eduardo será libre
¡Ángeles, no me digas que deseas que muera solo por el piso!
Yo no deseo nada, pero tampoco voy a dejar pasar una oportunidad. ¿No te parece? Tú tienes tu vida resuelta.
Discutimos fuerte y estuvimos meses sin hablarnos.
Pasaron los meses, y la relación con Eduardo fue haciéndose más cercana. No podíamos estar el uno sin el otro, pero él jamás dejaría a su mujer estando viva. Así que seguimos con nuestra relación clandestina.
Entonces tú te acuestas con él mientras su mujer agoniza en la otra habitación volvió a reprocharme Carmen cuando por fin le conté la verdad. ¿Eres capaz de mirarte al espejo?
Lo que pasa es que nunca tienes una palabra amable, me dolió.
Tras eso, volvimos a distanciarnos. Yo no sentía remordimiento (o sólo un poco, a ratos).
«De hambre no se acuerda el que está bien comido», se suele decir. Ya me las arreglaría sin su amistad.
Me ocupé de Rosario con toda mi dedicación. Cuando comencé mi relación con Eduardo, además, llevé la casa entera, limpieza, cocina, ropa Hasta le ponía sus camisas en su sitio y procuraba que la casa estuviera impecable.
Creía que a él le gustaba mi atención en la cama tanto como en la cocina, y que éramos casi como un matrimonio. La pasión fue bajando y él pasaba más y más tiempo fuera, pero yo lo atribuía al cansancio de estar lidiando con su esposa enferma.
Sin embargo, con el tiempo, dejaron de pagarme por cuidar a Rosario. Y ya me parecía normal, ¿qué más daba el dinero si ya era casi su esposa? Me daba efectivo para la compra y cosas de la casa, y yo llevaba las cuentas justas. El sueldo de jefe de taller que tenía Eduardo no era malo, pero suponía que ya habría tiempo de regularizar eso cuando fuéramos pareja oficial.
Por fin, tras año y medio, Rosario falleció. Lloré, porque le había dedicado a esa pobre mujer dieciocho meses de mi vida, y organizar su entierro me tocó a mí: Eduardo no tenía fuerzas, decía.
Él me pasó algo de dinero para los gastos, justo lo necesario, pero yo me encargué de todo, la ceremonia quedó digna y nadie pudo reprocharme nada, ni las vecinas que cuchicheaban a mis espaldas ni la propia suegra, Ana.
Por eso, jamás me esperé la frialdad con que me trató Eduardo después del funeral.
No necesito más tus servicios. Tienes una semana para irte, me soltó, helado, a los diez días.
¿Cómo dices? ¿Dónde se supone que tengo que ir? ¿Por qué?
Por favor, Ángeles, no quiero escenas. Ya no tienes a quién cuidar. Lo que hagas con tu vida está fuera de mi interés.
Pero ¿no decías que nos íbamos a casar?
Tú sola te lo inventaste. Jamás te prometí nada parecido.
Después de una noche sin pegar ojo, volví a intentarlo por la mañana. Él repitió, palabra por palabra, su discurso, y hasta me insistió para que acelerase la mudanza.
Mi prometida quiere reformar la casa antes de la boda, sentenció.
¿Prometida? ¿Quién es?
Eso no es asunto tuyo.
¡Ah, no! Me iré pero antes me pagas lo que me debes. No me mires así, por favor; prometiste cuatro mil euros al mes y sólo pagaste los dos primeros. Me debes sesenta y cuatro mil euros.
Qué rápido se te da contar, se burló. No sueñes tanto
¡Y todavía tendrías que pagarme de más como asistenta! Pero mira deja de contar al céntimo. Dame cien mil euros y cada uno por su lado.
¿Ah, sí? ¿Y vas a ir a juicio? No tienes ni contrato
Se lo contaré todo a Ana Beltrán, dije, segura. Recuerda quién te compró este piso. Y tú conoces a tu suegra mejor que nadie.
Le cambió la cara, pero enseguida trató de recuperar la compostura.
Nadie te va a creer. No sigas con amenazas Quiero que salgas ahora mismo.
Te doy tres días, cariño. Si no tengo los cien mil, tendrás escándalo, recogí lo poco que tenía y me fui a un hostal. Al menos, del dinero de la compra había apartado algo.
A los cuatro días volví a casa. Ana estaba allí. Le conté todo, sin rodeos.
Está delirando, no le haga caso, saltó Eduardo.
Algo ya escuché en el entierro, pero no quise creerlo, lo fulminó Ana con la mirada. Ahora todo cuadra. Y tú, yernito, espero que tengas clara una cosa: este piso está a mi nombre, no se te olvide.
Eduardo quedó mudo.
Tres días para que no quede ni rastro tuyo aquí. Ni uno más.
Ana se giró, pero antes me miró:
¿Y tú qué haces aquí plantada? ¿Esperando un premio? ¡Lárgate!
Salí corriendo, sin mirar atrás. Ya sabía que de ese dinero no volvería a ver ni un euro. Tendría que volver al mercado a buscarme la vida Allí siempre hay sitio para gente como yo.







