¡Otra vez llegas tarde!
Nerea dejó caer el bolso y se apoyó en la pared del recibidor. Las piernas le zumbaban tras diez horas de pie la temporada de cierre fiscal en la gestoría la exprimía como una naranja.
Doña Carmen, tenemos el informe trimestral, se lo avisé por la mañana…
Sí, sí, avisaste, la suegra resopló y frunció los labios con ese gesto que significaba la culpa es tuya y punto.
Álvaro asomó la cabeza desde el salón, le sonrió con timidez y desapareció enseguida. Doña Carmen giró sobre sus talones y se fue, dejando tras de sí una estela de descontento y olor a tila.
Nerea se quitó los zapatos y se arrastró hasta la cocina. Llevaban dos años viviendo en ese piso de tres habitaciones con la madre de Álvaro, dos años ahorrando para la entrada de un piso propio. Y dos años viendo cómo los ahorros se evaporaban como helado bajo el sol de julio. Que si la lavadora se rompía ya está vieja, hay que comprar una buena. Que si el baño necesitaba reforma la baldosa está rota, así no se puede vivir. Que si la tele nueva a Álvaro le duelen los ojos con la pantalla vieja.
Abrió la nevera, miró el táper de patatas frías y cerró la puerta. No tenía hambre.
Un suave miau sonó desde abajo. Lúa una gata gris y peluda con una mancha blanca en el pecho se frotaba contra los tobillos de Nerea, arqueando el lomo y ronroneando fuerte.
Hola, pequeña, Nerea la cogió en brazos y hundió la nariz en el pelaje cálido. ¿Me esperabas?
Lúa le dio un cabezazo en la barbilla y ronroneó aún más. Ocho años atrás, Doña Carmen la recogió de la calle siendo un minino. Ahora Lúa era toda una señora con melena espesa y la costumbre de dormir solo en lo mullido.
Nerea llevó a la gata a la habitación que compartía con Álvaro, se tumbó en la cama y Lúa se acurrucó a su lado. En ese piso, donde cada paso era vigilado y comentado, la gata era el único ser que se alegraba de verla sin condiciones. Sin reproches, sin silencios cargados.
Acariciaba el pelo suave y pensaba que en medio año, ocho meses como mucho, se irían. Seguro que se irían.
…Pero esos meses se volvieron extraños. Los cambios llegaron como en un sueño. Primero, Doña Carmen le gritó a Lúa por saltar a la mesa de la cocina. Luego la echó del salón hay pelo por todas partes, no se puede respirar. Después prohibió que durmiera en el sofá.
¡Eso es un mueble, no una cama de gato! Que duerma en el suelo, no le va a pasar nada.
Nerea compró una camita blanda para Lúa, pero la gata se escondía en los rincones, sobresaltada por cualquier ruido. Antes paseaba libre por la casa, ahora se movía a saltos cortos, evitando cruzarse con la dueña.
Una noche, Nerea estaba sentada en el sillón con Lúa en el regazo, pasando el dedo por la pantalla del móvil. La gata ronroneaba, buscando caricias.
¡Nerea!
Doña Carmen apareció en la puerta, el rostro retorcido de indignación.
¡Quita ese animal! ¿Cuántas veces tengo que decirlo? ¡No la lleves en brazos! Pelo en la ropa, pulgas…
Lúa no tiene pulgas, Nerea seguía acariciando. La llevo al veterinario cada seis meses.
¡Da igual! Es un animal, ¿entiendes? ¡Un animal! No hay que mimarla tanto.
Lúa se tensó, bajó las orejas. Nerea la dejó en el suelo y la gata corrió bajo la cama.
Doña Carmen asintió satisfecha y se marchó. Nerea apretó los puños hasta clavarse las uñas.
Los ahorros crecían despacio. Un poco más y tendrían suficiente para la entrada. Nerea miraba pisos en portales inmobiliarios, guardaba favoritos, calculaba cuotas. Un estudio pequeño en un barrio tranquilo nada lujoso, pero suyo. Y a Lúa se la llevaría, claro que sí. La gata podría tumbarse en el sofá, dormir en la almohada, recorrer la casa entera.
Pronto, pequeña, susurraba Nerea cuando Lúa se acurrucaba junto a ella por la noche. Pronto nos iremos. Aguanta un poco más.
Aquella tarde empezó como siempre. Nerea volvió del trabajo, se cambió de ropa, abrió la app del banco para mirar el saldo.
Y se quedó helada.
Casi todo el dinero había desaparecido…
¡Álvaro!
Su marido apareció en la puerta, con cara de culpa. Siempre tenía ese aspecto, como si pidiera perdón antes de hablar.
Nerea, quería contarte…
¿Dónde está el dinero?
Mi madre… El médico le recomendó ir al mar. Por el corazón, ¿sabes? Balneario, tratamientos… De verdad se encuentra mal, y pensé…
Pensaste, Nerea soltó una carcajada amarga. ¡Pensaste! Dos años ahorrando para el piso, ¡dos años! Y siempre hay una razón para gastar el dinero.
Nerea, es mi madre…
¿Y yo qué? ¿Quién soy yo en esta familia, Álvaro?
Él callaba. Bajaba la mirada, cambiaba el peso de un pie a otro. Treinta años y no era capaz de decirle no a su madre. Permitía que ella decidiera en qué gastar el dinero de los dos. Permitía…
¿Alguna vez, Nerea se acercó, alguna vez te has puesto de mi parte? ¿Alguna vez le has dicho que también tenemos derecho a nuestra vida?
Álvaro levantó los ojos. En ellos flotaba confusión y algo parecido a una súplica.
Es mi madre, Nerea. No puedo…
No puedes. Nunca puedes nada.
Nerea se giró y se fue a la habitación. Cerró la puerta, apoyó la espalda y cerró los ojos.
Un roce suave Lúa se acercó y se frotó contra su mano.
Nerea se tumbó en la cama y la gata se acomodó junto a ella, apoyando la cabeza en su palma. El único ser en esa casa que la necesitaba.
Acariciaba el pelaje gris y miraba el techo. Las lágrimas resbalaban por las sienes y se perdían en el pelo.
…La mañana llegó con un silencio raro. Normalmente, Doña Carmen hacía ruido con los cacharros, ponía la tele a todo volumen, hablaba sola. Hoy silencio.
Nerea salió de la habitación y se detuvo.
Doña Carmen estaba en el pasillo con una bolsa de basura grande. Asomaba la esquina del arenero de Lúa.
¿Dónde está Lúa?
La suegra alzó las cejas con genuina indiferencia.
¿Lúa? Ah, la gata. La he sacado a la calle.
¿Qué?
Me tiene harta. Pelo por todas partes, maúlla de noche, come como una lima. Ocho años aguantándola, ya basta. Vivirá en la calle, no pasa nada. Los gatos son duros.
Doña Carmen hablaba tranquila, casi con desgana como si se tratara de una silla rota o una alfombra vieja.
¿La has echado?
No la he echado, la he soltado. Que cace ratones, que se espabile. Se acostumbró a vivir a cuerpo de reina. Me cambió por ti. Siempre pegada a ti. Ahora que pruebe la calle, verá lo que ha perdido.
Nerea no recordaba cómo llegó a la calle. Zapatillas de casa, pantalón de pijama, camiseta de Álvaro daba igual. El patio. Los portales. Los setos junto al edificio.
¡Lúa! ¡Lúa, minina!
El aire frío quemaba los pulmones. Las zapatillas se empaparon de charcos y barro. Nerea recorrió todo el patio, miró tras los cubos de basura, bajo los coches aparcados.
El sótano. La puerta estaba entreabierta.
Se coló en la penumbra húmeda, con olor a moho y tuberías oxidadas.
¿Lúa?
Un miau débil y lastimero llegó desde detrás de las tuberías.
Nerea avanzó entre trastos, maderas, cubos viejos. Lúa estaba acurrucada en un rincón, hecha un ovillo gris. Los ojos enormes, asustados. Al verla, la gata maulló otra vez, y el sonido era casi un llanto.
Ven aquí, pequeña. Ven conmigo.
Lúa salió temblando de su escondite. Nerea la cogió, la apretó contra el pecho. La gata se agarró a la camiseta y ronroneó desordenada, nerviosa, fuerte.
Ya está. Te he encontrado. Todo irá bien.
Doña Carmen bloqueaba la puerta.
¿Dónde crees que vas con la gata?
A casa.
He dicho que aquí no entra más. No volverá a pisar mi piso.
Nerea se plantó delante de la suegra. Lúa se apretaba contra su pecho, aún temblando.
Déjeme pasar.
No paso. Elige o la gata, o el piso.
Doña Carmen…
¿Qué? la suegra torció la boca. ¿Crees que no veo cómo te desvives por ese animal? Más que por tu propio marido. Gata sin raza, nuera sin raíces os habéis encontrado. Las dos pensáis que tenéis derecho a vivir aquí, con todo hecho.
Nerea avanzó. Doña Carmen no lo esperaba retrocedió medio paso, suficiente. Nerea se coló en la casa, abrazando a Lúa.
¡Eh! ¿Dónde vas? ¡Te he dicho que no!
Nerea fue a la habitación. Sacó la bolsa de viaje del armario, empezó a meter ropa. Camisetas, vaqueros, papeles del cajón, cargador del móvil.
Doña Carmen apareció en la puerta.
¿Qué haces?
Me voy. ¿No lo ve?
¿Y a dónde vas?
Nerea cerró la bolsa, cogió el transportín del trastero. Lúa entró sola, como si supiera que era hora de marcharse.
Nerea, Álvaro apareció detrás de su madre. Hablemos. No hace falta…
Sí hace falta, Álvaro. Justo así.
Salió sin mirar atrás. Bolsa al hombro, transportín en la mano.
En la calle sacó el móvil y marcó.
¿Marina? Soy Nerea. ¿Puedo quedarme unos días contigo? Sí, ha pasado algo. Te lo cuento luego. Gracias.
El taxi llegó en siete minutos. Nerea se sentó atrás, puso el transportín al lado. Lúa la miraba tras la rejilla, y en sus ojos verdes no había miedo. Solo confianza.
Marina las recibió con una tetera y una caja de galletas. Escuchó, negó con la cabeza, sirvió más té. Lúa se adaptó en media hora olisqueó los rincones, encontró un rayo de sol en la ventana, se hizo un ovillo.
Quédate el tiempo que necesites, dijo Marina.
A los tres días, Nerea encontró piso. Un estudio pequeño en un edificio antiguo, con vistas a una zona industrial y vecinos ruidosos arriba. Pero barato y admitían animales.
Llevó sus cosas en taxi, puso el arenero de Lúa en el baño, los cuencos en la cocina. La gata recorría la casa vacía, se frotaba contra las paredes, maullaba.
Nos acostumbraremos, Nerea se sentó en el suelo junto a ella. Compraremos muebles. Colgaremos cortinas. Será acogedor.
Lúa se subió a su regazo y ronroneó.
Álvaro firmó el divorcio sin discutir. No había nada que repartir los ahorros se habían ido, no tenían bienes en común. Doña Carmen, según decían los conocidos, contaba a todos que la nuera era una desagradecida y se fue por culpa de una gata.
Nerea no replicó. En cierto modo, era verdad.
El año pasó lento y rápido a la vez. Trabajo, casa, fines de semana con un libro en el sofá. Lúa dormía a sus pies, la recibía en el recibidor, ronroneaba por las noches. El dinero se acumulaba ahora sí, sin gastos imprevistos en balnearios ni televisores.
En primavera, Nerea encontró piso nuevo. Un estudio en un edificio moderno, con un alféizar ancho para sentarse y un balcón para poner macetas.
Papeles, hipoteca, firmas interminables. Y por fin la llave. La llave de su propia casa.
Nerea abrió la puerta y dejó entrar a Lúa. La gata inspeccionó las habitaciones vacías, olisqueó cada rincón. Saltó al alféizar, se sentó con la cola rodeando las patas y miró a su dueña.
¿Qué te parece?
Miau, respondió Lúa.
Nerea se sentó a su lado en el suelo. Afuera el sol se ponía, bañando la habitación en luz dorada y cálida. Paredes vacías, suelo polvoriento, olor a pintura y a nuevo.
Dos años en casa ajena. Un año de alquiler. Y ahora lo suyo.
Lúa saltó del alféizar, se subió al regazo de Nerea, le dio un cabezazo en la barbilla. El ronroneo llenó la habitación vacía, rebotó en las paredes desnudas.
Nerea sonrió y le rascó la oreja.
Lo único bueno que salió de aquel matrimonio ronroneaba ahora en su regazo. Y, pensándolo bien, era suficiente.







