¡Y cómo es posible que existan madres así! Entregó a su hijo a un centro de acogida porque no quería cuidarlo, y el niño solo tenía 4 años.

¡Y pensar que la tierra puede soportar semejantes madres! Mandó a su propio hijo a un hospicio porque no quiso curarlo, y el muchacho tenía solo 4 años.

Tengo una amiga de toda la vida que se llama Inés. Llevamos compartiendo confidencias y cafés desde hace tres décadas. Es una persona luminosa y, sin duda, habría sido una madre maravillosa, pero el destino quiso que ni ella ni su esposo pudieran tener descendencia. Dios no los bendijo con hijos, pero el amor entre ellos floreció intacto, como si creciera entre higueras centenarias.

Por mi parte, tengo dos hijas elegí a Inés como madrina de ambas. Al fin y al cabo, es mi alma gemela y vive a solo unas calles de mi portal en Salamanca. ¿Por qué no? Recuerdo cómo Inés jugaba con las niñas, cómo, a veces, se quedaba en casa con ellas mientras el dulce aroma del puchero llenaba la cocina. En más de una ocasión nos dejamos caer juntas en el banco de la cocina, llorando bajito por lo que el destino le negó.

Una tarde llegué caminando bajo los álamos y, al entrar en casa, me llamó una prima lejana desde Albacete. Me contó una cosa extraña: una pariente de su padre había decidido dejar a su niño en un hospicio. Los médicos le habían diagnosticado una enfermedad complicada, y ninguna peseta quedaba para el tratamiento. Su madre, decían, iba de un hombre a otro, y el chiquillo le resultaba tan ajeno como una piedra en la acera mojada.

Cuando le conté esto a Inés, puso unos ojos como monedas de veinte duros. Me confesó que sentía un impulso ineludible de subirse a un tren, cruzar media Castilla y ver al niño con sus propios ojos. Al llegar, bastó con cruzar la mirada con aquel pequeño de ojos quietos para saber: tenía que llevárselo consigo. Su esposo, tras un silencio largo como la siesta de agosto, asintió.

No fue tarea fácil. Un año de rehabilitación, consultas, papeles y lágrimas mezcladas con manzanilla. El niño, que llamaron Mateo, vivía en su propio universo, pero Inés y su esposo se empeñaron en tender puentes sobre el aire.

Si os lo cuento, apenas lo creeréis: hoy, MATEO tiene 24 años y es un joven de mirada clara. Terminó sus estudios universitarios en Madrid y tiene las vitrinas llenas de medallas deportivas.

Ayer regresé a casa después de bailar en su boda, y el mundo me pareció tan raro y el cielo tan bajo como siempre en los sueños.

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