Cómo mi esposo mantenía en secreto a su madre, mientras yo no tenía con qué vestir a nuestra hija
Mi marido y yo nunca hemos nadado en la abundancia; tratamos de salir adelante como podemos. Ambos trabajamos, pero los sueldos no nos dan para demasiados lujos. Mejor dicho: nos apañamos con lo justo. Tenemos una hija de cuatro años. Ya sabéis lo caro que sale criar a un niño en estos tiempos, y sobrevivir con pocos euros en Madrid no es precisamente fácil.
Por si fuera poco, Álvaro decidió ayudar a su madre con el alquiler. Nosotros, con dificultades para llegar a fin de mes y, aun así, tenía que sacar dinero para mi suegra. La mujer, que se llama Pilar, está perfectamente de salud; podría buscarse alguna faena de media jornada. Por mi parte, haría lo que fuera, pero con la niña pequeña alguien tiene que quedarse a recogerla del colegio y cuidarla. Le he pedido a Pilar más de una vez que haga ese favor, pero siempre me responde que no tiene fuerzas, que la salud ya no le da.
Hace poco, me enteré de que Pilar se marchó de vacaciones, y no a cualquier sitio barato. Fui la última en saberlo: me llamó Álvaro para informarme de que, durante la ausencia de su madre, tendría que irme hasta Chamartín a regarle las plantas. No me lo podía creer. No era sólo el hecho de perder ese tiempo yendo a cuidar de sus flores, era la indignación de saber que, en ese rato, podría estar ganando algo extra.
Pero lo que realmente me dejó helada fue otra cosa. Últimamente mi suegra vive como una marquesa. Bolsos carísimos, vestidos de boutique, mil caprichos. Yo me preguntaba de dónde sacaba tanto dinero, cuando mi marido me repetía que su madre apenas podía pagar el alquiler. ¿Y esos resorts? ¿Se habría juntado con algún señor rico que la mimase?
Hasta que un día, me fijé en que Álvaro siempre llevaba la misma mochila, y últimamente pesaba demasiado. Cuando fue al baño, eché un vistazo y encontré varios aparatos electrónicos. Reconocí el portátil de mi amiga Lucía, que últimamente tenía problemas. Al llegar al trabajo, Lucía me dijo que Álvaro hacía reparaciones fuera de su horario.
Así que ahí estaba la clave del dinero extra. Cuando le pregunté directamente si todo ese dinero era para Pilar, me lo confirmó sin tapujos.
¿Y entonces? ¿Yo y la niña sin casi ropa, remendando los calcetines una y otra vez, mientras tú mandas a tu madre a balnearios y le compras ropa de boutique?
Es mi dinero. Hago con él lo que quiero.
No hay mucho más que decir. Al final, le devolví el favor: si tanto quiere cuidar de su madre, que se vaya a vivir con ella. ¿No es lo justo?







