Aprovechando la pausa del trabajo, Jimena decidió refugiarse en su cafetería favorita. El día había sido, como poco, insulso y repleto de marrones. ¿Le hacía falta al jefe ese informe justo ahora? ¡Por favor! Seguro que podía esperar hasta mañana, pero claro, a algunos les gusta vivir al borde del abismo administrativo. Con la esperanza de que una ensalada mediterránea y un café arreglaran el universo, Jimena cruzó los dedos y empujó la puerta del local.
Dentro, apenas había gente. Ya visualizaba su mesa de siempre, cuando de repente… Eureka, vaya cuadro. Al fondo, allí estaba su marido, Álvaro, todo repeinado y tan sonriente. Pero no estaba solo: a su lado, una rubia explosiva, que parecía recién aterrizada de las páginas del Vogue, lucía vestidito ceñido y joyas, como para que la vieran hasta en Cádiz. Y el maquillaje… ni las falleras en Valencia iban tan pulidas. Álvaro le susurraba algo, la otra soltaba una risa de esas de anuncio de perfume y le tocaba la mano.
Jimena sintió que el alma se le caía a los pies. Jo, lo que me faltaba hoy, pensó, a dos segundos de plantarse allí y montar una de película de sobremesa. Pero se contuvo. Demasiado fácil, demasiado visto. No, hoy iba a haber función, pero de la buena.
Eligió una mesa desde la que podía espiar con disimulo, pidió su ensalada y su café, y sacó el móvil. Marca el número de Álvaro, y, para su teatrillo particular, ve que el susodicho mira la pantalla, pone el móvil en silencio y sigue con su actuación como si nada. ¡Qué interesante!
Jimena no perdió detalle. Álvaro se inclinó hacia la rubia, le dijo algo bajito y ella carcajada y mano a la boca, bien a la vista un pedrusco en el dedo. Jimena tuvo que mirar a otra parte para no lanzar el azucarero por la ventana. Tranquila, mujer, no montes un culebrón, se ordenó, mientras hacía origami nervioso con la servilleta.
Los flashbacks no ayudaban: la primera cita, las confesiones, los whatsapps almibarados. ¿De verdad todo mentira? ¿Ahora jugaba en dos equipos? Tragó saliva y optó por observar. ¿Sería alguien del curro? Lo dudaba. Demasiado cariñosa para ser solo una colega.
Zapeando mentalmente, vio pasar a un chico alto, guapo, barba de tres días, pinta de haber salido de una publi de ropa interior. Y ahí le vino la inspiración. Agitó la mano, rezando por no hacer el ridículo monumental.
«Perdón, ¿puedo pedirte algo un poco raro?», abordó al chico, que la miró con curiosidad.
«Dime», contestó él, sonriendo.
«Verás, ahí está mi marido y parece que se lo pasa pipa con su amiga. ¿Puedes ayudarme a darles una lección? Tal cual, una escenita.»
El chico dudó una milésima, pero luego ensanchó la sonrisa.
«Vamos allá», se animó sentándose frente a ella.
«Yo soy Jimena», se presentó.
«Y yo, Mateo», respondió él, guiñando un ojo.
Jimena sintió cómo le latía el corazón en las sienes. Echó un vistazo a Álvaro, que casi se atragantaba al ver a su esposa con un desconocido. ¡Ajá! Le salió la jugada.
Entonces, muy metida en el papel, Jimena se inclinó hacia Mateo, soltó una risita y simuló una conversación muy secreta. Mateo lo pilló rápidísimo: sonrisas, gestos cómplices y alguna que otra risa para que el espectáculo fuera redondo.
Álvaro ya no sabía ni dónde meterse. Intentaba disimular, pero su mano tamborileaba nerviosa en la mesa y su rubia empezaba a mirarle como si no hubiera ducha que le lavara la conciencia. De pronto, Jimena cogió de la mano a Mateo. Él respondió ajustándose al guión y sonriendo. Venga, que el teatro no decaiga.
La rubia parecía ya bastante menos cómoda, y Álvaro no dejaba de lanzar miradas de reojo. Llegó el momento de la traca final.
«Vamos a pasar por su mesa», susurró Jimena.
Mateo asintió y juntos caminaron rumbo a la puerta, pasando por delante de Álvaro y Miss Vogue. Justo al pasar, Jimena sonrió como si estuviera en un anuncio de yogures y soltó:
«¡Vaya, cariño, qué casualidad! No esperaba encontrarte aquí. ¿Y quién es tu amiga?»
Álvaro palideció. La rubia, con cara de aquí huele a chamusquina, le miraba esperando una explicación.
«Esta es eh una compañera de trabajo», tartamudeó él.
La otra frunció el ceño.
«¿Compañera? ¡Anda ya!», soltó Jimena con picardía. «Pensaba que hoy tenías una comida con clientes.»
Álvaro ya tragaba saliva como si le fuera la vida. Se levantó tratando de mantener la dignidad:
«¿Pero esto qué es? ¿Y ese hombre quién es?»
«¿Y a ti qué te importa?», contestó Jimena cruzándose de brazos. «¿Se puede saber a qué juegas tú?»
La rubia, sin perder el tiempo, preguntó:
«¿Estás casado?»
Se hizo un silencio más largo que la cola del paro y la rubia, dando un taconazo digno de las mejores pasarelas de Madrid, salió de la cafetería sin mirar atrás.
«Genial», soltó Álvaro, dejando unos euros sobre la mesa. «¿Contenta? Esa era una clienta importante. Todo era por trabajo, tú siempre malpensando.»
«Y dime, ¿quién era entonces tu amiguito?», gruñó él mirando a Mateo.
«Pues mira, si tú te entretienes, yo también», dijo Jimena, alzando las cejas más que la Puerta de Alcalá.
«O sea, ¿tú también me engañas?», Álvaro se puso rojo como un tomate.
«Claro que sí», remató ella, solo para darle en los morros.
Mateo, que ya había tenido más farándula de la que soporta un ser humano normal, se despidió deprisa y corriendo.
«Menuda actriz te has buscado, Jimenita», murmuró Álvaro mientras salía de la cafetería.
Jimena sintió la cabeza a punto de explotar. ¿Y ahora cómo le pones cara a tus jefes? Llamó a su compañera para que la cubriera con el jefe y se fue a casa. Al abrir la puerta, se encontró a Álvaro sentado en el sofá, sorprendentemente sereno.
«Jimena», le dijo con ojos de corderito. «¿De verdad has estado con ese tío?»
Jimena se sentó a su lado y suspiró:
«No, hombre, sólo le conocí hoy. Quería darte tu propia medicina. No podía creer que me estuvieras traicionando.»
Álvaro se pasó la mano por el pelo y puso cara de tragedia griega.
«Mira, esto es de risa. Me he portado como un idiota, lo reconozco. Debería haberte contado la verdad. Prometo que entre esa mujer y yo no ha habido nada.»
Jimena dudó, pero acabó apoyándose en su hombro. Seguía rabiosa por la rubia, pero también alivió un poco ver la sinceridad en los ojos de Álvaro.
«Prométeme que no volverás a hacerme esto.»
«Te lo prometo, de corazón», respondió él, dándole un beso suave en la cabeza. «Perdona, mi cabezota.»
La abrazó fuerte, y Jimena sintió que el cabreo del día se evaporaba poco a poco. Seguía mosqueada, pero, bueno, lo importante era que, después de tanto drama, terminaron en paz. Al final, el show de la cafetería no había estado mal: a veces el teatro ayuda más que una terapia.






