El exmarido al límite: ¡listo para huir!

¡Me has destrozado los nervios! rugió con rabia Inés, la voz temblorosa. ¿Vas a firmar los papeles de una vez?

¡Por eso me alejé de ti! replicó Salvador, la mirada encendida. Jamás lograste entenderme. Tus nervios me son indiferentes. Lo que realmente me preocupa es el futuro de los niños.

Precisamente ellos estarán mejor que nunca respondió Inés, apretando los puños. Además, mi madre vendrá con nosotros.

Una excusa más masculló Salvador.

¡Otra vez con lo mismo! chilló Inés. ¡Me voy por trabajo! ¿No puedes comprenderlo?

Sí, lo entiendo ironizó Salvador. Pero sé que allí buscarás a algún extranjero, te casarás y te quedarás para siempre.

No gano miles de euros para viajar y ver a los niños cuando quiera.

No tengo intención de quedarme en ningún sitio murmuró Inés, la voz tensa.

¡No me lo creo! No confío en nada de lo que dices subió el tono Salvador. Encima te llevas a tu madre. No tienes a nadie más, así que arrastras a toda la familia.

No me engañes, si surge la ocasión de quedarte, lo harás. ¡No pienso perder a mis hijos por tus asuntos personales!

Salvador, los niños se quedaron conmigo tras el divorcio, no lo olvides. Y son tres, por si lo has olvidado.

No es que ahora se peleen por mujeres con tres hijos soltó Inés, con amargura. Mi viaje es solo por trabajo.

Pero no puedo desentenderme de los niños. Mientras yo esté ocupada, mi madre los llevará a parques, playas y sitios de ocio.

Tu madre puede hacer lo mismo aquí. Y tú puedes irte donde te dé la gana sonrió Salvador, forzando la mueca.

Salvador, no seas peor de lo que eres dijo Inés, conteniendo las lágrimas. Los niños tienen vacaciones, yo trabajo fuera. Es la mejor época. Déjales disfrutar y pasar un buen rato.

No tienen nada de qué descansar, y aquí también pueden pasarlo bien replicó Salvador. No voy a perder mi derecho a educarles por tus líos en el extranjero.

Doy la mitad de mi sueldo para su manutención. Así que tengo todo el derecho.

Si es cuestión de dinero… empezó Inés.

¡No! interrumpió Salvador. El dinero no importa. No quiero perder a mis hijos.

¿Así planteas el asunto? preguntó Inés, la tensión en el aire.

Exactamente. No hay otra opción confirmó Salvador. No firmaré el permiso para sacar a los niños del país.

Menos mal que lo he preguntado con tiempo suspiró Inés. Sabía que no sería fácil. Y convencerte, por lo que veo, es inútil.

Totalmente Salvador asintió, satisfecho.

Una cosa, ¿tienes pareja ahora? preguntó Inés.

¿A qué viene eso? se sorprendió Salvador.

Te lo pido como exmujer, respóndeme.

No, no tengo pareja contestó Salvador. Con la mitad del sueldo en el bolsillo, no hay quien mantenga una relación…

El tema del dinero lo arreglamos Inés movió la cabeza. Incluso puedo mejorar tu situación.

¿Qué tramas? Salvador se puso alerta.

Nada. Nos espera el juzgado. Tú solicitas la custodia de los niños mientras yo trabajo fuera.

Así no te quitarán la pensión, y además te pagarán la mitad de mi sueldo.

Los niños, como tanto deseas, se quedarán aquí contigo.

¿Estás loca? balbuceó Salvador.

Si no, pediré que te retiren la patria potestad. Pagar la pensión no basta, y no participar en la crianza sí es motivo.

En tres años desde el divorcio, ni una sola vez has venido a verles.

Salvador se quedó petrificado, como si le hubieran sumergido en agua helada.

Pero puedes firmar el permiso para que los niños viajen, Inés sonrió dulcemente, y Salvador se estremeció.

Los niños se quedan conmigo murmuró Salvador, como un autómata.

Perfecto. Tengo tres meses antes de irme. Tiempo suficiente para arreglarlo todo. Y sí, mi madre puede venir a ayudarte.

***

Era evidente para todos que Inés y Salvador nunca formarían una familia estable. Demasiado distintos, demasiado complicados. Todo en ellos era excesivo: palabras altisonantes, promesas vacías, planes desmesurados.

Quizá aún no habían superado el ímpetu juvenil.

Cuando se casaron, fue contra la opinión de todos. Algunos conocidos incluso apostaron cuánto durarían juntos.

Y se lo decían a la cara. Además, preguntaban:

¿Cómo podéis convivir?

A los recién casados les daba igual. Discutían, sí, pero también se reconciliaban. Inés cedía a veces, Salvador otras.

Había esperanza de que se adaptaran. Los padres confiaban en ello. Cada pelea les ponía de los nervios, sin entender cómo los jóvenes no se alteraban.

Pero ellos tenían sus propios problemas.

Los padres de Inés les regalaron un piso. Había que reformarlo, amueblarlo, mil cosas por hacer. Pero las reconciliaciones apasionadas ralentizaban el avance.

Vivir entre escombros era divertido, pero incómodo. Y desagradable cuando la cal crujía entre los dientes. Por mucho que lavaras los pies…

Al final, la reforma se aceleró porque Inés se quedó embarazada.

Ahí Salvador se lució.

Él era hombre de manos, no de oficina. Terminó la obra dos semanas antes de que naciera su hija.

Inés, aunque no estaba del todo satisfecha, tuvo que aceptar lo hecho. Su alma de diseñadora pedía otra cosa, pero la niña obligó a conformarse.

La ilusión se tornó en desencanto. Salvador arregló el piso, pero dejó el resto de tareas a Inés.

Podía barrer cemento, serrín, polvo, y lo hacía bien. Pero barrer el suelo, ni se le ocurría.

Limpiar ropa de pintura, yeso, no era problema. Pero poner la lavadora y tender, imposible.

Sabía cocinar, pero lo detestaba.

Así, estuvieron al borde del divorcio. Once años en esa cuerda floja. Hasta los escépticos admitieron que una familia así podía sobrevivir.

Tuvieron dos hijos más. Nadie lo entendía.

Por eso el divorcio fue tan duro.

Salvador hizo las maletas, deseó suerte y se marchó. Desapareció tres años. Ni una llamada, ni una carta.

Dolía. La mayor tenía once, el mediano siete, la pequeña tres, y él los olvidó en un instante.

Solo la pensión recordaba que Salvador existía.

Nadie habría pensado en él si a Inés no le hubieran ofrecido una oportunidad laboral en el extranjero por dos meses, con condiciones de ensueño.

No solo le daban casa y todo lo necesario, sino que podía llevar a los tres niños y a otra persona como acompañante.

Por suerte, Inés no dejó los trámites para después. Descubrió que necesitaba el permiso del padre.

Pero Salvador se negó. Hubo que actuar rápido. Y castigarle por su papel de padre ausente.

***

Como cualquier madre, Inés temía dejar a los niños con Salvador dos meses. Si él hubiera mostrado interés tras el divorcio, todo sería más fácil y no haría falta tanto lío judicial.

Pero la inquietud persistía. Se aliviaba porque la mayor, Carmen, ya tenía catorce años y era la mano derecha de su madre.

El hijo y la pequeña tampoco eran bebés. Diez y seis años, ya sabían cuidarse y obedecían a Carmen.

A Salvador se le avisó que su exsuegra estaría para ayudar. En realidad, Elena Fernández iba como supervisora y consejera.

Ella, con su experiencia, debía poner a Salvador en su sitio, y tenía autoridad para amenazarle con llamar a los servicios sociales si hacía falta.

Desde fuera, parecía que Salvador tendría dos meses fáciles, con ayuda y decisiones tomadas por otros. Pero los niños siempre son niños.

Dos meses después, cuando Inés volvió a Madrid, no fue a ver a los niños ni a Salvador, sino que llamó a su madre para saber cómo iba todo.

Ha perdido veinte kilos informó Elena, con voz grave. Tiene ojeras como un oso, los nervios destrozados. Y me debe trescientos euros, no le llegaba.

¿Y los niños? preguntó Inés, ansiosa.

Felices y contentos tranquilizó Elena. En tres días le pusieron firme. Cuando quiso protestar, yo intervine. Le enseñé las leyes, lo que pasaría si se pasaba de listo.

¿No se han desmadrado? dudó Inés.

Imaginó montañas de basura, comida rápida y diversión sin fin.

Carmen los tiene a raya. Hasta obliga a Denis a leer.

Entonces estoy tranquila.

Inés quería que su regreso fuera discreto. Pero pronto supo que la buscaban por toda la ciudad.

Una semana antes de su vuelta, Salvador movilizó a amigos, vecinos, tenderos, todos los que conocían a Inés o a su madre, para que avisaran si la veían. Incluso ofreció cien euros de recompensa. Todo para devolver los niños a su madre.

Por supuesto, la delataron enseguida.

Salvador dejó el trabajo y corrió al piso donde Inés acababa de llegar.

¡Ya está! ¡Llévatelos! soltó en cuanto abrió la puerta.

¡Ni hablar! bufó Inés. Aún no he vuelto. Solo estoy de paso una semana, luego me voy. Me han renovado el contrato por un año.

¡No mientas! Fui a tu trabajo. Dijeron que no te mandan más fuera. Era una oportunidad única replicó Salvador.

¿De verdad fuiste a mi oficina? se sorprendió Inés.

Hablé con el director Salvador asintió. Así que, llévate a los niños. Si necesitas permiso, te lo doy. Te lo juro. Pero llévatelos.

Salvador, no entiendes nada sonrió Inés, irónica. Fuimos al juzgado, ¿recuerdas? Se fijó la residencia de los niños contigo, y yo pago la pensión.

Ahora, para cambiarlo, tendría que ir otra vez a juicio. No tengo tiempo, el trabajo me absorbe. Prefiero seguir pagando y venir cada dos semanas. Si no te importa.

Salvador palideció, sudó, a punto de desmayarse.

Eres el padre del año. Ganaste en el juzgado solo para criar a los niños. Pues hazlo tronó Inés, la mirada fulminante. Yo intentaré ser una buena madre de domingo. No como tú, que en tres años no viniste ni una vez.

¡Inés, por favor! ¡Llévatelos! No puedo más. Te juro que vendré cada fin de semana. Pero llévatelos. Me han agotado.

Darles de comer, vestirles, entretenerles, limpiar, lavar… ¡Me iría al monte con tal de huir!

¡Exacto! asintió Inés. Así viví yo. Y de ti, ni ayuda.

Te lo juro, te ayudaré. Pero quítamelos de encima.

Salvador cayó de rodillas, arrastrándose hacia Inés:

¡Por favor!

El juicio fue un espectáculo, y la familia quedó bajo vigilancia de los servicios sociales. ¡No se puede jugar con los niños! Pero la inspección demostró que los niños lo vivieron como una aventura divertida.

Al final, los niños recuperaron a su padre. No era perfecto, ni brillante, pero era su padre. Y con los años, no guardaron ni un mal recuerdo de Salvador. No fue el mejor, pero lo intentó con todas sus fuerzas.

La vida enseña que el amor y el esfuerzo, aunque imperfectos, pueden dejar huellas profundas y reconciliar corazones.

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