Vuelvo a casa para cenar; mi esposa está preparando la comida. Quiero hablar con ella, sé que la conversación será difícil, así que empiezo diciendo: «Tengo algo que decirte». Ella no responde, se concentra en la cocina y percibo de nuevo la tristeza en sus ojos.
Necesito seguir hablando, así que le suelto que debemos divorciarnos. Ella solo pregunta: «¿Por qué?». No consigo responder, evito la cuestión.
Entonces ella se enfada, pierde el control y comienza a lanzarme todo lo que tiene a mano. «¡No eres hombre!», exclama. No hay nada más que decir. Me voy a la cama, intento dormir y escucho sus sollozos. Me cuesta explicarle lo que ocurre con nuestro matrimonio; no sé cómo decirle que ya no la quiero, que sólo me queda compasión y que he entregado mi corazón a Lucía.
Al día siguiente preparo todos los papeles del divorcio y del reparto de bienes. Le dejo la casa, el coche y el 30% de las acciones de mi empresa. Ella sonríe, rompe los documentos y dice que no quiere nada de mí, y después vuelve a llorar. Siento pena por los diez años de matrimonio, pero su reacción refuerza mi deseo de separarme.
Esa noche llego tarde, paso la cena y me echo directamente a la cama. Ella está sentada en la mesa, escribiendo. Me despierto en mitad de la madrugada y la veo todavía trabajando en su escritorio. No me importa lo que haga, ya no siento cercanía con ella.
Por la mañana me dice que tiene condiciones para el divorcio. Insiste en mantener una buena relación, en la medida de lo posible. Argumenta que nuestro hijo tiene exámenes dentro de un mes y que cualquier conflicto lo alterará. No puedo negarme. Su segunda condición me parece ridícula: quiere que, durante un mes, cada mañana la lleve en brazos desde el dormitorio hasta la puerta, como recordatorio de la noche de bodas cuando la introduje en mi casa. No discuto; me da igual.
En el trabajo cuento a mi colega, Carlos, de esa petición y él, con sarcasmo, comenta que son intentos patéticos de mi esposa para manipularme y volver a la familia.
El primer día que la levanto, me siento incómodo. Nos hemos convertido en extraños. Nuestro hijo nos ve y salta contento: «¡Papá lleva a mamá en brazos!». Mi esposa me susurra: «No le digas nada». La dejo en el pasillo y ella se dirige a la parada de autobús.
Al día siguiente todo resulta más natural. Me doy cuenta, con extrañada sorpresa, de las arruguitas y los pelos canosos que antes no notaba. Ella ha puesto tanto calor en nuestro matrimonio; ¿cómo he podido devolverle tan poco?
Poco a poco surge una chispa entre nosotros y se vuelve una llama. Cada día la siento más ligera, más fácil de llevar. No le digo nada a Lucía.
En el último día, la busco junto al armario; está llorando porque ha perdido mucho peso. Realmente ha adelgazado. ¿Está tan preocupada por nuestra relación? Nuestro hijo entra y pregunta cuándo papá volverá a llevar a mamá en brazos, como si fuera una tradición. La levanto, sintiéndome como aquel día de la boda. Ella me abraza suavemente por el cuello. Lo único que me inquieta es su peso.
La dejo en el suelo, agarro las llaves del coche y me dirijo al trabajo. Allí encuentro a Lucía y le digo que no quiero divorciarme, que nuestros sentimientos se han enfriado solo porque nos hemos descuidado. Ella me da una bofetada y se escapa entre lágrimas.
Yo sé que lo que realmente deseo es ver a mi esposa. Salgo de la oficina, entro en una floristería y compro el ramo más bonito. El dependiente me pregunta qué escribir en la tarjeta, y respondo: «¡Sería mi felicidad llevarte en brazos hasta la muerte!».
Llego a casa con el corazón ligero y una sonrisa. Subo las escaleras y entro corriendo al dormitorio. Mi esposa está acostada en la cama está muerta.
Más tarde descubro que había luchado valientemente contra el cáncer durante varios meses, pero nunca me lo dijo porque estaba absorbida en sus condiciones de divorcio, diseñadas para que nuestro hijo no me viera como un monstruo.
Espero que mi historia sirva a alguien para salvar su familia; muchos se rinden sin saber que están a un paso de la victoria.






