Diario de Inés, 15 de abril, Madrid
Hoy no dejo de pensar en la fiesta de cumpleaños de Marina. No puedo evitar sentirme la invitada más discreta, la que apenas se notaba entre todas. Marina, tan generosa como siempre, había invitado a todo el mundo del grupo de la universidad, aunque la mayoría de las chicas se había marchado al pueblo a pasar el fin de semana con sus familias. Yo, tan tímida y callada, decidí aceptar la invitación, aunque suelo evitar este tipo de cosas.
En realidad, hace poco cumplí dieciocho, igual que Marina. Pero a diferencia de ella, no celebré nada con amigas, ni preparé fiesta alguna.
Nunca he tenido grandes amistades, y en casa mis padres siempre insisten en celebrarlo en familia, con la abuela y el abuelo, alrededor de una merienda sencilla.
Así que da lo mismo cumplir cinco o dieciocho me dije, sintiéndome un poco triste.
Sí que quiero a mis padres y abuelos, pero a veces no entiendo cuándo voy a ser, por fin, adulta y dueña de mi destino. ¿Cuándo se fijará algún chico en mí? ¿Verán alguna vez mi belleza tranquila, mi dulzura que guardo como un secreto?
Sueño con enamorarme, pero me avergüenza mostrarme tal y como soy. No soy tan atrevida como Marina, ni tan llamativa como su amiga Estrella. A ellas no les da vergüenza arreglarse, pintarse los labios, vestirse a la moda, incluso algo provocativas en clase, lo que siempre les cuesta alguna regañina de los profesores.
En cambio, mi madre elige mi ropa y mi abuela aún me teje jerséis de lana, que a ella le duele que apenas use.
Pero la verdad es que no me atrevo a salir a la calle con esas prendas tan antiguas y solo las llevo, a regañadientes, cuando hace frío en casa.
Esta tarde, en el piso de Marina, nos reunimos doce personas. Cuando terminó la merienda y empezaron los bailes, aproveché y salí a sentarme en el banco de la entrada. Nadie se dio cuenta de que me iba. Me incomodan los chicos desconocidos, aunque, sinceramente, tampoco me prestan atención. Tal vez eso es lo que más me duele, pasar inadvertida.
Miré la hora en mi móvil.
Ya podría irme; seguro que mamá está preocupada. Le prometí volver a casa pronto
De pronto, salió un chico al portal. No era amigo de Marina.
Se sentó en el otro extremo del banco, y miró, con una expresión melancólica, hacia las ventanas del segundo piso, desde donde se oía la música y las risas.
¿Tú estabas en la fiesta? me preguntó de pronto, señalando la ventana de Marina.
Asentí ligeramente.
¿Y qué tal? ¿Marina baila? ¿Lo está pasando bien? me insistió, con los ojos algo tristes.
Esta vez reuní valor y le respondí:
¿No lo oyes? Sí, se lo están pasando bien
Claro, es lo normal en un cumpleaños dijo él. Yo, en el mío, solo estuve triste. Apenas lo celebré; ya sabes, una torta y té con la familia, como cuando era pequeño
Le levanté las cejas, sorprendida.
A mí me pasa igual. ¿Eres amigo suyo? pregunté, señalando las ventanas.
Sí y no. Me gustaría, pero ella ni se fija en mí. Ni me ha invitado a su fiesta y somos vecinos de toda la vida. Sabe perfectamente cómo me siento.
Se quedó callado. Yo suspiré y terminé diciendo:
Tampoco te preocupes. Yo también me hago muchos problemas, pero para qué, si nadie se da cuenta. Mira, me fui de allí y ni lo notaron. Soy como invisible. Es lo mismo que esté o que no
No digas eso intentó animarme. Bueno, puede que sí. Algunos somos así. Invisibles los gafe, podríamos decir.
No es que seamos gafes, sino discretos. Nos gusta no llamar la atención. Quizá ahí está una pequeña ventaja: cierta independencia y, en el fondo, libertad.
¿Eso crees? respondió él, con asombro. Por cierto, me llamo Pablo. ¿Y tú?
Inés.
Nos quedamos un rato escuchando la música, mirando de vez en cuando hacia las ventanas, como si en cualquier momento esperáramos que Marina se asomara y nos invitara a volver, a bailar y reírnos juntos. Pero nadie nos llamó.
Me ha gustado conocerte, dije yo al cabo de un rato, pero he de irme. Prometí no tardar mucho, seguro que en casa están inquietos.
Déjame acompañarte al menos hasta la parada de autobúsme propuso.
Caminamos por el parque charlando y, sin esperarlo, sonriendo cada vez más.
Pablo, de repente, parecía disfrutar de mi compañía, lo notaba en mi rubor y en cómo apartaba la mirada cuando veía sus ojos, sobre todo cuando se fijaba en mis pestañas largas. Empezó a contarme chistes y anécdotas de lo más divertidas. Habría seguido siempre, solo por escuchar mi risa.
Al llegar a la parada, le agradecí y me despedí, pero él no se fue hasta que subí al autobús. De hecho, dejé pasar el primero y me subí al segundo, como si no quisiera que ese momento terminase.
Desde el autobús, le saludé con la mano. Parecía que nos conocíamos de toda la vida.
Él se quedó un rato quieto, como hipnotizado, y solo después se fue a casa. Me pareció ver que yo también le había conmovido.
Al día siguiente, Pablo se levantó temprano y fue hasta casa de Marina. Subió corriendo las escaleras y llamó a su puerta.
Marina abrió y puso cara de fastidio.
¿Otra vez tú, Pablo? Que no voy a salir contigo ni tengo ganas de dar vueltas, te lo dije ya.
No, verás bueno, sí, quería invitarte, pero en realidad me gustaría el número de tu compañera La que estuvo anoche aquí. Tiene que recibir algo que se dejó en el banco. ¿Me lo puedes dar, por favor?
¿Quién? Marina arqueó una ceja.
La que se llama Inés respondió él.
¿Inés? ¡Anda! Espera un momento, ahora te lo busco.
En unos minutos volvió con una hoja de papel.
Toma, Romeo. La discreta Inés ¡Quién lo hubiera dicho! Me sonrió y cerró la puerta.
Pablo, feliz con el número, lo guardó como un tesoro y se marchó.
Pasó todo el día buscando las palabras que decirle, nervioso. Por la tarde, al final, se decidió y marcó el número.
Le propuso dar otro paseo y la invitó a un helado. Para sorpresa y alegría de Pablo, acepté encantada. Parecía que esperaba mi llamada; su voz era aún más dulce y cercana que la noche anterior. O eso me pareció
Paseamos por el parque, disfrutamos de nuestros helados y hablamos mucho. Descubrimos que teníamos más cosas en común de lo que jamás podríamos haber imaginado.
La próxima vez invito yo me atreví a decir al despedirnos. Pero nada de parque: te invito al cine, si quieres.
A partir de ahí, ya no nos separamos. Empezamos a ir juntos al cine, a museos y, al cabo de un año, hasta hicimos algún viaje por España, cuando todos ya nos veían como novios.
Dos años después, nos casamos.
Mi madre se llevó las manos a la cabeza, pensando que era muy pronto. Pero la abuela, insistía:
Bien hecho, Inesita. Has encontrado a tu destino y te casas. Eso sí es serio. ¿Para qué perder el tiempo? Pablo es un buen muchacho, cuídalo bien. Se desvive por ti, ¿qué más quieres?
Mira la calladita decían las compañeras de clase. Ha sido la primera en casarse. Y él, que no puede dejar de sonreír.
Nosotros también sonreímos constantemente. Habíamos encontrado, por fin, comprensión, ternura y ese amor del que tanto soñaba.
Con los años, recordamos aquella banca frente al portal con una sonrisa, sabiendo que fue el lugar donde comenzó nuestra historia para siempre
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