La astuta vecina

14 de octubre de 2023

Hoy desperté con el sonido de la puerta golpeando, y allí estaba la anciana del piso de enfrente, con una bandeja de tortillas de patata bajo el brazo.
Buenas, soy Carmen Rodríguez, su vecina. He traído unos churros para el desayuno.

¿A las siete de la mañana? me dije, sin poder evitar la sorpresa.

Carmen insistió que la gente normal se levanta temprano, toma algo y se va a currar. Yo, sin embargo, no me considero normal. Trabajo de noche y apenas me levanto a mediodía; es entonces cuando la inspiración para mis ilustraciones llega con más fuerza, en la quietud de la madrugada. Por eso me molestó que esa visita interrumpiera mi ciclo de sueño, sabiendo que hoy mi productividad sería prácticamente nula.

Le dije que podía quedarme a charlar mientras tomaba una taza de té; bastó una sonrisa y la conversación fluyó sin esfuerzo. Carmen, sola y siempre dispuesta a conversar, me preguntó si era nueva en el edificio. Resultó que los anteriores propietarios, los Vázquez, habían dejado el piso vacío durante meses, sin alquilarlo ni ganar un euro.

Lo han vendido a mí me explicó. Quería independizarme de mis padres y aquí me he instalado.

Yo le confesé que, a mis 27 años, nunca había pensado en vivir sola; siempre había dibujado tranquilo en mi habitación, sin molestar a nadie. Pero mi madre, cansada de mis horarios nocturnos, había empezado a criticarme sin parar: ¿Por qué duermes tanto? ¿Por qué no vas al supermercado? ¿Por qué no te comes una tortilla?. Cada reproche se convertía en una pequeña disputa y, al fin y al cabo, ya no podía seguir bajo el mismo techo. Cuando surgió la oportunidad de alquilar este piso, la cogí sin pensarlo dos veces.

Después de la visita de Carmen, salí a caminar por el barrio que aún me resultaba desconocido. Mientras vagaba, reflexionaba sobre mi decisión: abandonar la casa de mis padres y afrontar la vida por mi cuenta. La idea de independizarme me parecía a la vez liberadora y aterradora.

Al volver, el apetito de la mañana había desaparecido y, antes de volver al estudio, escuché otro golpeteo.
Lucita, ¿nos acompañas a almorzar? Me aburro sola.

Tenía pensado trabajar respondí, resignada. Está bien, vamos.

Ese día no llegué a sentarme frente al boceto. Por suerte mis plazos no apremiaban y me permitieron descansar un poco más. Al día siguiente, el sonido provenía ahora de la pared.
¿Qué dices! ¿Me vas a dejar dormir en paz? gruñí, pero la risa de Carmen se escapó antes de que pudiera terminar la frase.

Decidí probar suerte en una cafetería del centro para desayunar y, de paso, intentar trabajar. El local era acogedor, pero el bullicio de la gente me resultaba un ladrillo más en el muro de mi concentración. Me sentí sola y extrañaba el silencio de mi antiguo apartamento; pensé en llamar a mi madre, pero me contuve: quizá ella no aceptaría que viviera sin su tutela.

Al subir al edificio, Carmen estaba de nuevo en el pasillo.
Perdona si te desperté, mi nieto vino a arreglar una repisa y solo tiene disponibilidad por la mañana. dijo, encogiéndose de hombros.

Yo murmuraba despertó mientras mi paciencia se desbordaba. El día pasó sin que lograra dibujar una línea decente; la idea de una vida independiente empezaba a parecerme una broma de mal gusto. Pasé el resto del día encerrada en el piso, sin responder a los golpecitos de Carmen.

Al anochecer, el ruido de la puerta se transformó en un crujido: la puerta se había caído, dejando un hueco en la pared.
¡Cielo! exclamó Carmen. Llamé al carpintero y ahora me cuesta el doble reparar la cosa.

Me quedé sin palabras, entre la rabia y la extraña preocupación que mostraba la anciana. El carpintero trabajó hasta la madrugada y la factura fue de ciento cincuenta euros, el doble de lo previsto.

Los días siguientes transcurrieron con relativa calma; Carmen se fue a visitar a sus hijos y no volvió a molestarme. Sin embargo, su nieto, Víctor, llegó un fin de semana con su música a todo volumen.
¿Podrías bajar el volumen? le dije, ya sin aliento.

¿Te molesta Víctor? respondió Carmen. Ponte unos tapones y todo pasará.

Víctor se quedó una semana entera, y yo apenas podía moverme dentro de mi propio hogar. Después de un mes, mi tolerancia se había agotado.
¡Carmen! exigí con firmeza. No puedo seguir así; necesito silencio para trabajar y descansar.

Ella, sorprendida, asintió y se marchó sin más.

Al día siguiente, un nuevo golpe resonó en la puerta.
¿Simona? preguntó una voz.
Sí, soy yo. respondí.
Soy el agente de la guardia civil, Iñigo Hernández. Hemos recibido una denuncia contra usted.

¿Una denuncia? ¿De quién? dije, incrédula.
Varios vecinos alegan que hace ruido por la noche y amenaza a la comunidad.

Carmen, que había salido a la puerta, saludó al agente con una sonrisa.
Buenos días, señor Hernández. Esa es la vecina ruidosa de la que nos hablaba.

El agente entró, mientras yo me quedaba paralizada. No podía comprender cómo esa mujer tan dulce y parlanchina se había convertido en una antagonista implacable. Iñigo resultó ser un joven de buen porte, pero su actitud era la de quien debía imponer orden.

Señora, tendrá que abandonar el piso si no se corrige la situación dijo con severidad.

Yo, con el corazón latiendo a mil por hora, pensé: Si logro vencer a Carmen, podré con cualquier obstáculo.

Decidí entonces contactar a los Vázquez, los antiguos dueños, y negociar la compra del piso. Aceptaron la oferta y, aunque tuve que recurrir a un pequeño préstamo de dos mil euros, logré adquirir la vivienda.

Después, informé a los vecinos de que Carmen estaba enferma y necesitaba ayuda. Llamé también a los servicios sociales, que enviaron a una asistente para que le visitara. Al principio, la anciana rechazó cualquier auxilio, pero con el tiempo aceptó la compañía y la atención. Se convirtió en una figura vulnerable que recibía visitas y cuidados de la comunidad.

Con todo eso, mi vida volvió a la normalidad. Volví a trabajar en mis ilustraciones sin interrupciones, reconcilié mi relación con mis padres, y hasta el agente Iñigo empezó a pasar por mi puerta de vez en cuando, como un inesperado pero agradable vecino.

A veces, cuando escucho a Carmen desde el pasillo, me guiña un ojo y dice:
¡Vaya, Lucía, qué lista eres!

Y yo, sonriendo, respondo en mi interior: Así es la vida: una serie de giros inesperados, pero al final, la astucia y la perseverancia siempre dan su fruto.

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