Solo querías tenerme bajo control

¿Te has cansado de divorciarte? ¿Vas a volver a arrastrarte?

Irene se echó una risita mientras apretaba el móvil contra la oreja. Por la ventana el cielo de diciembre se teñía de un gris plomizo y, más abajo, en el patio del edificio, los niños ya gritaban de emoción lanzándose en trineos improvisados.

No vas a lograrlo, Antonio. No es por eso.

Un silencio colgó del otro lado de la línea. Irene imaginó la cara de su ex, fruncida, intentando averiguar por qué la había llamado. Desde que se marchó hace tres meses, llevándose a Begoña, sólo se hablaban por temas legales: el divorcio, la división de bienes, la pensión. Todo muy seco, sin rodeos, sin palabreitas de más.

Ya casi llega Nochevieja dijo Irene, esforzándose en que su voz no entregara nada más que la fría realidad. Begoña quiere árbol de Navidad.

Pues cómpratelo.

Quiere el mismo del año pasado, con luces integradas. ¿Te acuerdas? Lo guardaste en la cochera.

Antonio se quedó callado. Irene escuchó el leve respiro detrás del auricular y sintió que ese silencio era una trampa calculada, el típico truco de él para ponerte nerviosa y obligarte a justificarte.

Irene guardó silencio.

Lo dejo finalmente soltó Antonio, pero con una condición.

¿Qué condición?

Celebramos Nochevieja juntos. Tú, yo y Begoña. Como familia.

Irene retiró el móvil del oído y miró la pantalla para asegurarse de que realmente era el número de Antonio, de que no se le había escapado el número.

Eso no va a pasar.

Entonces no habrá árbol.

Colgó y dejó el móvil sobre el sofá. Se acercó a la ventana y apoyó la frente contra el cristal helado, cerrando los ojos.

Tres meses. Tres meses arrastrándose fuera de ese pantano y, ahora, por una simple árbol de plástico, él vuelve a intentar colarse en su vida.

No, no esto

La cafetería estaba llena de clientes. Irene estaba sentada frente a Marta, su colega de los tiempos del instituto, calentando las manos con una gran taza de cappuccino. Afuera caía una escasa nevada, la gente se revuélvía con bufandas y, dentro, se escuchaba en un rincón un suave jazz navideño.

Pues, a ver, a ver ese árbol Marta arrancó un trozo de strudel. Compra uno nuevo. En cualquier hipermercado los tienen a montones.

Irene suspiró.

La niña insiste en ese árbol. Begoña cada tarde pregunta: «Mamá, ¿cuándo vamos a poner nuestro árbol? Ese que se ilumina solo». Y te mira con esos ojitos

Marta asintió comprensiva.

¿Y por eso llamaste a Antonio?

Tuve que aplastar el orgullo. Irene frunció el ceño como si hubiera mordido un limón. ¿Sabes lo humillante que es pedir algo a alguien a quien ya no quieres volver a ver?

Lo imagino. Marta puso su mano sobre la de Irene. Él siempre ha sido un caso. Recuerdo tu cumpleaños

Cuando armó un escándalo porque Damián, del contable, me abrazó.

Sí, después te gritó todo el camino a casa.

Irene tomó un sorbo de café. El amargor le caló de una forma extrañamente reconfortante.

Sabes, aguanté ocho años, Marta. Ocho años de control, de inspecciones. Dónde ibas, con quién hablabas, por qué tardabas tres segundos en contestar. Cada euro lo contabilizaba, cada compra la cuestionaba. «¿Para qué ese vestido? ¿A dónde vas?»

Y encima se pasó a la cama con otra Marta susurró.

Irene asintió. Le aprisionó la garganta un instante, pero siguió. Ya había llorado bastante en las primeras semanas después de descubrir sus mensajes.

Lo más ridículo dijo Irene, es que él todavía se cree la víctima. «No me valorabas, por eso busqué calor en otro lado». ¿Te lo imaginas?

Marta soltó una carcajada.

Clásico de los infieles. Y lo has hecho bien, has salido. Muchos en tu sitio

Muchos se quedarían. Por la niña. Por la estabilidad. Por no admitir la derrota. Irene giraba una servilleta entre sus dedos, haciéndola una bolita. Pero yo ya no podía. Simplemente no podía.

La nieve fuera se hacía más densa. Quedaba tiempo antes de Nochevieja y, en algún garaje del otro lado de Madrid, reposaba el árbol de plástico con luces integradas, la única cosa que pedía la pequeña Begoña.

Irene miró la nieve y pensó que el amor materno es estar dispuesta a lo imposible, incluso a hablar con quien sólo deseas una cosa: que desaparezca de tu vida para siempre.

Begoña estaba en la sala, rodeada de lápices y hojas, dibujando un árbol. Un triángulo verde, una estrella encima y, alrededor, puntitos amarillos y naranjas. Luces.

Mami, ¿cuándo llegará nuestro árbol?

Irene se sentó a su lado, le acarició la cabeza. El pelo rubio olía a champú infantil, a fresa y a despreocupación.

Pronto, cariño.

¿Papá lo trae?

Irene se quedó helada. ¿Cómo explicarle a una niña de cinco años que su padre no puede simplemente traerle el árbol? ¿Por qué los adultos complican todo?

Papá está ocupado respondió. Pero el árbol va a llegar, te lo prometo.

Begoña asintió y volvió a dibujar, añadiendo regalos bajo el árbol, cuadritos con lazos. Irene la miró y pensó que haría cualquier cosa por esa niña.

Incluso otra llamada a Antonio.

Esa noche, cuando Begoña ya dormía, Irene marcó el número de siempre. Sonó sin cesar hasta que finalmente Antonio contestó.

Ah, al fin llamas.

Su tono había perdido la ceremonia. Irene apretó los dientes.

El árbol lo necesita tu hija, no yo.

Lo sé.

Antonio, es la alegría de una niña. Un milagro de Nochevieja. ¿No puedes simplemente?

Puedo. Ya dije las condiciones. Las conoces.

Eso es chantaje.

Es la vida. Antonio se quedó en silencio. Me quitaste la familia, Irene. La niña. El piso

¡El piso de mi madre! Irene casi gritó, pero recordó a Begoña dormida al otro lado de la puerta. Y la familia no la destrocé yo. ¿Recuerdas con quién te estaba escribiendo?

Otra vez con lo tuyo

El árbol, Antonio. Solo entrégame el árbol.

Ya lo dije.

¿Te das cuenta de que estás arruinando la fiesta a tu propia hija?

No, Irene. La arruinas tú. Porque te niegas a ceder. Porque no puedes pasar por encima de tus principios por tu hija.

Irene se aferró al móvil hasta que sus nudillos se pusieron blancos.

¿Te oyes? ¡Estás manipulando el árbol para entrar en mi vida!

En la nuestra. ¡Aún no nos hemos separado! Y Begoña es nuestra hija en común.

¡A la que ves cada dos semanas!

Porque tú la has tomado.

Irene tiró el auricular, se sentó en la cocina y se abrazó a sí misma. Un latido sordo retumbaba en sus sienes. Tres meses intentando construir una vida nueva. Cada conversación con Antonio la arrastraba de nuevo al lodazal del que había escapado.

No, no volverá a darle ese poder. Ni por nada.

Tres días pasaron. Begoña preguntaba cada mañana por el árbol. Antonio la bombardeaba con mensajes: «¿Cuándo dejarás de ser cabezota?», «Piensa en la niña», «Espero tu respuesta».

Al tercer día, Irene escuchaba a Begoña hablar del cole, de su amiga Alicia, de lo que pedirá al rey mago y, claro, del árbol.

Cuando Begoña se quedó dormida, Irene se quedó mirando una pared, dando vueltas a las ideas. Antonio quería venir a Nochevieja. No lo permitiría. Pero Begoña quiere el árbol. Y él lo sabe.

Y entonces se le iluminó la idea.

Cogió el portátil, entró en una web de anuncios. Subió una foto del año pasado: Begoña junto al árbol decorado, luces doradas parpadeando. Escribió: «Compro árbol idéntico con luces integradas. Urgente».

El móvil vibró veinte minutos después. Primera respuesta.

Dos días de búsquedas, cinco llamadas, un viaje al Mercado de San Ildefonso donde un vendedor gritaba tratando de vender una picea desnuda, y finalmente, un viaje a Getafe, donde una mujer de unos cincuenta años vendía exactamente el árbol que buscaba.

La niña ya está mayor, ahora necesita uno vivo dijo la vendedora mientras ayudaba a Irene a cargar la caja en el taxi. Que esta beldad siga trayendo alegría a otras casas.

Irene pagó, volvió a casa y arrastró la caja hasta el portal.

Esa tarde, cuando Begoña volvió del cole, en el salón estaba el árbol. El mismo, casi idéntico. Verde, con suaves agujas artificiales y, lo mejor, con luces que destellaban como diminutos luciérnagas dentro de sus ramas de plástico.

Begoña se quedó paralizada en la entrada y luego gritó:

¡Árbol! ¡Mi árbol!

Se lanzó a abrazarlo, se pegó la mejilla a las ramas plásticas. Irene, en la puerta, la miraba y sonreía hasta que le dolían los pómulos.

Durante las dos siguientes horas decoraron el árbol juntas: colgaban bolas, guirnaldas, ponían la estrella en la punta. Begoña mandaba, Irene obedecía. Después apagaron la luz de la estancia y se quedaron en el sofá viendo cómo las luces titilaban en la oscuridad.

La fe en la magia volvió a latir.

El día de descanso fue helado. Irene dejó a Begoña en la guardería por la mañana y prometió llevarla al parque a patinar, luego a comerse unos churros con chocolate.

Irene se tomó un café, puso una película y se abrazó al mantón. Afuera la nieve caía espesa, cubriendo Madrid con un manto blanco.

Un golpe en la puerta.

Irene frunció el ceño. No esperaba a nadie. Miró por el mirilla y su corazón dio un vuelco.

Antonio, con una enorme caja bajo el brazo.

Abrió la puerta, sin llegar a cruzarla del todo.

¿Qué quieres?

Antonio esbozó la sonrisa que una vez le había enamorado y que ahora le daba asco.

Traer el árbol dijo, levantando la caja. Decidí que, si no puedes venir, lo entrego yo. Solo queda que aceptes mi condición.

Irene lo miró, a esa sonrisa arrogante, a esa seguridad en los ojos. Él creía haberla acorralado, haberla puesto sin salida.

Antonio, ya hemos puesto el árbol.

La sonrisa desapareció de su cara.

¿Qué?

El mismo, con luces integradas. Lo encontré en internet. Begoña está feliz. Irene abrió la puerta un poco más, dejando que él vislumbrara el rincón donde la decoración titilaba. No voy a dejarte entrar.

Antonio siguió sosteniendo la caja, su rostro se tornó pálido.

¿Lo haces a propósito?

Hice lo que debía por mi hija. Sin tus condiciones, sin tus chantajes.

¡No es chantaje! Yo solo quería

Controlar. Irene lo interrumpió con serenidad, sin ira. Querías controlarme, como siempre. Pero sabes qué? Ese número ya no funciona.

Antonio dio un paso adelante. Irene no se movió.

Irene, escúchame

Ni se te ocurra aparecer en la fiesta. Te echo a la calle. Empezó a cerrar la puerta. Y la próxima vez que quieras ver a tu hija, avisa con antelación, como corresponde. Sin sorpresas.

La puerta se cerró de golpe. Irene se apoyó contra ella, cerró los ojos y respiró hondo. El silencio la envolvió.

Abrió los ojos y miró el árbol en la sala. Las luces lanzaban destellos dorados por las paredes.

Esa fue la última jugada de Antonio y no funcionó.

Irene se acercó a la ventana. En el patio, Antonio cargaba la caja al coche.

Una sonrisa se dibujó en sus labios. Tendrán que esperar hasta Nochevieja para volver a cruzarse. Y ella no dejará que Antonio vuelva a envenenar su vida, ni la suya ni la de Begoña.

El próximo año será perfecto.

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