¡Vamos, hija! ¡Ambos apenas tenemos dieciocho años…!

Querido diario,

Hoy vuelvo a pensar en aquel hombre encorvado que recorre los pasillos del refugio de perros de la zona sur de Madrid, como si buscara algo que sólo él conoce. Lo he visto varias veces en estas semanas; su melena canosa, casi plateada, se me anuda bajo el sombrero de fieltro que lleva. Una voluntaria del refugio, a quien llamo Lucía, se acercó y me preguntó:

¿Necesita ayuda, señor? ¿Busca a alguien?

Él, con voz queda, respondió:

No, no se preocupe. Sólo quiero mirar un momento, si me lo permite

Lucía, sorprendida, me soltó:

Adelante, mire todo lo que quiera.

El anciano siguió caminando despacio, deteniéndose frente a cada jaula, escudriñando a los perros como si intentara leerles el destino en la mirada. Después de varios recorridos, se quedó frente a una jaula concreta.

En la esquina, apoyada contra la pared, estaba una perra que no se movía como los demás. No movía la cola, no lanzaba miradas suplicantes, ni trataba de llamar la atención. Simplemente estaba allí, con la vista perdida en un punto lejano, como si sus pensamientos estuvieran a años luz.

¿Qué le pasa? le preguntó Lucía.

Esta es Luna. Tiene unos seis años. La trajeron aquí después de que un coche la atropellara; la dueña se negó a hacerse cargo y una vecina la trajo al refugio. Le operamos, pero no pudimos salvarle la pata.

¿Entonces ya no podrá correr? inquirió el viejo.

Podrá moverse, sí, pero desde que llegó aquí no ha salido de su jaula. Tal vez tenga miedo.

El anciano la miró largo y tendido.

¿Podría llevarla a casa? susurró, casi suplicando.

Lucía lo miró, escéptica, y pensó:

«¿A dónde vas a llevarla, viejito? Apenas puedes caminar tú mismo Si algo le pasa, volverá a la calle».

Lo pensaremos y le daremos una respuesta mañana le contestó.

De acuerdo entonces volveré mañana. Hasta luego.

Él se marchó con paso lento y cojedor.

A la mañana siguiente, cuando el refugio aún estaba cerrado, él ya estaba en la reja.

Ah, otra vez tú dijo Lucía. Hemos hablado con la directora. No podemos entregarte a Luna; necesita cuidados especiales.

El anciano bajó la cabeza, y sus ojos parecieron humedecerse. Se dio la vuelta y se fue sin decir nada.

Al mediodía, el personal volvió a limpiar jaulas y lo vio de nuevo, allí, frente a la jaula de Luna, hablándole en voz baja. Lucía volvió a reiterar que no podía entregársela. Él asintió, pero permaneció allí.

Así pasaron los días, durante un mes entero. Cada mañana él llegaba, se sentaba junto a Luna, le hablaba en susurros, le contaba historias, y ella lo escuchaba, inmóvil pero atenta. El personal ya había tomado su presencia como parte del panorama.

Un día la directora, cansada, le dijo a Lucía:

Luz, entrégasela él. Al fin y al cabo, nunca sale de su jaula. Tal vez sólo él le inspire confianza.

Lucía abrió la reja. El anciano entró, se sentó al lado de Luna y, en menos de un minuto, ambos se levantaron y salieron juntos.

Las trabajadoras no pudieron ocultar la sorpresa. La perra, que había pasado meses sin dar un paso fuera, ahora caminaba al lado del hombre, se detenía a respirar y seguía su camino.

Así nació una amistad entre Luna y don Ramón Álvarez. Él acudía cada día. Ella sólo reconocía su voz. Paseaban por el parque del Retiro, se sentaban bajo los plátanos, miraban al horizonte con la misma mirada triste y silenciosa. Cuando volvían al refugio, se quedaban mirándose, como si la partida les costara más que nada.

Tras varios meses, la directora le propuso a Ramón llevarse a Luna para siempre.

Él rechazó.

Nadie entendía la razón; él quería salvarla, ¿no? Pero el viejo no quiso explicar. Simplemente volteaba la cara, evitando que alguien viera sus lágrimas.

Una tarde, Lucía decidió seguirlo. Lo vio caminar cojeando casi hasta los límites de la ciudad, hasta los barrios de Carabanchel. Lo siguió durante una hora, hasta que entró en un viejo edificio de ladrillo.

En la puerta colgaba un letrero: PNI Residencia de Personas Mayores.

Lucía entró y habló con la directora. Le contaron que Ramón vivía allí desde hacía más de diez años, que había sufrido un grave accidente, perdió una pierna y que su hija, Teresa, lo había dejado allí y nunca volvió a visitarlo.

Al salir, Lucía se quebró en llanto. Yo, que también había perdido a mi marido y a mi hijo, sentí que mi corazón se partía. Había construido el refugio para doscientos perros, para no quedarme sin motivos para seguir adelante. Había visto mil animales abandonados y ahora veía a un padre abandonado.

Lloré todo el camino de regreso. Ese día tomé la única decisión que sentí correcta.

El tiempo ha pasado. Hoy, al despertar, me sentí ligera de ánimo. Fui a la cocina, puse a hervir una taza de té y subí al balcón.

¡Papá! grité. Ten cuidado con la nieve, que ya no eres un chaval. Luna tiene quince años, pero tú ya tienes ochenta.

¡Anda ya, niña! repuso él con una sonrisa cansada. ¡Apenas somos dos adolescentes!

Así, mientras el sol se cuela entre los tejados de Madrid, recuerdo que a veces la edad no es más que un número, y que el cariño verdadero no entiende de años ni de limitaciones.

Hasta la próxima, diario.

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