Ninguna magia
La Nochevieja se aproximaba vertiginosa, como un tren de alta velocidad que atraviesa la estación de Atocha. A Lucía le faltaba el aire ante esa inercia imparable; sentía que, de pie en el andén, le faltaba el billete, que nada iba a salir bien y que la felicidad se le escapaba, igual que el esperado espíritu navideño.
¿Y a quién se le ocurre invitar a gente? ¿Quién querría celebrar el Año Nuevo con una fracasada?
***
El 31 de diciembre comenzó con una catástrofe doméstica: la lavadora, tras diez años de leal servicio, decidió jubilarse provocando una auténtica inundación en el baño.
Encontrar a un fontanero en Nochevieja menuda odisea. Lucía, a fuerza de nudos en el estómago y llamadas, lo consiguió y suspiró aliviada, confiando en que se hubieran acabado los desastres del día.
Pero no
Al mediodía, su gato rojo, Donato, autoproclamado gourmet, se zampó todo el chorizo preparado para la ensaladilla rusa, dejando a su dueña con apenas unas míseras aceitunas y pepinillos en vinagre.
Por si fuera poco, aquel bribón decidió lanzarse a cazar un gorrión que se posó en la ventana entreabierta
Un ficus enorme cayó del alfeizar, arrastrando el belén y dejando inservible la vieja guirnalda de luces, la favorita de Lucía.
Los pedazos del tiesto mezclados con polvo de figuritas y adornos navideños tesoros de su infancia se desperdigaron por el suelo.
Lucía estuvo a punto de romper a llorar mientras recogía el estropicio.
Luego vino una jarra hecha añicos, un pollo al horno que se quemó, y como colofón final: cuando los invitados ya estaban a punto de llegar, Lucía, presa del pánico, recordó que olvidó comprar el roscón de Reyes. Desesperada, llamó a su hermana.
Carmen, ¡es un desastre! ¡No tengo roscón!
¡Tranquila! la voz de su hermana sonó cálida y resolutiva al otro lado. Estoy ya en la puerta. Baja y lo arreglamos.
¿En serio? ¿Dónde estás?
¡Te lo estoy diciendo, mujer! Abre, que estoy abajo.
Bajó Lucía y se topó con una escena digna de cuadro costumbrista: junto al coche de Carmen estaba su inseparable amiga Dolores, con una bolsa gigante, y la tía Ángeles, sujetando muy oronda una fuente de aspic.
¿Y para qué traes aspic, y nada menos que una fuente entera? Lucía casi gritó, entre incrédula y divertida.
Por si acaso, hija sentenció la tía Ángeles, experta en consejos no solicitados, que ya sé cómo os las gastáis cocinando. ¡Y aún nos queda toda la noche! Espero que al menos haya ensaladilla
Lucía se encogió de hombros, resignada.
Mientras las chicas corrían de pastelería en pastelería en busca del roscón, Dolores aprovechó para colgar serpentinas, en las que enredó Donato hasta parecer un bicho alienígena.
Al rescate acudió Alfonso, marido de Carmen. Venía directo del trabajo, como un héroe a la última hora.
Donato ni se quejó hasta divisar a Lucía; entonces pegó tal salto de alegría hacia ella que dejó un arañazo rojo en el brazo de Alfonso.
Le curaron la herida y él valiente donde los haya se ofreció a ayudar en la cocina. Eso sí, su ayuda se limitó a sentenciosas reflexiones filosóficas tipo la ensaladilla es un estado del alma, no una receta. A Lucía y Carmen les bastaba.
Lucía, ¿y esa caja? gritó Dolores desde el salón. Pone “¡Feliz Año Nuevo!” Y aquí al lado, una nota: “Abrir de madrugada. Abuela Eugenia.
Lucía corrió, intrigada.
¡Anda! Se me había olvidado. Carmen, ¡es de la abuela! Antes de irse, insistió en que la abriésemos para Año Nuevo, sobre las dos de la madrugada. Dijo que era una sorpresa.
¿Y qué será? Carmen examinó la caja con ojos brillantes. ¡Venga, vamos a mirarlo ya!
Lucía negó enérgica:
¡Ni hablar! Que luego la abuela se entera, ya sabes cómo es. Y si lleva algún truco con cerradura, la liamos. Haremos lo que pidió. Aguanta un poquito.
La intriga se adueñó del ambiente. Incluso la tía Ángeles se acercó y no perdió detalle, al acecho junto a la caja.
***
Escucharon el mensaje del presidente, brindaron con cava, ajenos a cualquier desventura, devoraron la ensaladilla gatera, rieron y discutieron. Y por fin
¿Ya son las dos? preguntó Lucía. ¡Pues ha llegado el momento! cogió la caja con solemnidad. ¡Sorpresa de la abuela Eugenia!
El honor de abrirla recayó en el único varón presente.
Alfonso le dio varias vueltas hasta levantar la tapa.
Dentro, sobre una cama de algodón, no había ni dinero ni fotos antiguas. Había decenas de papelitos enrollados, cada uno atado con un lazo de color y con una pequeña pegatina con nombre.
¿Pero esto qué es? preguntó Alfonso, extrañado.
Lucía desató el primero, con su nombre, y leyó en voz alta:
Lucía, mi niña querida. ¿Algo se ha torcido otra vez? ¿La lavadora rota? ¿El gato se ha comido la ensaladilla? ¡Da igual! Recuerda: cada problema es solo una oportunidad para pedir una pizza y ponerte tu serie favorita. El roscón puedes comprarlo mañana. Lo único importante es tener cerca a los que te ayuden a devorar la pizza. Te quiero hasta la luna y vuelta. Tu abuela Eugenia.
Un silencio dulce llenó la sala, roto en segundos por una carcajada general.
Lucía reía hasta llorar.
¿Pero cómo cómo lo supo?
Eso es magia de verdad susurró la tía Ángeles.
¡Ahora la mía, ahora la mía! Carmen le arrebató otra.
Desenrolló el papelito:
Carmen, hija. Deja de discutir con Alfonso por tonterías. ¡Abrázale más! Que aunque le guste filosofar, es un buen tipo. Cuando te empiece otra vez, dale un beso. Es el mejor antídoto contra la lógica masculina. Un beso grande a los dos.
Alfonso se puso rojo como un tomate y besó a Carmen mientras todos aplaudían, entre risas.
Dolores abrió su nota, tapándose la risa.
Dolores, preciosa. No busques el amor en bares; mejor en la biblioteca o el súper del barrio. Allí hay buena gente, como tú, aunque no lleven pantalones tan modernos. Y por favor, deja de teñirte de azul eléctrico. Tu color natural es el más bonito.
¿Pero cómo sabe lo del tinte? exclamó Dolores. ¡Si sólo hace dos días que cambié de color!
Tocó el turno de la tía Ángeles, temblorosa como quien abre un misterio.
Ángeles, querida. Sabes de todo y das los mejores consejos, pero hay algo que no sabes: a veces la bondad y el silencio valen más que mil consejos. De vez en cuando, mejor callar y comerse un trozo de roscón. Te abrazo fuerte.
La tía Ángeles leyó y su cara se tiñó de rubor. Murmuró algo inconcreto, cogió un buen pedazo de roscón y se calló; por primera vez en años no dio consejo alguno en la mesa.
La fiesta se alargó entre risas y confidencias hasta bien entrada la mañana.
Al amanecer, llamaron por videollamada a la abuela Eugenia, quien, sonriendo desde su sillón en Salamanca, les dijo: ¡Mis niñas, qué alegría! Me alegro tanto de que la sorpresa os gustara. ¡Ni magia ni nada! Solo hago esto porque os conozco mejor que nadie. Y porque os quiero.
Al recoger los restos de la celebración, Lucía guardó las notas en un tarro bonito y lo puso sobre la mesa del salón. Eran más que buenos deseos: era la receta de la felicidad de su abuela. No temer al desorden, reírse de los tropiezos, mimar a quienes nos acompañan y comer lo que te apetezca sin pasarse. Y, sobre todo, recordar que el mejor regalo es saber que hay alguien que te quiere y te entiende. Siempre.






