Forjando mi propia vida. Un relato

Antes de cada cumpleaños de su hija, Aroa revivía una y otra vez el parto que la marcó, y no podía evitar culparse

Aroa temía dar a luz; apenas tenía diecinueve años cuando el embarazo la asaltó. Su madre, Carmen, estaba desesperada: ¡Sois muy jóvenes, Aroa! Tú apenas eres una niña y Sergio, tu futuro marido, todavía parece un chaval. ¿Cómo vais a manejar una familia?

Pero Aroa era obstinada. Contra todo pronóstico, ella y Sergio se casaron en una pequeña iglesia de la zona de la Sierra de Guadarrama. Ambos estudiaban y trabajaban, y la familia los consideraba ya adultos capaces de arreglárselas.

Tres años después, los dos defendieron sus tesis, recibieron ascensos y, cuando Aroa descubrió que estaba encinta, Sergio exclamó con una risa nerviosa: ¡Qué bien! Justo a tiempo: acabamos los estudios, yo gano bien y ya podemos tener a nuestro pequeño.

Aroa, sin embargo, sintió un temblor interior. Sergio la miró, sorprendido:

¿No estás contenta?

¡Claro que sí! respondió, forzando una sonrisa. Espero que nuestro hijo se parezca a ti.

Pero en su pecho se acumulaba un miedo que no quería admitir. No le hablaba a Sergio de su terror al parto porque la razón era demasiado dolorosa: la hermana mayor de su madre, Isabel, había muerto al dar a luz. No era el único caso; en la familia de Aroa había varias mujeres que habían fallecido en el alumbramiento, y ella no podía desprenderse de la premonición de que algo similar le sucediera a ella.

Cuando llegó el día, sus presagios se materializaron. La matrona, Doña Pilar, la reprendió con voz áspera:

¡No te rindas, aguanta un poco más! ¿Qué haces? ¡Vamos, niña, empuja, o el bebé se ahogará!

Aroa sintió que la matrona se burlaba de ella, obligándola a empujar cuando no tenía fuerzas. La escena terminó en tragedia: la pequeña se dio la vuelta en el último momento y salió al mundo con las piernas adelantadas.

El bebé, una niña a quien llamaron Marta, nació casi sin vida. Tenía una cadera dislocada que nunca pudieron corregir, y aunque ya contaba con cinco años, la paseaban en una silla de paseo, arrastrándola por los parques de Madrid. La gente los miraba con extrañeza; Marta era una niña grande que no podía caminar.

Sergio, sin embargo, se mostró como un padre ejemplar: la adoraba, le compró una pared de juegos sueca, columpios y varios aparatos de entrenamiento. Creía firmemente que su hija pronto se recuperaría, que volvería a andar y que todo volvería a la normalidad. Aroa, en cambio, se culpaba a sí misma por haber temido al parto; sentía que la vida de Marta pagaba cada una de sus dudas.

Aun así, Marta nunca perdió la alegría. Siempre estaba de buen humor: los dibujos animados, el caldo de su abuela, los rotuladores que le regaló su bisabuela. Un año atrás, Aroa le compró plastilina de colores, y Marta se enganchó a la escultura, creando figuras con una destreza inesperada.

Recientemente, Sergio notó que los animales que Marta modelaba pequeños gatitos y figuras humanas parecían casi vivos. Un día, mientras paseaban, Marta y su abuela, Doña Teresa, encontraron un gatito con una patita herida. Marta, con los ojos brillantes, imploró:

Mamá, mira qué pequeño, su patita está lastimada; si lo dejamos, morirá.

Aroa aceptó, y Sergio, siempre deseoso de tener una mascota, permitió que el gato, al que llamaron Niebla, se quedara en casa junto al perro Rex, que ya esperaban con ansias.

Marta empezó a modelar gatitos de plastilina que se parecían a Niebla.

Lo haces mal, la patita la aprietas, míralo le corrigió la abuela.

Marta se negó a cambiar su forma de modelar y replicó:

Abuela, no lo entiende, lo hago así para que Niebla se cure pronto.

Cuanto más figuritas de gatitos hacía, menos se notaba la cojera del felino. En pocos días, Niebla estaba completamente sano. Doña Teresa, con la mirada chispeante, comentó:

Parece que Marta tiene un don. Sucede a veces con niños que han sufrido traumas al nacer; hay que observarlo sin espantarlo.

Al recuperarse Niebla, Marta modeló a la vecina de al lado, la ruda anciana Violeta, siempre con la mirada amarga.

Violeta no se parece a la que has esculpido, tiene el mismo pelo y ropa, pero nunca sonríe.

No, abuela, ella no es mala, solo piensa que nadie la quiere explicó Marta, y en la siguiente figura Violeta aparecía con una sonrisa, alimentando a sus gatitos.

Pocos días después, Violeta se encontró en la entrada del edificio con una bandeja de comida para los gatitos. Los observaba con ternura, acariciándolos.

No peleéis, que yo traigo más dijo, sonriendo.

Esa misma noche, Violeta recibió inesperadamente la visita de su hijo, Damián, con quien había mantenido una larga pelea. Venía acompañado de su esposa, Lena, y su hijo, Santiago. La reconciliación surgió sin esfuerzo y, desde entonces, la sonrisa de Violeta nunca desapareció; las vecinas de su edad se convirtieron en sus amigas y Damián no volvió a olvidar a su madre. Violeta adoptó a los gatitos y, con la alegría, rejuveneció; la bondad, según dicen, rejuvenece el corazón.

Aroa, al observar los pequeños milagros de su hija, susurró:

Ojalá pudiera esculpirle piernas fuertes.

No le digas nunca a Marta que tiene ese don, o perderá la fuerza de su deseo. Es un secreto, la inspiración solo funciona cuando nadie lo sabe le advirtió la abuela.

Marta, como si siguiera un plan propio, modeló una niña bailando con un vestido de colores, una que se parecía a ella. Luego una más en bicicleta, otra en esquís. Cada día, Aroa y Sergio, conteniendo el aliento, observaban a su hija crear mundos.

Una tarde, al regresar del trabajo, la abuela los recibió con gesto misterioso:

Silencio, no hagáis ruido y seguidme.

Aroa y Sergio, de puntillas, entraron en la habitación y vieron a Marta frente a un espejo, vestida con un delicado traje de baile. Ella, al ver a sus padres, exclamó:

¡Mamá, papá, compradme un vestido de bailarina! Quiero bailar.

El don de Marta nunca se contó a nadie; temían romper la magia. Era un talento tan sutil que solo la abuela lo había percibido.

Con los años, la pasión de Marta por la escultura no menguó. A veces pasaba horas concentrada, modelando sin cesar. Lo que ella creaba acababa sucediendo en la vida real: la gente a su alrededor encontraba oportunidades, sanaciones, encuentros inesperados.

Los médicos, al observar que Marta había empezado a caminar, dijeron:

No es nada sorprendente; simplemente se ha fortalecido y ha crecido como debía.

Marta, entonces, esculpió a su pequeña hermana, una niña llamada Catalina, una casa de verano a la orilla del río, un amigo para toda la vida y, por capricho, una versión de sí misma con un vestido de novia.

Hoy, Marta es una escultora conocida, querida, una mujer que ama y es amada. Ha modelado su propia vida, la de sus seres queridos y de todos los que la rodean. Donde ella pasa, las flores que se marchitan vuelven a florecer, la gente recobra la esperanza.

Ese don especial, ese calor que emana de ella, hace que todo parezca posible y que cada día se llene de alegría y sentido.

Que la fuerza, la salud y la felicidad los acompañen siempre, pese a todo.

Y así, al final, todo se cumplirá.

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Forjando mi propia vida. Un relato
— Aquí tienes, corazón, para ti y tus hermanitos. Comed, hijos míos. No es pecado compartir, pecado es cerrar los ojos. Alina tenía solo seis años, pero la vida ya le había puesto sobre los hombros un peso que otros niños ni siquiera imaginan. Vivía en un pueblo pequeño, olvidado por el tiempo, en una casa vieja que se sostenía más por las oraciones que por sus cimientos. Cuando soplaba el viento, las tablas crujían como lamentos y, por la noche, el frío se colaba por las rendijas sin pedir permiso. Sus padres trabajaban “por días”. Hoy había faena, mañana no. A veces volvían cansados, con las manos agrietadas y los ojos vacíos, otras veces con los bolsillos tan vacíos como la esperanza. Alina se quedaba en casa con sus dos hermanitos pequeños, a los que abrazaba cada vez que el hambre dolía más que el frío. Aquel día era diciembre. Un diciembre de verdad, con cielo plomizo y aire que olía a nieve. La Navidad llamaba a todas las puertas, menos a la suya. En la olla sobre la estufa hervía un guiso simple de patatas, sin carne ni especias, pero hecho con todo el amor de una madre. Alina removía despacio, como si quisiera que la comida alcanzara para todos. De repente, un aroma cálido y tentador llegaba desde el patio de los vecinos. Un olor que atravesaba el alma antes que el estómago. Los de al lado estaban matando el cerdo de Navidad. Se oían voces alegres, risas, tintineo de platos y el chisporroteo de la carne en el caldero. Para Alina, aquel sonido era como un cuento contado desde muy lejos. Se acercó a la valla, con sus hermanitos agarrados a su abrigo. Tragó saliva. No pedía nada. Solo miraba. Sus grandes ojos castaños se llenaban de un deseo silencioso. Sabía que no era bonito anhelar lo que no se tiene. Así le había enseñado su madre. Pero su pequeño corazón no sabía dejar de soñar. — Diosito, susurró, aunque sea un poquito… Entonces, como si el cielo la escuchara, una voz dulce rasgó el aire frío: — ¡Alinita! La niña se estremeció. — ¡Alinita, ven aquí, hija! La anciana Rosario estaba junto al caldero, con las mejillas encendidas por el fuego y los ojos cálidos como una chimenea encendida. Removía lentamente la polenta y miraba a Alina con una ternura que la niña no sentía desde hacía mucho. — Toma, cariño, para ti y tus hermanitos, dijo con esa bondad sencilla y natural. Alina se quedó quieta un instante. La vergüenza le apretaba el pecho. No sabía si tenía derecho a alegrarse. Pero la anciana le hizo un gesto de nuevo, y sus manos temblorosas llenaron un táper con carne caliente, dorada, con aroma de Navidad de verdad. — Comed, hijos. Que no es pecado compartir. Pecado es cerrar los ojos. Las lágrimas de Alina brotaron sin poder detenerlas. No lloraba de hambre. Lloraba porque, por primera vez, alguien la había visto. No como “la niña pobre”, sino como una niña. Corrió hacia casa con el táper apretado contra el pecho, como si fuera un regalo sagrado. Los hermanitos saltaron de alegría, y durante unos instantes, aquella casita se llenó de risas, de calor y de un aroma que nunca antes había estado allí. Cuando los padres volvieron esa noche, cansados y ateridos, encontraron a los niños comiendo y sonriendo. La madre lloró en silencio, y el padre se quitó la boina y dio gracias al cielo. Aquella noche no hubo árbol ni regalos. Pero tuvieron humanidad. Y a veces, eso es todo lo que necesitas para sentir que no estás solo en el mundo. Hay niños como Alina, ahora mismo, que no piden nada… tan solo miran. Miran hacia los patios iluminados, las mesas llenas, la Navidad de los demás. 🤍 A veces, un plato de comida, un pequeño gesto, una palabra amable pueden convertirse en el regalo más bonito de una vida. 👉 Si esta historia te ha tocado, no sigas de largo.