¡Mamá, me caso! exclamó Raúl con una chispa alegre en la voz, mientras entraba al salón.
Me alegro respondió Mercedes Ortega, apenas esbozando una sonrisa, más fría que el viento de la sierra.
¿Pero qué te pasa? preguntó Raúl, sorprendido por la falta de entusiasmo.
Nada ¿Y dónde pensáis vivir? interrogó Mercedes, afilando la mirada como si buscara la verdad detrás de cada palabra.
Pues aquí, mamá. ¿No te importa, no? El piso tiene tres habitaciones, seguro que estamos todos bien.
¿Acaso tengo opción? replicó Mercedes, negando con la cabeza.
¿Es que vamos a alquilar? protestó Raúl, con un tono apagado.
Ya veo, no me queda más remedio suspiró Mercedes, resignada.
Mamá, es que están los alquileres por las nubes, nos quedaríamos sin un duro para la comida. insistió Raúl. Es sólo un tiempo, lo justo para ahorrar e ir juntando euros para comprar nuestro propio piso. Así será mucho más rápido, ya verás.
Mercedes se encogió de hombros.
Ojalá sea así concedió. Pero será bajo dos condiciones: el recibo de la luz y los gastos los dividimos en tres, y yo no voy a ser la criada de nadie.
De acuerdo, mamá, como tú digas aceptó Raúl al momento.
Celebraron una boda sencilla, con apenas los íntimos en el ayuntamiento de Salamanca, y comenzaron a convivir en el piso los tres: Mercedes Ortega, Raúl y su flamante esposa, Clara.
Desde el primer día que Clara y Raúl se instalaron, Mercedes empezó a tener múltiples asuntos urgentes. Los recién casados volvían del trabajo y encontraban el piso igual que lo dejaron por la mañana: las ollas vacías, el salón patas arriba, la ropa dispersa, y Mercedes brillaba por su ausencia.
Mamá, ¿dónde has estado? preguntó Raúl, intrigado una noche.
Pues mira, me han llamado del Centro Cultural respondió Mercedes con tono travieso. Estoy ahora en el Coro de canciones populares, ya sabes que tengo voz
¿De verdad? Raúl levantó las cejas, sorprendido.
¡Claro! Se te olvida, pero te lo dije alguna vez. Allí nos juntamos los jubilados y cantamos todos juntos. Lo paso de maravilla, y mañana repito soltó Mercedes, entusiasmada.
¿Y mañana hay otro ensayo? pregunto Raúl.
No, mañana hay tertulia literaria, vamos a leer versos de Machado. Ya sabes cuánto me gusta Machado.
¿En serio? Raúl seguía sin entender la revolución de su madre.
¡Claro! ¡No me prestas atención, hijo mío! le reprochó suavemente Mercedes.
Clara, siempre callada, observaba el intercambio sin decir ni una palabra.
Desde la boda, a Mercedes se le encendió la chispa de vivir. Entró en todos los talleres para jubilados del barrio, a las amigas de toda la vida se sumaron nuevas, que venían en tropel a casa, ocupaban la cocina hasta la madrugada, traían magdalenas y galletas, reían a carcajadas y jugaban a la lotería. O paseaba por la Plaza Mayor, o se enganchaba tanto a sus series de sobremesa que ni oía a los jóvenes volver del trabajo.
Las tareas domésticas ni las tocaba, dejándolas para Clara y Raúl. Al principio no se quejaron; después, Clara empezó a lanzar miradas; luego surgió el murmullo malhumorado; después, Raúl suspiraba ostentosamente. Mercedes no se inmutaba y seguía con su vida activa, como una jovencita.
Un día, llegó a casa radiante, tarareando por lo bajo Clavelitos. Entró en la cocina, donde Clara y Raúl cenaban sopa hecha por ellos, y anunció contenta:
Queridos hijos, ¡felicitadme! He conocido a un caballero estupendo y mañana nos vamos juntos al balneario. ¿No es una noticia maravillosa?
Sí admitieron ambos, intercambiando miradas.
¿Y esto es serio, mamá? preguntó Raúl, nervioso ante la posible llegada de un cuarto inquilino.
No puedo garantizarlo aún, espero que el balneario lo aclare todo. contestó Mercedes, se sirvió sopa y repitió con buen apetito.
Tras el viaje, Mercedes volvió desilusionada. Dijo que Don Alfonso no era su tipo y que se había terminado, pero enseguida añadió que aún le quedaba mucho por vivir. Siguió con sus talleres, las excursiones y las meriendas ruidosas con amigas.
Al final, tras regresar una vez más al piso desordenado y a las ollas vacías, Clara perdió la paciencia, cerró el frigorífico de un portazo y gritó molesta:
¡Mercedes Ortega! ¿No podría ocuparse usted también de la casa? ¡Esto es un desastre! ¡No hay comida, no hay orden! ¿Por qué tenemos que hacerlo todo nosotros?
¿Pero por qué tanto genio? contestó Mercedes, alzando las cejas. Si vivierais solos, ¿quién os haría la faena?
¡Pero usted está aquí! protestó Clara, sin contenerse.
¡Yo no soy vuestra criada, ni la Infanta Margarita! Lo mío ya ha pasado, bastante me he sacrificado. Le advertí a Raúl bien claro que no sería la sirvienta. Si él no te lo dijo, yo no soy culpable.
Pensé que estabas de broma murmuró Raúl, confundido.
Queréis vivir de lujo y que yo encima recoja todo y cocine a diario, pues no. Dije que no, y mantengo la palabra. Y si hay molestias o no os gusta, no cuesta nada buscar otro piso y marcharse.
Se giró y marchó a su habitación sin mirar atrás.
La mañana siguiente, como si nada, Mercedes salió canturreando ¡Ay, no hay mañana, no hay tarde, me desvelan los sueños, se vistió con una blusa colorida, pintó sus labios con rojo pasión y se fue al Palacio de Cultura, donde la esperaba el Coro y otra tarde llena de vida.







