FIESTA FAMILIAR
Mi madre ha dicho que este año volveremos a celebrar Nochevieja en casa los ojos de Ignacio brillaban de emoción ¡con toda la familia! ¿No es genial?
¡Menuda pesadilla! no pudo evitarlo Carmen.
No te entiendo Ignacio la miró desconcertado. ¿No te hace ilusión?
¿Qué ilusión? los ojos de Carmen se llenaron de lágrimas, a punto de romper a llorar. ¿Que otra vez me quede sin disfrutar la fiesta? ¿Que toda la Nochevieja me la pase entre fogones y luego corriendo como una loca intentando contentar a todos?
Cariño, es una fiesta familiar Ignacio no comprendía el enfado de su mujer. No está mal que seamos tantos, ¿no? Para eso existen las fiestas, para reunirnos los seres queridos y pasarlo bien juntos.
¿Ah, sí? ¿Por eso tus padres, tu hermano con su mujer y tu hermana con su marido y sus dos niños, tienen que venir todos aquí sí o sí?
¿Y por qué no? El año pasado todos acabaron encantados. Recuerdan la fiesta durante meses.
Claro. Pero ¿alguien se acuerda de que yo casi ni existí en esa fiesta? Bueno, sí existí: ¡claro! Como cocinera, fregona, camarera y asistenta. Estuve medio mes comprando comida, tres días cocinando, y luego toda la noche sirviéndolos. Normal que lo pasaran bien. ¡Pero yo estuve una semana sin poder recuperarme! ¿Sabes lo que supone preparar una mesa para trece personas? ¡Eso no es ninguna broma!
¿Trece? ¿Has contado también a los peques?
¿Es que los niños no comen? ¿No hay que cocinar para ellos? ¿O trajeron tus hermanos algo para los suyos?
¡Ya sería lo que faltaba! se indignó Ignacio. Si no, ¿para qué vienen de visita?
Eso mismo pienso yo. Todos tus parientes quieren celebrar, descansar, pasar un buen rato. Es normal. Pero ¿yo qué? Yo también quiero celebrar tranquilamente. ¿Por qué no lo piensas?
¿Qué no lo pienso? Claro que sí, yo creía que tú también fuiste feliz entonces
Te lo pareció. Me esforcé para que nadie notara mi cansancio. Pero ni siquiera brindé el año nuevo en el salón: me pilló en la cocina.
No exageres, Carmen. Si dices esto es porque no quieres que los míos vuelvan a venir por Nochevieja.
No exagero. Y efectivamente: no quiero volver a verme con la casa hasta arriba de gente.
¿Entonces qué quieres?
Quiero celebrar la Nochevieja con mi familia: tú, yo y nuestro hijo. ¿Lo entiendes? Nuestra familia.
Pero mis padres y hermanos también son mi familia. Eso es algo que nunca cambiará. No puedo dar la espalda a nuestros padres, hermano, hermana ¡Es tradición!
¡Una tradición absurda! Carmen había perdido la paciencia. Pues invita también a mis padres y a mi hermana con su pareja y sus dos hijos. ¡Nosotros también tenemos tradiciones! ¿O piensas que nunca hemos celebrado juntos el Año Nuevo?
No recuerdo haber visto eso replicó Ignacio, molesto. Siempre os llamáis por teléfono… Parece que en tu familia ni sois familia siquiera
¡Sigue! saltó Carmen, mirándole a los ojos. ¿Qué somos?
Parecéis extraños terminó por decir Ignacio. Hasta donde sé, tu hermana también celebra Año Nuevo con los suyos, solos.
¡No sola! ¡Con su familia! exclamó Carmen. ¿Lo entiendes por fin? ¡Con su propia familia!
¿Y tus padres? ¿No son familia?
¿De verdad no lo entiendes, o te haces? Cuando éramos niños, celebrábamos con los padres. Pero crecimos y cada uno formó su familia. Visitamos a los padres en Navidad, ¿o lo has olvidado? Así que ¿por qué no podemos ir a ver a los tuyos el uno de enero? ¿Por qué tengo que desvivirme toda la noche para mantener vuestra tradición? ¿Quieres seguirla? ¡Organízala tú! En cinco años de casados, tu hermana nunca ha reunido a todos en su casa.
¡Sus hijos eran pequeños! intentó excusar Ignacio.
¡Nuestro hijo tampoco es mayor! Tiene dos años, el año pasado solo tenía uno… y aun así, tus familiares vinieron todos. Ni una mano me ofrecieron. Eso sí, la fiesta les sentó de maravilla. En resumen, Ignacio: no, no pienso encargarme de otra fiesta. Quien quiera, que la organice.
¿Hablas en serio? Ignacio frunció el ceño.
Absolutamente. Es mi decisión. No se discute.
O sea, que para ti mi opinión no cuenta nada.
En este asunto, no. Tú no te implicas en la preparación ni ayudas en nada. ¿Para qué sirve lo que opinas?
Muy bien. Se lo diré a todos, que tú no quieres.
Sí, díselo claramente contestó ella convencida.
Sabes lo que va a pasar, ¿verdad?
¿El qué?
Se lo tomarán fatal. Se enfadarán mucho.
Es su problema.
Será nuestro problema, Carmen. No nos interesa el conflicto.
Si se ofenden por esto, ya lo superarán.
¡Yo no quiero pelearme con ellos!
Pues no te pelees. Celebra la Nochevieja como quieras. Total, ¡es vuestra tradición! dijo Carmen, sarcástica, no vaya a ser que tu madre te regañe.
¿Con ellos? Ignacio estaba dolido. ¿O sea que estás dispuesta a pasar la Nochevieja sin mí?
Lo estoy Carmen no parpadeó ni un segundo.
¿Y además estás encantada con la idea?
Piensa lo que quieras. Da igual, al final nunca me escuchas.
Como si tú me escucharas.
Ignacio, basta ya. Yo también sé debatir. Te lo repito, por si queda duda: en Nochevieja no espero invitados. Avísales. Y si quieres irte, adelante. Haré mi propia fiesta.
Como digas soltó Ignacio, fastidiado, saliendo del salón
El resto era de esperar.
La madre de Ignacio, al enterarse de que Carmen no aceptaría invitados, cortó en seco:
Ya está claro todo con ella. Pues que sepas: no volveremos a poner un pie en vuestra casa.
Su hermana y su hermano se indignaron al principio, pero al ver que sus padres los invitaban a su casa, se calmaron.
Carmen, informada por Ignacio de la amenaza de su suegra, solo se encogió de hombros:
De patio de colegio dijo sin querer entrar en esa discusión.
***
El sábado 31 de diciembre, Ignacio se levantó temprano.
¿Dónde vas tan pronto? preguntó Carmen, somnolienta.
A casa de mis padres. Mi madre dice que necesita ayuda.
Entiendo sonrió Carmen. ¿Te esperamos esta noche?
Supongo que volveré mañana. No os despertaría a las cinco de la mañana repuso Ignacio, sombrío. Todavía albergaba esperanzas…
Vale respondió ella tranquila y, dándose la vuelta, se quedó dormida
Carmen pasó el día a su ritmo.
Se levantó, se preparó un café recién hecho
Miró el móvil, curioseó las redes, envió un par de mensajes de felicitación…
Cuando despertó el niño, lo desayunó y se lo llevó al Retiro para pasear.
El día era típicamente invernal: fresco, las aceras cubiertas de escarcha
Llegaron a casa colorados, felices y hambrientos El pequeño devoró las tortitas de queso fresco…
Mientras dormía la siesta, Carmen preparó unos emparedados, un par de ensaladas y dejó marinado el lomo de cerdo (había que tener algo para almorzar al día siguiente).
Colocó el belén, adornó con guirnaldas los marcos. Le encantaban: tantas lucecitas transformaban la casa, la hacían mágica, acogedora Verdadero ambiente de Nochevieja.
El niño se despertó y quería jugar
Carmen leyó cuentos con él, ayudó a construir un castillo increíble de bloques y hasta se puso a ver dibujos animados. Cayó la noche y las luces titilaron aún con más fuerza.
Charlando con el pequeño, Carmen de reojo veía cómo avanzaba la trama de una serie navideña de toda la vida.
El tiempo se acercaba, implacable, a medianoche
A las nueve acostó al niño, como siempre.
Después llamó a sus padres, a su hermana, a sus dos mejores amigas. Siempre las felicitaba por teléfono: consideraba que mandar un simple mensaje no era bastante para quienes realmente quieres.
Cuando quedaba poco más de una hora para las campanadas
Carmen sacó su mantel blanco favorito y preparó la mesita del salón.
Puso la mesa para dos.
Por alguna razón sentía que Ignacio vendría. Al fin y al cabo, la quería
Montó la mesa: ensaladas, varios bocados, fruta fresca. En el horno se hacía el salmón
Sacó el vestido que a Ignacio más le gustaba pero al mirar el reloj, lo colgó de nuevo.
No viene pensó. Entonces, no me quiere.
Abrió el cava ella misma.
Llenó dos copas.
Brindó sola a medianoche, deseando en voz baja:
Quiero ser libre y feliz.
El siguiente Año Nuevo lo celebró en casa de sus padres
En aquellos días aprendí que uno no debe dejarse en último lugar para que todos los demás sean felices. La fiesta necesita ser compartida también por quien la prepara; si no, uno acaba solo, aun rodeado de gente.







