Hechizado La increíble historia de amor, pasión y magia de Íñigo: de la tranquila vida familiar en Madrid a un triángulo secreto, una ruptura inesperada y el misterioso poder de un hechizo, con encuentros clandestinos, celos, y la ayuda de una curandera en un rincón de Castilla que cambiaría su destino para siempre

Hechizado

Una noche nebulosa, a Ignacio le sucedió algo que no supo si era amor o magia, como si todo su mundo se meciera en una danza extraña de espejos y sombras. Vivía Ignacio en una esquina cualquiera de Madrid, su vida diaria tan llana como las llanuras de Castilla: esposa, hijos, trabajo de oficina cerca del Retiro, rutinas de domingos en familia, cafés con leche y paseos bajo el cielo gris plomizo. Así transcurría su existencia, tranquila como el lento discurrir del Guadiana, hasta el día en que entró a trabajar en una empresa prometedora, donde aceptó un pequeño puesto de mando para comenzar.

En ese despacho de cristales y relojes, conoció, para su desdicha y no para su ventura, a una joven fascinante llamada Covadonga. Ninguno de los dos era libre; antes de esto, para Ignacio, aparte de su esposa, no existían otras mujeres en el universo. Le era leal de cuerpo y alma, jamás había rozado el deseo de explorar senderos ajenos. Su vida íntima era, eso creía él, complicada pero suficiente.

Sin embargo, algo inexplicable ocurrió una tarde cuando Covadonga, con una sonrisa como lunar tras la tormenta, dio el primer paso hacia él. Los destellos de sus encuentros iniciales fueron fogonazos, imposibles y memorables, una corriente soterrada de pasión salvaje que les envolvió en la locura. Así nació lo suyo: no fue amor a primera vista, sino una fiebre tras el primer abrazo. O quizás no fue amor, sino deseo febril y absoluto.

Su idilio se convirtió en secreto durante tres largos años, con encuentros clandestinos en hostales de Lavapiés, pisos discretos en Malasaña, alguna que otra vez en el asiento de un SEAT aparcado junto al Manzanares. Todo envuelto en un misterio digno de novela, evitando miradas, mensajes cifrados, y ninguna pista dejada atrás. Ignacio percibía que su mujer, Mercedes, empezaba a sospechar, pero escapaba siempre de las preguntas incómodas como un duende esquivo.

Una vida doble es una carga de plomo y plumas a la vez, con sus tentaciones y sus penumbras. Ignacio pensaba que así seguirían, ninguno con la valentía para romper su propio hogar. Sin embargo, un buen día Covadonga tomó la decisión abrupta y puso fin al hechizo.

Fue para él como si un yunque cayera sobre su pecho. Una conversación larga y densa como la niebla de Salamanca, tras la que prometió que jamás volvería a abrir ese capítulo de su vida prohibida. Prometer es suave, cumplir es un vía crucis. Intentó Ignacio arrancar la presencia de Covadonga de su pensamiento, pero cada intento sólo avivaba el dolor. Los celos le devoraban, la pena le laceraba, sentía ganas de romper la noche con un aullido. Anhelaba, una y otra vez, un regreso. Cada vez que, por azar, veía a Covadonga en la oficina, su corazón brincaba como un colegial el primer día de verano.

Pasaron años. No logró Ignacio calmar su tormenta interior, menos aún cuando trabajaban juntos y ella le era tan cercana, tan lejana. De pronto, tras la ruptura, empezó a flaquear, a menguar físicamente hasta que su ropa colgaba de él como recuerdos de una fiesta olvidada.

Visitó médicos en la Seguridad Social, acudió a especialistas, pruebas y más pruebas pagadas con euros, pero nadie hallaba explicación. Fue Mercedes quien le sugirió ir al pequeño pueblo de Segovia donde vivía una curandera, una mujer a la que Mercedes ya debía la salud y la paz tras una enfermedad extraña años atrás.

Él, escéptico ante las cosas de brujería y sortilegios, accedió. El día señalado, fueron juntos; tras esperar, los recibió una mujer nada anciana, más bien de las que parecen saberlo todo con una mirada. Nada más verle, mandó a Mercedes al coche y a Ignacio le ordenó tumbarse en un sofá viejo, cerrar los ojos y no abrirlos.

No supo Ignacio qué hizo ella, sólo que, pasado un rato, susurró con voz de viento por los páramos:
Tienes encima un hechizo de amor, un amarre
Le describió a la mujer en cuestión, y él supo enseguida que hablaba de Covadonga.
Eso no puede ser dijo, con los ojos apretados.
¿Y quién es Covadonga? Anda, cuéntamelo todo
En tembloroso caos, Ignacio confesó todo.
Fue ella quien te ató. Al perder el interés, se deshizo del lazo, y tú sólo sentiste el vacío. Es un mal de ojo, pero se puede romper. Deberás dejar tu trabajo y jamás buscarla de nuevo.

Ignacio, obediente ante una fuerza invisible, escribió su renuncia el lunes, borró el número de Covadonga y quemó cualquier cosa que le recordara a ella. Al principio sintió odio, una furia negra contra ella, mezclada con residuo de amor ardiente, hasta que todo fue menguando. Visitó un par de veces más a la curandera hasta que ella consideró terminado el trabajo.

Al despedirse, la mujer le indicó con gravedad:
He cortado las cuerdas; si alguna vez te ocurre de nuevo y sabes quién te lanzó el vínculo, puedes tú mismo quemar los hilos. Enciende una vela de cera, cierra los ojos, imagina los hilos saliendo de tu cuerpo y, con la llama, córtalos uno a uno. Repite que ya no hay lazos, que perdonas y quedas libre. Si quieres, reza una oración. No se rompe a la primera, pero se aligera el alma. Sigue cada día hasta que no queden más hilos.

Olvidar a Covadonga fue tarea monumental. Ignacio aún deseaba verla, incluso llamar sólo una vez. Cuando manejaba por la Castellana, buscaba su coche entre la marea gris de la ciudad. Pero se controlaba. Un año duró ese duelo, durante el que la pasión languideció poco a poco. Recuperó la salud, la ropa volvió a encajar en su cuerpo, el tiempo curó sus heridas; a veces aún sueña con Covadonga, alguna vez la ha visto de lejos, pero ya no se acerca. La tempestad pasó, y por fin, Ignacio pudo dormir en paz.

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No le recomiendo a nadie mudarse a una casa al jubilarse. Lo digo por experiencia propia.