Eres un error de juventud.
Recuerdo aquella época en Castilla, hace ya tantos años. La joven, que apenas tenía dieciséis primaveras, dio a luz a un niño. El padre del pequeño tenía la misma edad. No hace falta entrar en los detalles del escándalo que aquello supuso en nuestro pueblo, pero lo cierto es que, poco después del nacimiento, ambos se separaron con rapidez. Cuando la muchacha comprendió que el joven no quería saber nada ni de ella ni del hijo, perdió todo interés en la criatura. Así fue como el niño acabó siendo criado por los abuelos, mis padres.
Dos años más tarde, la joven, que llevaba el nombre de Magalí, se marchó con otro chico a una ciudad cercana, nada menos que Valladolid. No llamó, no escribió jamás. Mis padres, llenos de tristeza y rabia, dejaron de buscarla. Nadie entendía cómo había podido abandonar a su propio hijo; era una vergüenza que les dolía en lo más hondo, como si hubieran fallado en su deber de educarla.
Aquel nieto creció rodeado de cariño. Mis padres le dieron una niñez feliz, educación excelente y todos los cuidados posibles. Él, hasta hoy, los considera sus auténticos padres y les está infinitamente agradecido por todo lo que hicieron.
Cuando el muchacho cumplió los dieciocho años, su prima se casó. Al enlace acudió toda la familia, incluyendo a su madre biológica, Magalí. Para entonces, ya tenía tres matrimonios a sus espaldas y dos hijas más: la mayor contaba diez años, la menor apenas año y medio. El chico, emocionado, tenía ganas de conocer a su madre y a las hermanas, de preguntar aquella pregunta que había guardado durante tanto tiempo: Mamá, ¿por qué me dejaste?
Por muy buenos y generosos que hubieran sido sus abuelos, él seguía anhelando respuestas, guardando aquel último retrato de su madre, el único que se había salvado de la hoguera donde el abuelo quemó todos los demás. Magalí conversaba con una tía, presumiendo de las virtudes de sus hijas.
¿Y yo, qué hay de mí, madre? preguntó él de repente.
¿Tú? Tú eres un error de juventud. Tu padre tenía razón: debería haber abortado respondió ella con frialdad, dando la espalda.
Pasaron siete otoños. El chico, ya hombre, vivía en un apartamento de dos habitaciones en Salamanca con su esposa y su hijo, gracias al esfuerzo de los abuelos y los padres de su mujer. Un día sonó el teléfono; el número, desconocido.
Hijo, soy yo, tu madre. Tu tío me dio tu número. Escucha, sé que vives cerca de la universidad donde estudia tu hermana. ¿Podría quedarse contigo un tiempo? Es tu familia. No le gusta la residencia, alquilar es caro, mi marido me ha dejado… me cuesta llegar. Una hija es estudiante, la otra está en el colegio, la pequeña pronto irá a la guardería dijo Magalí.
Se ha equivocado de número contestó él, y colgó.
Tomó a su hijo en brazos y le susurró:
Vamos, ¿te apetece que visitemos juntos a la abuela y el abuelo?
¿Y el fin de semana, nos vamos todos a la casa de campo? preguntó el pequeño.
Claro, hijo. ¡Las tradiciones familiares no se pueden romper jamás!
Algunos parientes criticaron su decisión, diciendo que debía haber ayudado a la hermana. Pero para él, su deber era con los abuelos, no con una mujer desconocida que nunca le consideró otra cosa que un error.







