Diario de Lucía, una tarde de junio.
Hoy he pensado mucho en mis vecinos, don José y doña Carmen, un matrimonio mayor que vive en el piso de al lado. Con ellos reside su hija, Inés, y sus tres niñas. La vida de Inés siempre ha sido tema de conversación en el barrio, aunque yo la he mirado con otros ojos desde que la conozco mejor. Dicen que Inés quedó huérfana de padre desde pequeña y que afrontó la vida a base de coraje. Siempre se cuchichea que tiene tres hijas de padres distintos y, por eso, la gente murmura, como si el pasado diera derecho a juzgar el presente.
Inés se casó por primera vez muy joven, apenas cumplidos los dieciocho, con un chico del barrio, Alfonso, que parecía estar completamente prendado de ella. Los padres de Inés no pusieron trabas al enlace, querían ver feliz a su hija, como cualquier padre español. La pareja convivió unos cinco años, pero los niños no llegaban. Los comentarios empezaron a aflorar¡cómo somos en España!y la culpa recayó, cómo no, sobre Inés. Que si de joven fue muy alocada, que si esos años la habían dejado infértil; rumores propios de mentes cerradas.
La suegra campesina, doña Mariola, no ayudaba: insistía en que una buena mujer tiene que dar descendencia y repetía al pobre Alfonso que no necesitaba una esposa así. Al final, Alfonso cedió a la presión materna y abandonó a Inés. El divorcio era inevitable, pero Inés no se molestó en cambiar su apellido. Mejor así, menos líos, decía ella con resignación.
Pasó un tiempo hasta que Inés rehizo su vida. Conoció a otro hombre y, casi sin esperarlo, se quedó embarazada. Pronto se supo la verdad: quien no podía tener hijos era Alfonso, no ella. Pero a esas alturas ya poco importaba. El nuevo novio, al enterarse de la noticia, salió corriendo. Así que cuando nació la primera niña, Inés la registró, por pura necesidad, con el apellido de su exmarido.
Doña Carmen, su madre, no se lo tomó a mal; al contrario, estaba encantada con la idea de ser abuela, algo muy español, ese orgullo de la sangre y la familia. Pasó el tiempo y, de nuevo, Inés anunció un embarazo. Al menos, esta vez se había casado de nuevo. Su nuevo esposo, Javier, no esperaba ser padre tan pronto, pero le tocó el papel de la vida. Gajes del destino, la niña nació con problemas de salud y Javier, desbordado, también desapareció sin dejar rastro y ni siquiera inició el papeleo del divorcio.
Años después, con dos niñas y tras varias decepciones, Inés conoció a otro hombre. Pese a las advertencias de sus padresInés, hija, que no es fácil alimentar tantas bocas, decidió seguir adelante y tener un tercer bebé. El padre, para variar, no estuvo a la altura y desapareció dejando tras de sí poco más que el nombre de la niña.
Por fortuna, entre los ahorros familiares y una pequeña ayuda de sus padres, Inés logró comprar un piso modesto en las afueras de Madrid, por unos 140.000 euros. Tras discutir con sus padres sobre su futuro y el de las niñas, Inés comprendió que no podía seguir dependiendo de nadie. Decidió acudir a la justicia para solicitar la pensión alimenticia. ¿Y sabéis qué? Ninguno de los antiguos compañeros quiso aceptar la paternidad ni legalizar la situación de las niñas. Unos, directamente, se quitaron de en medio; otros, incluso, se pusieron agresivos.
Esta es la historia de Inés. Tiene tres hijas a quienes adora pero, a veces, la vida la pone en el filo de la navaja. Hoy la he visto por la ventana, sentada en la terraza, mirando al cielo de Madrid como buscando respuestas. Supongo que la lucha de algunas mujeres no tiene fin, pero también sé que, en lo más hondo, Inés es fuerte. Lo único que siempre desea es un poco de paz.






