Mi marido solo piensa en sí mismo: se come todo, ¡ni siquiera deja nada para nuestro hijo! —Adán, ¿dónde están los plátanos? —le pregunto a mi marido. —Me los he comido, me apetecían. —¿No podías haber dejado al menos uno para la merienda de nuestro hijo? —Estás exagerando… Como si no vendieran plátanos en el supermercado. —Pues ve y compra algunos. —Tengo partido de fútbol. ¿Cómo voy a ir? En mi familia esto pasa siempre: el queso fresco, las galletas, las manzanas… Incluso tengo que esconder la comida para que mi hijo no pase hambre viviendo con un padre así. Llevamos casados cinco años. Nuestro hijo cumple dos dentro de poco. Pagamos una hipoteca, así que ya sabes que el dinero está justo. Mi marido piensa que es el cabeza de familia porque nos ha dado una casa. En realidad, vendió su piso de una habitación para dar la entrada, pero mis padres también ayudaron. Mi madre piensa que Adán es un egoísta de verdad. Y yo empiezo a darle la razón. Un día nos preparábamos para una fiesta de cumpleaños. Yo cocinando para los invitados y él paseándose por la cocina vaciando platos. Lo peor fue cuando atacó la tarta. La dejé en la terraza porque la nevera estaba llena. Cuando la llevé a la cocina para cortarla, ¡solo quedaba un trozo decorado con chocolate! Imaginaos qué vergüenza pasé. Esto ocurre siempre. Sí, él trabaja, pero se puede organizar mejor y pensar en los demás. Siempre pone la misma excusa: “No pasa nada, compraremos más”. Vale, que no piense en mí, pero ¿cómo no va a preocuparse ni por su hijo? Y además con el poco dinero que tenemos, yo confío en que la comida dure. En una semana puede arrasar con las provisiones del mes. —¿Por qué le reprochas nada? —me defiende mi suegra—. Que coma, que para eso gana el dinero. En vez de quejarte cocina más. Lo curioso es que, por mucho que cocines, él nunca tiene suficiente. Se lo zampa todo. Y ni hablar de comprar más: hay que pagar la hipoteca, ropa y otras cosas… Le he dicho a mi marido que si vuelve a hacerlo, me divorcio. Nos repartimos la casa y cada uno por su lado. Se ha enfadado y se ha quejado a su madre. Y ahora mi suegra ni me habla. Pero yo creo que tengo razón. ¿Tú qué opinas?

Mi marido solo piensa en sí mismo, te lo juro. Se come todo lo que encuentra, ni al niño le deja un trocito.

Javier, ¿dónde están los plátanos? le pregunto una tarde.
Me los he comido, es que me apetecían.
¿De verdad no podías dejar ni uno, aunque sea para la merienda de nuestro hijo?
Pero qué drama haces, mujer. Como si no vendiesen plátanos en el súper.
Pues ve tú y compra unos pocos, ¿no?
Que tengo partido de fútbol, ¿cómo quieres que vaya?

En mi casa esto es el pan de cada día: el queso fresco, las galletas, las manzanas… Hasta tengo que esconder la comida, porque con un padre así, Nicolás acaba pasando hambre.

Llevamos casados cinco años. Nicolás va a cumplir dos en nada. Tenemos la hipoteca encima y vamos bastante justos de dinero, como te podrás imaginar. Javier siempre dice que él es quien mantiene la casa porque puso el piso. En realidad vendió el estudio que tenía para la entrada, pero mis padres también ayudaron bastante. Mi madre dice que Javier es egoísta perdido, y mira, no le quito razón.

El caso es que un día, preparando la casa para el cumpleaños del niño, yo cocinando a tope para los invitados y el otro venga rondar por la cocina y vaciando platos. Lo peor fue el pastel. Lo dejé en la terraza porque no cabía en la nevera, y cuando lo fui a traer para cortarlo, había un buen trozo de chocolate decorado que ya había desaparecido. Imagina la vergüenza.

Y esto es siempre igual. Vale que él trae el sueldo, pero digo yo que se puede organizar la comida y pensar en los demás. Él siempre tiene la frase preparada: No pasa nada, lo volvemos a comprar. Mira, si ya no lo hace por mí, ¿pero ni por su hijo? Que vamos justitos de dinero y yo cuento con lo que hay en casa. Somos capaces de zamparnos en una semana la comida de todo el mes.

Por qué le echas la bronca, si es un hombre, que coma me dice mi suegra, defendiéndolo siempre. Que para eso gana el dinero. Y tú, en vez de quejarte, cocina más.

Pero da igual lo que cocines, que a Javier nunca le parece suficiente; lo devora todo. Ni hablar de comprar más, que tenemos la hipoteca, la ropa del niño, la compra de casa Todo.

Al final le dije claro: como vuelva a hacerlo, nos separamos. Partimos el piso y cada uno por su lado. Se ha enfadado conmigo, se lo ha contado a su madre y ahora ni me dirige la palabra. Pero vamos, yo creo que tengo razón, ¿tú cómo lo ves?

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Mi marido solo piensa en sí mismo: se come todo, ¡ni siquiera deja nada para nuestro hijo! —Adán, ¿dónde están los plátanos? —le pregunto a mi marido. —Me los he comido, me apetecían. —¿No podías haber dejado al menos uno para la merienda de nuestro hijo? —Estás exagerando… Como si no vendieran plátanos en el supermercado. —Pues ve y compra algunos. —Tengo partido de fútbol. ¿Cómo voy a ir? En mi familia esto pasa siempre: el queso fresco, las galletas, las manzanas… Incluso tengo que esconder la comida para que mi hijo no pase hambre viviendo con un padre así. Llevamos casados cinco años. Nuestro hijo cumple dos dentro de poco. Pagamos una hipoteca, así que ya sabes que el dinero está justo. Mi marido piensa que es el cabeza de familia porque nos ha dado una casa. En realidad, vendió su piso de una habitación para dar la entrada, pero mis padres también ayudaron. Mi madre piensa que Adán es un egoísta de verdad. Y yo empiezo a darle la razón. Un día nos preparábamos para una fiesta de cumpleaños. Yo cocinando para los invitados y él paseándose por la cocina vaciando platos. Lo peor fue cuando atacó la tarta. La dejé en la terraza porque la nevera estaba llena. Cuando la llevé a la cocina para cortarla, ¡solo quedaba un trozo decorado con chocolate! Imaginaos qué vergüenza pasé. Esto ocurre siempre. Sí, él trabaja, pero se puede organizar mejor y pensar en los demás. Siempre pone la misma excusa: “No pasa nada, compraremos más”. Vale, que no piense en mí, pero ¿cómo no va a preocuparse ni por su hijo? Y además con el poco dinero que tenemos, yo confío en que la comida dure. En una semana puede arrasar con las provisiones del mes. —¿Por qué le reprochas nada? —me defiende mi suegra—. Que coma, que para eso gana el dinero. En vez de quejarte cocina más. Lo curioso es que, por mucho que cocines, él nunca tiene suficiente. Se lo zampa todo. Y ni hablar de comprar más: hay que pagar la hipoteca, ropa y otras cosas… Le he dicho a mi marido que si vuelve a hacerlo, me divorcio. Nos repartimos la casa y cada uno por su lado. Se ha enfadado y se ha quejado a su madre. Y ahora mi suegra ni me habla. Pero yo creo que tengo razón. ¿Tú qué opinas?
Ay, yo no podría hacerlo jamás. ¡Convertirse en un vegetal así, es inaguantable! ¡Te vuelves loca co…