Mi suegra regaló mi regalo a su hija — la próxima vez fui a la fiesta con las manos vacías

¡Mira, Carmen, qué maravilla! Monta las claras en dos minutos, lo he cronometrado yo misma. Es un prodigio de la técnica, de verdad, no es un simple batidor. Llevo soñando con uno así meses, pero siempre me resistía por el precio. ¡Y ahora, zas! Ya soy la reina del bizcocho.

Carmen, la cuñada de Lucía, brillaba en la cocina como una tetera recién pulida, acariciando con dulzura el costado del flamante robot de cocina, color granate profundo. Era un aroma raro el de la cocina: vainilla, azúcar quemado y algo indefinido, como algodón de feria olvidado. Carmen peleaba consigo misma y con el merengue, mezclando realidades con la cuchara de palo. Apoyada en el quicio de la puerta, Lucía sentía cómo una sonrisa de escayola se le pegaba al rostro. Por dentro era invierno, y el corazón, un tambor sordo apresurado por escapar de la jaula.

Reconoció ese robot. No el color o la marca: ese. Con su abolladura minúscula junto al código de barras y la media luna de un arañazo. Lucía recordaba cómo y cuándo apareció: hacía dos semanas, al sacar del maletero el pesado artefacto, rozó la caja con la verja del portal de la madre de su marido.

Ese era su regalo. Un regalo escogido tras un mes de comparar precios, empaparse de opiniones, ahorrar lo justo de la paga extra y decir adiós a los zapatos nuevos. Un regalo que le había dado a Doña Emilia, su suegra, por su cumpleaños, exactamente diez días atrás.

Entonces Doña Emilia se llevó las manos al pecho, suspiró y exclamó: ¡Ay, Lucía, hija, qué derroche! ¡Con lo caro que es! Lo cuidaré como oro en paño, sólo para ocasiones especiales.

Y ahora ahí estaba, el día especial, en la cocina de su hija.

Mamá es oro puro repitió Lucía, tras oír el monólogo laudatorio de Carmen. De verdad. Todo para los hijos.

En ese instante, entró Pablo, hermano de Carmen y marido de Lucía, masticando una empanadilla, feliz como una almeja.

¡Anda, vaya cacharro, Carmen! dijo con entusiasmo Mamá ya me avisó de que te iba a dar el aparato.

Lucía se giró abrupta, ojos entornados.

¿Así que lo sabías?

Pablo comenzó a atragantarse, como si cosquillearan migas en la garganta. Tragó saliva y balbuceó:

Bueno… Me llamó mamá hace unos días, decía que el robot… pues que era demasiado moderno, demasiados botones y velocidades. Mejor en casa de Carmen, que siempre está liada con la masa. Yo sólo dije: Mamá, haz lo que quieras.

¿Qué lo que quiera? murmuró Lucía. ¿Demasiado complicado? ¡Si solo tiene una ruleta, Pablo! ¡Encender y apagar! Tu madre maneja el móvil mejor que yo y pasa las tardes en el Facebook, pero el robot le resulta complicado…

Carmen dejó de remover y clavó la mirada en la cuñada, inquieta.

Lucía, ¿qué más da? ¿Te molesta? Antes de guardarse polvo en la alacena, yo lo uso, que para eso somos familia.

Familia… asintió Lucía. Claro. Pero a esta familia curiosamente siempre van a parar mi esfuerzo y mi paga. Siempre al mismo bolsillo. Al tuyo, Carmen.

Y salió, cogiendo el bolso y escurriéndose por el pasillo. Pablo intentó detenerla:

¡Lucía, espera!

Pero ya estaba en el rellano. Le hacía falta aire. El agravio era como una piedra en la garganta. No era la primera vez. Lamentablemente, ni la segunda.

Un año antes, Lucía regaló un juego de ollas carísimas de acero inoxidable. Al mes, las vio estrenadas, burbujeando en la cocina de Carmen. ¿Sabes? le dijo la suegra, pesan demasiado para mis brazos.

Medio año después, el regalo fue una manta de lana virgen. Al poco, la descubrió cubriendo a la perra en el porche de la parcela de Carmen: La Chispa se hiela y la manta me pica, no la aguanto.

Pero el robot de trescientos euros fue la gota definitiva.

Ya en el coche, Pablo, nervioso, martilleaba el volante. El aire se cortaba con cuchillo.

Luci, no le des más importancia. Sí, ha sido feo… pero mamá es mayor, tiene sus cosas. Cree que ayuda repartiendo entre los hijos lo que puede.

¿Lo que puede? replicó Lucía, dándose la vuelta. ¿Y lo que pago yo? No me llueven los euros, Pablo. Quería hacerle un detalle a tu madre, que tuviera algo bueno. ¡Y ni lo sacó de la caja antes de dárselo a tu hermana!

Mujer, estaba agradecida…

¿Agradecida? bufó Lucía. ¡Ni me avisó! Para ella, mi opinión es un cero, sólo soy una billetera con piernas que abastece a su hijita.

Te pasas…

¿Me paso? A tu madre le toca pronto el gran cumpleaños, ¿verdad? Sesenta. Quedamos en comprarle una tele nueva para la cocina. ¿Te acuerdas cuánto costaba?

Unos cuatrocientos euros, creo. Lo íbamos a pagar a medias… bueno, mayormente de tu sueldo, porque yo tengo la letra del coche…

O sea, otra vez soy yo la que paga. Y otra vez será así.

Somos familia…

Lo que tú digas, pero esta vez el regalo lo pensaré muy bien.

Las dos semanas previas al cumpleaños, Lucía fue un fantasma educado. No llamó a su suegra; cuando esta la buscaba, respondía con frases cortas y excusas de trabajo. Emilia ni lo notaba, ocupadísima organizando el cumpleaños: una comida abundante, primos del pueblo, amigas de siempre, antiguos colegas. Habían reservado el salón privado de un restaurante de toda la vida.

¡Lucía! pió la suegra por teléfono tres días antes ¿No te olvidarás del cumpleaños, eh? A partir de las cinco empieza todo. Ya he despejado un rincón en la cocina para el televisor. ¡Qué ilusión!

Lucía colgó y se miró seria al espejo.

Ilusión… Menuda ilusión.

El gran día Lucía se arregló con esmero: vestido azul marino, cabello impecable. Desprendía elegancia.

¿Dónde está la tele? preguntaba Pablo, revolviendo la casa. ¿Viene directamente al restaurante con mensajero? ¿O la traemos nosotros? ¡Queda nada!

Pablo, tranquilo. El regalo está preparado. Lo tengo todo bajo control.

El salón del restaurante estaba lleno. Doña Emilia, con vestido brillante, recibía flores y sobres, resplandeciendo con su gran dentadura dorada. Junto a ella, Carmen no paraba de ajustar su peinado.

Cuando entraron Pablo y Lucía, la madre abrió los brazos, los ojos brillantes e impacientes, como esperando el milagro de la caja gigante asomar tras ellos.

Nadie apareció con caja.

Empezaron los brindis. El primero fue tío Julián, con un discurso interminable. Luego la amiga de la infancia. Luego Carmen se levantó.

¡Mamá! su voz era pura miel de mentira. Eres la mejor. Por eso te regalamos este juego de sábanas de lujo ¡y un vale para el spa! Para que descanses como una reina.

Aplausos. Carmen le entregó el paquete; Doña Emilia casi lloró.

Lucía no probó bocado. Sabía que esas sábanas estaban de saldo en el súper aquella semana. Baratas pero bien envueltas; de esas que hacen bolitas a la primera lavada.

El animador anunció:

¡Ahora el turno de Pablo y Lucía!

Pablo empujó a Lucía suavemente.

Vamos, cariño, ¿el regalo?

Lucía se incorporó. El restaurante quedó en silencio. La suegra se inclinaba en el asiento, relamiéndose con la expectativa.

Lucía alzó su copa de cava.

Doña Emilia dijo con voz firme. Sesenta años no se cumplen todos los días. Es momento de valorar lo importante.

Pausa. Silencio atento.

Siempre he escogido para usted regalos con el mayor cariño. Las ollas, la manta, el robot de cocina. No sólo invertí dinero que no poco sino entusiasmo y afecto.

Miró la mesa. Pablo se encogía cada vez más en su silla, sabiendo la tormenta que venía.

Sin embargo, he descubierto algo: que mis regalos no son de utilidad para usted. Siempre terminan en casa de Carmen, hasta el más pequeño detalle. Quizá tengo mal gusto, quizá no sé elegir. O quizá usted es tan generosa que lo regala todo enseguida. Sea como sea, por si acaso, esta vez he decidido hacer lo más sencillo.

Lucía mostró las manos abiertas, completamente vacías.

Hoy vengo sin regalo. Porque el mejor presente es saber que a su hija no le falta de nada, gracias a todos mis antiguos obsequios. Mi cometido se da por cumplido.

Alzó la copa aún más.

Por su salud, Doña Emilia. ¡Y porque cada uno reciba lo que merece!

Bebió de un trago. Silencio de cuchillo. Sólo se oía el zumbido de una mosca. Algunas miradas cómplices, otras de desconcierto; todo flotaba en el aire como confeti empapado.

Doña Emilia, color remolacha, abría la boca y la cerraba como un pez varado.

¡¿Pero tú… cómo te atreves?! por fin logró articular. ¡En mi cumpleaños! ¡Delante de todos! ¡Qué vergüenza!

¡Mamá, cálmate! Carmen gritaba, lanzando a Lucía miradas de fuego ¡Te puede dar algo!

¡Víbora! aulló la suegra. Yo que te traté como a una hija… ¡Aviesa!

Pablo… ¿No dices nada? ¿Tú mujer insulta a tu madre y te callas?

Pablo tenía el cuello hundido en los hombros, deseando que el suelo se lo tragase.

Lucía susurró, ¿era necesario…?

En casa nadie se lo toma en serio replicó ella, sin subir la voz. Ahora todos lo saben.

La suegra se llevó las manos al pecho con dramatismo.

¡El tranquilizante! ¡Llamad a la ambulancia! ¡Esto es un crimen! ¡Fuera, largaos de mi fiesta!

Encantada Lucía tomó su bolso. ¿Vienes, Pablo, o prefieres quedarte y pasar la gorra para el televisor? Por cierto, cambié el PIN esta mañana.

No era cierto, pero surtió el efecto deseado. Pablo se levantó y, tras un último vistazo a la familia, salió tras su mujer.

En la calle, el aire tenía un extraño sabor a limpio. Detrás quedaban el bullicio, los platos y los gritos escenográficos de Doña Emilia.

Ya en el coche, Pablo dejó caer el rostro sobre el volante.

¿Sabes que esto es una guerra? Ahora nos va a hacer la vida imposible, moverá a toda la familia en contra.

Que lo intente dijo Lucía, con calma y los ojos en el horizonte de Madrid desdibujado. Por primera vez en años me siento ligera. Estoy cansada de intentar agradar a quien no me respeta. Ni soy banco ni soy tienda de electrodomésticos. Soy tu esposa, Pablo. Y quiero respeto.

Te respeto dijo él, apenas audible.

Pues vamos a casa. Y de ahora en adelante, sólo flores y un pastel barato cuando vayamos a ver a tu madre. El televisor, lo compramos… para nuestra habitación. Siempre lo quisimos.

Pablo pensó un rato. Finalmente, puso en marcha el coche.

Y el robot… Quizá compremos uno nuevo para ti. Del color que te guste.

Lucía sonrió, de verdad, por primera vez en la velada.

Sí. Pero verde esmeralda. Y sólo lo usaré yo, en mi cocina.

Condujeron hacia casa. El móvil de Pablo vibraba, mensajes de Carmen, llamadas de la suegra; él lo silenció y la música llenó el habitáculo con notas que parecían apaciguar el mundo.

Los líos familiares desgastan, sí. Pero el respeto propio vale mucho más que cualquier aparato o televisor. Lucía intuía que Doña Emilia acabaría aflojando: siempre hace falta alguien que aporte. Pero ya todo había cambiado. Ahora las reglas las ponía ella.

Un par de sábados después compraron aquel televisor enorme y el robot de color esmeralda. Al mes, Doña Emilia llamó, quejándose del tiempo, de la salud, e informando que Carmen había roto el robot intentando amasar masa para empanadillas. Lucía escuchaba, asentía educadamente y remataba: No se preocupe, Doña Emilia, sólo son cosas. Lo importante es la salud.

Y, en paz, colgaba el teléfono.

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Mi suegra regaló mi regalo a su hija — la próxima vez fui a la fiesta con las manos vacías
Llegas un poco fuera de tiempo. Tengo invitados – dijo la amiga de Alicia