Vete y no regreses nunca: —Vete, ¿me oyes? —susurraba Miguel, llorando—. ¡Vete y no vuelvas jamás! Nunca. Con las manos temblorosas, el chico soltó la pesada cadena de hierro, arrastró a Berta hacia la verja, abrió de par en par la cancela y trató de empujarla a la carretera. Pero ella no entendía nada. ¿De verdad la estaban echando? ¿Por qué? Si no había hecho nada malo… —Vete, te lo ruego —repitió Miguel, abrazando a la perra—. No puedes quedarte aquí. En cualquier momento volverá él y… Justo en ese instante, la puerta de la casa se abrió de golpe y, tambaleándose y con un hacha en la mano, salió al porche un Vasili borracho. ***** Si la gente pudiera imaginar aunque fuera por un momento lo dura que puede ser la vida de los perros que, sin culpa ninguna, acaban en la calle, seguro que cambiarían su actitud hacia ellos. Al menos, los mirarían con compasión y ternura, no con indignación y desprecio, como tantas veces ocurre. Pero, ¿cómo van a saber las personas qué pruebas deben superar nuestros amigos de cuatro patas y por qué caminos les lleva la vida? ¿Cómo podrían saberlo?… Los perros no pueden contarnos nada. Ni siquiera pueden quejarse de su destino. Todo su dolor lo guardan para sí mismos. Pero yo, quizá, os cuente una historia. Una historia de amor, traición y lealtad… Y la mía empieza con Berta, a quien nadie quiso ni desde pequeña. Qué tenía ella de malo para su primer dueño, es un misterio. Algo tendría. ¿Quizá nacer? Su amo no encontró nada mejor que subir a la cachorra, con solo dos meses, al coche y llevarla hasta la aldea más cercana… para dejarla en la cuneta. Sí, simplemente dejarla. Ni siquiera se dignó a dejarla en el mismo pueblo, donde alguien podría haberla recogido. En vez de eso, la abandonó al lado de la carretera y se marchó tranquilo a casa. Por esa carretera pasaban coches a gran velocidad, autobuses, camiones, todo tipo de vehículos. Un paso en falso, y la pequeña podría haber acabado bajo las ruedas. Quizá eso era lo que esperaba su dueño. Y aun si no era atropellada, sin agua ni comida no habría aguantado mucho tiempo. Habría muerto. Era tan pequeña… Pero aquel día tuvo suerte. En ese mismo día, la cría sin nombre se cruzó con Miguel. Y por eso, vivió. Resulta que, ese día, el padre de Miguel le regaló una bicicleta por su cumpleaños. Miguel cumplía catorce, y salió enseguida a “estrenarla”. —No salgas del pueblo —gritó Antonia cuando su hijo montó en su flamante “caballo de hierro” y salió a la calle, pedaleando con emoción—. ¿Me oyes, hijo? —Sí, mamá… —respondió Miguel con alegría—. Todo irá bieeeeen… Pero, al final, Miguel salió del pueblo. Porque allí las calles no se arreglaban desde hacía años —un bache tras otro. No era fácil ni andar, mucho menos ir en bici, y por la noche uno podía romperse una pierna. Desde la aldea hasta la carretera que iba al pueblo, hacía apenas un mes habían asfaltado y Miguel quería sentir el viento al rodar por ella. Además, normalmente había poco tráfico. Es fin de semana— todo el mundo descansando en casa. Así que, justo cuando Miguel casi llegaba a la carretera y pensaba dar la vuelta, vio en la cuneta a una cachorrilla que corría de un lado a otro, como loca. Se lanzaba a los coches y, en el último momento, saltaba para no ser atropellada. Daba miedo verla. “¿Qué le pasa? ¿Qué hace ahí?” pensó Miguel, bajándose de la bici. Dejó la bicicleta en la hierba y se acercó decidido a la pequeña. ***** —¡Mamá, papá, mirad lo que he encontrado! —dijo Miguel, sonriendo al entrar en casa—. La han tirado en el arcén. ¿Podemos quedárnosla? Es buenísima. —¿Miguel, has salido del pueblo? —se indignó Antonia—. ¡Te lo advertí! —Mamá, solo fui hasta la carretera, nada más —bajó la mirada Miguel, avergonzado—. Y, como ves, no fue en vano. Si no la recojo, quizá habría muerto. —¿Y tú? —suspiró Antonia—. ¿No has pensado en ti, hijo? También podrías haber sido atropellado. Los niños solos en la carretera, ni en bicicleta ni a pie. —Mamá, ya no lo haré más, de verdad. ¿Podemos quedárnosla? Juro que la cuidaré. Siempre he querido una perra… Y hoy es mi cumpleaños. —Tu cumpleaños, ya… —negó con la cabeza Antonia—. Bastante poco castigo es que no me escuches. Miguel abrazó a la cachorra, temiendo que sus padres se la quitaran. —Toni, no regañes más al muchacho —intervino el padre, de buen humor—. Son sus catorce. Ya es un hombretón. Recuerda nuestras travesuras a su edad. Además, la perra es buena. No es un saco de huesos, es de raza. Protegerá la casa. Quédesela, hijo, no me opongo. —Si tu padre no se opone, yo tampoco —sonrió Antonia. —¡Yuju! ¡Gracias! ¡Sois los mejores padres del mundo! Miguel estaba del todo feliz. Ese mismo día la llamó Berta. Al principio pensó que era macho, pero pronto se dio cuenta de que era “niña”. Y muy buena niña: amable, cariñosa. Entre Berta y Miguel nació pronto una gran amistad. Y, desde ese momento, se olvidó de la bici nueva y pasó todos sus días con su amiga peluda. Y parecía que nada malo podría pasar, que todo acababa tan bien, ¿verdad? La perra escapó de una muerte segura, Miguel por fin tenía el perro soñado (en secreto, pues creía que su padre nunca aceptaría, era un hombre estricto y poco amigo de perros). Sus padres también estaban felices porque su hijo era feliz. ¿Colorín colorado? Por desgracia, no. Lo malo llegó. Seis meses más tarde. Todo empezó cuando Basilio, el padre de Miguel, perdió su trabajo y, desesperado, se echó a la bebida. Bebía sin control. Todo el dinero ahorrado con Antonia terminó en botellas. Ninguna súplica conseguía parar a Basilio. Al contrario, le irritaba más. Y empezó a irritarle su mujer. Basilio se volvió un hombre distinto. O, más bien, fue el alcohol el que lo volvió así. Brusco, cruel, resentido con todo el mundo… Incluso, de vez en cuando, levantaba la mano contra su esposa. Por cualquier motivo. O hasta sin él. Faltaba comida para picar, el techo tenía goteras, el tabaco y la bebida subían de precio… todo era culpa de Antonia. Era inútil explicarle que el culpable era él. —¿Yo? ¿Yo culpable? —gritaba Basilio a su mujer. Y sí, él tenía toda la culpa. Nadie le obligó a beber. Podía buscar otro trabajo. Quizá no en el pueblo, donde era tractorista, pero en la ciudad. Conductor, cargador: había mil opciones. El hijo pronto tendría que ir a la universidad, y para eso se necesita dinero. Pero Basilio no quería trabajar en la ciudad. Y, tras el cierre de la empresa del pueblo, trabajo decente no había. —¡Toni! ¡Toni, dónde has metido la botella! —gritaba Basilio nada más levantarse, con resaca. Antonia hacía todo lo posible por pararlo, pero nada bueno sacaba de eso. Solo con llevarle la contraria, había discusión. Y, si le escondía la botella, rara vez no había golpes. Basilio se convertía en una bestia. Antonia prohibía a Miguel intervenir, para que a él no le tocara. Su padre tenía la mano muy dura. Mejor no probar suerte. En esos momentos, Miguel se iba con Berta, la acariciaba y miraba hacia la casa donde discutían sus padres. Berta le lamía las mejillas, siempre húmedas y saladas. Le consolaba como podía, y también miraba hacia la casa. Un día le tocó incluso a Miguel. Antonia había ido a comprar, él jugaba en el patio con Berta. Basilio vio la escena, llamó a su hijo, lo agarró fuerte del brazo y le pegó varias bofetadas. Miguel aguantó como pudo, pero terminó gritando de dolor. Intentó soltarse, pero su padre lo tenía como en un torno. Entonces Berta, la tranquila Berta, comenzó a ladrar a Basilio furiosa como nunca, haciendo que el padre dudara un segundo. Eso le dio a Miguel la oportunidad de liberarse. Pero después… …después, tras gritar: “¡Te voy a matar!”, el padre entró tambaleante en la casa. Miguel supo que volvería. Y, seguro, armado. No lo dejaría pasar. —Vete, ¿me oyes? —susurraba Miguel, llorando—. ¡Vete y no vuelvas jamás! Con manos temblorosas soltó la cadena de hierro, llevó a Berta a la verja, abrió la cancela y quiso empujarla a la carretera. Pero ella no entendía nada. —Vete, te lo ruego —repitió Miguel, abrazando a la perra—. No puedes quedarte aquí. En cualquier momento volverá él y… En ese momento, la puerta de casa se abrió de golpe y en el porche apareció Basilio borracho, blandiendo un hacha. —¡Miguel! —tronó su voz—. ¿Por qué has soltado la perra? ¿Quién te lo ha pedido? —Papá, por favor… —dijo Miguel, retrocediendo instintivamente. En aquel momento tenía tanto miedo, que habría huido con la perra, pero… No podía dejar sola a su madre con aquel monstruo. —¿¡Que no?! —rugió Basilio—. A la perra la doy de comer y beber y me ladra… Ahora me encargaré de ella, y luego ya verás tú… Basilio bajó al patio tambaleándose. —¡Tráela aquí! —¡Vasili, no, por favor…! ¡Es solo una perra! La vas a matar… —gritó Antonia, que acababa de volver de la compra. —Ni “Vasili” ni nada. ¡Esa chucha va a aprender quién manda aquí! Miguel, ¡tráela de una vez! No se podía esperar más. Miguel giró, miró a Berta a los ojos, la besó en el hocico húmedo y, empujándola, gritó: —¡Vete! ¡VETE YA! Perdónanos, Berta. No quería que todo acabara así. —¡Maldito mocoso! —bramó Basilio al darse cuenta de que Miguel quería soltar a la perra. Y Berta, mirándolo una última vez, echó a correr hacia el bosque, el único sitio donde podía esconderse. “¡No regreses nunca, Berta, o te matará!” le gritó Miguel. Lo que pasó luego, Berta ya no lo vio. Solo deseó que a su humano y a Antonia no les pasara nada. ***** Desde entonces han pasado… …no, no un mes, ni un año. Siete años desde entonces. Siete largos años esperando un milagro. Esperanzada y convencida de que algún día se reencontraría con Miguel. Pero la esperanza se iba apagando con cada año, pues hacía tiempo que Miguel y Antonia ya no vivían allí. Regresó a la aldea solo seis meses después de huir al bosque. Pero cuando empujó la verja, y esta se abrió chirriando, solo encontró casa quemada y soledad. Ni Miguel, ni Antonia, ni Basilio (a quien tampoco echaba de menos). Visitó el lugar tres o cuatro veces, pero nunca encontró a nadie. Sin embargo, sentía que a ellos nada malo les había sucedido. Seguramente se habían marchado. ¿Dónde, cuándo? Eso ya no lo sabía. Pero comprendía que no volverían jamás. No les quedaba casa. Ni a ella le quedaba tampoco familia ni hogar… Así vagó durante un año de pueblo en pueblo, sin quedarse en ningún sitio. Hasta que la recogió un anciano. La encontró, casualmente, en la carretera, cerca de la misma aldea de antes. Pura casualidad… —¿Te has perdido? —bromeó el hombre de pelo canoso y larga barba—. ¿Te vienes a vivir conmigo? Y Berta fue. Porque no tenía otra opción. Y el viejo, aunque también le gustaba el vino (como luego descubriría), era muy bueno con ella. Siempre tenía para ella caldo, arroz, huesos. No le faltaba nada. Además, se la llevaba al trabajo. Era guarda de noche. Bueno, también enterrador. En el cementerio. Al principio, rondar entre tumbas le daba miedo, pero se fue acostumbrando. También cogió cariño a don Nicolás Figueroa, que resultó ser buena persona. Aunque muy solo y muy desgraciado. Como ella. Cuando bebía, no se volvía una bestia, al contrario, suspiraba hondo y le contaba sus penas. Que su mujer le abandonó, que su hija ni le reconoce porque él no ha triunfado. Berta se tendía a sus pies, atento el hocico, mirando y escuchando, porque a veces las personas solo quieren que las escuchen. Y, mientras él callaba, ella recordaba días felices: a Antonia, a Miguel. De Basilio prefería no acordarse. Y así fue que, dando vuelta por el cementerio, un día Berta se topó con su tumba. Al principio no lo creyó: años enterrado y el olor seguía allí— ese olor a odio por la vida, a alcohol. —¿Qué te pasa? —preguntó don Nicolás al ver a la perra parada delante de la tumba—. A ver, ¿quién yace aquí? ¡Vaya, Basilio…! Debe de ser el que se asfixió en su propia casa. Berta miró al anciano sorprendida. —Sí, lo conocían en el pueblo. La mujer y el hijo, gracias a Dios, se fueron al pueblo grande, y este se quedó bebiendo hasta que se murió. Una muerte tonta. Aunque decían que maltrataba a la familia. Así que, si es verdad, justo castigo. Pero, en fin… De los muertos, bien o nada. Vamos, déjemoslo descansar. Casi cinco años vivió Berta con el guardián del cementerio. Hasta que él también falleció y Berta volvió a estar sola. ¿Dónde ir? Ya no era una perrita. Nadie querría adoptarla. Así que decidió quedarse en el cementerio. De vez en cuando encontraba algo para comer. Allí… Sí, Berta tomó su decisión. Aunque aquel sitio era para humanos, allí esperaría la muerte. Otro dueño (el viejo no era dueño, sino compañero de desgracia) no quería. Y así, con la primera nevada del año, ocurrió lo que nunca imaginó. Un día, mientras recorría el cementerio, escuchó voces. Rara vez iba gente en fin de semana, y no digamos dos personas: un hombre y una mujer. Estaban junto a la tumba de Basilio. Eso le intrigó, así que se acercó. —Ya te dije, Oksana, que era mala idea visitar a mi padre —decía Miguel—. ¿Para qué? Ni lo quiero conocer después de lo que hizo, y quieres que lo perdone… ¿Por qué? ¿Por mandar a mi madre a la tumba antes de tiempo? —Debes hacerlo, Miguel… Perdonar y dejarlo ir con Dios. Así te librarás de las pesadillas. Yo estoy segura de que en cuanto le perdones, todo mejorará. Al fin y al cabo, por muy tirano y borracho que fuera, era tu padre. Y si se te aparece tanto en sueños, es que no descansa. —¿Y tú cómo lo sabes? —Me lo dijo mi abuela. Perdónalo, y todo será más fácil, para él y para ti. —Bueno… tal vez tienes razón. Miguel miró la tumba, frunció el ceño y, después, más relajado, dijo: —Te perdono, padre. Por mí, por mamá, por Berta… Solo siento que, por tu culpa, mi mejor amiga tuvo que irse de casa. Espero que ella esté bien. Mientras tanto, Berta, sin creérselo, estaba tras Miguel. ¡Era su Miguel! Sí, ahora era un hombre, pero ella lo reconoció al instante. ¿La reconocería él? Miguel, como sintiendo una mirada, se giró de golpe y se quedó helado. —¿Qué sucede, Miguel? —preguntó Oksana, inquieta—. Casi parece que hayas visto un fantasma. —No un fantasma, un perro… —murmuró él. —¿Y? Hay muchos perros en los cementerios. ¿Te ha dado miedo? —Creo… Creo que la conozco… Espera, es… Miguel avanzó unos pasos hacia ella, dudando, pero a cada paso lo veía más claro. Berta meneó la cola. Se acercó también, y, en un instante, corrieron el uno hacia el otro. Oksana no tuvo tiempo de reaccionar: Miguel, de rodillas, abrazaba a su perra, a quien no veía desde hacía siete años, mientras Berta, con sus patas en los hombros, lo llenaba de lametones. Se cumplió el mayor sueño canino de Berta: reencontrarse con su amigo, por fin, tras siete largos años de espera. ***** Miguel, por supuesto, se llevó a Berta con él. Y enseguida se hizo amiga de su humana. Vivieron juntos. Primero tres, luego cuatro (porque un día Berta rescató a un gatito de la calle, y todos estuvieron de acuerdo en adoptarlo), y después cinco. Llegó, por fin, el hijo humano: Nikita. Y, algún tiempo después, Miguel restauró la casa del pueblo, donde toda la familia iba a pasar las vacaciones. Y, pese a todo lo que tuvieron que sufrir Miguel y Berta, al fin, fueron felices.

Vete, ¿me oyes? susurraba Miguel, conteniendo las lágrimas. Vete y no vuelvas Nunca.
Con las manos temblorosas, el chaval soltó la pesada cadena de hierro, llevó a Berta hasta el portón y, abriéndolo de par en par, intentó empujarla hacia el camino.
Pero ella no entendía nada.
¿De verdad la echaban? ¿Por qué? Si ella no había hecho nada malo…
Vete, por favor repitió Miguel, abrazando a su perra . No puedes quedarte aquí. Ahora vuelve él y
Justo en ese momento, la puerta de la casa se abrió violentamente y salió al porche el borracho de Basilio, con un hacha en la mano.
*****
A veces pienso que, si la gente pudiera imaginar aunque solo sea un instante lo dura que puede llegar a ser la vida de los perros que acaban en la calle sin buscarlo, cambiarían su actitud hacia ellos. Al menos, los mirarían con compasión en vez de desprecio, como suele pasar.
Pero claro, la gente no puede saber por lo que pasan nuestros amigos de cuatro patas ni todas las penurias que atraviesan.
Ellos no pueden contarlo. Tampoco pueden quejarse. Llevan el sufrimiento por dentro.
Pero déjame que te cuente una historia. Una historia de cariño, traición y lealtad
Y empieza el caso siendo que Berta, desde pequeñita, ya no le hacía falta a nadie.
Nunca se supo qué tenía de malo. ¿Quizás el simple hecho de haber nacido?
Su primer dueño no encontró mejor solución que coger aquel cachorro de apenas dos meses y llevarlo hasta el pueblo más cercano para dejarlo en la cuneta.
Así, tal cual.
Ni siquiera la llevó hasta el pueblo, donde quizá alguien la habría acogido. No. Paró el coche al borde de la carretera comarcal y se marchó de vuelta a la ciudad con una tranquilidad que ni te imaginas.
Por esa carretera circulaban a toda velocidad coches, autobuses, camiones Un traspié y la cachorrita podría haber acabado bajo las ruedas. Es probable que con eso contase su primer dueño.
Y, si no la atropellaban, a ver cuánto resistía allí sin agua ni comida. Era solo una cosilla pequeña.
Pero ese día tuvo suerte.
Porque ese día se cruzó en su camino Miguel.
Fue así: ese mismo día, el padre de Miguel le regaló una bicicleta nueva por su cumpleaños y él, que justo cumplía catorce, salió corriendo a estrenarla.
Miguel, no salgas del pueblo le avisó Antonia cuando su hijo se montó en la bici, a todo correr por la calle . ¿Me oyes?
Sí, mamá, sí contestó lleno de ilusión, gritando mientras se iba . ¡Todo bien, no te preocupes!
Pero, claro, se fue. Porque las calles del pueblo llevaban años sin arreglo. Ni andar se podía, imagínate lo que era pedalear. Él quería probar el asfalto nuevo que habían puesto recientemente en la carretera que iba a la ciudad. Allí apenas había tráfico y, además, era domingo: todo el mundo en casa.
Justo cuando llegó a la carretera y ya iba a volverse, vio a un cachorrillo que corría como loco de un lado a otro, tirándose hacia los coches y esquivándolos en el último segundo. Daba miedo solo verlo.
¿Pero qué le pasa? ¿Y qué hace ahí?, pensó Miguel, dejando la bici en la hierba y acercándose rápido.
*****
Mamá, papá, ¡mirad a quién he encontrado! dijo Miguel cuando entró en casa rebosando alegría. La han abandonado en la carretera. ¿Puedo quedármela? Es buenísima.
¿Miguel, saliste del pueblo? saltó Antonia. ¡Te dije que no fueras!
Solo fui hasta la carretera y ya contestó el chaval, mirando al suelo. Y mira, menos mal. Si no, la perra no lo habría contado.
¿Y tú? ¿No pensaste en ti? suspiró Antonia. Tú también podrías haber acabado bajo un coche. No puedes estar solo ahí fuera, menos aún en bici.
Perdón, mamá. No lo haré más. Pero ¿qué hacemos, la puedo dejar aquí? Prometo que la cuidaré. Siempre quise una Y hoy es mi cumple.
¿Hoy es el cumpleaños y ya nos quieres engañar? resopló Antonia. ¡Para lo que te debería caer!
Miguel apretó el cachorro contra él, por si acaso sus padres se lo quitaban.
Venga, Antonia, déjale. intervino el padre, que esa tarde estaba de buen humor. Que no es ningún desastre, hombre. Ya tiene catorce años. Anda que no hacíamos locuras tú y yo de críos. Y encima ha traído una perra de raza, no una callejera. Nos hará compañía y guardará la casa. Déjale, que yo no tengo problema.
Pues si tú no tienes, yo tampoco sonrió Antonia, mirando cómo Miguel no cabía en sí.
¡Gracias, sois los mejores padres del mundo!
Le puso de nombre Berta esa misma tarde, cuando se dio cuenta de que la perra era hembra; al principio pensaba que era macho. Pero era una perra buenísima, cariñosa, todo bondad. Con Miguel enseguida tuvo una relación especial.
Tan especial que Miguel se olvidó de la bici nueva y pasaba los días con su amiga peluda, su compañera leal.
¿Y qué podía salir mal, si todo acababa tan bien?
La salvaron, la acogieron, el chaval era feliz y hasta sus padres se alegraban de verle sonreír.
Pero la vida nunca es tan simple.
El problema llegó seis meses más tarde.
Todo empezó porque Basilio, el padre de Miguel, perdió su trabajo de toda la vida en el taller y cayó en el pozo del alcohol.
Fue vendiendo a escondidas hasta los pocos ahorros que él y Antonia habían guardado para un mal día, y nada de lo que su mujer le decía servía de nada. Al contrario, le enfadaba más. Se convirtió en un hombre imposible, arisco, con una tristeza y una rabia tan grandes que a veces hasta la emprendía a gritos y algún empujón con Antonia.
Y a Antonia le prohibió tajantemente a Miguel que interviniera, para que no acabase él recibiendo también. Basilio tenía la mano pesada.
Cuando aquello pasaba, Miguel se iba al rincón del jardín donde estaba Berta, le acariciaba la cabeza y miraba el tejado de la casa mientras escuchaba las discusiones. Berta le lamía las mejillas, como diciendo aquí estoy, resistiremos juntos.
Hasta que un día, el propio Miguel acabó recibiendo. Antonia se había ido a por el pan y él estaba, simplemente, jugando en el jardín con Berta. Basilio lo vio, lo llamó, le agarró del brazo y le dio un par de guantazos que sonaron a bofetón de verdad. Miguel aguantó un rato, pero al final se le saltaron las lágrimas. Y fue entonces cuando Berta, que siempre era tan tranquila, empezó a ladrar a Basilio con toda su furia.
Eso le desconcertó tanto que Miguel pudo soltarse y salir corriendo.
Pero supo que su padre volvería, seguro con el hacha que había amenazado en otras ocasiones. Y entonces, ¿qué hacer?
Vete, ¿me escuchas? lloró Miguel . Vete y no vuelvas, nunca.
Con manos temblorosas, el chaval desató la cadena, guio a Berta hasta la puerta, la acarició y empujó hacia el camino, suplicando que se fuera.
Ella no lo entendía. ¿La echaban? ¿Por qué? Si ella nunca les había causado daño
Vete, Berta, por favor. repitió Miguel, abrazándola con todas sus fuerzas. No puedes quedarte aquí. Él vuelve y
Justo en ese momento salió Basilio al porche, tambaleándose con el hacha en la mano.
Miguel, ¿pero qué haces sueltas la perra? ¿Quién te lo ha pedido? gritó. ¡Ven aquí!
Papá, no lo hagas dijo Miguel con voz temblorosa, reculando.
Estuvo a punto de salir corriendo con ella, pero no podía dejar a su madre sola con ese hombre.
Basilio miraba a su hijo con los ojos vidriosos y gritó:
¡Que la traigas aquí! ¡Que va a aprender quién manda! Ella debería dar las gracias por lo que la damos, y mira, ladrando. Ahora se va a enterar. Y tú también, que pareces que me vas a faltar al respeto, ya verás.
Se tambaleó, estuvo a punto de caerse, pero bajó los escalones apoyándose en la barandilla.
¡Tráemela, Miguel!
Basilio, ¡por favor, no! clamó Antonia, que llegaba con la bolsa de la compra. Es una perra pequeña, la vas a matar.
Antonia, no me toques las narices. ¡Miguel, la perra aquí!
Ya no podía esperar más.
Miguel se inclinó hacia Berta, la miró a los ojos, le dio un beso en la trufa húmeda y la empujó hacia el sendero:
¡Vete! ¡Ahora! Perdónanos Lo siento, Berta, no quería
Basilio se dio cuenta y rugió como una fiera. Berta, tras lanzar una mirada atrás, echó a correr hacia el pinar.
El único lugar donde podía esconderse.
No vuelvas, Berta, que te mata, gritó Miguel con todas sus fuerzas.
Ella corrió y ya no vio nada más.
Solo deseó que su chaval y Antonia estuvieran a salvo.
*****
De eso han pasado
no, no un mes, ni un año.
Han pasado siete años. Siete años en que Berta esperó un milagro. Soñó cada día con ver de nuevo a Miguel.
Pero cada año la esperanza era más tenue. Porque Miguel y Antonia llevaban mucho tiempo sin vivir en el pueblo.
Berta volvió, eso sí, unos seis meses después, cuando el hambre pudo más que el miedo. Se acercó a la verja, que estaba entreabierta, la empujó y entró. Dentro, la casa calcinada. Nadie. Ni Miguel, ni Antonia, ni Basilio (al que tampoco tenía muchas ganas de ver).
Aún volvió dos o tres veces más, pero allí ya no había rastro de nadie. Y sin embargo, sentía que no les había pasado nada malo. Seguro que solo se fueron, pero ni cuándo ni adónde, eso no lo supo nunca.
Así que volvió a deambular, de aldea en aldea, sin quedarse mucho en ningún sitio. Hasta que un día, en la misma carretera cerca de aquel pueblo, se topó con un viejo.
¿Te has perdido o qué? rió el hombre, con melena y barba blanca. ¿Quieres venirte a casa?
Berta no tenía alternativa. Por lo menos alguien le tendía una mano.
El viejo, aunque siendo sincero se daba sus tragos, era buena gente y le daba de comer sin racanear: caldo, arroz, huesos. No escatimaba en pesetas para su nueva amiga.
Además, se la llevaba al trabajo: era vigilante nocturno en el cementerio.
Al principio, a Berta le impresionaba pasearse entre las tumbas, pero enseguida se acostumbró. Se acostumbró también a don Nicolás Fernández, que resultó ser un hombre bueno pero tristísimo y solo. Cuando había bebido, lejos de volverse violento, le contaba sus penas a Berta: que su mujer lo dejó, que su hija no le hablaba
Berta se tumbaba a su lado, le daba calor y compañía silenciosa, y se acordaba de cuando su vida fue feliz con Antonia y Miguel. Intentaba no pensar en Basilio.
Y, por el destino, un día, haciendo ronda, Berta se detuvo ante una tumba. Reconocía el olor: era el de Basilio. Un hedor de odio y aguardiente.
¿Qué pasa, perra? preguntó don Nicolás, al verla parada. Anda, que aquí pone Basilio Jiménez Este debía de ser el que se asfixió en su propia casa aquí al lado. Dicen que maltrataba a la familia. Bueno, que en paz descanse.
Berta lo miró con sorpresa. Pasaron cinco años más con él hasta que Nicolás murió también y Berta volvió a quedarse sola.
¿Y ahora a dónde ir? Ya no era una cachorra, ¿quién iba a querer ahora una perra vieja? Así que se quedó allí, en el cementerio. Era un sitio tranquilo, donde al menos encontraba algo de comida, y allí decidió esperar a la muerte ella también. Don Nicolás fue más compañero que dueño para ella.
*****
Pasó el tiempo y, un día de otoño, al caer la primera nevada, ocurrió lo que Berta menos esperaba.
Andaba olfateando en busca de algo que echarse a la boca, cuando escuchó voces. No era común ver gente en el cementerio en fin de semana, más raro aún que fueran dos y estuvieran justo donde la tumba de Basilio.
Le llamó la atención y se acercó sigilosamente.
Te lo dije, Oksana, venir al cementerio de mi padre era mala idea. No quiero saber nada de ese hombre después de lo que hizo. ¿Para qué perdonarlo? ¿Para qué, si mandó a la tumba antes de tiempo a mi madre?
Tienes que perdonarle, Miguelo y dejarle marchar en paz. Así por fin descansarás también tú. Así lo decía mi abuela: hay que perdonar a los muertos. Si te busca en sueños, es porque no puede irse.
¿Cómo puedes estar segura?
Es mejor para todos, créeme. Para ti y para él.
Bueno, quizá tienes razón
Miguel se quedó mirando la tumba, frunció el ceño, después relajó la mirada y dijo:
Te perdono, padre. Por mí, por mamá y por Berta también. Ojalá mi perra esté bien. No sabes lo que me dolió tener que echarla.
Berta llevaba rato quieta tras él y no podía creer lo que veía.
¡Era él! Su niño. Había pasado mucho tiempo, era un hombre, pero era él. ¿La reconocería?
Miguel, como si lo notase, se volvió despacio. Se quedó de piedra.
¿Qué pasa, Miguelo? le preguntó, preocupada, Oksana . ¡Parece que has visto un fantasma!
No es uno es una perra balbuceó él.
¡En los cementerios es lo normal! ¿Es que te da miedo?
No es que juro que la he visto antes espera es
Miguel avanzó un par de pasos; vacilante al principio, seguro después. Berta movió un poco el rabo y también se acercó, despacito. Y de pronto, se lanzaron el uno hacia el otro.
Oksana ni lo vio venir: Miguel, arrodillado, abrazaba a su perra como si el tiempo no hubiera pasado, mientras Berta le llenaba la cara de lametones. Su sueño, el de ambos, se había hecho realidad. Se habían encontrado después de siete largos años.
*****
Por supuesto, Miguel se llevó a Berta con él. Se hizo inseparable de Oksana, y formaron una familia.
Primero fueron tres. Luego cuatro (un día Berta recogió una gatita huérfana y la adoptaron), y luego cinco, cuando llegó Nikito, el peque de la casa.
Y más adelante, Miguel arregló y levantó la casa del pueblo y, cada año, todos volvían juntos a pasar las vacaciones.
A pesar de todo el dolor, de la pena y de las vueltas de la vida, Miguel y Berta fueron, por fin, felices.

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Vete y no regreses nunca: —Vete, ¿me oyes? —susurraba Miguel, llorando—. ¡Vete y no vuelvas jamás! Nunca. Con las manos temblorosas, el chico soltó la pesada cadena de hierro, arrastró a Berta hacia la verja, abrió de par en par la cancela y trató de empujarla a la carretera. Pero ella no entendía nada. ¿De verdad la estaban echando? ¿Por qué? Si no había hecho nada malo… —Vete, te lo ruego —repitió Miguel, abrazando a la perra—. No puedes quedarte aquí. En cualquier momento volverá él y… Justo en ese instante, la puerta de la casa se abrió de golpe y, tambaleándose y con un hacha en la mano, salió al porche un Vasili borracho. ***** Si la gente pudiera imaginar aunque fuera por un momento lo dura que puede ser la vida de los perros que, sin culpa ninguna, acaban en la calle, seguro que cambiarían su actitud hacia ellos. Al menos, los mirarían con compasión y ternura, no con indignación y desprecio, como tantas veces ocurre. Pero, ¿cómo van a saber las personas qué pruebas deben superar nuestros amigos de cuatro patas y por qué caminos les lleva la vida? ¿Cómo podrían saberlo?… Los perros no pueden contarnos nada. Ni siquiera pueden quejarse de su destino. Todo su dolor lo guardan para sí mismos. Pero yo, quizá, os cuente una historia. Una historia de amor, traición y lealtad… Y la mía empieza con Berta, a quien nadie quiso ni desde pequeña. Qué tenía ella de malo para su primer dueño, es un misterio. Algo tendría. ¿Quizá nacer? Su amo no encontró nada mejor que subir a la cachorra, con solo dos meses, al coche y llevarla hasta la aldea más cercana… para dejarla en la cuneta. Sí, simplemente dejarla. Ni siquiera se dignó a dejarla en el mismo pueblo, donde alguien podría haberla recogido. En vez de eso, la abandonó al lado de la carretera y se marchó tranquilo a casa. Por esa carretera pasaban coches a gran velocidad, autobuses, camiones, todo tipo de vehículos. Un paso en falso, y la pequeña podría haber acabado bajo las ruedas. Quizá eso era lo que esperaba su dueño. Y aun si no era atropellada, sin agua ni comida no habría aguantado mucho tiempo. Habría muerto. Era tan pequeña… Pero aquel día tuvo suerte. En ese mismo día, la cría sin nombre se cruzó con Miguel. Y por eso, vivió. Resulta que, ese día, el padre de Miguel le regaló una bicicleta por su cumpleaños. Miguel cumplía catorce, y salió enseguida a “estrenarla”. —No salgas del pueblo —gritó Antonia cuando su hijo montó en su flamante “caballo de hierro” y salió a la calle, pedaleando con emoción—. ¿Me oyes, hijo? —Sí, mamá… —respondió Miguel con alegría—. Todo irá bieeeeen… Pero, al final, Miguel salió del pueblo. Porque allí las calles no se arreglaban desde hacía años —un bache tras otro. No era fácil ni andar, mucho menos ir en bici, y por la noche uno podía romperse una pierna. Desde la aldea hasta la carretera que iba al pueblo, hacía apenas un mes habían asfaltado y Miguel quería sentir el viento al rodar por ella. Además, normalmente había poco tráfico. Es fin de semana— todo el mundo descansando en casa. Así que, justo cuando Miguel casi llegaba a la carretera y pensaba dar la vuelta, vio en la cuneta a una cachorrilla que corría de un lado a otro, como loca. Se lanzaba a los coches y, en el último momento, saltaba para no ser atropellada. Daba miedo verla. “¿Qué le pasa? ¿Qué hace ahí?” pensó Miguel, bajándose de la bici. Dejó la bicicleta en la hierba y se acercó decidido a la pequeña. ***** —¡Mamá, papá, mirad lo que he encontrado! —dijo Miguel, sonriendo al entrar en casa—. La han tirado en el arcén. ¿Podemos quedárnosla? Es buenísima. —¿Miguel, has salido del pueblo? —se indignó Antonia—. ¡Te lo advertí! —Mamá, solo fui hasta la carretera, nada más —bajó la mirada Miguel, avergonzado—. Y, como ves, no fue en vano. Si no la recojo, quizá habría muerto. —¿Y tú? —suspiró Antonia—. ¿No has pensado en ti, hijo? También podrías haber sido atropellado. Los niños solos en la carretera, ni en bicicleta ni a pie. —Mamá, ya no lo haré más, de verdad. ¿Podemos quedárnosla? Juro que la cuidaré. Siempre he querido una perra… Y hoy es mi cumpleaños. —Tu cumpleaños, ya… —negó con la cabeza Antonia—. Bastante poco castigo es que no me escuches. Miguel abrazó a la cachorra, temiendo que sus padres se la quitaran. —Toni, no regañes más al muchacho —intervino el padre, de buen humor—. Son sus catorce. Ya es un hombretón. Recuerda nuestras travesuras a su edad. Además, la perra es buena. No es un saco de huesos, es de raza. Protegerá la casa. Quédesela, hijo, no me opongo. —Si tu padre no se opone, yo tampoco —sonrió Antonia. —¡Yuju! ¡Gracias! ¡Sois los mejores padres del mundo! Miguel estaba del todo feliz. Ese mismo día la llamó Berta. Al principio pensó que era macho, pero pronto se dio cuenta de que era “niña”. Y muy buena niña: amable, cariñosa. Entre Berta y Miguel nació pronto una gran amistad. Y, desde ese momento, se olvidó de la bici nueva y pasó todos sus días con su amiga peluda. Y parecía que nada malo podría pasar, que todo acababa tan bien, ¿verdad? La perra escapó de una muerte segura, Miguel por fin tenía el perro soñado (en secreto, pues creía que su padre nunca aceptaría, era un hombre estricto y poco amigo de perros). Sus padres también estaban felices porque su hijo era feliz. ¿Colorín colorado? Por desgracia, no. Lo malo llegó. Seis meses más tarde. Todo empezó cuando Basilio, el padre de Miguel, perdió su trabajo y, desesperado, se echó a la bebida. Bebía sin control. Todo el dinero ahorrado con Antonia terminó en botellas. Ninguna súplica conseguía parar a Basilio. Al contrario, le irritaba más. Y empezó a irritarle su mujer. Basilio se volvió un hombre distinto. O, más bien, fue el alcohol el que lo volvió así. Brusco, cruel, resentido con todo el mundo… Incluso, de vez en cuando, levantaba la mano contra su esposa. Por cualquier motivo. O hasta sin él. Faltaba comida para picar, el techo tenía goteras, el tabaco y la bebida subían de precio… todo era culpa de Antonia. Era inútil explicarle que el culpable era él. —¿Yo? ¿Yo culpable? —gritaba Basilio a su mujer. Y sí, él tenía toda la culpa. Nadie le obligó a beber. Podía buscar otro trabajo. Quizá no en el pueblo, donde era tractorista, pero en la ciudad. Conductor, cargador: había mil opciones. El hijo pronto tendría que ir a la universidad, y para eso se necesita dinero. Pero Basilio no quería trabajar en la ciudad. Y, tras el cierre de la empresa del pueblo, trabajo decente no había. —¡Toni! ¡Toni, dónde has metido la botella! —gritaba Basilio nada más levantarse, con resaca. Antonia hacía todo lo posible por pararlo, pero nada bueno sacaba de eso. Solo con llevarle la contraria, había discusión. Y, si le escondía la botella, rara vez no había golpes. Basilio se convertía en una bestia. Antonia prohibía a Miguel intervenir, para que a él no le tocara. Su padre tenía la mano muy dura. Mejor no probar suerte. En esos momentos, Miguel se iba con Berta, la acariciaba y miraba hacia la casa donde discutían sus padres. Berta le lamía las mejillas, siempre húmedas y saladas. Le consolaba como podía, y también miraba hacia la casa. Un día le tocó incluso a Miguel. Antonia había ido a comprar, él jugaba en el patio con Berta. Basilio vio la escena, llamó a su hijo, lo agarró fuerte del brazo y le pegó varias bofetadas. Miguel aguantó como pudo, pero terminó gritando de dolor. Intentó soltarse, pero su padre lo tenía como en un torno. Entonces Berta, la tranquila Berta, comenzó a ladrar a Basilio furiosa como nunca, haciendo que el padre dudara un segundo. Eso le dio a Miguel la oportunidad de liberarse. Pero después… …después, tras gritar: “¡Te voy a matar!”, el padre entró tambaleante en la casa. Miguel supo que volvería. Y, seguro, armado. No lo dejaría pasar. —Vete, ¿me oyes? —susurraba Miguel, llorando—. ¡Vete y no vuelvas jamás! Con manos temblorosas soltó la cadena de hierro, llevó a Berta a la verja, abrió la cancela y quiso empujarla a la carretera. Pero ella no entendía nada. —Vete, te lo ruego —repitió Miguel, abrazando a la perra—. No puedes quedarte aquí. En cualquier momento volverá él y… En ese momento, la puerta de casa se abrió de golpe y en el porche apareció Basilio borracho, blandiendo un hacha. —¡Miguel! —tronó su voz—. ¿Por qué has soltado la perra? ¿Quién te lo ha pedido? —Papá, por favor… —dijo Miguel, retrocediendo instintivamente. En aquel momento tenía tanto miedo, que habría huido con la perra, pero… No podía dejar sola a su madre con aquel monstruo. —¿¡Que no?! —rugió Basilio—. A la perra la doy de comer y beber y me ladra… Ahora me encargaré de ella, y luego ya verás tú… Basilio bajó al patio tambaleándose. —¡Tráela aquí! —¡Vasili, no, por favor…! ¡Es solo una perra! La vas a matar… —gritó Antonia, que acababa de volver de la compra. —Ni “Vasili” ni nada. ¡Esa chucha va a aprender quién manda aquí! Miguel, ¡tráela de una vez! No se podía esperar más. Miguel giró, miró a Berta a los ojos, la besó en el hocico húmedo y, empujándola, gritó: —¡Vete! ¡VETE YA! Perdónanos, Berta. No quería que todo acabara así. —¡Maldito mocoso! —bramó Basilio al darse cuenta de que Miguel quería soltar a la perra. Y Berta, mirándolo una última vez, echó a correr hacia el bosque, el único sitio donde podía esconderse. “¡No regreses nunca, Berta, o te matará!” le gritó Miguel. Lo que pasó luego, Berta ya no lo vio. Solo deseó que a su humano y a Antonia no les pasara nada. ***** Desde entonces han pasado… …no, no un mes, ni un año. Siete años desde entonces. Siete largos años esperando un milagro. Esperanzada y convencida de que algún día se reencontraría con Miguel. Pero la esperanza se iba apagando con cada año, pues hacía tiempo que Miguel y Antonia ya no vivían allí. Regresó a la aldea solo seis meses después de huir al bosque. Pero cuando empujó la verja, y esta se abrió chirriando, solo encontró casa quemada y soledad. Ni Miguel, ni Antonia, ni Basilio (a quien tampoco echaba de menos). Visitó el lugar tres o cuatro veces, pero nunca encontró a nadie. Sin embargo, sentía que a ellos nada malo les había sucedido. Seguramente se habían marchado. ¿Dónde, cuándo? Eso ya no lo sabía. Pero comprendía que no volverían jamás. No les quedaba casa. Ni a ella le quedaba tampoco familia ni hogar… Así vagó durante un año de pueblo en pueblo, sin quedarse en ningún sitio. Hasta que la recogió un anciano. La encontró, casualmente, en la carretera, cerca de la misma aldea de antes. Pura casualidad… —¿Te has perdido? —bromeó el hombre de pelo canoso y larga barba—. ¿Te vienes a vivir conmigo? Y Berta fue. Porque no tenía otra opción. Y el viejo, aunque también le gustaba el vino (como luego descubriría), era muy bueno con ella. Siempre tenía para ella caldo, arroz, huesos. No le faltaba nada. Además, se la llevaba al trabajo. Era guarda de noche. Bueno, también enterrador. En el cementerio. Al principio, rondar entre tumbas le daba miedo, pero se fue acostumbrando. También cogió cariño a don Nicolás Figueroa, que resultó ser buena persona. Aunque muy solo y muy desgraciado. Como ella. Cuando bebía, no se volvía una bestia, al contrario, suspiraba hondo y le contaba sus penas. Que su mujer le abandonó, que su hija ni le reconoce porque él no ha triunfado. Berta se tendía a sus pies, atento el hocico, mirando y escuchando, porque a veces las personas solo quieren que las escuchen. Y, mientras él callaba, ella recordaba días felices: a Antonia, a Miguel. De Basilio prefería no acordarse. Y así fue que, dando vuelta por el cementerio, un día Berta se topó con su tumba. Al principio no lo creyó: años enterrado y el olor seguía allí— ese olor a odio por la vida, a alcohol. —¿Qué te pasa? —preguntó don Nicolás al ver a la perra parada delante de la tumba—. A ver, ¿quién yace aquí? ¡Vaya, Basilio…! Debe de ser el que se asfixió en su propia casa. Berta miró al anciano sorprendida. —Sí, lo conocían en el pueblo. La mujer y el hijo, gracias a Dios, se fueron al pueblo grande, y este se quedó bebiendo hasta que se murió. Una muerte tonta. Aunque decían que maltrataba a la familia. Así que, si es verdad, justo castigo. Pero, en fin… De los muertos, bien o nada. Vamos, déjemoslo descansar. Casi cinco años vivió Berta con el guardián del cementerio. Hasta que él también falleció y Berta volvió a estar sola. ¿Dónde ir? Ya no era una perrita. Nadie querría adoptarla. Así que decidió quedarse en el cementerio. De vez en cuando encontraba algo para comer. Allí… Sí, Berta tomó su decisión. Aunque aquel sitio era para humanos, allí esperaría la muerte. Otro dueño (el viejo no era dueño, sino compañero de desgracia) no quería. Y así, con la primera nevada del año, ocurrió lo que nunca imaginó. Un día, mientras recorría el cementerio, escuchó voces. Rara vez iba gente en fin de semana, y no digamos dos personas: un hombre y una mujer. Estaban junto a la tumba de Basilio. Eso le intrigó, así que se acercó. —Ya te dije, Oksana, que era mala idea visitar a mi padre —decía Miguel—. ¿Para qué? Ni lo quiero conocer después de lo que hizo, y quieres que lo perdone… ¿Por qué? ¿Por mandar a mi madre a la tumba antes de tiempo? —Debes hacerlo, Miguel… Perdonar y dejarlo ir con Dios. Así te librarás de las pesadillas. Yo estoy segura de que en cuanto le perdones, todo mejorará. Al fin y al cabo, por muy tirano y borracho que fuera, era tu padre. Y si se te aparece tanto en sueños, es que no descansa. —¿Y tú cómo lo sabes? —Me lo dijo mi abuela. Perdónalo, y todo será más fácil, para él y para ti. —Bueno… tal vez tienes razón. Miguel miró la tumba, frunció el ceño y, después, más relajado, dijo: —Te perdono, padre. Por mí, por mamá, por Berta… Solo siento que, por tu culpa, mi mejor amiga tuvo que irse de casa. Espero que ella esté bien. Mientras tanto, Berta, sin creérselo, estaba tras Miguel. ¡Era su Miguel! Sí, ahora era un hombre, pero ella lo reconoció al instante. ¿La reconocería él? Miguel, como sintiendo una mirada, se giró de golpe y se quedó helado. —¿Qué sucede, Miguel? —preguntó Oksana, inquieta—. Casi parece que hayas visto un fantasma. —No un fantasma, un perro… —murmuró él. —¿Y? Hay muchos perros en los cementerios. ¿Te ha dado miedo? —Creo… Creo que la conozco… Espera, es… Miguel avanzó unos pasos hacia ella, dudando, pero a cada paso lo veía más claro. Berta meneó la cola. Se acercó también, y, en un instante, corrieron el uno hacia el otro. Oksana no tuvo tiempo de reaccionar: Miguel, de rodillas, abrazaba a su perra, a quien no veía desde hacía siete años, mientras Berta, con sus patas en los hombros, lo llenaba de lametones. Se cumplió el mayor sueño canino de Berta: reencontrarse con su amigo, por fin, tras siete largos años de espera. ***** Miguel, por supuesto, se llevó a Berta con él. Y enseguida se hizo amiga de su humana. Vivieron juntos. Primero tres, luego cuatro (porque un día Berta rescató a un gatito de la calle, y todos estuvieron de acuerdo en adoptarlo), y después cinco. Llegó, por fin, el hijo humano: Nikita. Y, algún tiempo después, Miguel restauró la casa del pueblo, donde toda la familia iba a pasar las vacaciones. Y, pese a todo lo que tuvieron que sufrir Miguel y Berta, al fin, fueron felices.
¡Abre la puerta, que ya hemos llegado! – ¡Yuli, que soy la tía Natalia! – La voz en el teléfono sonaba con una alegría tan falsa que casi le rechinaban los dientes. – Dentro de una semana estaremos en Madrid, tenemos que arreglar unos papeles. Nos quedamos en tu piso, una semanita o dos, ¿vale? Julia estuvo a punto de atragantarse con el té. Así, sin un “hola”, sin un “¿cómo estás?”, directamente: nos quedamos. No “¿podemos?”, no “¿te viene bien?”. Nos quedamos. Punto. – Tía Natalia – Julia intentó que su voz sonara suave –, me alegra oírte. Pero sobre quedarte… ¿No preferís mejor que os busque un hotel? Ahora hay opciones muy buenas y económicas. – ¿Qué hotel ni qué niño muerto? – la tía soltó un bufido, como si su sobrina hubiera dicho una barbaridad. – ¿Para qué tirar el dinero? Si tienes el piso de tu padre, ¡tres habitaciones para ti sola! Julia cerró los ojos. Ya empezamos. – Es mi piso, tía. – ¿Tuyo? – El tono adquirió un filo incómodo. – ¿Y tu padre, de quién era? ¿No es familia nuestra? La sangre no es agua, Julia. No somos extraños, y nos mandas a un hotel como si fuéramos unos perros. – Yo no mando a nadie a ningún sitio. Pero no puedo recibiros. – ¿Y eso por qué? “Porque la última vez me convertisteis la vida en un infierno”, pensó Julia, pero contestó otra cosa: – Circunstancias, tía Natalia. No puedo. – ¡Circunstancias! – Ahora la tía ya no disimulaba el fastidio. – ¡Tres habitaciones vacías y tiene circunstancias! Tu padre nunca echaría de casa a la familia. Pero tú has salido igualita a tu madre, la misma… – Tía… – ¿Qué pasa? Venimos el sábado, para la hora de comer. Maxim y Pablo vienen conmigo. Nos recibes como Dios manda. – Te digo que no puedo. – ¡Julia! – El tono se hizo duro, autoritario. – No se discute. El sábado estamos ahí. Toques de llamada cortos. Julia dejó el teléfono sobre la mesa. Se quedó mirando la nada un minuto, suspiró hondo y se apoyó en el respaldo de la silla. Siempre igual. Dos años atrás, tía Natalia ya “visitó”. Entonces aparecieron cuatro, iban a estar tres días, se quedaron dos semanas. Julia no olvidaba el caos: Maxim, el marido, desparramado en el sofá con los zapatos puestos y el mando hasta las tres de la madrugada. Pablo, el hijo, con veintitrés, saqueando la nevera y sin lavar ni un plato. La propia tía Natalia reinaba en la cocina, criticando todo: las cortinas, los azulejos “mal elegidos”. Y cuando por fin se fueron, Julia encontró la tapicería del sillón quemada, el estante del baño roto y unas manchas sospechosas en la alfombra del salón. De dinero, ni palabra. Ni para comida, ni para gastos; no dejaron ni euro. Simplemente se largaron, con un “Gracias, Yuli, eres un cielo”. Julia se frotó las sienes. No. Nunca más. Que grite lo que quiera con lo del padre y la familia. Que venga el sábado, la puerta quedará cerrada. Buscó el móvil y abrió el navegador. Había que buscarles un buen hotel. Con todas las comodidades. Mandar la dirección y aclarar: esto es lo único que haré. Si no lo entienden, ya no es mi problema. Dos días de paz absoluta. Julia trabajaba, salía pasear por Retiro, preparaba cenas de una sola ración y casi logró convencerse que lo de la tía había sido un mal sueño. Igual cambiaban de idea, igual buscaban otro familiar al que acoplarse. El teléfono sonó el jueves, casi de noche. “Tía Natalia” en pantalla, y una punzada en el estómago. – ¡Yuli, soy yo! – El tono animado rompió el silencio del piso. – Mañana llegamos, el tren entra a las dos. Ven a recogernos y pon la mesa, que venimos muertos de hambre y hay que comer como Dios manda. Julia se sentó en el sofá, apretando el móvil con los dedos. – Tía Natalia – habló lenta, clara, palabra por palabra –, ya te lo he dicho. No os voy a abrir la puerta. No vengáis. – Anda, no digas tonterías – se echó a reír, como si hubiera oído un chiste malo. – Venga, mujer. Que no abres, que sí abres… ¡Ya tenemos los billetes! – Es vuestro problema. – ¿Pero qué te pasa? – El tono pasó del desconcierto al ataque seguro. – ¿No eres de la familia? Hay que ayudar, eso es lo sagrado. – Yo no tengo obligación con nadie. – ¡Y tanto que la tienes! Tu padre, en paz descanse… – Tía, deja ya lo del padre. He dicho que no. Es mi última palabra. La tía suspiró, fuerte, de ese modo exagerado de quien quiere hacerse notar: – Yuli, aquí tu opinión no pinta nada, ¿entiendes? Somos familia. ¿Ahora te pones digna, como si fuéramos enemigos? Mañana a las dos, acuérdate. – Te repito… – ¡Bueno, te beso, hasta mañana! Toques de llamada… Julia miró el móvil apagado unos segundos. Algo ardiente, denso se le hinchaba en el pecho. Arrojó el teléfono al sofá y empezó a andar – tres pasos y vuelta, como un animal enjaulado. Así que su opinión no importa. Magnífico. Perfecto. Se detuvo en seco. Vas lista, queridísima tía. Buscó el contacto de “Mamá”. – ¿Sí? ¿Yuli? – La voz de la madre era cálida, un poco sorprendida. – ¿Te pasa algo? – Hola, mamá. Quiero irme contigo unos días. Mañana mismo. Una semana, quizá más. Pausa. – ¿Mañana? Si estuviste hace un mes… – Lo sé. Pero lo necesito. Trabajo online, me da igual el sitio. ¿Puedo ir? La madre dudó un segundo; Julia casi veía cómo se fruncía el ceño. – Claro, vente. Siempre eres bienvenida, ya lo sabes. ¿Estás bien, de verdad? – Sí, mamá, solo te echo de menos. Colgó y pudo sonreír. Mañana, a la hora de comer, tía Natalia y su tropa llegarán a la puerta cerrada. Podrán llamar, gritar, escandalizar todo el edificio – nadie abrirá. Y no es que Julia haya ido a comprar, ni de visita; estará en otra ciudad, a trescientos kilómetros. Buscó billete de tren. Salía a las seis y cuarenta y cinco. Perfecto. Para cuando la tía intente entrar, Julia estará tomando té en la cocina de su madre. La sangre no es agua, pero a veces la familia necesita escuchar un “no”. En el tren, Julia escuchaba los golpes de ruedas y pensaba en la cara de su tía frente a la puerta cerrada. Se le cerraban los ojos, la cabeza le zumbaba – pero por dentro, calma. La madre la abrazó fuerte en el andén, la llevó a casa, le hizo crepes con queso fresco, le sirvió té y la mandó a dormir. – Ya hablaremos luego – dijo, recogiendo la taza –. Ahora descansa. Julia se quedó dormida apenas tocó la almohada. La despertó el timbre del teléfono. Agarró el aparato casi sin mirar; “Tía Natalia”. – ¡Julia! – gritaba la tía, obligándole a alejarse el móvil de la oreja –. ¡Llevamos veinte minutos esperando delante de tu puerta! ¿Por qué no abres? Julia se sentó, se frotó la cara. Fuera, el sol se escondía – habían pasado horas desde su llegada. – Porque no estoy allí – contestó, medio riéndose. – ¿Cómo que no estás? ¡¿Dónde estás?! – En otra ciudad. Silencio. Después, un estallido: – ¡¿Pero te has vuelto loca?! ¡Sabías que veníamos y te has largado! ¡¿Se puede saber cómo se te ocurre?! – Muy fácil. Ya os advertí que no os iba a abrir. No me hicisteis caso. – ¡Pero cómo tienes valor! – La tía estaba fuera de sí. – ¡Tendrás alguna llave con la vecina! ¡O con una amiga! ¡Llama, que nos la den! Vivimos en tu piso aunque tú no estés, ¡no somos críos! Julia se quedó boquiabierta. Qué descaro. – Tía, ¿hablas en serio? – ¡Por supuesto! Venimos reventados y tú montando el circo este. – No voy a vivir con vosotros. Y mucho menos dejaros el piso sin mí. – Pero tú… La puerta se abrió. En el umbral, su madre – bata, pelo revuelto, mirada decidida. Extendió la mano y Julia, casi sin pensar, le pasó el teléfono. – Natalia – la voz de su madre era de hielo – soy Vera. Escúchame y no me interrumpas. Al otro lado, ruido incomprensible. – Yuri te aguantaba a regañadientes. Toda la vida. Y lo sé mejor que nadie. ¿Por qué te empeñas con su hija? ¿Qué quieres de ella? Julia oyó titubear a la tía, sin atinar a responder. – Pues muy bien – cortó su madre –. No vuelvas a llamar a Julia. Nunca. Tiene a quién recurrir y desde luego, no eres tú. Se acabó. Colgó y devolvió el móvil a su hija. Julia la miraba como si fuera otra persona. – Mamá… No sabía que podías ser así. Su madre soltó una risita, se atusó la bata: – Tu padre me lo enseñó. Decía que a Natalia, sólo de esta manera. Le gritas una vez y te deja en paz años. Sonrió, las arrugas le brillaron cordialmente en la cara. – Todavía funciona, ¿ves? Julia se echó a reír, fuerte, aliviada. La madre le siguió el juego. – Anda – dijo, señalando la cocina –, vamos a tomar té. Así me cuentas todo lo que ha pasado.