Abre, que ya hemos llegado
¡Elena, soy la tía Carmen! La voz al teléfono resonaba con una alegría tan artificial que me daban escalofríos en los dientes. En una semana estaremos por Madrid, necesito tramitar unos papeles. Nos quedamos en tu casa una semanita, dos a lo sumo, ¿te parece bien?
A Elena casi se le fue el café por el otro lado. Así, sin un hola, ni un ¿qué tal?, directamente: nos quedamos. Ni ¿podría ser?, ni ¿te viene bien?. Nos quedamos. Punto final.
Tía Carmen procuré que mi voz sonara amable qué gusto oírte. Pero sobre lo de alojaros ¿Por qué no os ayudo mejor a buscar un buen hotel? Ahora hay opciones bastante bien de precio.
¿Qué hotel ni qué hotel? Mi tía soltó un resoplido como si hubiera dicho la mayor tontería del siglo. ¿Para qué gastar dinero? ¡Si tienes el piso de tres habitaciones que era de tu padre! ¡Tantos metros para ti sola!
Elena cerró los ojos por un segundo. Ya empezamos.
Es mi piso, tía.
¿Tuyo? la voz se endureció con un filo desagradable. ¿Que tu padre tampoco era de la familia o qué? La sangre es la sangre, Elena. No somos unos extraños. ¡Y tú nos mandas a la calle como si fuéramos unos perros!
No hago eso. Simplemente no puedo recibiros.
¿Y por qué?
Porque la última vez me convertisteis la vida en una sucursal del infierno, pensó Elena, pero en voz alta dijo otra cosa:
Circunstancias, tía Carmen. No puedo acogeros.
¡Ella con sus circunstancias! ya ni disimulaba el fastidio. Tres habitaciones vacías y ella con circunstancias. Tu padre nunca nos habría cerrado la puerta en la cara. Tú eres igualita que tu madre
Tía
¿Qué? Nosotros vamos el sábado, llegamos a la hora de comer. Vendremos Juan y Rafael conmigo. Nos recibes como es debido.
Ya te he dicho que no podré.
¡Elena! el tono se hizo duro, autoritario. No se discute. El sábado estamos ahí.
Pitidos cortos en el teléfono.
Elena dejó el móvil sobre la mesa poco a poco. Se quedó un rato mirando la nada, expiró hondo y se recostó en la silla.
Así es siempre.
Hace dos años, tía Carmen ya había visitado. Vinieron cuatro, prometiendo quedarse tres días. Se quedaron dos semanas. Elena todavía recordaba el tormento: Juan, el marido de la tía, tirado en el sofá con los zapatos puestos, dándole al mando hasta las tantas. Rafael, el hijo grandote de veintitrés años, saqueando la nevera sin lavar ni un plato. La misma tía Carmen reinando en la cocina, criticando todo: las cortinas, el suelo, los azulejos.
El día que por fin se largaron, Elena se topó con el tapizado del sillón quemado, una balda rota en el baño y manchas raras en la alfombra del salón. De dinero, ni palabra. Ni para la comida, ni para la luz y el agua, que tras dos semanas salieron por una pasta. Recogieron sus maletas y soltaron: Gracias, Elena, eres una joya.
Elena se masajeó las sienes.
No. Esto no se repite. Que grite lo que quiera sobre el padre y la familia. Que venga el sábado: la puerta quedará cerrada.
Cogió el móvil y abrió el navegador. Tocaba buscarles un hotel. Decente, limpio, cómodo. Mandar la dirección y dejar claro: eso es lo único que pensaba facilitar.
Y si no lo entendían, ya no sería asunto de ella.
Pasaron dos días de bendita tranquilidad. Elena trabajaba, salía a pasear por la tarde, cocinaba cenas para una sola persona y casi se había convencido de que la llamada de la tía había sido una pesadilla. Quién sabe, igual cambiaban de plan. O encontraban otros parientes dispuestos a cargar con el muerto.
El jueves, anocheciendo, sonó el teléfono. Tía Carmen en la pantalla y se me encogió el estómago.
¡Elena, soy yo! la voz alegre irrumpió en la calma. Mañana llegamos, el tren entra a las dos. Haznos el favor de recibirnos bien y pon la mesa, que hay que comer como Dios manda.
Elena se sentó en el borde del sofá. Se le iban a romper los dedos del agarre al aparato.
Tía Carmen habló despacio, separando cada palabra ya te lo dije. No vais a entrar en mi piso. No vengáis.
¡Venga ya! rió como si la escuchara chistes malos. No seas cría, por favor. Que si entráis, que si no ¡Ya tenemos los billetes!
Ese es vuestro problema.
¿Pero tú estás bien o qué? titubeó y enseguida recuperó el mando de siempre. ¿No eres de la familia? Hay que ayudar, eso es sagrado.
No tengo ninguna obligación.
¡Cómo que no! Tu padre, que en paz descanse
Tía, déjalo del padre. Ya te lo he dicho. Es mi última palabra.
Suspiró, muy alto y muy teatral, como quien aguanta a un niño caprichoso:
Elena, tu opinión aquí importa bien poco, ¿vale? Somos familia. Y tú te crees que somos enemigos. Mañana a las dos, ¡no lo olvides!
Que no
Besos, hasta mañana.
Pitidos
Elena miró la pantalla apagada unos segundos. Por dentro bullía algo caliente e iracundo, llenando el pecho hasta los bordes. Lanzó el móvil al sofá y empezó a caminar por la habitación: tres pasos de ida, tres de vuelta, como un felino enjaulado.
Su opinión no interesa. Perfecto. Fantástico.
Se paró de golpe.
Agárrate, querida tía.
Elena buscó el contacto Mamá.
¿Sí? ¿Elena? la voz de mi madre era cálida, un poco sorprendida. ¿Ha pasado algo?
Hola, mamá. Escucha, quiero ir a verte. Mañana. Para una semana, quizá un poquito más.
Silencio.
¿Mañana? Si estuviste aquí hace nada
Lo sé. Pero me hace falta, de verdad. Trabajo desde casa, puedo hacerlo desde cualquier sitio. ¿Me recibes?
Mamá dudó, y Elena se la imaginó frunciendo el ceño, queriendo entender.
Por supuesto, hija. Siempre eres bienvenida, lo sabes. ¿Seguro que todo va bien?
Sí, mamá, no te preocupes. Solo necesitaba verte.
Colgó y dejó que se le escapara una sonrisa. Cuando tía Carmen y familia llegasen a mediodía, se toparían con la puerta cerrada. Podrían llamar, golpear, gritar lo que quisieran por el portal: la dueña no estaría. Y no es que fuera al súper o a ver a alguna amiga. Estaría a trescientos kilómetros.
Elena abrió la app de billetes. Tren de las seis cuarenta y cinco. Impecable. Para cuando la tía llegara al edificio, ella estaría ya tomando té en la cocina de su madre.
La sangre no es agua, pero de vez en cuando a la familia hay que aprender a decirle no.
En el tren Elena escuchaba el rumor de las ruedas y se imaginaba la cara de la tía frente a la puerta cerrada. Se le caían los párpados, la cabeza le pesaba, pero tenía el alma tranquila.
La madre la recogió en el andén, la abrazó fuerte, la llevó a casa. Le sirvió tortitas de requesón, le preparó el té y la mandó directa a dormir.
Ya hablaremos luego dijo, cogiendo la taza vacía. Tú descansa primero.
Elena cayó rendida en la cama, apenas tocó la almohada.
Despertó con la estridencia del móvil. Instintivamente lo cogió de la mesilla, miró la pantalla: Tía Carmen.
¡Elena! gritaba tan alto que tuvo que apartar el aparato. ¡Llevamos veinte minutos esperando en tu puerta! ¿Por qué no abres?
Elena se incorporó, frotándose la cara. Afuera, el sol ya bajaba: había dormido medio día.
Porque no estoy allí respondió, y le salió una sonrisa involuntaria.
¿Cómo que no estás? ¿Dónde estás?
En otra ciudad.
Silencio. Y luego, estallido:
¡Te has pasado de lista! ¡Sabías que veníamos y te has largado! ¿Cómo tienes valor?
Fácil. Os avisé que no os iba a dejar pasar. No quisisteis escuchar.
¡¿Pero cómo te atreves?! la tía, indignada, se atragantaba. ¡Seguro que tienes llaves con alguna vecina o una amiga! ¡Llámales, que pidan la llave! ¡Vivimos sin ti, no somos tontos!
Elena se quedó helada. Qué descaro.
¿Lo dices en serio, tía?
¡Por supuesto! Venimos de viaje, estamos agotados, y tú montando el circo.
Yo no tengo intención de convivir contigo, y menos de dejarte el piso sin mí.
¡Te vas a enterar!
La puerta se abrió. Mi madre, con bata y pelo revuelto, se asomó y me tendió la mano. Sin saber por qué, le di el móvil.
Carmen la voz de mi madre era de hielo soy Mercedes. Escúchame bien y no interrumpas.
Al teléfono se oía algún murmullo.
A tu cuñado siempre le caíste mal, Carmen. Muy mal, y lo sé mejor que nadie. Así que déjale a su hija en paz. ¿Qué buscas de ella?
Ruidos confusos, tartamudeos.
Pues nada zanjó mi madre No vuelvas a llamar a Elena. Jamás. Ella tiene quien la apoye, y desde luego no eres tú. Se acabó la conversación.
Colgó y me devolvió el teléfono.
Miré a mi madre como si la viera por primera vez.
Mamá No te había visto nunca así.
Resopló, se arregló la bata:
Tu padre me enseñó. Con Carmen, de frente y claro, que si no se cuela. Le gritas una vez, y desaparece durante años.
De repente sonrió, y las arrugas se le iluminaron.
Todavía funciona, ¿lo ves?
Solté la carcajada, con ganas, liberando toda la tensión acumulada. Mi madre se unió.
Anda dijo, apuntando a la cocina Vamos a por otro té. Me cuentas qué ha pasado de verdad.







