¡Mira que eres! soltó Carmen Ortega.
¡Yo también te quiero, mamá! susurró Estrella.
Hay que ver lo que hace falta para convertirse en la oveja negra de la familia. A veces, ni siquiera hace falta hacer nada en especial. Solo basta con negarse a seguir haciendo favores a la hermana favorita de mamá, ¡la niña mimada! Porque en todas las casas siempre hay alguien que se lleva la mejor porción del flan…
Y desde luego, en casa de las Ortega, esa no era Estrella.
Así fue desde el principio, desde que nació Aurora, la peque. ¡Déjala, que eres la mayor! ¡Aurora está mejor en el sitio bueno, que le conviene y le gusta más!, decían.
Y la niña mayor, claro, siempre cedía.
¡Si al final hasta quería a su hermana pequeña, la pobre Aurora, por más desastre que fuera!
¿Y por qué desastre? Porque la buena de Aurora no era capaz de hacer nada sola: siempre necesitaba ayuda, de los padres, o de Estrella.
¿Se le puede llamar de otra forma?
Todo el mundo corría a ayudarla. Bueno, todos menos la abuelita Carmen abuela por parte de padre, que, a diferencia del resto, prefería a la nieta mayor.
Y creía que los padres la tenían explotada, la pobre pequeña.
Para colmo, decían todos que la hermana menor era mucho más guapa: ¡Es una muñeca, no como tú!
Así, un día, se lo soltó la madre, sin pudor: Para ti, hija, no tenemos amor de ese dulce: eres… ¡del montón!
Y eso que Estrella era de matrícula de honor y siempre se portaba fenomenal. Mientras tanto, a Aurora le removían el azúcar en el té hasta los quince años…
Estrella adoraba ir a casa de la abuela Carmen. Se sentía bien, cómoda… Como pasa en los sitios donde te quieren de verdad.
La abuela vivía en un piso antiguo y grande, herencia del abuelo Manolo, que había trabajado en una fábrica de grifos, con lo que eso dignificaba en los setenta.
Allí nació y creció el padre de las chicas, Luis, que después llevó a su mujer Carmen la otra Carmen, la madre.
Luego compraron un piso a las afueras con hipoteca y se mudaron.
La casa de la abuela estaba llena de todo tipo de tesoros, como a ella le gustaba llamar a sus cosas. Su nuera, por contra, lo calificaba de trastos de vieja.
Aquello olía a libros antiguos y a canela. Por todas partes había posavasos y tapetes que la abuela tejía a ganchillo, a la manera de toda la vida.
Los electrodomésticos eran de museo, aunque seguían funcionando. Antes todo se hacía para durar, presumía la abuela Carmen.
¡Tiraría yo todos estos nidos de polvo por la ventana! protestaba la madre durante las visitas. ¡Así se recoge en un suspiro!
¡A mí me gusta así! ¡Y además, esta es mi casa, mi vida! respondía la abuela. Yo no meto las narices en tu casa, ¿verdad? ¡Pues haz tú lo mismo!
¡Vive y deja vivir! Que yo también tengo mucho que decir, ¿eh? Pero prefiero mi vida.
Y la madre, que no tenía argumentos, se callaba y hacía morritos, derrotada por la sabiduría anciana.
A Estrella le encantaba ese pequeño triunfo. Sabía que, al menos ante la abuela, su madre no ganaba la partida.
La abuela Carmen nunca aconsejaba ni removía la olla. Ni tampoco ponía a Estrella en contra de su madre, aunque veía claro el favoritismo.
En una ocasión, la abuela intentó hablar con su hijo Luis: Oye, que estáis dejando a la niña sin vida propia, ¡todo el día cuidando de Aurora!
Pero el hijo cortó rápido: ¡Déjalo, mamá, que ya nos apañamos solos!
Eso, en traducción familiar, quería decir: No te metas, ¡y punto! Y la abuela resignada, se calló.
Y así fueron pasando los años. Con cinco de diferencia, Aurora, guapa como el sol, se casó a los veintidós. Mientras tanto, Estrella cumplió veintisiete, con carrera, máster y un doctorado en decepciones amorosas.
Era lista, tenía gracia, y ni era fea ni nada. Pero los caballeros huían como si hubiera peste.
En esas andaba, cuando falleció la abuela Carmen. Dulcemente, durmiendo la siesta. Un final de oro, como decían antes.
Eso, en el fondo, no sorprendió a nadie. Lo que sí sorprendió fue otra cosa: el testamento. Porque la abuela dejó el piso solo a Estrella. Solo a ella.
Los padres se quedaron como quien encuentra una sardina en la bañera: que la niña mimada, la divina Aurora, se queda fuera, ¿cómo puede ser?
¡Si Aurora tenía ya marido y gemelos! Vivían en un pisito alquilado, mientras que Estrella ni mascota, ni niños…
¿Para qué quiere Estrella un piso? Que se quede con los padres, ¡si tan bien se lo pasa! decía la madre.
¿Lo vas a compartir con tu hermana? insistió el padre. Mejor aún, regálale el piso, hija. ¡Así, por Navidad, sería lo justo!
La idea de reunir a toda la familia la Nochevieja en el piso de la abuela y, en pleno brindis, que Estrella hiciera el gran anuncio: He decidido que el piso debe ser de Aurora… ¡Eso le encantaría a todos! Una idea de lo más Real Casa Española.
Eso, para Aurora, era la gloria. Para Estrella, otra vez, solo la rosquilla sin relleno: toma y no te quejes, hija.
La madre, entusiasmada, se puso a organizarlo todo. Había que vaciar el piso antes de Nochevieja: a tirar todos esos trastos, especialmente las odiosas servilletas de croché. ¿Y quién si no Estrella tenía que hacer el trabajo?
Aparte, Estrella debía preparar las camas y la cena: que iban todos allí, que la noche lo merecía.
La madre, Carmen, elaboró un menú detallado, encargando a la mayor cómo no el marisco y, sobre todo, no te olvides de las aceitunas rellenas, que a Aurora le encantan.
Los regalos, por supuesto, corrían de parte de Estrella. Casi siempre les daban paga extra en Navidad, y la chica se la gastaba entera en detalles para todos.
Y claro, ¿quién se iba a encargar? Aurora, encima, tenía dos niños que cuidar. Y la madre decía: ¡Es que yo trabajo, y tú cobras más que yo, hija! ¿Para qué necesitas tanto dinero si no tienes gastos?
Así cada año. Porque era la costumbre, desde que Estrella trabajaba: todo el mundo daba por hecho que sería ella.
Pero, esta vez, la cosa cambió. Estrella descubrió, por fin, que no solo no quería regalarle el piso a su hermana, sino que no le apetecía nada organizar la fiesta familiar.
Y no era cuestión de euros: estaba harta. Harta de ser la sirvienta invisible. Así que se plantó: la casa de cenas gratis, cerrada por reformas.
Además, por primera vez, había indicios de que alguien se fijaba en ella: un compañero del curro, Javier, la invitó a salir un par de veces, y ambos sintieron esa chispa. Él incluso sugirió pasar el Fin de Año juntos. E igual que la noche…
Con un mes por delante, Estrella consultó con su fiel amiga, que le recomendó a un agente inmobiliario.
Resultado: vendió el piso de la abuela, compró un apartamento de un dormitorio junto al metro, con cocina de escándalo ya amueblada. Con lo que sobró, un par de muebles, y el resto al banco.
De la abuela, solo se llevó los libros, que no pudo dejar atrás. Todo lo demás, a buen precio, lo compró un comerciante de antigüedades. Y bien que se llevó tesoros, sí.
Una semana antes de Nochevieja, el piso ya estaba listo y Estrella se mudó la víspera del 30 de diciembre.
Los suyos pensaban que marchaba a la casa de la abuela ¡a cocinar y hacer las camas, claro!
¿Ya has puesto el árbol? preguntó la madre.
¡Puesto! y no mintió, la había decorado con Javier la noche anterior.
¿El champán es bueno?
¡Creo que sí! Javier traería el cava.
¿Y la ropa de cama lista para todos?
Todo preparado, mamá. Esa noche Estrella tenía planes muy distintos.
Pues llegaremos a las ocho. ¡Que esté todo listo para cenar, eh!
Aquello sonó más a amenaza. Estrella supo que había hecho lo correcto.
Y luego, el gran teatro familiar: ¡Ya vamos para tu casa! Pero para su propia casa, pensó Estrella.
A las ocho en punto, toda la familia padre, madre, hermana, cuñado y los niños llegó al palacio de la abuela, esperando cena y techo para todos. Festejar y, claro, el gran regalo para Aurora.
Pero, cosas del destino (o de la honrada Tierra castellana), la llave no encajaba. Habían guardado una copia, por si acaso.
Al llamar al timbre, abrió un tipo con barba y un perro peludo como un manto de trapos, ambos con evidentes señales de sidra.
El tipo parecía de carnaval: camiseta de rayas y calzoncillos negros de satén, reliquias del pleistoceno, piernas larguiruchas metidas en unas zapatillas viejas.
¿Y ustedes qué buscan aquí? gruñó el hombre. ¡Ahora mismo le arranco la mano a quien siga con el timbre!
Disculpe, ¿quién es usted? preguntó el cuñado.
Pues mire, ¡soy el nuevo inquilino, y sin abrigo! se carcajeó él solo. Perdonen estar así: ¡el smoking no me lo entregaron de la tintorería! Imagínese, ¡plena campaña navideña!
¿Y Estrella? preguntó la madre, lívida.
¿Quién? ¿Estrella? ¿La del pelo así, así? el hombre hizo un contorno en el aire.
¡Esa! al hombre por fin le encajó. Pues tutú, que se ha ido
¿Cómo que se ha ido? ¿A dónde puede irse Estrella de su propia casa? protestó el padre.
¡A la vida nueva, señor! Eso dijo: Que me voy a una vida nueva. ¡Y aquí servidor es el nuevo dueño legal del piso! el hombre hizo una especie de reverencia, resbalando con las pantuflas.
¡Ah! Me dijo que les diera recuerdos a todos. Que si ustedes son la familia, que les des un saludo. Pues venga, ¡un saludo de parte de Estrella!
Nada más, ¿eh? Corran a casa, que quedan diez minutos para las campanadas. ¡No sea que se las pierdan! Vamos, rapidito que aquí el perro Colombo, que así le llamó también quiere cena.
El perro ladró con desgana.
¡Anda! añadió el hombre. ¡Feliz año nuevo, familia!
Y cerró la puerta en sus narices.
Mira que eres, hija consiguió decir Carmen Ortega, cuando por fin Estrella contestó al teléfono.
¡Yo también te quiero, mamá! repitió con ternura, colgando enseguida.
Efectivamente, Estrella había empezado una vida nueva, que prometía ser mil veces mejor que la anterior.






