Respuesta sin errores

¡Paula, ¿estás lista ya? ¡Voy a llegar tarde al instituto! gritó Victoria, sacudiendo la última camisa de Enrique antes de colgarla en la cuerda del tendedero, bien estirada en el modesto balcón. Sin acristalar, con las paredes descascarilladas por culpa de la humedad, a pesar de todo era su rincón favorito de la casa.

Victoria se acercó a la barandilla y, una vez más, se quedó inmóvil. Desde el séptimo piso, el barrio de Arganzuela de Madrid era un océano de tejados y el Manzanares brillando al fondo. El amanecer, ese prodigio del mes de marzo, lo bañaba todo con una luz tan intensa que a Victoria le daban ganas de ponerse gafas de sol. ¿Eso era la vida? Todo por estrenar, sueños a estrenar, energía como para correr una San Silvestre Claro que sí. Y todo iba a salir justo como ella quería, solo tenía que organizarse y, por supuesto, conseguirlo.

Pero una nube traviesa pasó por delante del sol y el mundo volvió a la cruda realidad: ropa tendida, facturas sobre la mesa, el reloj siempre corriendo más que ella. Desde luego, como decía su vecina Almudena, la realidad la fabricamos nosotros mismos. ¿Pero quién narices te avisa de los gastos, de los líos y de las broncas? Almudena era tan lista, con su licenciatura en Historia del Arte por la Complutense y esa seguridad de quien sabe lo que quiere. Siempre le decía a Victoria que podía entrar a la universidad cuando quisiera. Otra cosa es que quieras, añadía, con sonrisa de madre superiora.

Victoria suspiró. Querer es muy fácil. Ahora, sentarse a hacer cuentas, eso ya era otra historia. Porque el padre solo no podía con todo. Los pequeños eran aún muy pequeños y el dinero, parece, se escapaba por alguna rendija del suelo. Así que a Victoria no le quedaba otra que elegir: o carrera o curro en la tienda de la esquina para ayudar a papá. Y la universidad, por ahora, tendría que esperar.

Miró su pequeño reloj de pulsera, ese que papá le había regalado allá por segundo de primaria, y pegó un pequeño brinco. ¡Iban a perder el bus! Recogió la palangana vacía y empujó la puerta del balcón.

Paula dormía la mar de a gusto, la mano metidita bajo la mejilla como si estuviera soñando con unicornios ibéricos. Victoria no pudo evitar sonreír con ternura. ¡Qué guapa es la gachona! Pestañas de infarto, esas que ni la mejor máscara de pestañas de El Corte Inglés conseguiría. Los ricitos dorados, desparramados por la almohada, eran un pequeño drama para lavar y desenredar, pero Victoria no consentía cortarlos. De esas cosas que se heredan: su madre hubiera dicho lo mismo. Pero nada de pensar en ella, que las traiciones no se llevan bien, ni en el barrio ni en los culebrones de sobremesa.

La madre se había marchado cuando Paula era muy pequeña y ella, en aquella época, llamaba mamá a Victoria, lo que provocaba siempre murmuraciones entre las marujas del parque. Victoria recordaba aún el primer interrogatorio en la plaza, con las cotorras al acecho. Cómo son las cosas.

Se mudaron a ese piso tras la muerte de la abuela Mercedes. El padre heredó el pisazo, cuatro habitaciones frente a la antigua y apretada vivienda de dos dormitorios, y fue casi una liberación. Hay gente que hereda dinero; ellos, una abuela que imponía más respeto que una profesora de latín y que apenas saludaba a los vecinos porque los consideraba poco menos que analfabetos funcionales. Si de pequeña Victoria no lo entendía, pronto aprendió a hacer las visitas a la abuela lo más cortas posibles. Porque la abuela tenía un máster en dejarte el ánimo como una cita de Kafka.

Eres igualita que tu madre. Ve tú a saber cómo acabas. Sólo te salvará el ir a clase y aprender. ¡Como termines como tu madre! profetizaba abuela Mercedes desde el sillón, sin perder ojo de las figuritas de Lladró.

Victoria no contestaba. Total, para qué si nunca llevaba razón. Bastaba ver cómo el padre se quedaba taciturno cuando la abuela le ponía a parir. Decían que la peor condena era decepcionar al padre y Victoria se afanaba en limpiar los suelos sin rechistar o ayudaba a preparar la cena y luego salía corriendo de allí como alma que lleva el diablo. Sólo una vez perdió los nervios y contestó a la abuela.

Tus hermanos, ya veremos, igual ni son nietos míos. ¡Aquí, los bastardillos, fuera de mi casa! sentenció la señora, tan ancha.

¡Pues entonces yo tampoco vuelvo! replicó Victoria, a punto de desmontar la colección entera de figuritas de porcelana, que tanto aborrecía por el polvillo y el miedo permanente a romper alguna.

Se largó sin mirar atrás, corriendo pasillo adelante. Al llegar a casa, Paula jugaba en el parque infantil y Victoria, con el corazón a mil, la cogió en brazos:

Tú eres mía, y Enrique también. Somos todos tan familia como el pan con aceite, pase lo que pase.

El padre, que andaba metido en la colada, miró a Victoria con cara de ¿y ahora qué ha pasado? Pero Paula, al notar las lágrimas de su hermana, se largó a llorar también y al final Enrique acabó proclamando lo que muchos piensan y pocos admiten, mientras preparaba la cena:

Las mujeres… misterios de la vida. ¿Ponemos la mesa o qué?

Aquella noche, al sonar el teléfono con la melodía de Paquito el Chocolatero, Victoria pensó que venía bronca. El padre, primero serio, luego enfadado y finalmente hasta temblando, entró en la cocina, la abrazó y le susurró al oído:

No tienes que volver más a casa de la abuela. Nadie en este mundo tiene derecho a humillarte, ni aunque tenga tu sangre. Ni aunque tenga cuatro doctorados, añadimos.

Victoria suspiró aliviada. Por una vez tenía libertad de pasar de los chantajes.

La abuela murió un año y medio después. Dos meses antes, Victoria había vuelto tímidamente a hablar con ella, por eso de que nadie sabe qué nos depara la vida. Estaba irreconocible: era ya una sombra, voz de ceniza bajo la sábana del hospital de La Paz, pero la manía de mandar y gruñir estaba intacta. Victoria la acompañaba porque tenía turno de tarde en el instituto y algo de piedad o la pura costumbre. Las enfermeras lo agradecieron: les ahorró dos ataques de histeria y varios intentos de fuga.

Hija mía, eres una santa le dijo la mayor, la enfermera Pilar. Y tu abuela no le guardes rencor. Quien sólo ha coleccionado enfados, ni disfruta ni deja disfrutar. Una pena, chica.

El último día, la abuela sólo pronunció cuatro palabras, un susurro áspero:

Perdóname, niña. Por todo. Y cuida de tu padre.

Victoria asintió, guardó los cuadernos y, cuando ya tenía la puerta abierta, volvió y le dio un beso breve en la mejilla. ¡Hale, a descansar! Regresaría a casa con el tiempo justo. Y jamás supo que ese fue su adiós definitivo.

El luto no fue fácil para nadie. Victoria, casi adulta, tuvo que asumir que ahora sí que todo caía sobre sus hombros. Paula enfermaba por cualquier cosa, Enrique entraba en modo rebelde y papá hacía equilibrios imposibles entre el bar donde trabajaba y la comida de tres niños. Victoria organizaba cajas, rogaba al universo y, la verdad, tampoco sabía a quién hablaba, pero sentía que alguien escuchaba.

En el piso heredado, cada cual buscó su rincón. Pronto la cama de Paula apareció en la habitación de Victoria (si total me cuelo cada noche, ¿para qué tenerla lejos?). Enrique invadió la cocina y juntos convertían la cena y los deberes en una mezcla de MasterChef y Saber y Ganar.

¡Victoria, que se me va el arroz! Y ella, pelando patatas y resolviendo el teorema de Tales, todo a la vez. Multitasking al más puro estilo castizo.

No era fácil. El padre estaba apenas en casa y, si bien Enrique ya era un preadolescente con cierto sentido común, Paula era harina de otro costal. Esos días, Victoria echaba de menos las guarderías con turnos dobles. Hasta que, por casualidad, apareció Almudena, la vecina del segundo.

Fue un sábado cualquiera, Victoria bajó a la plaza con Paula. Enseguida, el rumor de madres y abuelas en corrillo, como si fueran tertulianas.

¡Mamá! gritó Paula con ese poder de amplificación tan propio de los críos, y el corrillo se volvió Tribunal Constitucional.

¿Mamá esa chica? ¡Será posible! ¡Ya no tiene ni edad para votar!

El linchamiento se veía venir, entre susurros y miraditas, cuando la voz de mando de Almudena cortó la escena con más eficacia que un móvil vibrando en misa.

¿Se puede saber a qué viene tanto escándalo? preguntó, subiendo la ceja.

Anda, Almudena, menos mal que llegaste. Esta chiquilla, ¡madre soltera y casi una cría!

¿Eso es todo? preguntó Almudena, como quien pregunta por el tiempo en la cola del pan. Y acto seguido, zanjó la cuestión: ¿Esa niña es tu hija?

Mi hermana.

Pues si hay más preguntas, que sean por escrito y con membrete sentenció. Y la plaza, milagrosamente, se despejó.

A partir de ahí, Almudena y Victoria congeniaron, aunque nadie apostara un duro por una amistad tan rara: una universitaria de treinta y una adolescente de barrio. Pero la vida hace extraños compañeros de tren cercanías.

Victoria terminó por contarle todo lo de su madre a Almudena, sobre todo una tarde que Almudena, abrumada con un caso y corriendo de aquí para allá, le pidió por favor que alimentara al gato, Don Quijote (nombre, por cierto, que le iba al pelo).

¿El gato se mosquea? preguntó Victoria.

Peor. Se venga, respondió Almudena. Si le cierras la puerta, llama como un cobrador del frac. Y luego me da la noche.

Eso sí, cuando Victoria al fin subió, el gato le bufó por llegar tarde y le dedicó una mirada de desprecio tan auténtico que sólo podía ser español.

Lo siento, Quijote, el tráfico, el cole ¡En serio, no me mires así!

A las ocho menos cuarto llegó Almudena a casa, dejó caer la bolsa en el sofá y, sin previo aviso, se echó a llorar. Hasta las mejores se rompen, pensó Victoria, y se sentó a su lado.

Perdona, de verdad. Día de locos. No está mi madre, no hay nadie.

¿Y yo? ¿Qué soy, entonces, mueble del Ikea? bromeó Victoria. Almudena sonrió entre lágrimas.

Siempre soñé con tener rizos y bueno, con tener un hijo.

Pues los rizos te los hago yo y el niño ya veremos, ¿no?

Almudena sacó una carpeta de diagnósticos y confesó, sin rodeos, que la maternidad no era posible. Una historia de decisiones, accidentes y una vida que se va en paréntesis. Un exmarido bueno, miles de planes pospuestos, un viaje a Cádiz truncado por culpa de un motorista despistado y lo de siempre, que si lo llegamos a saber.

¿Y si los médicos se equivocan? sugirió Victoria.

Dicen que no, pero bueno

¡Pues hasta que no te lo confirme el Papa, tú inténtalo y luego ya lloras!

Almudena rió por primera vez en todo el día y abrazó a Victoria.

¿De dónde sacas tanta sabiduría, chica?

Me la dan los maestros, y las calles, y las peleas de los mercados

Vale, ahora te toca a ti: ¿Dónde está tu madre?

Pago con sinceridad, pero sólo si hay churros de por medio. Y mientras, dime, ¿qué hago si el gato protesta más?

La vida, después de todo, sigue en el barrio. Y Victoria, con la sabiduría del que aprende a base de bofetadas, supo que, entre Luz de Alba, café, croquetas y Don Quijote, todo saldría bien. Aunque, por si acaso, las nubes sigan pasando y de vez en cuando tapen el sol, para que nunca le falte letra pequeña a la vida.

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