Mamá, te presento a Inés, dijo Álvaro con una sonrisilla a medias, presentando a la chica que llevaba a casa a aquellas horas intempestivas.
Buenas noches, contestó Carmen, echándole una mirada bastante poco amistosa a la inesperada invitada. ¡Vaya hora tan propia para las presentaciones! Es medianoche en cinco minutos…
Le dije a Álvaro que era demasiado tarde, se apresuró a justificarse Inés, pero claro, él no me escucha. ¡Es terco como una mula!
Menuda jugada, pensó Carmen, molesta. Encima se excusa y deja a mi hijo como un cabezota. Esta chica no me gusta nada.
Pasad, anda suspiró ella antes de irse a su cuarto sin decir más palabra.
¿Qué podía hacer? ¿Echar a su único hijo a la calle en plena noche porque venía con una desconocida? Si decidían vivir juntos, pues que así fuera. Una madre está para proteger y abrirle los ojos a su hijo. Y eso, Carmen pensaba hacerlo pronto. Álvaro mandaría a esa chica de vuelta por donde había venido, sin remordimiento alguno. Es más, seguro que hasta se quedaba tranquilo.
Toda la noche, Carmen se dio vueltas en la cama rumiando cómo sacar a Inés del piso.
No es que estuviese en contra de que Álvaro se casara. A sus treinta años, ya iba siendo hora de que se creara su propia familia.
¡Pero no con ella!
Empezando porque era mucho más joven; prueba clara de que tenía la cabeza llena de pájaros.
¿Esposa? ¿Madre? ¿Ama de casa?
Y luego su actitud lo decía todo: colarse en casa de nadie a esas horas, sin pedir perdón siquiera Encima tuvo la osadía de echar la culpa a su pobre hijo.
Y para colmo, se quedó a dormir.
¿Sería la primera vez, o sería su manera de hacer las cosas?
En fin. Carmen, simplemente, no la tragaba.
Así que Álvaro terminaría igual.
¿Para qué iba a perder el tiempo?
De hecho, el plan resultó innecesario. Fue la propia Inés quien le dio todas las oportunidades para poner las cosas en su sitio.
La primera señal llegó a primera hora de la mañana.
Se encerró en el baño ¡durante una hora!
Álvaro, desesperado, daba vueltas por el piso cada vez más alterado.
¿Qué te pasa, cariño? preguntó Carmen con voz exageradamente dulce. La joven solo quiere estar guapa para ti
¡Pero tengo que irme al trabajo!
Pues llama a la puerta, explícale que esto no es un hotel le sugirió su madre.
Qué corte, mamá Ya lo hablaré luego. ¿No llegarás tú tarde?
¿Yo? ¡Qué va! Llevo lista desde hace un buen rato. He hecho churros, ven a desayunar.
¡Ni me he duchado!
Pues tendrás que hacerlo después, hijo. Mientras tanto, no pierdas el tiempocome algo, que te hace falta energía.
Álvaro se sentó como pudo en la mesa.
Y justo entonces salió Inés del baño, con una toalla en la cabeza, deslumbrante.
¡Por fin! exclamó Álvaro y se lanzó corriendo al espejo, aún empañado.
Se duchó y afeito a toda prisa, engulló un churro en tres bocados y, ya en la puerta, gritó:
¡Hasta la noche! Espero que os llevéis bien.
¡Álvaro! le recordó Inés. Hoy íbamos a buscar mis cosas.
Sí, claro, luego lo hablamos. ¡No te aburras! y su voz ya se perdía escaleras abajo.
Carmen se levantó, cerró la puerta y, volviéndose hacia Inés, le disparó de sopetón:
¿No te da vergüenza?
Pues no respondió Inés con una sonrisa, ¿debería?
¡Álvaro va a llegar tarde por tu culpa!
No creo, seguramente pida un taxi. Tranquila, no pasa nada.
Pues que te quede claro, aquí no estás sola. Si quieres monopolizar el baño una hora cada mañana, tendrás que madrugar más. Menos mal que hoy no trabajo.
No volverá a pasar, dijo nada más Inés. Perdone.
Carmen se quedó hasta sin palabras. Ella esperaba una pelea y, mira tú…
Bueno, vale murmuró de mala gana, y se metió al baño.
Lo primero que vio fue un tubo de pasta de dientes empezado, cuando el otro ni siquiera se había terminado.
Inés, ¿por qué has abierto otra pasta de dientes?
Es que prefiero esa marca.
Espero que traigas la tuya. ¿Y tu champú?
Claro, señora Sánchez…
¡Y tus toallas!
También, no se preocupe
Por mucho que lo intentó Carmen, no hubo manera de que Inés picara el anzuelo. Otorgaba, asentía con educación, tomaba nota de lo que se suponía debía cumplir.
Sin más argumentos, Carmen fue directa al grano.
¿Por qué has venido aquí?
Álvaro y yo nos queremos
Sí, claro que le quieres, ¡con lo buen chico que es! Pero yo te pregunto, ¿qué le ves tú a él?
Pues no se lo he preguntado…
¿Y tus padres?
Mi madre es modista.
¿Y tu padre?
No le conocí nunca.
Entiendo. Una chica criada sin padre. Y dime, ¿cómo piensas ser una buena esposa para mi hijo?
Haré lo mejor que pueda…
Puedes intentarlo cuanto quieras, pero no lo vas a conseguir. Álvaro no te quiere, sólo se cree que sí. Yo le conozco mejor que nadie. Y él, casarse, no se va a casar contigo. ¿Para qué iba a hacerlo? Ya te tiene a sus pies.
Me quiere murmuró Inés, temblando un poco. Estoy segura.
Te engañas a ti misma. ¿Crees que eres la primera?
No… pero tampoco importa…
¿Que no importa? Se cansará de ti en una semana. ¡No estás a su altura! ¿Inteligencia? ¿Sabes lo que significa?
Sí sé, pero aquí, la palabra está mal usada.
¿Y eso?
Tengo carrera universitaria.
¿Y qué? Mira, niña, vuelve a tu casa. No pintas nada aquí. Llevo diciéndotelo toda la mañana y tú nada.
Está bien, me iré. ¿Pero qué le dirá a Álvaro? No le va a gustar la idea.
¡Eso no es tu problema! Lárgate y no vuelvas. Aquí no eres bienvenida.
Carmen se asombró a sí misma de la crueldad con la que hablaba. Jamás pensó decir tales cosas. Le salían las palabras venenosas, sin filtro.
¿Y Inés?
La miraba, entendiéndolo todo.
La madre tenía celos. No se conocían ni de dos días, y ya se mascaba el odio. Y aquello no era más que el principio.
De repente, se escuchó la puerta: Álvaro volvió antes de lo previsto.
¿Ya estás aquí? refunfuñó Carmen, a la que le hubiera encantado quitarse a Inés de en medio antes de que él regresara.
¡Me han dejado ir! exclamó él eufórico. Les he dicho que tenía un asunto familiar. ¿Lo oyes, Inés? ¡Familiar!
¿Qué asunto? gruñó Carmen.
Vamos a pasar por el ayuntamiento para registrar lo nuestro y luego buscamos tus cosas. ¡Prepárate, Inés!
Carmen, con el corazón encogido, entendió entonces que no solo había perdido la batalla: quizá acababa de tirar su única oportunidad de llegar a ser abuelaUn silencio más helado que la madrugada se apoderó del piso. Inés parpadeó, entre el alivio y el vértigo. Carmen, que ya ensayaba su última mordida, apretó los puños.
Álvaro, ¿estás seguro de esto? logró musitar, con la voz apenas audible.
Él sonrió, buscando la mano de Inés. Ella, aún temblorosa, la aceptó.
Más que de nada en mi vida, mamá.
Carmen miró a los dos: el hijo a quien tanto había cuidado, la chica que se atrevía a desafiar su desconfianza. Vio las miradas, los dedos entrelazados, la pequeña temblorosa certeza que encendía sus rostros.
Por dentro, un nudo duro y frío luchó contra algo tierno, indefenso. «No lo entiendo», pensó, casi sin querer. «¿Qué saben ellos que yo he olvidado?»
Inés la observó con los ojos abiertos, sinceros. Carmen percibió, en ese instante, la verdad: a veces, el amor es un salto al vacío. A veces, hay que dejar caer.
Pues que os vaya bien susurró, no logrando contener una lágrima inesperada. No hagáis mucho ruido cuando volváis.
Álvaro abrazó a su madre minuciosamente, como pidiéndole perdón sin palabras. Inés se inclinó, sincera, y le besó la mejilla.
Cuando la puerta se cerró, Carmen se quedó sola en el pasillo, escuchando los risueños pasos de los jóvenes escapando por las escaleras. Supo, sin necesidad de verlo, que algo había cambiado para siempre.
Tal vez, pensó, las alas siempre son de otro color. Pero aun así, uno deja volar.
Y en la cocina, con el olor tibio de los churros enfriándose, Carmen sonrió a través de las lágrimas, y por primera vez imaginó que quizás, sólo quizás, la vida todavía guardaba sorpresas incluso para las madres.






