¿Pero qué pasa, que la has traído de la escuela infantil? ¿Es que las mujeres normales ya no te interesan? ¿Qué sabe ella hacer? ¿Qué conoce? Emilio Gutiérrez miraba a su nuera con clara desconfianza. ¿De qué es capaz, vamos a ver?
Al final, va a ser ella quien tenga que cuidar de él, pensé yo, así que le respondí:
Papá, nunca va a reemplazar a mamá, pero es mi esposa. Te pido, al menos, un poco de respeto.
¿Y qué tal está el cocido? preguntó Lucía.
¡Mucho mejor el que hace Marisa! contestó Emilio, frunciendo el ceño. Tiene más sustancia. Pero bueno, este lo comeremos, tampoco está para tirar la comida.
¿Me está tomando el pelo? Lucía se indignó.
Le falta algodije yo, encogiéndome de hombros. No sé qué, pero sin eso, no es lo mismo.
Pues de ti no me lo esperaba, querido esposo Lucía se quitó el pañuelo del pelo. Si tanto os gusta como cocina Marisa, que sea ella quien os cocine. ¡Por mi parte, no piso más la cocina!
¿Y lo de comer? rió Emilio.
Para comer, don Emilio, si le interesa, puedo irme al comedor social. ¡Y allí la tal Marisa me pone el plato! Que para eso le pago, ¿no? Lucía ya se mordía la lengua.
¡Ya está bien! Emilio dio un golpe en la mesa. ¡Menuda señorita estás hecha! Tanto como ella, aquí ambas sois de fuera. Y que sepas: antes la echo a usted que a Marisa.
¡Papá! exclamé. ¿Puedes tener un poco de educación? ¡Es mi mujer!
¿Y cómo esperas que se comporte uno si ella va de… ¡Bueno, bueno! bufó Emilio. Que se meta sus aires de grandeza donde le quepan.
¡A ver si vuelve pronto a casa de sus padres, a ese pisito de dos habitaciones frente a la fábrica de Renault!
Ya veo el tononegó Lucía con la cabeza. Pero bien que eras más amable cuando yo te cuidaba como un niño chico.
Es que no ibas con aires de mandona sonrió Emilio.
Papá, no seas tan duro con Lucía rogó Nico, el hijo pequeño. Se lo curra de verdad.
¡Que Marisa le saca diez años y tiene más experiencia! ¡Y ya lleva tres divorcios a la espalda!
¡Claro que Marisa sabe camelar con el cocido! Lucía, en cambio, es distinta.
¡Tú siempre con tus razonamientos! golpeó la mesa otra vez Emilio. ¡Un día de estos sales por la puerta!
¿No te dejó tu madre el estudio en Las Delicias? ¡Pues para allí vas a ir de vuelta! ¿Te enteras?
Andrés, ¿no piensas decir algo? Nico me empuja con el codo.
¿Y qué quieres que diga? El cocido de Marisa está más bueno respondí.
Solo piensas en llenarte la tripa se fue volviendo Nico. Y mientras tanto, mira tu mujer.
¡Que no se meta! y me puse a comer rápidamente el cocido. De segundo había asado, que lo hacía Marisa.
Gracias, Nico dijo Lucía. Al menos hay un hombre en esta casa. Eso ya es algo.
Nico se puso rojo como el tomate del cocido y, nervioso, comenzó también a comer con brío.
Sí, hay que terminar asintió Emilio. Frío, este cocido debe de ser ya incomible.
Lucía estuvo a punto de soltar un ¡pues atragántense!, pero se contuvo. Se levantó con dignidad y salió del comedor.
¡Qué creída la tenemos! Emilio señaló hacia la puerta. ¡Y pensar que era una buena chica!
¡Cómo cambia la gente con el dinero!
Mira, Andrés, te va a convertir en un monedero con patas y serás su criado.
¡Eso sí que no! afirmé, apretando el puño.
Anda, no me hagas reír Emilio se apartó de mí.
No se habla así de una mujer gruñó Nico.
A ti no te he preguntado nada le solté con rabia. ¡Mira por ti! A tus veinticinco no sabes hacer nada. ¡Solo pedirle dinero a papá o a mí!
Tengo mi startup bajó los ojos Nico. Pronto sacaremos beneficios.
¿Este milenio o habrá que esperar al siguiente? rió Emilio. Bueno, anda, no te lo tomes a mal.
Aquella conversación podía alargarse eternamente. Desde que la madre faltó hacía tres años, el carácter de Emilio se había torcido del todo.
Parecía alegrarse solo molestando a los demás.
En ese momento, entró Marisa, de la que tanto se hablaba:
Don Emilio, que tiene que ir a fisioterapia. ¡Ya sabe, el horario!
Lo sé, Marisa dijo Emilio, levantándose. Venga, llévame, mi salvadora, que es por mi salud.
Me puse tenso y noté que me subía el color.
Don Andrés Marisa me miró ahora a mí, luego me paso por su cuarto. Hay que revisar ese dedo encarnado antes de que tenga que ir a la clínica.
La cara se me normalizó, pero me solté una sonrisa de oreja a oreja.
¡Perfecto, Marisa!
Solo Nico veía la escena con un desdén apenas disimulado.
No deberías portarte así con ella le dijo a solas cuando padre y Marisa ya se habían ido. Es buena. Y papá solo levanta cabeza gracias a ella.
Mira, moralista, preocúpate de ti le corté. No tienes nada tuyo y vienes aquí a dar lecciones. ¡Consigue algo tú primero y luego ya si eso hablas!
Nico solo estaba buscando la excusa para huir del comedor. Así, a los cinco minutos, en el cuarto de invitados más alejado:
Lucía, cariño, ¡vámonos de aquí cuanto antes!
¿Adónde? ¿De qué vamos a vivir?
¡Buscaré trabajo, lo que sea!
Primero encuéntralo
¿Y piensas aguantar esto?
¿Qué remedio me queda?
***
Cada familia tiene una fuerza que la une. Cuando se apaga, poco a poco se desmorona, trozo a trozo, hasta no quedar nada. En nuestro caso, esa fuerza era Carmen Rodríguez.
Fue una gran esposa, madre cariñosa y dueña de casa insuperable. Lo dio todo, y a los cincuenta y dos años, simplemente se agotó.
Lo peor fue darnos cuenta de cuán dependientes éramos de ella. Ni mi hermano, ni mi padre, ni yo, éramos capaces de nada sustancial. Al día siguiente de su funeral estábamos todos en shock.
Cada cual tenía que seguir yendo a trabajar, no quedaba más remedio. Pero el vacío era demoledor.
He vendido la empresa, todo el dinero en el banco. No quiero saber nada más nos dijo Emilio.
¿Pero qué dices, papá? ¡Si pusiste el alma en esa empresa! exclamé.
Ya no tengo almafue su respuesta. Quise dejar la empresa a mis hijos, pero tú tienes tu proyecto y tu hermano… vete tú a saber. Así que, parece que a ninguno le interesa.
¿Y tú qué vas a hacer?
Nada. Me tumbaré en la cama hasta el día que me muera. Tengo suficiente dinero en la cuenta hasta el final de mis días. Y lo que sobre, os lo dividís. Por cierto, ¿dónde está tu hermano ahora?
Ni ideame encogí de hombros. Dicen que anda con su startup.
Bah, me da igual Emilio agitó la mano. Ya nada me importa…
Nico y yo vemos cómo nuestro padre se apaga poco a poco.
Deberíamos contratarle una cuidadora dijo Nico, no vaya a pasarle algo malo.
¿Y tú vas a pagarla? me burlé.
Pero si él tiene dinero…
Consíguelo primero que acepte tener a una cuidadora le advertí. Te mando a freír espárragos a ti y a la cuidadora.
No puedo estar aquí, tengo mi startup insistía Nico. ¿Tú podrías mudarte con nosotros?
Lo estoy pensando dije. Pero estoy a punto de casarme, y sin mamá ya no sé. Tal vez sea una señal…
¿Cómo que una señal?
La chica con la que estoy, Lucía, es enfermera. Muy apañada. Pero me aburre. En fin…
¿Crees que llegará a ser como mamá?
Ojalá alguien cubriera el vacío le respondí. Pero a mamá nadie la va a reemplazar.
La conversación no sirvió de mucho, pero después de eso, pasaron cosas.
Me mudé de nuevo con mi padre y mi hermano, y presenté a mi joven esposa:
Ahora esta es nuestra casa le dije a Lucía. Ya sabes por qué no te pedí antes casarnos ni hicimos boda.
Lo entiendo perfectamente, Andrés me respondió.
No sé ni cómo pedirte esto, pero nunca tuvimos servicio. Solo mi madre… mi voz se quebró.
No pasa nada Lucía sonrió. Ya no tengo que ir a trabajar…
Claro, tienes acceso a la cuenta. Compra lo que te parezca.
La llegada de una mujer joven generó opiniones encontradas. Nico la acogió bien, ofreciéndole ayuda cuando podía. Pero Emilio:
¿De verdad es esto lo que traes? ¿Ninguna mujer hecha y derecha te valía? ¿Qué sabe hacer esta, vamos a ver? le soltó a bocajarro a Lucía.
Pero al final, sería Lucía quien cuidaría de él. Así que yo insistí:
Papá, nunca reemplazará a mamá. Pero es mi mujer. Respétala, por favor.
No prometo nada bufó Emilio. Ya veremos de qué es capaz.
Si Lucía hubiese imaginado lo que le esperaba en los siguientes dos años, no habría traspasado ese umbral.
En casa no tenía problemas prácticos. Allí todo era automático. Pero la convivencia con Emilio fue otra historia.
No se sabía si era aposta o natural, pero siempre tenía alguna queja. Decía que Lucía debía aprender algo útil.
Ella soportó durante dos años. Al final, no pude consolarla ni yo. Así que reunió a todos y dijo:
Me da igual si os atragantáis, ¡voy a traer a alguien para que me ayude en casa! ¡Ya he encontrado una!
Marisa tenía un carácter que no se dejaba avasallar. Daba igual donde la sentaras, ella se hacía fuerte. Y solo me rendía cuentas a mí.
Como sea igual de inútil que tú, las saco a las dos a la calle gruñó Emilio.
Pero tanto Nico como yo apoyamos a Lucía, porque veíamos el desgaste que el padre le hacía sufrir.
La llegada de Marisa no fue una fiesta. Ella los miró a todos por encima del hombro y se puso manos a la obra.
Pero nadie sabía del pacto entre Lucía y Marisa: ella debía conquistar a Emilio.
Él tenía cincuenta y siete años, ella treinta y siete. Si dejábamos los principios al margen, el plan tenía futuro.
Ese cascarrabias tiene que ablandarse. O Marisa no cobra su magnífico sueldo.
Y vaya si lo consiguió. Marisa no solo cuidó de Emilio: también conquistó mi atención. Éramos de la misma edad.
¿Lucía se dio cuenta? Por supuesto. Pero no pudo hacer nada. Yo, de hecho, bloqueé su acceso a las cuentas. Le puse un límite.
¿Y el dinero? Acababa casi todo en manos de Marisa. Lucía acabó buscando consuelo en Nico, que siempre estuvo enamorado de ella.
¿Se fueron? No; no tenían medios. Escapar era un salto al vacío.
Así, en el dormitorio más aislado, se daban fuerzas mutuamente.
***
¡Si supieras cuánto los odio! le susurraba Lucía a Nico.
Es horrible, te juro que estoy contigo respondía él. Me avergüenzan como familia.
¿Por qué no lo contamos todo y nos vamos? propuso Lucía. ¡Que se peleen entre ellos!
¡Vamos! Justo hoy recibí un gran pedido. Mi startup ha despegado. No nos quedamos sin dinero.
Se fueron Lucía y Nico como si huyeran de una persecución. Y mientras tanto, estallaba la tormenta en casa. Emilio, llevándose la mano al pecho, puso los hechos en orden:
El hijo mayor me ha robado la mujer, el pequeño la mujer de su hermano. ¡De película nuestra familia! Y encima Marisa… que no sé cómo no ha ido a por Nico también.
Hubo gritos, platos rotos, muebles destrozados. Todo eran broncas y reproches.
La familia que Carmen Rodríguez sostuvo se disolvió. Porque era la dueña del hogar. Ella sabía cómo tenernos a todos a raya. Pero sin ella, descendimos a lo más bajo. Donde menos es más, y pensar, lo que se dice pensar… eso nunca se nos dio bien.







