Sergio, podía haberme marchado hace media hora dijo ella. Y si decides atacarme, ¡te entierro aquí mismo!
Entonces, ¿por qué te dejaste atar? preguntó él, incorporándose de golpe.
Por pura curiosidad, quería ver a qué venía este teatro replicó Celia, tirando la barra de hierro a un lado. Donde yo he sobrevivido, tú te meterías en un rincón a llorar por tu madre.
¿Piensas tenerme aquí mucho tiempo? preguntó Celia con calma. Que sepas que esto es un secuestro, por si no lo tenías claro.
Puedo retenerte aquí el tiempo que quiera sonrió Sergio. ¿Secuestro? ¡A ver si lo puedes probar!
¡Me buscarán! advirtió Celia.
¡Qué va! se ensanchó la sonrisa de Sergio. La policía solo podrá averiguar que te fuiste voluntariamente.
¿Cómo? Celia no entendía.
¿Sacaste dinero del cajero?
Sí, claro, me lo transferiste tú, para que evitáramos comisiones contestó Celia.
Pero de eso nadie sabe nada. Te grabaron las cámaras del cajero. Además, llenaste el depósito y tres garrafas de gasolina en la estación de salida de la ciudad, y todos los movimientos están grabados en vídeo. Sergio se tocó la sien. También metiste maletas en el maletero.
Pero te harán preguntas a ti también, tú estabas conmigo dijo Celia.
Diré que me bajaste en la salida de la ciudad y me volví solo a casa contestó Sergio. Así que, según todas las pruebas, recogiste tus cosas, sacaste dinero, llenaste el coche y huiste sin dejar rastro.
¿Y cuánto piensas retenerme aquí? repitió Celia, ya sin el mismo aplomo de antes.
El tiempo que me dé la gana respondió Sergio encogiéndose de hombros. Mientras el mundo siga girando, o mientras tú respires.
Esperaba asustar a Celia, pero ella ni siquiera pestañeó.
Solo una pregunta Celia miró fijamente a su cuñado: ¿Por qué haces esto?
¡Qué sangre fría tienes! bufó Sergio. Creo que con mi hermano eres igual. Solo estás con él por el dinero. Te haces la buena esperando ablandarle el corazón, y después, limpiarle hasta los bolsillos.
¿Así que quieres proteger a tu hermano? sonrió Celia. ¿Desenmascarar a la cuñada mentirosa?
Celia, seamos sinceros Sergio se acuclilló delante de la mujer atada. Nadie normal aguantaría las broncas de los padres, soportaría todos los problemas y encima mantendría esa alegría tuya.
Mires por donde mires, eres el ejemplo perfecto de ama de casa. Todo te resbala, y encima sonríes mientras haces lo que se espera.
¿Y qué? preguntó Celia.
¡Eso no es natural! negó Sergio. Nadie aguanta tanto si no tiene un objetivo muy grande.
Y mi hermano tiene piso, terreno en la sierra, dos coches y una empresa. El abuelo fue generoso con él y eso no gustó nada al resto de la familia.
Pero mi hermano no es tan listo como el abuelo. Es un blanco fácil. Para ti, una presa perfecta. Por eso tragas con todo: de él, de mí, de nuestros padres y lo que callas.
¿Me has traído aquí para descubrir mis motivos o para enterrarme? preguntó Celia sin alterarse.
¡Ves! ¡Ni siquiera ahora te alteras! exclamó Sergio. Cualquier otra estaría histérica, tú eres de piedra. ¿Será que no sientes nada? ¿O eres una psicópata?
Sergio, he pasado por tanto en mi vida, que esto es una tontería dijo Celia. Nada de lo que has contado se compara a lo que he sobrevivido.
¡Mientes! aseguró Sergio. Estás intentando darme pena para que te deje ir.
¿Quieres confesión? respondió Celia pensativa. ¿A ti? ¡A mi secuestrador!
Venga, cuenta Sergio se apoyó en la pared de la casa en ruinas a la que había llevado a su cuñada.
Nunca lo he contado entero a nadie comenzó Celia. Empezaré por mi nacimiento
***
Celia no nació en un hospital ni bajo el techo familiar, sino en un viejo autobús de línea, el que llevaba cada día a los obreros a la fábrica en Valladolid.
Su padre insistió en llevar por fin a su madre al hospital, cansado de sus gritos y quejas.
Estaban tan poco preparados, que de milagro supieron que después de nueve meses tocaba el parto.
El nacimiento de Celia fue presenciado por una veintena de obreros malhumorados. Al padre le cayó una buena bronca, la madre fue compadecida y el autobús, en vez de ir a la fábrica, fue corriendo al hospital.
Los médicos auguraron complicaciones pero la suerte quiso que Celia naciera fuerte y sana.
La noticia revolucionó a los sanitarios, que llamaron al instante a los servicios sociales.
Celia salió del hospital con su abuela, Carmen Rodríguez, que la reclamó en cuanto pudo, subió a un taxi y se la llevó. Y la madre, Nuria, fue recogida horas después por el padre, Tomás.
Según rumores, los padres ni siquiera echaron mucho en falta a la niña. Celebraron el nacimiento por todo lo alto.
Celia volvió a casa de sus padres solo cinco años después, y las circunstancias no pudieron ser peores.
Carmen, la abuela, se quedó con la custodia de la niña y se retiró del trabajo, aunque vivía sola. Le pesaba la edad: su propia maternidad fue tardía y su hija solo tuvo descendencia pasados los treinta, así que la fuerza le faltaba para criar a la nieta. Pero no iba a dejarla en un hospicio.
Carmen crió a Celia hasta los cinco años, y entonces falleció. Sucedió una mañana, mientras preparaba el desayuno, pero tuvo tiempo de apagar el gas. Milagro sin duda. Celia estaba con ella, y nadie más.
Celia estuvo cinco días sola con su abuela muerta en casa, hasta que en la guardería se preocuparon por su ausencia y mandaron a buscar.
Durante esos días, Celia aprendió a sobrevivir comiendo pasta seca, pan mohoso, sopa agriada y verduras pasadas.
Cuando por fin entraron rompiendo la cerradura la abuela cerraba la puerta a cal y canto, para que su hija y yerno no entraran sin avisar
Ojalá no conserve memoria de esto dijo el psicólogo. Aunque temo que es una herida de por vida.
La muerte de la abuela sacudió a Nuria, que se deshizo de Tomás y luchó por recuperar la custodia de Celia. Tomás también intentó cambiar; hasta dejó el vino un tiempo.
Durante un año, Celia vivió por fin en familia, con madre y padre acompañándola el primer día de cole. Todo parecía ir a mejor.
Pero los malos hábitos terminan destruyendo más que el cuerpo: destrozan el alma. Y las de sus padres ya estaban bastante heridas.
Tomás recayó primero, después le siguió Nuria. Ella no opuso mucha resistencia. Y así, celia creció entre borracheras, gritos, reconciliaciones y fiestas interminables. La limpieza y el orden en casa eran solo un sueño.
Se vivía más bien al ritmo de un día se come, tres se bebe.
Celia, por muy poco que quisiera, presenció todo.
De pequeña escuchó muchas veces la historia de cómo fue a parar con sus padres. En las peleas salía a relucir todo y se inventaban detalles cada vez.
A veces había momentos de lucidez; pero nunca coincidían en los dos padres. Entonces, tras gritos y peleas, echaban a los gorrones, llenaban la nevera, y el que estaba sobrio intentaba ser buen padre.
Da gracias por tu madre, ¡no va a dejar que te pierdas! Sin ella, estarías perdida oía Celia de su madre y de su padre.
Venga, come; ¡tu padre te cuida bien, que cada día estás más flacucha!
Así, Celia vivía de parpadeo en parpadeo, absorbiendo lo que recibía: y lo malo calaba.
En ocasiones, ella, flaquita y enclenque, arrastraba por la nieve a su padre o madre inconscientes de tanto beber.
Sabía que si su madre o padre morían congelados, ella estaba perdida. Por eso les salvó más de una vez.
El centro de menores, donde Celia entró a los doce, pudo ser su salvación. La separó de sus padres, que ya estaban irrecuperables.
El problema fueron los demás niños. En el orfanato aprendió que dominaba la ley de la selva: o cazador, o presa. No había más.
Celia era la más menudo y débil: nunca comía lo suficiente. Para sobrevivir debía pelear cada día por la comida y por cada pequeño avance. Jamás mostrar debilidad, ni siquiera piedad consigo misma.
Sobrevivió, aprendió la lección. Pero también entendió que en la sociedad real se rigen otras reglas. Le costó un año de libertad adquirir esa certeza.
Y entonces conoció a Iván.
Cuando notó la bondad y dulzura en los ojos de Iván, y su auténtico cariño, se enamoró.
A Iván le daba igual el pasado huérfano de Celia. Sencillamente la amaba.
Pero los padres de él nunca aceptaron a Celia. Se lo decían a la cara: no era digna de su hijo. Ella siempre respondía:
Intentaré serle una buena esposa.
Ya estaban casados.
La pila de quejas de la suegra era interminable: que no limpiaba bien, que no sabía cocinar, que cuidaba poco de Iván La lista habitual.
Celia parecía no darse por enterada y nunca se quejaba a su marido por los desprecios de sus padres.
Sergio, el hermano menor de Iván, observaba todo aquello desde lejos. Diez años observando.
En ese tiempo, el abuelo dejó en testamento el piso y la empresa a Iván, que prosperó. Por cierto, Celia vendió entonces dos casas heredadas de madre y abuela y el dinero se destinó a comprar el piso familiar.
Celia e Iván tuvieron una hija maravillosa. Iván dirigía la empresa del abuelo y Celia trabajaba en un salón de belleza. Y, pese a todo, era una gran anfitriona.
La casa siempre estaba ordenada y acogedora, y ella recibía a su marido con la cena y una sonrisa.
Sergio sospechaba: para aguantar tanto y tenerlo todo en pie, habría que tener motivos ocultos. Por eso organizó el falso secuestro, se la llevó a un pueblo abandonado y quiso sonsacarle la verdad. Pensaba que Celia aguantaba tanto por el interés en las riquezas del hermano.
***
Sergio, lo que he pasado no se acerca ni de lejos a mis problemas actuales repetía Celia. Trabajo, casa, hija, familia.
Las broncas de tu madre son minucias para mí sonrió. Incluso lo tuyo hoy parece una broma.
Podría dejarte aquí contestó Sergio.
¿En serio? Celia sonrió irónica. ¡Adelante!
Se soltó las cuerdas y se puso en pie, agarrando un trozo de chatarra.
Podía haberme ido hace media hora le dijo. Y si te atreves a atacarme, aquí mismo te entierro.
¿Entonces por qué te dejaste atar? preguntó él, angustiado.
Tenía curiosidad por ver este circo Celia dejó caer la chatarra. Allí donde yo sobreviví, tú te quedarías hecho un ovillo y llorarías por tu madre.
Los problemas que tú ves monstruosos, a mí ya ni me afectan. Solo amo a tu hermano, quiero a mi familia.
Si te interpones en nuestra felicidad, simplemente desaparecerás. Sin más pruebas, ni secuestros, ni dramas.
El tono era frío, cortante. Sergio la creyó; se le heló la sangre.
Llévame a casa, secuestrador dijo Celia, sonriendo.
En la puerta de casa, Sergio le preguntó:
¿Debo irme de la ciudad? ¿Vas a denunciarme?
No hagas tonterías respondió Celia con una sonrisa. No juzgues a todos como harías contigo.
Sergio se marchó de la ciudad. Celia no dijo nada a su marido. Solo pidió cita en la manicura, pues peleando con la cuerda se rompió tres uñas. Esa sí fue una verdadera molestia.
A veces, la vida nos exige ser fuertes. Pero solo quien conoce el sufrimiento y elige el amor puede realmente vivir en paz.







