GENTE DIFERENTE
A mí me tocó una esposa peculiar. Guapísima, sí; una auténtica belleza: rubia natural y con ojos negros, unas curvas para quitar el hipo, alta, piernas interminables. Y en la cama… era todo fuego. Al principio fue la pasión, ni tiempo de pensar había. Luego llegó el embarazo. Nos casamos como está mandado.
Nació nuestro hijo, tan rubio y de ojos negros como ella. Todo igual que en cualquier familia: pañales, biberones, los primeros pasos, las primeras palabras. Y Celia, mi mujer, se comportaba como cualquier madre joven, pendiente del niño, cariñosa y mimosa.
Pero cuando el crío se hizo adolescente, empezaron los cambios. A Celia le dio por la fotografía, todo el rato haciéndole fotos a cualquier cosa, yendo a cursos raros de esos. Siempre con su cámara a cuestas.
¿Pero qué te falta? preguntaba yo. Trabajas de abogada, dedícale más atención a la familia y deja de andar por ahí.
Es *abogada*, corregía siempre Celia con su manera seca.
Eso, abogada. Pero céntrate más en casa y no desaparezcas tanto.
La verdad es que ni yo sabía qué era lo que me irritaba. No descuidaba la casa, siempre había comida hecha, todo limpio, pendiente de los estudios del niño Llegaba del trabajo, me tiraba en el sofá a ver la tele, todo como tiene que ser. Pero esa sensación de que mi esposa estaba y no estaba, de que desaparecía a otro mundo donde yo no tenía cabida, me sacaba de quicio. No compartía la tele conmigo, ni me hablaba de lo interesante. Me daba de cenar y se volvía a sus cosas.
¿Tú eres mi esposa o no? me encendía cuando la encontraba pegada al ordenador otra vez.
Celia callaba. Se encerraba más en sí misma.
Le dio también por viajar a sitios exóticos. Cogía las vacaciones y se largaba con su mochila y su cámara. Yo no lo entendía.
Vámonos el fin de semana con los amigos a la finca. Han puesto una barbacoa en la parcela nueva, el vino de Pedro está de escándalo. Y tenemos que pensar en pillar nuestro propio chalé.
Ella se negaba, pero siempre me proponía irme con ella de viaje. Una vez lo intenté. Nada bueno, la verdad. Todo era ajeno, la gente hablaba raro, la comida picaba demasiado. Y a mí las maravillas del mundo nunca me interesaron mucho.
Pues Celia empezó a viajar sola. Incluso dejó el trabajo.
¿Y la jubilación? protesté. ¿Y qué te crees que eres? ¿Una gran fotógrafa o qué? ¿Sabes cuánto dinero hace falta para tener éxito ahí?
Celia no contestaba. Solo una vez, agachando la cabeza, soltó:
Voy a tener mi primera exposición. Mía, personal.
A todos les hacen exposiciones mascullé. Tampoco es para tanto.
Pero fui a la inauguración. No entendí nada. Caras, pero nada agraciadas; manos arrugadas, gaviotas sobre el mar Todo muy raro, como la propia Celia.
Me reí de ella aquel día. Pero luego se presentó con un coche nuevo para mí. Mira, para la familia, úsalo tú. Ni ella misma tenía carnet, fue un regalo para mí, con lo que ganó con sus fotos, haciendo encargos.
Entonces me empezó a entrar miedo. Incomodidad. ¿Qué clase de bicho raro tenía en casa en vez de esposa? ¿De dónde salía tanto dinero? ¿Habría un hombre detrás? Sólo con esas tonterías de fotos no se gana para un coche ¿Estaría liada con otro? Y aunque todavía no, seguro que acabaría estando.
Hasta intenté educarla Le di una bofetada una vez. Ella agarró un cuchillo de cocina, me marcó una raya en la tripa, dos puntos en urgencias. Si hubiese querido, me habría hecho algo más serio, la loca. Luego me pidió perdón, pero nunca más volví a levantarle la mano.
Le encantaban los gatos. Siempre andaba rescatando, curando y buscando casas para ellos. Nosotros mismos llegamos a tener dos fijos en casa. Eran cariñosos, sí, pero ¡no eran personas! ¿Cómo se puede querer a un animal casi más que a tu propio marido?
Un día, uno de sus gatos murió en sus brazos en la clínica veterinaria, no pudo salvarlo. Celia se descompuso, lloraba a gritos, bebía brandy, se culpaba a sí misma. Días así, sin parar. Yo, cansado ya, le solté:
¡Pues ya te falta hacer un funeral a las cucarachas!
Y entonces me miró ese mirar duro. Me callé, le di la espalda y me fui. Que hiciera lo que le diera la gana.
Los amigos me daban la razón, las amigas de Celia también decían que se le había ido la pinza, que había perdido el norte. Y así es como me lié con la vecina, que también era amiga de la infancia de Celia. Irene, mucho más sencilla, fácil de entender. Trabajaba de dependienta, no se metía en arte, siempre dispuesta para todo, en la cama y para charlar. Eso sí, bebía demasiado pero para casarse tampoco era.
Esperaba que Celia lo notara, montara una escena de celos, una bronca, que tirara platos al suelo. Entonces yo le diría: «¿Y tú qué? ¿Dónde te pasas el día?» Después nos perdonaríamos todo y la familia seguiría. Y a Irene la dejaría.
Pero Celia nunca protestó. Solo me miraba mal. Y en la cama fue imposible, se cerró en banda, dormía en otra habitación.
Nuestro hijo creció, acabó la universidad. Todo a la madre: ojos negros, rubio, raro también.
¿Y los nietos, para cuándo? preguntaba yo.
Denis solo se reía: que quería hacer algo grande en la vida, y que algún día encontraría el verdadero amor. Que esperara nietos entonces, papá. Un chico ajeno, incomprensible. La sangre de su madre. Con Celia siempre se entendieron con una mirada, sin palabras. Yo me sentía el sobrante, temblaba con los ojos negros de ambos, como si no pudiera descifrar su mirada. Cada vez más buscaba consuelo en Irene.
Pero entonces Celia se enteró. Algún vecino se lo contó, porque yo tampoco me escondía mucho. Un día al volver a casa, la encontré fumando en la mesa. Me dijo en voz baja, casi un susurro:
¡Vete de aquí! ¡Fuera de la casa!
Y esos ojos negros, con ojeras tan pronunciadas.
Me fui con Irene. Esperé a que mi mujer me llamara para volver. Al cabo de una semana, un whatsapp: que teníamos que hablar. Yo me alegré, me duché, colonia cara, y fui. Pero Celia, nada más verme:
Mañana vamos a poner la demanda de divorcio.
Después todo fue como un sueño. Divorcio, papeles, firmas, y yo renunciando a mi parte del piso, total, lo heredó de sus padres
¿Y ahora qué? ¿Vas a vivir de divorciada toda la vida? le solté al salir del registro. Quería decirle «¿Quién te va a querer?» pero me frené.
Ella sonrió. Por primera vez en años, esa sonrisa era solo para mí, de verdad, amplia, sincera.
Me voy a Madrid. Me han ofrecido un proyecto de los gordos.
Pero no vendas el piso le pedí, no sé ni por qué. ¿A dónde volverás si no?
No voy a volver contestó tranquila, mi ex mujer. Hace tiempo que estoy enamorada de otro. También fotógrafo, de Madrid. Me siento viva con él. Pero pensaba: estoy casada, ponerme a engañar me daba asco, y tampoco iba a divorciarme por eso. Simplemente, no somos iguales tú y yo, Rubén. Así de sencillo. ¿Por eso la gente se divorcia? ¿O no?
No respondí.
Pues nosotros sí se rió Celia. Al principio me cabreé cuando me contaron lo de Irene. Pero luego pensé que mejor así. Yo seré feliz, y tú también. Cásate con ella, que os vaya bien.
Y se fue.
No me voy a casar le dije de espaldas.
Pero Celia ya no me oía.
Desde entonces no he vuelto a saber de ella, salvo, una vez cada año, un mensaje corto en whatsapp: «Feliz cumpleaños. Salud y felicidad. Gracias por Denis.»Llevo siete años recibiendo ese mensaje. A veces me tienta responder con algo más que un gracias formal, pero, ¿para qué? Celia ya es otro planeta, otro idioma. Denis se marchó tras ella, a Madrid, a trabajar con cámaras y gatos en su nuevo universo, y me manda fotos de vez en cuando: de mercados llenos de colores, de niños descalzos en la arena, de Celia riendo, el pelo revuelto y los brazos llenos de tinta de tatuajes. Sonríe más que nunca. Yo lo miro todo en el móvil, solo, y le doy al corazón por costumbre.
Irene ya no está tampoco; se fue una noche, alegando que el pasado no se deja aplastar por las paredes de un piso. Volvió a su mundo y yo al mío, al mismo sofá de siempre, con la tele encendida y el calor de los gatos rescatados, que se quedaron conmigo. Al final aprendí de ellos a no pedir explicaciones y a dormir donde caiga el sol.
A veces, por las mañanas, cuando los primeros rayos entran por la ventana y los gatos se tumban cerca, pienso en Celia. En lo lejos que viajan a veces las personas que creíste conocer. En lo inevitable que es ser, cada uno, gente diferente. Y me río solo, por fin en paz, porque entiendo algo: la felicidad nunca estuvo en atraparla, ni en ser entendido, ni en ganar discusiones. La felicidad era verla brillar, aunque fuera lejos de mí.
Después apago el móvil, acaricio a los gatos, y salgo a la calle. El mundo, por raro que parezca, también tiene sitio para mí.







