No está bien vivir separado de la esposa

No está bien vivir separado de la esposa

Yo soy Aurora, la esposa de Juan, susurra la mujer llorosa, apretando con fuerza la mano del niño, y este es nuestro hijo Pablo.

Concepción Fernández mira desconcertada a la nuera, a la que jamás ha visto en persona.

Sólo quería que supiera Si necesita algo O si quiere ver al nieto, por favor, llámeme, continúa Aurora con voz queda.

¿Qué podría necesitar yo de ti? salta Concepción, con los ojos encendidos. ¡¿Para qué has venido?! ¿A repartir la herencia?

La nuera intenta replicar, pero ella la detiene.

¡No te conozco ni quiero conocerte!

Un buen chico salió Juan, un poco terco, igual que su padre, que por desgracia falleció cuando él tenía 15 años.

A esas alturas, el hijo ya ayudaba a Concepción en todo, y en un pueblo siempre hay faena.

El marido había construido una casa sólida y espaciosa, y el terreno tampoco era pequeño; tenían gallinas, cerdos, una vaca ¡Siempre hay trabajo pendiente!

Sin embargo, Juan decidió ir a estudiar a Madrid, eligiendo ser soldador.

¿Acaso voy a tener un hijo que sólo sirve para pasarse el día entre papeles?

¿Sabes lo que cobra un buen soldador? respondía Concepción a los comentarios malintencionados.

Ella es fuerte, puede con la casa, y el hijo tiene que formarse, buscar su vida y crear su propia familia.

Juan terminó la carrera, pasó por la mili, consiguió trabajo en la capital y se casó con Carmen.

Juan había sido amigo de Carmen desde la escuela, ella también estudió en Madrid, y encontró trabajo como contable.

Concepción apreciaba mucho a su nuera: de familia honrada y abstemia, la conocía bien, era amable, discreta, buena.

En las pocas ocasiones que se veían, Carmen la llamaba mamá, procurando siempre agradarle.

Los padres de ambos jóvenes ayudaron a comprarles un piso y sólo debieron pedir una hipoteca pequeña.

Para pagarla pronto, Juan decidió trabajar en turnos fuera: dos meses en Galicia, uno en casa.

No está bien vivir separado de la esposa, protestó Concepción ante esa decisión. Los pareja debe estar junta, si no, eso no acaba bien.

Mamá, así liquidamos antes la hipoteca, y yo quiero comprarme también un coche decente. ¿Qué hago, ahorrar hasta los setenta?

No te preocupes, todo irá bien, le restaba importancia Juan.

Y, por un tiempo, todo fue bien.

En seis años, liquidaron el préstamo, compraron coche, y apenas se privaban de nada.

Pero de pronto, como un trueno en cielo claro:

Mamá, Carmen y yo nos vamos a divorciar, anuncia Juan.

¿Por qué? ¿Qué ha pasado? pregunta, alarmada, Concepción.

Jamás se había entrometido en la vida de su hijo ni imaginaba problemas de pareja.

Pues no nos entendemos responde Juan encogiéndose de hombros. Además, quiero un hijo, y Carmen tiene problemas

¿Me vas a dejar a tu mujer por eso? ¡Si te cuida como nadie, aún te mira enamorada! ¿Tú?

¡No lo permito! ¡Todo tiene solución! Existe la fecundación in vitro, hay tantos niños para adoptar

Mamá, no es eso

¡No interrumpas a tu madre! ya estaba encendida y nadie podía pararla. Si vamos al caso, no hay hijos por tu culpa.

¡Pasaste las paperas de pequeño! Así que fuera esas ideas del divorcio.

Siéntate, habla con ella, arregla las cosas, y no quiero oír más de esto.

Juan la miró raro, pero no siguió discutiendo.

Concepción decidió hablar con Carmen, consolarla, aconsejarle algo.

Es inútil, mamá suspira Carmen.

La mujer luce pálida, tensa, consumida.

Juan ama a otra, y eso no se puede cambiar. Llevan viéndose dos años, allá en Galicia.

¿Otra? Concepción da un respingo. ¡Ya verás!

No te preocupes, vamos a aclarar esto

Pero no hubo modo. Juan confirmó lo de la otra mujer y sacó todo su carácter.

Mi vida es mía, decido yo cómo vivirla zanjó, más sosegado. Mamá, Aurora te caerá bien. Ya verás cuando la conozcas

¿Sabes qué? se enoja de verdad. ¡No quiero ver a tu nueva!

¡Y ni se te ocurra traerla a mi casa! ¿Entendido?

Esta casa es mitad mía, si te parece, la voz de Juan suena firme. Si tú no quieres, no la traigo.

¡Así queda!, y Concepción no piensa ceder.

Juan se fue, luego le comunicó que se había casado, mandando hasta una foto de su nueva esposa.

Una chica como cualquiera, guapa, delgada, piel clara y ojos muy oscuros ¿qué le había hecho a Juan? Una incógnita.

Pero Concepción no tenía tiempo para comentarios, sobrada tarea.

Juan insinuó alguna vez que podía presentarle a Aurora, pero ella recordó su postura y no cambió de opinión.

Por eso, Juan iba una vez al año por un par de semanas.

Charlaban bien, pero Concepción nunca preguntó por la nuera, ni él habló de ella.

Juan ayudaba en la casa y el patio, salía con amigos…

En cuanto a esfuerzo masculino, le ayudaba bien su viejo pretendiente, Francisco García, viudo desde hacía cinco años.

Él incluso proponía matrimonio, pero ella rechazaba: ¡No hay que dar espectáculo con bodas a estas alturas!

Cincuenta años no era mucha vejez, pero aún así, no se atrevía.

Mamá, Francisco es buen hombre, claramente siente algo por ti, comentó Juan.

Concepción restó importancia. Nadie sospechaba que serían las últimas palabras que oiría de su hijo…

Juan falleció ahogado durante una jornada de pesca con un amigo. Nadie aclaró qué pasó. La policía asegura: un accidente.

La barca tenía un boquete, se hundió en medio del río. La corriente era fuerte, el fondo profundo, no lograron salir.

Encima, había algo de alcohol en la sangre poco, pero lo suficiente.

Cómo estaba Concepción esos días, no podría describirlo. Aún así, notó a una mujer joven con un niño de unos doce años.

Fue, sobre todo, el niño: increíblemente parecido a Juan.

Quizá lo imaginaba. La tristeza casi la cegaba; veía a su hijo en otro cuerpo

Pero no, no estaba equivocada.

Yo soy Aurora, esposa de Juan, repite la mujer llorosa, apretando la mano del chico, y este es nuestro hijo Pablo.

Mis condolencias.

Concepción la observa sin entender, nunca la había visto antes.

Asiente en silencio, y luego ya no les presta atención a Aurora ni a Pablo.

Una semana después se vuelven a ver: Aurora y Pablo se presentan en su casa.

Solo quería que supiera Si necesita algo O quiere ver al nieto, por favor, llámeme, susurra Aurora como antes.

¿Qué puedo necesitar yo de vosotros? ataca Concepción. ¿Venís a por la herencia? ¿La casa? señala a su alrededor, hablando en la puerta.

La nuera intenta explicarse, pero no la deja.

¡No te conozco ni quiero conocerte! ¡Has destrozado la familia de mi hijo, lo has mandado a la tumba!

Si viviera con Carmen, nada de esto habría pasado.

Encima le has colgado a él un hijo ajeno. ¡Mi hijo no puede tener hijos! No pudo rompe a llorar. Él me lo habría contado

Aurora la mira con compasión, y el niño, con miedo. Concepción pronto recupera la compostura.

En fin, gracias por el pésame, y adiós. No tengo nada más que decirte.

Y si piensas reclamar la herencia, te vas a arrepentir, y sin mirar a nadie, entra en la casa.

¡Vienen como buitres a la desgracia! Ya conocemos de qué palo van. No tendrán nada. ¡Por su culpa perdió a su hijo! El nieto ni existe.

Por la edad del chico, debió nacer cuando Juan sólo llevaba dos años casado. ¡Imposible!

Francisco García, que no se separó de ella en esos días, solo movía la cabeza apesadumbrado.

Él esperaba; quizá, con el tiempo, ella recapacitaría y aceptaría a su nuera y nieto.

Pero pasaron cinco meses y Concepción guardó silencio.

Aurora no apareció ni exigió nada, solo llamaba a Francisco (intercambiaron teléfonos en el tanatorio), preguntando por la suegra.

Él le contaba lo que podía. Le daba pena la viuda. Se notaba que amó a Juan y sufrió su muerte, tal vez casi tanto como su madre.

Concha, piénsalo inicia Francisco con cautela. Ese niño es tu nieto, eso salta a la vista, y tú lo sabes.

Le llamaron Pablo, como tu difunto marido todo un gesto de respeto.

Y ahora estás sola Bueno, yo estoy aquí, pero sabes a lo que me refiero

Concepción permanece taciturna.

Ni piden la herencia. Si ese fuera el caso, ya habría lío

¡Eres lista! se exaspera Francisco.

No grites, al fin reacciona ella. Lo sé todo. Dame el teléfono de Aurora. Sé que lo tienes

Le cuesta mucho aceptar, pero la verdad es que ya no queda nadie en este mundo para ella

Y Pablo es idéntico a Juanito.

Nada, lo arreglará todo, por su hijo, por su nieto y por sí misma.

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No está bien vivir separado de la esposa
Tengo 25 años y desde hace dos meses vivo con mi abuela. Mi tía —su única hija viva— falleció repentinamente hace dos meses. Hasta entonces, mi abuela vivía con ella. Compartían hogar, rutina, silencios. Yo iba a menudo, las visitaba, pero cada una tenía su vida. Todo cambió en el momento en que mi abuela se quedó sola. La pérdida no me es ajena. Mi madre murió cuando yo tenía 19 años. Desde entonces, aprendí a convivir con la ausencia como algo cotidiano. Nunca conocí a mi padre. No hay una historia oculta, ni una verdad sin decir: simplemente, no estaba. Así que cuando mi tía se fue, lo entendí muy claro: solo quedamos mi abuela y yo. Los primeros días tras el funeral fueron extraños. Mi abuela no lloraba sin parar, pero el dolor se veía en los pequeños detalles: se movía más despacio, olvidaba apagar las luces, se sentaba y se quedaba mirando al vacío. Me dije que me quedaría “unos días”. Esos días se convirtieron en semanas. Hasta que un día ordené mi ropa y comprendí que ya no me iría. Desde entonces, las opiniones no tardaron en llegar. Siempre hay quien opina. Algunos dicen que hice lo correcto —cómo dejar sola a una mujer mayor que acaba de perder a su hija—. Otros dicen que estoy perdiendo mi juventud, que con 25 años debería viajar, salir, tener pareja, “vivir mi vida”. Me preguntan si no me pesa, si no me siento atrapada, si no me da miedo quedarme sola después. La verdad es que yo no lo veo así. Trabajo, ahorro, mantengo la casa, acompaño a mi abuela al médico, cocinamos juntas, por las noches vemos la tele. No siento que renuncie a nada. Siento que estoy eligiendo. Ahora no tengo pareja, no pienso en hijos ni en irme al extranjero. Pienso en la estabilidad, en el presente, en no repetir la historia de abandono que conozco demasiado bien. Mi abuela es lo único que me queda de mi familia directa. No tengo madre, no tengo tía, no tengo padre. Y no quiero que ella pase sus últimos años sintiéndose una carga o pensando que molesta. No quiero que coma sola cada día o que se duerma pensando que no le queda nadie. Quizá más adelante la vida me lleve por otros caminos. Quizá viaje, me enamore, me vaya. Pero hoy, este es mi lugar. No es por obligación. No es por culpa. Es porque quiero a mi abuela y porque me quiero junto a ella. ¿Y vosotros qué haríais?