Lo más importante
La fiebre de Alba subió como un relámpago. El termómetro marcó 40,5 y, casi al momento, comenzaron las convulsiones. El cuerpo de la niña se arqueaba tan bruscamente que Carmen se quedó paralizada un instante, sin creérselo, y luego se lanzó hacia su hija, temblando como si el frío la recorriese entera.
Alba empezó a atragantarse con espuma, la respiración descontrolada, como si algo invisible la apretara por dentro. Carmen intentaba abrirle la boca; los dedos le resbalaban, pero al final lo consiguió. Y entonces la niña se quedó floja, cayó en un profundo desmayo. Cinco, diez minutos… quién podría saberlo. El tiempo no existía, sólo el latido del corazón de Carmen, que retumbaba en las sienes.
Vigilaba que la lengua no le cortara la respiración, sujetaba la cabeza de Alba cuando las convulsiones la sacudían peor que una descarga eléctrica. Carmen no notaba nada más; sólo existía una idea: Alba tenía que volver a respirar. Tenía que regresar.
Gritaba a la cocina, a las paredes, al vacío, al cielo. Y gritaba el nombre de su hija al teléfono 112 tan desesperadamente que parecía que el grito la aferraba a la vida.
Cuando logró llamar a Daniel, tartamudeando entre lágrimas y sollozos, sólo pudo decir:
Alba… Alba casi se me muere…
Pero Daniel, al otro lado, escuchó otra cosa: un adiós seco y terrorífico. Oyó: ha muerto.
Sintió un pinchazo en el pecho tan punzante que el dolor se le coló hasta los huesos. Las piernas no le aguantaron y se dejó caer lentamente al suelo, como si de repente se le hubiese escapado la vida, la energía, la esperanza…
Intentaron levantarlo, sujetarlo por los codos. Alguien le acercó unas gotas, otro agua, otro le daba golpecitos en la espalda, todos diciendo frases de consuelo que se deshacían contra su desesperación como olas en un espigón de hormigón.
Daniel era incapaz de reponerse. Le temblaban las manos, el vaso chocaba contra los dientes, y apenas le salían las palabras; sólo balbuceos atormentados:
Mu… muer… muerta… Al… Alba… muerta…
Los labios blancos, la respiración entrecortada, las manos extrañas. El jefe, don Federico, reaccionó al instante, le rodeó por los hombros y casi lo arrastró hacia su enorme todoterreno. Cerró la puerta de golpe y el eco retumbó dentro de Daniel.
¡¿A dónde?! ¡¿A qué hospital?! le gritaba, intentando que despertara.
Daniel estaba como ausente, los ojos abiertos, pero perdidos, sin entender el mundo. Durante unos segundos ni parpadeó, atrapado entre el sueño y la pesadilla.
Hospital infantil… Hospital universitario… acertó a decir, como si cada palabra le desgarrara la garganta.
El hospital quedaba demasiado lejos para alguien que acababa de escuchar lo peor que a uno le pueden decir.
Don Federico pisó a fondo; el coche iba dando bandazos, los semáforos no importaban ya: rojo o verde, todo daba igual.
En un cruce, un todoterreno negro surgió de la nada, atravesándoles el paso. Los separaron apenas unos centímetros del desastre. Don Federico giró el volante de golpe, el coche resbaló de lado, los neumáticos chillaron, saltaron chispas bajo los frenos.
El otro coche desapareció veloz, dejando tras de sí olor a goma quemada y la certeza de que la muerte les había rozado, a un suspiro.
Daniel ni lo notó.
Las lágrimas no cesaban. Encogido, con el puño en la boca, intentaba no desmoronarse.
Y, entonces, un fogonazo, como si alguien le encendiera un carrete de recuerdos.
Vio a Alba con tres años, con una anginas tan fuertes que el termómetro asustaba a cualquiera. La ambulancia le puso una inyección, recomendaron supositorios. La pequeña Alba de pie en la cama, con el pijama de conejitos, empapada de sudor y lágrimas. Carmen, llevándose media hora convenciéndola. Alba, sollozando, frotándose los ojos, al final cedió y con voz triste dijo:
Vale, ponlo, pero ¡no lo enciendas!
Daniel cayó al suelo de la risa. Apenas unos días antes habían ido a la iglesia, y la pequeña se había quedado con que las velas se encienden.
Don Federico sacó el coche a la Gran Vía, larga y brillante por las farolas del atardecer, fría como el filo de una navaja.
Y la memoria siguió martilleando.
Un par de semanas después, Alba trepó al armario ropero enorme. Monita traviesa. Llegó casi al techo y gritaba arriba toda orgullosa. De pronto, el armario empezó a inclinarse, despacio y con un ruido aterrador. ¡Bum! Cuerpo pesado al suelo. Carmen gritó, Daniel se lanzó adelante, pero fue tarde. El golpe lo llenó todo.
Alba sobrevivió: moratones, lágrimas, susto y una tableta de chocolate gigante para ahogarle el llanto.
Al ver el chocolate, Alba cambió de chip al instante, como si le apretaran el botón mágico de la alegría. Se secó la nariz con la manga y preguntó:
¿Puedo dos de golpe?
El chocolate, para ella, era el botón de emergencia de la felicidad.
Daniel pensó entonces que si repartieran tabletas en los hospitales, la humanidad ya habría inventado la inmortalidad.
Después, en casa, la calma del anochecer, la lámpara encendida con luz suave.
Carmen dice:
Mañana vamos a la iglesia, ponemos una vela para la salud.
Y Alba, seria como nunca, pregunta:
¿En el culo también?
Carmen se tapó la cara, Alba los miraba a ambos con cara de ¿de qué os reís tanto?.
Y ahí, en el coche, esa frase ingeniosa se le clavó en el corazón. Porque era en esos detalles absurdos donde estaba la vida.
La suya.
El jefe logró llevar a Daniel hasta la puerta del hospital. Aparcaron bruscamente, como si el coche no pudiera esperar ni un segundo.
Alba está viva fue lo primero que escuchó Daniel. Se la han llevado directa a la UCI; los médicos no han dicho nada más en horas.
Dejaron pasar a Carmen. A Daniel solo le quedaba rezar y esperar.
——
Era la una de la madrugada, esa hora en la que el mundo entero parece estar en pausa y uno se siente absolutamente solo. Daniel levantó la cabeza y buscó con la mirada la ventana del segundo piso, donde su hija luchaba por su vida.
En la ventana, como en una secuencia de película, apareció Carmen. Inmóvil, los brazos pegados al cuerpo, la mirada fija, atravesando el cristal. Ni un gesto, ni un suspiro, ni intención de coger el móvil.
Daniel saludó con la mano, como si pudiera despejar el miedo con un simple gesto. Llamó, no le cogió. Solo lo miraba, fantasma de amor que temía desaparecer al menor movimiento.
Entonces sonó su móvil. Un pitido seco, frío.
Le dijeron solo:
Entre.
Y colgaron.
El terror lo envolvió tan denso que el aire pareció gelatina. Intentó ponerse en pie, pero las piernas no le respondían. El suelo parecía retenerlo, como si quisiera que no viviera ese momento, que no escuchara la peor noticia.
Sabía que tenía que ir, pero no podía avanzar, congelado.
En ese momento salió una enfermera. Joven, cansada, con unas zapatillas gastadas. Se acercó a él.
Daniel la miró y por dentro se le vino todo abajo.
Ya está. Era el final. Ahora ella se lo diría.
La enfermera se inclinó, habló bajito, pero firme, como quien anuncia una sentencia luminosa:
Va a vivir. Ha pasado lo peor…
El mundo se tambaleó.
Los labios le temblaban, se volvieron ajenos, sin fuerza. Intentó decir algo, aunque fuera un gracias, un Dios mío, al menos respirar. Pero sólo se le agitaban las comisuras de la boca, las manos sacudidas, y las lágrimas húmedas le recorrían la cara.
—-
Desde aquella noche, para Daniel, pocas cosas siguieron importando.
Ya no temía perder el trabajo. Ni hacer el ridículo, ni parecer torpe, ni quedarse sin palabras.
Lo que realmente le sostenía era el recuerdo de esa noche. Saber que todo puede hacerse añicos en un segundo. Saber lo fácil que se puede ir quien es tu razón para todo
Todo lo demás perdió peso.
Como si el mundo de Antes y el de Después estuvieran separados por una línea finísima de miedo.
Todos los otros miedos, de pronto, ya no significaban nada se disolvieron, como un ruido sin sentido antes del silencio verdadero.







