Negro. El bullicio de la ciudad le resultaba increíblemente irritante. Olalla vivía en el centro, en un décimo piso; el rugido de los coches, los aires acondicionados de los vecinos, las voces humanas. Además, aguantaba un calor insoportable, así que ni de broma se podían cerrar las ventanas. La vacaciones solo duraban dos semanas, pero esperaba al menos alejarse, aunque fuera un poco, de la rutina de oficina, tan parecida a una colmena donde todos van de un lado a otro hablando, cotilleando, luchando por un rincón bajo el sol. Solo deseaba calma y silencio. A sus cuarenta y seis años, Olalla vivía sola en un piso grande y estaba harta del ajetreo urbano. Decidió que merecía la pena alquilar una casita en algún pueblo y desconectar unos días de la civilización. La búsqueda fue larga, pero al final encontró lo que parecía encajar: un pequeño pueblo a ciento cincuenta kilómetros de una gran ciudad, buen precio, y la casa, en las fotos, tenia buen aspecto. Tras hablar con los dueños, Olalla decidió ir. *** El pueblo la recibió con aromas de hierba, zumbidos de insectos, ladridos de perros y la mirada curiosa de los vecinos. La casa era pequeña, pero acogedora. La dueña, una señora de unos sesenta años, le explicó todo y le dio las llaves. —Disfruta del descanso, aquí estamos muy bien. —Gracias, es justo lo que necesito. El pueblo tenía pocos habitantes, sobre todo pensionistas. En el jardín de su casita crecían cerezos y flores, aunque ya un poco descuidados. La vieja verja de madera estaba torcida, lo que le daba cierto encanto. Olalla se animó a pasear por el pueblo y explorar los alrededores. Había pocos vecinos y todos la miraban sorprendidos, aunque sin hostilidad. En el centro, se topó con una tiendecita y decidió entrar. Tras el mostrador había una vendedora de unos cincuenta años. La tienda no tenía muchas cosas: leche, pan, embutido, productos de limpieza. Olalla se acercó al mostrador. —¿Qué buscas? —preguntó la dependienta. —Estoy pensando qué comprar para desayunar. Pésame unos trescientos gramos de ese embutido. Y pan, si tienes reciente. —¿De dónde eres? —la vendedora tuteó a Olalla de inmediato. —He alquilado una casita aquí una semana, estoy de vacaciones. Me llamo Olalla. —María. ¿Y qué casa? —La número veintitrés, está aquí cerca. —Ah —respondió María, pensativa— la casa de la abuela Eufrasia. Valiente eres. —¿Por qué? ¿Quién era Eufrasia? Yo la alquilé con Ana. —Ana es su hija, vive en la ciudad. La abuela murió hace justo un año. Decían que era bruja. ¿No te da miedo dormir en su casa? —¿Bruja? ¿Cuidaba de los demás? —No, a nadie curó; todos le temían. Tenía una amiga, Clava, que vive justo enfrente, muy viejecita, y con ella sí charlaba. Si quieres, pregunta a Clava y quizá te cuente algo más. Pero esa casa es oscura. Una vez vinieron unos veraneantes, a los dos días se largaron sin contar por qué… Dicen que allí se pasa mal, que es muy incómoda. —Pues a mí la casa me parece acogedora, aunque el jardín esté un poco descuidado… pero solo estoy unos días. Huía de la ciudad, quería desconectar una semana. —Te entiendo. Pero ten cuidado por si acaso. —Gracias —recogió Olalla el embutido y el pan, y fue hacia la puerta. —Y no salgas a pasear de noche —añadió María a voces—: hay muchos perros sueltos y se cuela cualquier bicho del monte. *** El día se iba apagando. Olalla iba a dormir por primera vez en aquel sitio nuevo. Cerró bien ventanas y puertas; dormir sola en casa ajena daba un poco de miedo. De vez en cuando ladraban perros, y desde fuera llegaba el canto de grillos y trinos de pájaros. Preparó una cena ligera. Abrió un libro de la estantería de la dueña y se tumbó en el sofá. Fue quedándose dormida bajo la manta. Pero no pudo pegar ojo. De repente, escuchó un golpe. El corazón se le desbocó y se le esfumó el sueño. Escudriñaba la oscuridad pendiente de cualquier sonido. “Serán ratones”, pensó. No le daban especial miedo, aunque no era agradable. Pero en el campo es lo normal. El golpe se repitió. Débil, casi un susurro. “¿Y si alguien ha entrado?” El corazón aún más acelerado, Olalla temía moverse. Luego algo cayó en la cocina. Se quedó inmóvil, sin saber qué hacer. Si había alguien, mejor ni asomarse. El ruido no se repitió, pero no pudo dormir hasta el amanecer. Ya de día, cuando el sol llenó la habitación, se sintió tranquila y el miedo se disipó. Se levantó y fue a la cocina. No vio nada caído. Pero sí la asustó algo: sobre la mesa, había una margarita seca. Olalla estaba segura de que no estaba allí el día anterior. Revisó ventanas y puertas, todo cerrado. ¿Quién entró? ¿Quién dejó la flor? ¿Cómo, si todo estaba bien cerrado? La inquietud crecía. “¿Y si ayer ya estaba ahí y no me di cuenta?” Recordó entonces lo que le había contado María: “Su dueña era bruja”. “Bah, qué tontería, qué misticismos…” Olalla intentó apartar esos pensamientos. Siempre había sido racional y no creía en brujas. Pasó el día paseando por el campo. Pero al caer la tarde tenía que volver. Revisó ventanas y cerraduras y se fue a la cama. No lograba dormir, escuchaba la quietud, atenta a cada pequeño ruido. Y llegó: otro leve ruido; había alguien en la cocina. Helada de miedo, Olalla apenas respiraba. ¿Alguien había entrado? ¿Un fantasma de bruja? No, eso no existe. No pegó ojo. Al día siguiente decidió que solo tenía dos opciones: irse antes de tiempo, o averiguar qué estaba pasando. *** Al día siguiente fue a la tienda y compró una linterna. No le dijo a María nada de lo ocurrido, para no hacer el ridículo o para que no volvieran con historias de brujas. De día, la casa parecía tranquila; ningún objeto extraño, todo en su sitio. Al anochecer montó guardia en la cocina, sentada en un rincón. La noche fue cayendo, y cuanto más oscuro y silencioso se hacía, más miedo tenía. Varias veces pensó marcharse a la habitación, pero la curiosidad era más fuerte. La oscuridad era ya total cuando escuchó un sonido. Alguien estaba en la cocina. La puerta no se abrió, pero allí había alguien. Desde un armario cayó una taza contra el suelo. Olalla encendió la linterna temblando y la dirigió hacia el ruido. Un gato la miraba. Un gato negro, grande. Sus ojos verdes brillaban con miedo y curiosidad. Era solo un gato. Olalla soltó una risa nerviosa. —¿Y tú de dónde sales? Por supuesto, el gato no contestó. Dudó un instante y desapareció en la oscuridad. Olalla suspiró aliviada. Pero, ¿qué hacía un gato en una casa cerrada? ¿Cómo había entrado y a dónde fue? A la mañana siguiente decidió hablar con la vecina de enfrente. En la verja le esperaba una ancianita muy simpática, que la miraba con curiosidad. —Buenos días —saludó Olalla—. Estoy alquilando la casa de enfrente. —Buenos días —la mujer no pareció animarse a charlar más. —Verá, es que por las noches me visita un gato. ¿Sabe de quién es? —De Eufrasia. Ella ya murió, y el gato, Negro —lo llaman así—, se quedó solo. Ana no lo quiere y va dando vueltas por ahí. Era el compañero de Eufrasia. Pasó el invierno como pudo. A veces le doy algo de comer. No olvida su casa, busca a la dueña. Da penilla. —Ay, me dio un susto… Me han contado cosas de su dueña, que era bruja… La viejecita calló. —Buen gato —dijo de repente—. Eufrasia le quería, le ayudaba. No se acerca a la gente mala. Es listo. A ti te eligió. Llévatelo. —¿Llevarme al gato? —Llévatelo. Igual te trae suerte. —La vecina se dio la vuelta y se metió en casa. Olalla se quedó pensativa. Jamás se había planteado tener gato, y menos uno adulto y ajeno… Pero pensó que podía, al menos mientras estuviera allí, darle de comer. En la tienda compró pienso, aunque baratito, no había otra cosa. Lo puso en un cuenco en la cocina. Por la noche el gato se lo comió todo. *** Solo quedaba un día hasta la marcha. Olalla se sentía descansada. Aquella pequeña aventura le había dado energías. El contraste con la ciudad le había sentado bien. La última noche puso otro cuenco de pienso en la cocina y se preparó una infusión para dormir. De pronto vio algo moverse: el gato negro entró despacio en la cocina, miró a Olalla, a la comida y maulló. Probó unos bocados, levantó la vista hacia ella y luego se acercó con timidez, frotándose contra sus piernas. —Hola, Negro, por fin nos conocemos. Ya lograste asustarme. Mañana me marcho. —El gato maulló, saltó a su regazo y se dejó caer allí tan a gusto. Se quedó allí acurrucado, ronroneando, hasta que se marchó solo. A la mañana siguiente, Olalla recogió sus cosas. Faltaba una hora para el autobús. Anne le había pedido dejar las llaves en el buzón. Dio una última vuelta por la casa para ver si olvidaba algo, cerró la puerta y se encaminó a la verja. Allí estaba el gato. La miraba. —¿Vienes a despedirte? El gato maulló y se acercó más. Olalla se detuvo. Le dio pena dejar a Negro, solo, sin nadie que le quisiera. —Bueno, yo no soy muy de gatos y mi casa está en la ciudad… Pero, ¿y si te llevo conmigo? El gato corrió hacia ella, se frotó contra sus piernas. —Vaya tela. Pues venga, vámonos. —Olalla lo cogió en brazos y él ni se inmutó. El viaje fue largo y con transbordos. Negro fue todo el trayecto tranquilo, sin intentar escaparse. Al llegar a casa, Olalla lo soltó en el suelo y él exploró poquito a poco su nuevo hogar. *** Negro resultó ser un gato limpio e inteligente. Por la noche dormía junto a Olalla, de día se acomodaba en su regazo, ronroneando suave. Desde entonces, Olalla ya no se sintió sola: había encontrado un amigo muy especial.

Negro.

El bullicio de la ciudad era como un eco interminable dentro de la cabeza de Cecilia. Vivía en el centro de Madrid, en un décimo piso, rodeada por el rumor incesante de coches, los zumbidos de los aires acondicionados de los vecinos y las voces entrelazadas de los viandantes que se deslizaban entre las aceras bajo la abrasadora canícula. Imposible cerrar las ventanas, hubiese sido como ahogarse. Apenas dos semanas de vacaciones tras un año en una oficina que era como un enjambre, con todos circulando, murmurando, compitiendo por una pizca de luz solar artificial bajo fluorescentes. Cecilia ansiaba el silencio, un respiro sosegado. A sus cuarenta y seis años, habitaba sola un piso demasiado grande y la vida urbana la tenía exhausta.

Pensó entonces que lo mejor sería alquilar una casita en algún rincón perdido de Castilla, fundirse con ese horizonte de hierbas secas y cigarras. Tras mucho buscar, halló un pueblo diminuto a unos ciento cincuenta kilómetros de Madrid, el precio en euros le resultó razonable y en las fotos la casa parecía acogedora. Habló por teléfono con los propietarios y decidió marcharse.

***
El pueblo la recibió envuelto en fragancias de tomillo, grillos, ladridos dispersos y miradas curiosas de ancianos. La casita era humilde pero llena de calor. La dueña, una mujer de unos sesenta, le mostró todo y le entregó las llaves entre risas suaves.

Disfruta de tu estancia, aquí se vive bien.
Gracias, creo que era justo lo que necesitaba.

La aldea apenas tenía vida: apenas quedaban más que jubilados agrupados en bancos a la sombra. En el jardín de la casa de Cecilia crecían guindos y unos parterres olvidados. La verja de madera estaba inclinada, dándole al lugar aún más cuento.

Cecilia salió a callejear por las cuatro calles retorcidas del pueblo, siendo observada divertida pero sin sombra de hostilidad por los habitantes. En el centro, detrás de la iglesia, divisó una tiendecita y entró, buscando suministros. Tras el mostrador, una mujer de pelo recogido, de unos cincuenta años, la recibió.

¿Qué buscas, guapa? le preguntó.
Algo para desayunar, creo. Ponme unos trescientos gramos de chorizo y un pan bien fresco.
¿De dónde eres? se coló enseguida en el tuteo.
En realidad, vengo de Madrid, he alquilado la casa de la esquina para pasar la semana. Me llamo Cecilia.
Luisa. ¿La casa veintitrés?
Esa misma.
Ah, la de la abuela Eulalia contestó Luisa, alargando la a final como arrastrando un suspiro florido. Valiente eres.
¿Por qué? ¿Quién era Eulalia? A mí me alquiló la hija, Ana.
Ana vive en la capital, sí. Pero Eulalia, la viejita, falleció hace un año. Decían aquí que era bruja, ¿sabes? ¿Y no te da miedo?
¿Bruja? ¿Curaba a la gente?
No, nadie se atrevía a que les curara. Todos la temían, hasta que murió. Solo hablaba con su amiga, Clara, que vive enfrente. Puedes preguntarle cosas si te atreves. Esa casa siempre nos dio mala espina. Alguna vez vinieron forasteros como tú, y se iban antes del segundo día, sin explicar gran cosa. De noche es un sitio oscuro y extraño, fíjate lo que te digo.
Pues fíjate que me pareció acogedora, pese al jardín descuidado. Además, no estaré más que una semana. Busco algo de aire lejos de Madrid.
Bueno, solo cuídate. Nunca se sabe.
Gracias dijo Cecilia, cogiendo el pan y el chorizo antes de dirigirse hacia la puerta.
Y no salgas de noche añadió Luisa en tono casi cómplice. Hay muchos perros sueltos y bichos de monte que se cuelan cuando cae el sol.

***
Al caer la tarde, Cecilia se preparó para su primera noche en la casa. Bajó todas las persianas, cerró puertas y ventanas: dormir sola bajo techo ajeno y antiguo tenía su aquel. Los ladridos llegaban como de otro mundo, y de vez en cuando los grillos tejían una música aguda. Preparó una cena ligera y se tumbó en el sofá con un libro que encontró en la estantería. Poco a poco, la calidez de la manta la envolvió hasta que el sueño fue roto en mil trozos por el sonido de un golpecito. El corazón se le aceleró, no quedaba ni una mota de somnolencia. Cada sonido se volvió sagrado y sospechoso.

Ratones, seguro, pensó, no sin disgusto. No les temía, pero tampoco los apreciaba. En los pueblos, ya sabe uno lo que hay.

El ruido regresó, apenas un suspiro, de nuevo. ¿Y si alguien ha entrado? El miedo le paralizó. Cuando algo cayó en la cocina, se quedó rígida, midiendo cada movimiento. Si hay un ladrón, mejor no cruzárseme. El silencio se hizo tras el sobresalto, y así, desvelada y atenta, Cecilia aguardó el alba. Solo cuando las luces comenzaron a difuminar la noche, cerró brevemente los ojos.

Se despertó a las once. El sol dibujaba sombras alegres por la habitación. Caminó a la cocina: todo en orden excepto por una margarita seca, olvidada sobre la mesa. Cecilia recordaba perfectamente que la noche anterior allí no estaba. Comprobó puertas, ventanas: todo estaba cerrado.

¿Quién había entrado? ¿Cómo era posible? ¿O era todo fruto de su cansancio? Recordó las palabras de Luisa: Era bruja, Eulalia. Intentó desechar la idea, convencida de que todas esas supersticiones no tenían cabida en su mente ordenada.

Ese día paseó por los caminos de cereal, empapada del aire incesante. Pero por la noche, la inquietud le volvió. Chequeó cerraduras, comprobó compuertas. Aun así, el sueño no vino, y la quietud se convirtió en un susurro vibrante. Un ruido minúsculo, otra vez en la cocina. Cecilia se quedó quieta, apenas respirando. ¿Un espíritu? ¿O solo un animal? No durmió. Por la mañana, solo quedaba el cansancio y una certeza: debía decidir, marcharse o descubrir qué pasaba.

***
Al día siguiente, lo primero fue comprar una linterna en la tienda. No mencionó nada a Luisa: temía que la tomaran por loca y al final acabara entre cuentos de brujas. De día, la casa olía a fruta madura y no pasaba nada raro. Pero al caer la noche, Cecilia se apostó en el rincón más oscuro de la cocina, linterna en mano, dispuesta a asaltar el misterio.

La noche avanzaba, el viento parecía querer colarse por la rendija, y la soledad era un pájaro enorme. Cuando todo era ya negrura absoluta, un ruido: la taza cayó del armario cercano al hornillo. Con el susto metido en la sangre, encendió la linterna: Dos ojos verdes la miraban, fijos y profundos. Era un gato. Enorme, negro y precioso. Solo un gato.

¿Y tú de dónde sales? murmuró con una risa trémula.

El gato no contestó, solo saltó y se perdió bajo la sombra.

A la mañana siguiente, Cecilia fue a consultar a la vecina de enfrente. En la verja la aguardaba una anciana de pequeños ojos chispeantes.

Buenos días, saludó Cecilia. Encantada, estoy alquilando la casa de enfrente.
Buenos, dijo la señora sin más.
Verá, todas las noches aparece un gato negro en la cocina, ¿sabe de quién es?
De Eulalia. Eulalia dejó ese gato, Negro se llama respondió, quedándose pensativa. Ana no le quiere, así que va vagando por el pueblo. Le ayudo lo que puedo, pero siempre vuelve a su casa, buscando a su ama. Tiene pena. Ayudaba a Eulalia, dicen que era su compañero. Es un gato listo. Parece que te ha elegido, deberías llevártelo.
¿Llevarlo conmigo?
Quizás te traiga suerte musitó la vieja, dándose la vuelta.

Cecilia no tenía intención de adoptar un gato, menos uno ajeno y ya adulto. Pero decidió que al menos durante su estancia lo alimentaría. En la tienda compró algo de comida para gatos la única marca barata, lo puso en un cuenco sobre la mesa de la cocina. Por la noche, Negro devoró la comida.

***
El último día en el pueblo, Cecilia vio el mundo desde otra altura: sentía la ligereza de quien ha vivido algo extraño y secreto. Por la tarde, mientras tomaba un té, vio el movimiento entre las sombras: Negro apareció sigiloso, la miró, maulló agradecido, comió, y luego, sin dudar, se le acercó, se acurrucó y comenzó a ronronear fuerte sobre sus rodillas.

Vaya, Negro, mira que asustarme así. Pero mañana me marcho.

El gato la miró serio, luego saltó a su regazo y se acurrucó, ronroneando. Así se quedaron hasta tiempo indefinido, flotando en un paréntesis de sueño.

Por la mañana empaquetó sus cosas. Quedaba solo esperar el autobús, dejar las llaves como Ana había indicado. Salió de la casa despacio. Negro la esperaba junto al portón.

¿Me acompañas?

Negro maulló y se restregó contra sus piernas. Cecilia se la quedó mirando. ¿Y si? Sin realmente pensarlo más, lo tomó en brazos y Negro ni siquiera protestó.

El trayecto hasta Madrid fue extraño: Negro quieto, vigilante, acurrucado en su regazo, como si fuesen dos extraviados en la madrugada absoluta.

En el piso, lo bajó al suelo y el gato se adentró en la casa como explorador de lo invisible. Empezó su nuevo reino, despacio y propio.

***
Negro resultó ser un gato educado e inteligente. Por las noches dormía cerca de Cecilia, de día se enroscaba en sus piernas, ronroneando quedamente. La ciudad ya no le pesaba tanto: con ese extraño compañero, la soledad era solo otra sombra de la que reírse suave, como en un sueño donde todo termina bien.

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Negro. El bullicio de la ciudad le resultaba increíblemente irritante. Olalla vivía en el centro, en un décimo piso; el rugido de los coches, los aires acondicionados de los vecinos, las voces humanas. Además, aguantaba un calor insoportable, así que ni de broma se podían cerrar las ventanas. La vacaciones solo duraban dos semanas, pero esperaba al menos alejarse, aunque fuera un poco, de la rutina de oficina, tan parecida a una colmena donde todos van de un lado a otro hablando, cotilleando, luchando por un rincón bajo el sol. Solo deseaba calma y silencio. A sus cuarenta y seis años, Olalla vivía sola en un piso grande y estaba harta del ajetreo urbano. Decidió que merecía la pena alquilar una casita en algún pueblo y desconectar unos días de la civilización. La búsqueda fue larga, pero al final encontró lo que parecía encajar: un pequeño pueblo a ciento cincuenta kilómetros de una gran ciudad, buen precio, y la casa, en las fotos, tenia buen aspecto. Tras hablar con los dueños, Olalla decidió ir. *** El pueblo la recibió con aromas de hierba, zumbidos de insectos, ladridos de perros y la mirada curiosa de los vecinos. La casa era pequeña, pero acogedora. La dueña, una señora de unos sesenta años, le explicó todo y le dio las llaves. —Disfruta del descanso, aquí estamos muy bien. —Gracias, es justo lo que necesito. El pueblo tenía pocos habitantes, sobre todo pensionistas. En el jardín de su casita crecían cerezos y flores, aunque ya un poco descuidados. La vieja verja de madera estaba torcida, lo que le daba cierto encanto. Olalla se animó a pasear por el pueblo y explorar los alrededores. Había pocos vecinos y todos la miraban sorprendidos, aunque sin hostilidad. En el centro, se topó con una tiendecita y decidió entrar. Tras el mostrador había una vendedora de unos cincuenta años. La tienda no tenía muchas cosas: leche, pan, embutido, productos de limpieza. Olalla se acercó al mostrador. —¿Qué buscas? —preguntó la dependienta. —Estoy pensando qué comprar para desayunar. Pésame unos trescientos gramos de ese embutido. Y pan, si tienes reciente. —¿De dónde eres? —la vendedora tuteó a Olalla de inmediato. —He alquilado una casita aquí una semana, estoy de vacaciones. Me llamo Olalla. —María. ¿Y qué casa? —La número veintitrés, está aquí cerca. —Ah —respondió María, pensativa— la casa de la abuela Eufrasia. Valiente eres. —¿Por qué? ¿Quién era Eufrasia? Yo la alquilé con Ana. —Ana es su hija, vive en la ciudad. La abuela murió hace justo un año. Decían que era bruja. ¿No te da miedo dormir en su casa? —¿Bruja? ¿Cuidaba de los demás? —No, a nadie curó; todos le temían. Tenía una amiga, Clava, que vive justo enfrente, muy viejecita, y con ella sí charlaba. Si quieres, pregunta a Clava y quizá te cuente algo más. Pero esa casa es oscura. Una vez vinieron unos veraneantes, a los dos días se largaron sin contar por qué… Dicen que allí se pasa mal, que es muy incómoda. —Pues a mí la casa me parece acogedora, aunque el jardín esté un poco descuidado… pero solo estoy unos días. Huía de la ciudad, quería desconectar una semana. —Te entiendo. Pero ten cuidado por si acaso. —Gracias —recogió Olalla el embutido y el pan, y fue hacia la puerta. —Y no salgas a pasear de noche —añadió María a voces—: hay muchos perros sueltos y se cuela cualquier bicho del monte. *** El día se iba apagando. Olalla iba a dormir por primera vez en aquel sitio nuevo. Cerró bien ventanas y puertas; dormir sola en casa ajena daba un poco de miedo. De vez en cuando ladraban perros, y desde fuera llegaba el canto de grillos y trinos de pájaros. Preparó una cena ligera. Abrió un libro de la estantería de la dueña y se tumbó en el sofá. Fue quedándose dormida bajo la manta. Pero no pudo pegar ojo. De repente, escuchó un golpe. El corazón se le desbocó y se le esfumó el sueño. Escudriñaba la oscuridad pendiente de cualquier sonido. “Serán ratones”, pensó. No le daban especial miedo, aunque no era agradable. Pero en el campo es lo normal. El golpe se repitió. Débil, casi un susurro. “¿Y si alguien ha entrado?” El corazón aún más acelerado, Olalla temía moverse. Luego algo cayó en la cocina. Se quedó inmóvil, sin saber qué hacer. Si había alguien, mejor ni asomarse. El ruido no se repitió, pero no pudo dormir hasta el amanecer. Ya de día, cuando el sol llenó la habitación, se sintió tranquila y el miedo se disipó. Se levantó y fue a la cocina. No vio nada caído. Pero sí la asustó algo: sobre la mesa, había una margarita seca. Olalla estaba segura de que no estaba allí el día anterior. Revisó ventanas y puertas, todo cerrado. ¿Quién entró? ¿Quién dejó la flor? ¿Cómo, si todo estaba bien cerrado? La inquietud crecía. “¿Y si ayer ya estaba ahí y no me di cuenta?” Recordó entonces lo que le había contado María: “Su dueña era bruja”. “Bah, qué tontería, qué misticismos…” Olalla intentó apartar esos pensamientos. Siempre había sido racional y no creía en brujas. Pasó el día paseando por el campo. Pero al caer la tarde tenía que volver. Revisó ventanas y cerraduras y se fue a la cama. No lograba dormir, escuchaba la quietud, atenta a cada pequeño ruido. Y llegó: otro leve ruido; había alguien en la cocina. Helada de miedo, Olalla apenas respiraba. ¿Alguien había entrado? ¿Un fantasma de bruja? No, eso no existe. No pegó ojo. Al día siguiente decidió que solo tenía dos opciones: irse antes de tiempo, o averiguar qué estaba pasando. *** Al día siguiente fue a la tienda y compró una linterna. No le dijo a María nada de lo ocurrido, para no hacer el ridículo o para que no volvieran con historias de brujas. De día, la casa parecía tranquila; ningún objeto extraño, todo en su sitio. Al anochecer montó guardia en la cocina, sentada en un rincón. La noche fue cayendo, y cuanto más oscuro y silencioso se hacía, más miedo tenía. Varias veces pensó marcharse a la habitación, pero la curiosidad era más fuerte. La oscuridad era ya total cuando escuchó un sonido. Alguien estaba en la cocina. La puerta no se abrió, pero allí había alguien. Desde un armario cayó una taza contra el suelo. Olalla encendió la linterna temblando y la dirigió hacia el ruido. Un gato la miraba. Un gato negro, grande. Sus ojos verdes brillaban con miedo y curiosidad. Era solo un gato. Olalla soltó una risa nerviosa. —¿Y tú de dónde sales? Por supuesto, el gato no contestó. Dudó un instante y desapareció en la oscuridad. Olalla suspiró aliviada. Pero, ¿qué hacía un gato en una casa cerrada? ¿Cómo había entrado y a dónde fue? A la mañana siguiente decidió hablar con la vecina de enfrente. En la verja le esperaba una ancianita muy simpática, que la miraba con curiosidad. —Buenos días —saludó Olalla—. Estoy alquilando la casa de enfrente. —Buenos días —la mujer no pareció animarse a charlar más. —Verá, es que por las noches me visita un gato. ¿Sabe de quién es? —De Eufrasia. Ella ya murió, y el gato, Negro —lo llaman así—, se quedó solo. Ana no lo quiere y va dando vueltas por ahí. Era el compañero de Eufrasia. Pasó el invierno como pudo. A veces le doy algo de comer. No olvida su casa, busca a la dueña. Da penilla. —Ay, me dio un susto… Me han contado cosas de su dueña, que era bruja… La viejecita calló. —Buen gato —dijo de repente—. Eufrasia le quería, le ayudaba. No se acerca a la gente mala. Es listo. A ti te eligió. Llévatelo. —¿Llevarme al gato? —Llévatelo. Igual te trae suerte. —La vecina se dio la vuelta y se metió en casa. Olalla se quedó pensativa. Jamás se había planteado tener gato, y menos uno adulto y ajeno… Pero pensó que podía, al menos mientras estuviera allí, darle de comer. En la tienda compró pienso, aunque baratito, no había otra cosa. Lo puso en un cuenco en la cocina. Por la noche el gato se lo comió todo. *** Solo quedaba un día hasta la marcha. Olalla se sentía descansada. Aquella pequeña aventura le había dado energías. El contraste con la ciudad le había sentado bien. La última noche puso otro cuenco de pienso en la cocina y se preparó una infusión para dormir. De pronto vio algo moverse: el gato negro entró despacio en la cocina, miró a Olalla, a la comida y maulló. Probó unos bocados, levantó la vista hacia ella y luego se acercó con timidez, frotándose contra sus piernas. —Hola, Negro, por fin nos conocemos. Ya lograste asustarme. Mañana me marcho. —El gato maulló, saltó a su regazo y se dejó caer allí tan a gusto. Se quedó allí acurrucado, ronroneando, hasta que se marchó solo. A la mañana siguiente, Olalla recogió sus cosas. Faltaba una hora para el autobús. Anne le había pedido dejar las llaves en el buzón. Dio una última vuelta por la casa para ver si olvidaba algo, cerró la puerta y se encaminó a la verja. Allí estaba el gato. La miraba. —¿Vienes a despedirte? El gato maulló y se acercó más. Olalla se detuvo. Le dio pena dejar a Negro, solo, sin nadie que le quisiera. —Bueno, yo no soy muy de gatos y mi casa está en la ciudad… Pero, ¿y si te llevo conmigo? El gato corrió hacia ella, se frotó contra sus piernas. —Vaya tela. Pues venga, vámonos. —Olalla lo cogió en brazos y él ni se inmutó. El viaje fue largo y con transbordos. Negro fue todo el trayecto tranquilo, sin intentar escaparse. Al llegar a casa, Olalla lo soltó en el suelo y él exploró poquito a poco su nuevo hogar. *** Negro resultó ser un gato limpio e inteligente. Por la noche dormía junto a Olalla, de día se acomodaba en su regazo, ronroneando suave. Desde entonces, Olalla ya no se sintió sola: había encontrado un amigo muy especial.
Encontrarás tu destino. No hay que apresurarse, todo llega a su tiempo. Polina tenía una antigua y algo descabellada tradición: cada año, en vísperas de Año Nuevo, acudía a una adivina. Vivir en una gran ciudad hacía fácil encontrar una nueva. El caso era que se sentía sola. Por más que intentaba conocer a un joven honorable, nunca tenía suerte; parecía que todos los caballeros ya estaban comprometidos… —¡Este año encontrarás tu destino! —le vaticinó solemnemente la adivina de ojos oscuros, mirando su cristal reluciente. —¿Dónde? ¿Dónde lo encontraré? —insistió Polina—. Cada año me dicen lo mismo, el tiempo pasa y mi destino nunca llega. Me recomendaron acudir a ti por ser la más poderosa; ¡exijo que me digas el sitio exacto! Si no, te caerá la peor publicidad posible… —amenazó la joven. La adivina rodó los ojos, consciente de que tenía delante a una clienta difícil. Sabía que si no le mentía, ella se quedaría allí todo el día, bloqueando la cola de quienes buscaban conocer su destino. —¡En un tren lo encontrarás! —decretó con los ojos cerrados—. Lo veo claramente: alto, rubio y muy guapo, como un príncipe de cuento… —¡Vaya! —exclamó la chica, ilusionada—. ¿En qué tren y cuándo? —Antes de Nochevieja —se burló la adivina—. Ve a la estación; tu corazón te indicará el destino… —¡Gracias! —respondió feliz Polina. Salió de la consulta, tomó un taxi y se dirigió a la estación. Allí, frente a la taquilla, su entusiasmo disminuyó. Miraba los horarios sin entender qué billete pedir. —¡Vamos, di! —la cajera la sacó de su ensimismamiento. —A Córdoba… Para el treinta de diciembre. Vagón-cama, —balbuceó Polina. La joven ya se imaginaba sentada en su compartimiento, tomando té, cuando de repente se abre la puerta y aparece él, su futuro prometido… Al regresar a casa, Polina empezó a preparar las maletas con lo esencial: esa noche salía el tren. No pensaba en las consecuencias del viaje, ni en qué haría en Nochevieja en una ciudad desconocida. Solo quería que el pronóstico de la adivina se cumpliera lo antes posible. Sentirse inútil pesaba; sobre todo en días señalados. Todos acudían en familia a comprar para la cena, intercambiaban regalos… todos menos ella. Horas después, Polina estaba con su té en el compartimiento. Todo como lo había imaginado: solo faltaba esperar al “príncipe”. —¡Buenas! —saludó una anciana, arrastrando una enorme maleta—. ¿Dónde está mi asiento? —Aquí… —indicó Polina, algo confundida—. ¿Seguro que este es su vagón? —No me equivoco, cariño, —sonrió la señora y se acomodó. —Disculpe, déjeme pasar —susurró Polina, ya consciente de lo absurdo de la situación—. ¡Déjeme salir! He cambiado de idea, no quiero viajar. —Espera, que guardo la maleta, —replicó la anciana, sin comprender el drama. —Pues nada, ya arrancamos… —suspiró Polina—. ¿Y ahora qué? —¿Por qué quieres salir? ¿Olvidaste algo? —preguntó la señora. Polina ignoró el comentario y miró por la ventana, sabiendo que la situación era consecuencia de sus propias decisiones. Mientras tanto, Svetlana sacó unos pastelitos caseros de la maleta e invitó a su compañera. —He ido de visita a casa de mi hija —explicó—. Ahora parto urgente, pues mi hijo y su novia vendrán para Nochevieja. —Qué suerte… Yo seguro que la paso en la estación —murmuró Polina, triste. Palabra a palabra, se animó a contarle toda la historia a la anciana. —¡Qué tontería! ¿Para qué vas con esas farsantes? —le reprochó Svetlana—. Encontrarás tu destino. No hay que apresurarse. Todo llega a su tiempo… Al día siguiente, Polina bajó en un andén de ciudad desconocida. Ayudó amablemente a su compañera de viaje y se quedó sin saber qué hacer. —Gracias, Polina… ¡Feliz Año! —le deseó Svetlana. —Igualmente… —respondió Polina, con una sonrisa triste. La señora la observó, sin saber cómo animarla. Comprendía que comenzar el año en una estación no era la mejor perspectiva. —¡Ven a mi casa, Polina! —propuso de repente—. Decoramos el árbol, preparamos una cena especial… —Por favor… No quisiera molestar —dudó la joven. —¿Y en la estación sí te parece mejor? —sonrió la anciana—. Vamos, ¡hecho está! Al final, Polina aceptó la invitación. Svetlana tenía razón: una ventisca azotaba las calles y no tenía sentido quedarse en la estación. —Sasha y Liza ya están en casa —le guiñó la señora. Sasha vio llegar el taxi desde la ventana; salió corriendo a ayudar a su madre con la maleta. —Hola, Sasha, cariño. Traigo conmigo a una invitada, hija de una vieja amiga mía: Polina —la señora le guiñó el ojo cómplice. —¡Encantado! Pasa, Polina. Polina miró al joven rubio y alto, y se sonrojó. Era tal cual lo había imaginado en el tren. Pero quizás la suerte volvía a jugarle una mala pasada… —¿Dónde está Lizita? —preguntó la madre. —Mamá, Liza ya no está, ni volverá jamás. No quiero hablar de ello, ¿vale? —respondió serio Sasha. —Vale… —musitó la señora, confundida. Aquella noche, todos juntos despedían el año en torno a la mesa. —¿Te quedarás mucho tiempo, Polina? —sonrió Sasha, sirviéndole ensalada. —No, me voy por la mañana —contestó ella, triste. Pero no tenía ganas de irse tan pronto de esa casa acogedora. Sentía como si conociera a Svetlana y Sasha de toda la vida. —¿A dónde tienes tanta prisa? —se extrañó la anciana—. Quédate más, Polina. —De verdad, Polina, quédate. Tenemos una pista de hielo maravillosa; mañana por la tarde podemos ir. No te vayas tan deprisa —rogó Sasha. —Me habéis convencido —respondió Polina, sonriendo—. Me quedaré encantada. El siguiente Año Nuevo lo celebraron ya los cuatro: Svetlana, Sasha, Polina y el pequeño Artemio… ¿Y tú? ¿Crees en los milagros de Nochevieja?