Diario de Cristina, Madrid
No sé ni cómo empezar a desentramar todo esto que llevo dentro. A veces pienso en ese refrán que tanto repitieron las abuelas: A perro flaco todo son pulgas. Siempre creí que a mí no me tocaría; tenía fe en que la vida y la suerte me respetarían. Qué ingenuidad la mía. Todo empezó una vez, pero ojalá se hubiese quedado solo en una.
La primera vez que Fernando me fue infiel sentí la puñalada, pero, tras el enfado, terminé perdonándole. Venga, Cristina, una vez no es ninguna, me dije, convenciéndome de que cualquiera puede tener un desliz, que la crisis de los cuarenta pasa factura hasta en los mejores hombres. Decidí mirar hacia otro lado porque nunca antes le había notado nada raro. O quizá simplemente no quise verlo. Tenía mil cosas en la cabeza, dos hijos ya en el instituto y un negocio familiar que montamos juntos. Al principio, la empresa era mía, pequeña, modesta; él sugirió ampliarla, pedir un préstamo, empujar los dos para nuestra familia. Compartimos todo: la hipoteca del piso de tres habitaciones el suyo, en el centro de Madrid, de herencia de su abuela y la propiedad de la empresa, aunque legalmente estuviera a mi nombre. El dinero siempre se quedaba en casa.
Recuerdo que todo empezó, o mejor dicho, salió a la luz con Laura, la nueva secretaria: piernas largas, mirada dulce y descarada juventud. No me gustó desde el primer día.
Fernando, necesitamos en la recepción a alguien profesional, con experiencia y presencia seria, no a una modelo de pasarela recién salida de la universidad le dije.
Ay, Cristina, la juventud no es pecado, mujer bufó él. Además, viene de una empresa de renombre; experiencia tiene. Además, tú misma decías que para la entrada, la imagen es importante.
Le miré con desconfianza, pero cedí. Laura era educada, puntual y vestía formal. Vale, le di mi voto de confianza.
Pero a las pocas semanas Una tarde fui al supermercado cerca del trabajo; sábado venían amigos a cenar. Al volver pasé por la oficina y vi la luz encendida. ¿No había dicho que salía ya?, me pregunté. Aparqué, subí y, al abrir la puerta, me encontré con la escena: los dos en plena faena. Me quedé helada. Fernando se giró pálido y Laura intentó cubrirse torpemente.
Muy bonito, ¿eh? fue todo lo que atiné a decir. Que mañana no esté esta señorita ni media hora en la oficina. Contigo hablaremos en casa.
Me fui, aguantando el llanto hasta llegar al coche, donde estallé. Sentía que toda mi vida se deshacía, que todo lo que habíamos levantado juntos se desmoronaba. Él llegó poco después a casa, yo encerrada en la habitación.
Cris, perdóname. Sólo ha sido una vez, te lo juro, nunca más prometía a la puerta.
No dormí. Dudaba, discutía conmigo misma, ¿tirar todo por la borda? ¿Llevarme a los niños y buscarles la vida? Al fin y al cabo, Fernando era un padre ejemplar, les dedicaba más tiempo incluso que yo. Y, además lo admito, seguía enamorada.
Decidí pasar página, convencida de que Laura tuvo algo que ver, que fue ella la que le tentó, que él simplemente cayó ante el diablo. Llorando, acepté que le perdonaría.
Por la mañana, en la cocina, él me abrazaba suplicando disculpas. Repetía que era debilidad momentánea, que no se repetiría. No había ni pasado una semana cuando tuvimos que disfrazar felicidad para los amigos. Y yo, como tonta, pensando: Le daré otra oportunidad
Los meses pasaron. Un día pasé por su despacho a por unos papeles. Fernando había salido con un cliente y, por casualidad, escuché el pitido de un mensaje en su móvil, que se quedó iluminado en la mesa. Dudé, pero el impulso fue más fuerte. Lo que leí me dejó helada: una tal Miriam le escribía las mayores cursilerías y lo llamaba osito. Temblorosa llamé al número. Una voz de mujer contestó:
¡Hola, mi osito!
Colgué sin poder articular palabra. Ahora resulta que mi marido es el osito de otra, pensaba ardiendo por dentro. Cuando Fernando entró le lancé el móvil.
Llámala, osito y salí del despacho.
Ni recuerdo cuántos cigarrillos fumé después, a pesar de que hacía años lo había dejado. Decidí que esta vez sí, estaba fuera de mi vida. Pero volvía la duda: ¿Cómo separarse con hijos, con la casa, con la empresa, con una hipoteca? Volví a casa, y allí estaba él con un ramo de flores y los niños en el sofá, la imagen de la familia modelo. Cuando los niños se fueron a dormir, Fernando suplicó una vez más.
Esta mujer no deja de perseguirme, pero tú eres mi única, de verdad. Te lo juro.
¿Y desde cuándo llevas esto?
Nada, Cristina, mes y medio. Te lo suplico, es sólo una crisis, lo nuestro es la familia.
Volví a sentir que si me iba se iba todo por la borda, así que ideé mi castigo: la guerra fría matrimonial. Durante cuatro meses, revisaba su móvil, sus mensajes. Era una pesadilla de celos y sospechas. Aguanté hasta las vacaciones.
Nos fuimos unos días al mar, toda la familia, a un pequeño hostal en la costa andaluza. Paseos, playa, sol. Pensé que quizá, en ambiente relajado… Pero incluso allí lo hizo. Fui a comprar con el pequeño; él subió a la habitación de al lado, donde se alojaba una mujer sola que ya había mirado durante las comidas. Al volver, le vi salir de allí, sonriente, remetiéndose la camisa, mientras le decía:
Gracias, me ha encantado.
Al verme, se puso blanco.
Cristina, no es lo que crees
Repetimos el bucle: discusión, maletas y vuelta a casa en silencio. Los niños lo entendieron todo. En Madrid, me rogó una vez más, tan melodramático que por un momento fui yo quien se sintió culpable. Quizá no soy suficiente; si yo fuera mejor, no me engañaría
Estuve un tiempo casi creyendo que toda la culpa era mía hasta que, un día, la lucidez me invadió: Fernando siempre me ha mentido, y yo le he permitido hacerlo. Cada vez que me decía te quiero, me ablandaba, porque eso era lo que buscaba oír. Se aprovechaba de mi generosidad, de mi perdón. ¿Realmente no merezco más que casa, niños y trabajo? Mis hijos ya son mayores. Basta.
Simulé otra reconciliación, pero le pedí legalizar la separación de bienes.
Si quieres que sigamos, es mi única condición dije fríamente.
Accedió de inmediato. Dispuesto a darme el control absoluto de nuestras cuentas, jurando que no tenía mayores deseos que conservarme.
El mayor se marchó a estudiar a Salamanca. Busqué piso para los niños y para mí, poniéndolo a nombre de mi madre para proteger la inversión. Vivíamos bajo el mismo techo pero cada vez estaba más claro que lo nuestro era un puro trámite. Fernando era un buen padre y, salvo por las infidelidades, no tenía ninguna queja. Dudaba, a veces incluso pensaba que todo esto era una locura. ¿Tenía razón? ¿Sería yo la que estaba equivocada?
Hasta que llegó Alicia.
Una mañana, una joven elegante de melena corta y negra, piel nívea y unos ojos tan negros como profundos, irrumpió en mi despacho.
Buenos días, Cristina. Me llamo Alicia y vengo por Fernando.
¿Por mi esposo? pregunté.
Sí, por ahora sigue siendo tu esposo, pero espero que pronto sea mío. Él aún no te ha hablado de mí, ¿verdad? Vengo a adelantarte las cosas Ya sabes como son los hombres. Nos amamos y pronto nos casaremos, al menos es lo que él me ha prometido.
Al principio, me quedé sin palabras. Después no pude aguantar la risa: me reí fuerte, no de ella, sino de mí misma y de mi ingenuidad. Recordé el viejo refrán: Genio y figura, hasta la sepultura. ¿Cómo pude creer que cambiaría? Lo suyo no era una crisis de edad. Tenía la infidelidad en las venas.
Alicia me miraba perpleja, sin entender mi reacción. Finalmente le contesté:
Llévatelo, es todo tuyo. Nunca te hablará de divorcio ni te dará nada. Sabe que no se irá de aquí con nada. Es su forma de funcionar. Mejor busca a un hombre decente y libre.
Ese mismo día empecé a hacer cajas. Al día siguiente, me mudé con mi hijo menor a nuestro nuevo piso. Sé que los primeros tiempos serán duros, pero peor sería soportar para siempre las mentiras y las humillaciones. La vida empieza a los cuarenta, dicen, y yo, hoy, lo creo de verdad. Desde ahora, empiezo desde cero, con esperanza y con fuerza.
A quien lea esto: que la vida os regale días plenos y colores intensos. Si alguna vez necesitas ánimo, piensa que todo empieza de nuevo siempre que quieras.






