El regalo de la suegra en la boda: cuando es mejor no regalar nada Elena y Javier celebraban su enlace. La ceremonia transcurría animada cuando el maestro de ceremonias anunció el turno de los regalos. Los padres de la novia fueron los primeros en felicitarlos. Luego llegó el turno de la madre del novio, Mercedes Martín, con una gran caja entre las manos, adornada con un lazo azul celeste. — ¡Madre mía! ¿Qué habrá dentro? —susurró Elena, ilusionada, al oído de Javier. — Ni idea. Mamá no ha soltado prenda hasta ahora —contestó el novio, algo desconcertado. Decidieron abrir los regalos al día siguiente, con la calma ya recuperada. Elena propuso empezar por la caja de su suegra. Tras deshacer el lazo y levantar la tapa, miraron dentro… y se quedaron mudos. Elena se había dado cuenta de que Javier tenía una peculiar costumbre: nunca cogía nada sin permiso, ni siquiera una simple chuchería. — ¿Puedo acabarme el último bombón? —preguntaba tímidamente, mirando el solitario caramelo del cuenco. — ¡Claro! —contestaba ella, sorprendida—. No hace falta que pidas permiso. — Es una manía —sonreía él, algo avergonzado, mientras desenvolvía deprisa el papel. Pasaron varios meses hasta que Elena comprendió de dónde venía esa reserva. Un día, Javier sugirió presentarle a sus padres, Mercedes y Tomás. Al principio, su futura suegra pareció acogedora. Esa impresión se desvaneció pronto cuando Mercedes los sentó a la mesa. Sirvió dos platos, cada uno con dos cucharadas de puré y una chuletilla. Javier terminó enseguida y, en voz baja, pidió si podía repetir. — ¡Comes como cinco! ¡Nunca podremos alimentarte! —exclamó Mercedes, dejando a Elena atónita. Cuando Tomás pidió más, su mujer le sirvió enseguida. Elena terminó su plato, boquiabierta ante la antipatía de Mercedes hacia su propio hijo. Más tarde, en plenos preparativos, Mercedes criticó hasta el último detalle: las alianzas, el banquete, el local. — ¿Por qué gastar tanto? ¡Seguro que se encontraba todo más barato! —repetía, con tono desaprobador. Al final, Elena no aguantó más. — ¡Déjanos decidir! ¡Es nuestro dinero y nuestra boda! Dolida, Mercedes dejó de llamarles y hasta amenazó con no asistir. Dos días antes del gran día, Tomás apareció. — Ven, ayúdame con el regalo —dijo, llevando a Javier al coche. Les entregó una lavadora, comprada sin consultar con Mercedes, quien incluso eso consideró un derroche. Luego, ella desapareció de la celebración. Al día siguiente, al abrir la caja, la emoción dio paso a la decepción. — ¿Toallas? —murmuró Elena, incrédula. — Y calcetines… —añadió Javier, levantando dos pares de rizo—. Mamá ha cogido lo primero que encontró. Días después, Mercedes llamó para preguntar por los regalos de los demás invitados. — ¿Qué han regalado tus suegros? ¿Y tus amigos? —insistió. — Eso no te incumbe —respondió Javier antes de colgar, aliviado. Moraleja: la generosidad no se mide por el valor material de un regalo, sino por el respeto hacia los demás. Y eso, hacía tiempo que Mercedes lo había olvidado.

Diario de Tomás
La boda de Clara y Daniel fue el acontecimiento del año en Segovia. Todo el mundo rebosaba de alegría cuando el maestro de ceremonias avisó que era la hora de recevoir los regalos. Los primeros en acercarse fueron los padres de la novia, radiantes de felicidad al abrazar a los recién casados. Luego llegó la madre del novio, Consuelo Ramírez, vestida de azul marino y llevando una enorme caja decorada con un lazo celeste.
Madre mía, ¿qué habrá dentro? le susurró Clara, llena de curiosidad, al oído de Daniel.
Ni idea, mi madre lo ha llevado en secreto hasta el final respondió él, encogiéndose de hombros con una sonrisa nerviosa.
Decidieron dejar la apertura de los obsequios para el día siguiente, cuando la resaca de la fiesta ya se hubiera calmado. Clara propuso comenzar por la caja de su suegra. Abrieron el lazo, levantaron la tapa y sus caras cambiaron al instante: quedaron mudos de asombro.
Siempre me había llamado la atención la peculiaridad de Daniel: nunca tomaba nada ajeno sin pedir permiso, ni siquiera el último trozo de turrón.
¿Puedo comer el último bombón? preguntaba con timidez, señalando esa última joya de chocolate en la bandeja.
¡Claro! le contestaba Clara, sorprendida. No hace falta que pidas permiso.
Es manía mía sonreía él, quitando con cuidado el envoltorio.
Con los meses, Clara acabó por comprender el origen de esa costumbre.
Un día Daniel la invitó a conocer a sus padres: Consuelo y Mateo. La suegra parecía simpática al principio, pero la impresión no duró mucho. Al sentarse a la mesa, Consuelo sirvió en cada plato dos cucharadas de puré y una chuletilla de cordero. Daniel terminó enseguida, y en voz baja tuvo el atrevimiento de pedir un poco más.
¡Hijo, parece que tienes un pozo sin fondo! Así no hay manera de tener comida suficiente para todos espetó Consuelo, dejando a Clara helada de asombro.
En cuanto Mateo pidió repetir, su esposa le llenó el plato con gusto. Clara acabó de comer sin poder creer la diferencia de trato.
Conforme se acercaba la boda, Consuelo criticaba todo sin parar: el menú, la música, el lugar de celebración.
¿Para qué gastar tanto dinero? repetía en tono agrio. Se podía haber hecho más sencillo y barato
Al final, a Clara se le agotó la paciencia.
Déjanos en paz, este día es nuestro y nosotros lo pagamos. Lo decidimos nosotros.
Consuelo, dolida, dejó de llamar y hasta amenazó con no ir a la boda.
A dos días del gran día, Mateo apareció en casa.
Ven, Daniel, ayúdame a sacar el regalo del coche.
Mateo les regaló una lavadora nueva, comprada a espaldas de Consuelo, que la consideraba un derroche absurdo. Desde entonces, ella se mantuvo apartada del bullicio durante la celebración.
La mañana siguiente abrieron la esperada caja de la suegra. La emoción pronto se transformó en sorpresa, por no decir decepción.
¿Toallas? murmuró Clara, incrédula.
Y calcetines de felpa añadió Daniel, sacando los pares enrollados. Se nota que mi madre cogió lo primero que pilló en casa.
Días después, Consuelo llamó para sonsacar detalles sobre los regalos de los demás invitados.
Oye, ¿qué te dieron los padres de Clara? ¿Y tus amigos? insistía con insistencia.
Eso no es asunto tuyo, mamá respondió Daniel antes de colgar con alivio.
Al final, me queda grabada la lección: la auténtica generosidad no se mide por el dinero, sino por el cariño y el respeto hacía los demás. Eso, por desgracia, Consuelo hace ya mucho que lo olvidó.

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El regalo de la suegra en la boda: cuando es mejor no regalar nada Elena y Javier celebraban su enlace. La ceremonia transcurría animada cuando el maestro de ceremonias anunció el turno de los regalos. Los padres de la novia fueron los primeros en felicitarlos. Luego llegó el turno de la madre del novio, Mercedes Martín, con una gran caja entre las manos, adornada con un lazo azul celeste. — ¡Madre mía! ¿Qué habrá dentro? —susurró Elena, ilusionada, al oído de Javier. — Ni idea. Mamá no ha soltado prenda hasta ahora —contestó el novio, algo desconcertado. Decidieron abrir los regalos al día siguiente, con la calma ya recuperada. Elena propuso empezar por la caja de su suegra. Tras deshacer el lazo y levantar la tapa, miraron dentro… y se quedaron mudos. Elena se había dado cuenta de que Javier tenía una peculiar costumbre: nunca cogía nada sin permiso, ni siquiera una simple chuchería. — ¿Puedo acabarme el último bombón? —preguntaba tímidamente, mirando el solitario caramelo del cuenco. — ¡Claro! —contestaba ella, sorprendida—. No hace falta que pidas permiso. — Es una manía —sonreía él, algo avergonzado, mientras desenvolvía deprisa el papel. Pasaron varios meses hasta que Elena comprendió de dónde venía esa reserva. Un día, Javier sugirió presentarle a sus padres, Mercedes y Tomás. Al principio, su futura suegra pareció acogedora. Esa impresión se desvaneció pronto cuando Mercedes los sentó a la mesa. Sirvió dos platos, cada uno con dos cucharadas de puré y una chuletilla. Javier terminó enseguida y, en voz baja, pidió si podía repetir. — ¡Comes como cinco! ¡Nunca podremos alimentarte! —exclamó Mercedes, dejando a Elena atónita. Cuando Tomás pidió más, su mujer le sirvió enseguida. Elena terminó su plato, boquiabierta ante la antipatía de Mercedes hacia su propio hijo. Más tarde, en plenos preparativos, Mercedes criticó hasta el último detalle: las alianzas, el banquete, el local. — ¿Por qué gastar tanto? ¡Seguro que se encontraba todo más barato! —repetía, con tono desaprobador. Al final, Elena no aguantó más. — ¡Déjanos decidir! ¡Es nuestro dinero y nuestra boda! Dolida, Mercedes dejó de llamarles y hasta amenazó con no asistir. Dos días antes del gran día, Tomás apareció. — Ven, ayúdame con el regalo —dijo, llevando a Javier al coche. Les entregó una lavadora, comprada sin consultar con Mercedes, quien incluso eso consideró un derroche. Luego, ella desapareció de la celebración. Al día siguiente, al abrir la caja, la emoción dio paso a la decepción. — ¿Toallas? —murmuró Elena, incrédula. — Y calcetines… —añadió Javier, levantando dos pares de rizo—. Mamá ha cogido lo primero que encontró. Días después, Mercedes llamó para preguntar por los regalos de los demás invitados. — ¿Qué han regalado tus suegros? ¿Y tus amigos? —insistió. — Eso no te incumbe —respondió Javier antes de colgar, aliviado. Moraleja: la generosidad no se mide por el valor material de un regalo, sino por el respeto hacia los demás. Y eso, hacía tiempo que Mercedes lo había olvidado.
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