Diario de Tomás, Madrid, 2023
¿Y cómo pensáis llamar a vuestra pequeña? preguntó el doctor Gutiérrez, un hombre mayor con una sonrisa profesional, mirando a mi hija, sentada en la camilla del hospital Gregorio Marañón.
Todavía no lo hemos decidido intervino Inés, mi esposa, que estaba sentada a los pies de la cama. Es una decisión importante, y Clara necesita pensarlo bien.
No quiero ponerle ningún nombre dijo de pronto Clara, la joven madre. Es más, ni siquiera pienso llevarme a la niña. Voy a firmar un abandono.
¿Pero qué dices? Inés se levantó alarmada y me miró buscando mi apoyo, antes de dirigirse al médico. No le haga caso, doctor, no sabe lo que dice. Por supuesto que la niña se queda en la familia.
Bueno, luego vuelvo, descansad contestó el médico, claramente deseoso de no meterse en disputas familiares.
En cuanto se cerró la puerta tras el doctor, Inés se volvió contra Clara, llena de reproches.
¿Pero cómo tienes la cara de decir eso? ¿Qué va a pensar la gente? Bastante nos costó mudarnos aquí, a Alcalá de Henares, para que no se enterase nadie. Esta niña pertenecerá a nuestra familia, sí o sí.
¿Y de quién es la culpa? Clara la miró desafiante. Si me hubieras escuchado entonces, nada de esto habría pasado. Yo habría terminado el bachillerato tranquilamente. Si tanto quieres ese bebé, llévatelo tú.
Dicho esto, Clara se dio media vuelta hacia la pared, dando por zanjada la conversación. Inés aún intentó razonar con ella unos minutos, pero justo entonces la enfermera entró en la habitación y le pidió que saliera, diciendo que la paciente necesitaba descanso.
Clara se quedó sola. Lloraba en silencio, hundida en la almohada, deseando que todo terminase cuanto antes.
Unos suaves golpes en la puerta la obligaron a secarse las lágrimas. Clara se recompuso lo mejor que pudo y dijo:
Adelante.
Esperaba ver a alguna enfermera o como mucho a mí. Pero la mujer que entró era completamente desconocida para ella.
¿Necesita algo? fingió calma, aunque apenas lo lograba.
Perdone lo he escuchado, sin querer, hablando con los médicos fuera la mujer titubeaba, incómoda por meterse donde no le llamaban.
Sí, voy a renunciar a la niña. Es verdad. ¿Viene por eso?
Vi a tu madre antes empezó a decir la señora.
¡No es mi madre! la cortó Clara, perdiendo cualquier rastro de indiferencia. Mi padre se casó con ella, pero no es mi madre. Mamá está trabajando fuera de España.
Lo siento, no buscaba molestarte la mujer bajó aún más la voz. Es que tengo tres hijos, y crecí en un centro de acogida. Me da mucha pena tu bebé; ella no tiene culpa de nada.
Dicen que a los recién nacidos los adoptan rápido respondió Clara con un gesto indiferente. Y ni siquiera puedo obligarme a cogerla en brazos. Si Inés no hubiera intervenido, ni siquiera estaría aquí.
Pero ya eres suficientemente mayor para decidir. ¿Tienes más de quince años, verdad?
¡Ya ves qué vergüenza! le imitó el tono a Inés. ¿Cómo vamos a mirar a la gente a la cara?
No lo entiendo
Se lo contaré dijo Clara, con una media sonrisa amarga. A ver si así deja de juzgarme.
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El último año en el instituto fue un desastre para Clara. No solo su novio Sergio tuvo que irse al servicio militar, sino que además llegó un chico nuevo. Mateo, hijo de un empresario madrileño, castigado por su padre con trasladarlo a nuestro pueblo de Guadalajara para ver si así sentaba la cabeza. Y Mateo no buscaba pareja; solo un nombre más en su interminable lista. Por eso su padre lo había mandado lejos, por sus escándalos.
Mateo invitaba a las chicas a restaurantes del centro, les hacía regalos caros, las llevaba a discotecas de Madrid. Una tras otra, todas caían, pensando que serían la elegida.
Clara fue la única que se mantuvo firme. Amaba a Sergio, y no necesitaba a nadie más. Finalmente, parecía que el chico había entendido el no y, aburrido, prefirió fijarse en otras chicas. Así lo creímos todos.
¡Qué equivocación!
A finales de diciembre, Ana, la mejor amiga de Clara, celebró su cumpleaños. Fue toda la clase; incluso Mateo, que no solía molestarse en ir a esas cosas. Pero su intención no era felicitar a Ana.
En pleno jolgorio, a Clara le sonó el teléfono. Salió al pasillo para poder hablar tranquila y, al regresar, encontró a Mateo sentado junto a su sitio. No pensó nada. Minutos después, se empezó a sentir mal.
Despertó con dificultad al día siguiente. Mateo estaba a su lado, sonriente.
Mira que te hiciste la difícil le dijo. Pero mira, así compensamos. Ni tu Sergio ni nada, ¿eh? Para que veas quién manda.
Clara apenas pudo llegar a casa. Se tambaleaba, mareada, cruzándose con vecinos que la miraban con desprecio.
No llevaba ni llaves; sólo llamó al timbre. Inés, su madrastra, abrió malhumorada.
¿Se puede saber dónde te metiste? Ni contestas al móvil ni vuelves a dormir aquí. ¿Has visto la pinta que traes? ¡Si tu padre te ve así…!
Llama a un médico. Y a la policía. Quiero denunciar a Mateo. ¡Que pague por lo que ha hecho!
Inés se quedó de piedra. Al ver el estado de Clara, entendió la gravedad, pero en vez de apoyar a la joven empezó a calcular sus opciones.
¿Quién? preguntó, aunque no hacía falta.
Mateo, ¿quién va a ser? No tendría valor nadie más. Llama, o llamo yo.
Eso no te va a llevar a nada. Seguro que lo libran. Yo tengo otro plan. Hablaré con su padre; que pague una compensación.
¡¿Tú estás mal de la cabeza?! ¡No quiero dinero! ¡Voy a la policía!
¡Ni hablar! Inés agarró a Clara por el brazo y la metió en su cuarto. Al final, tú serás la culpable. Todo el pueblo te señalará. Déjame a mí solucionarlo.
Clara no tenía móvil; lo perdió aquella noche, o tal vez se lo quedó alguien en la fiesta. Además, la puerta estaba cerrada. No tenía fuerzas para escapar; sólo quería dormir.
Al par de días, me la llevé a casa de mi madre, en la sierra de Segovia, a casi cien kilómetros. Clara fingía que todo iba bien para no preocupar a su abuela.
Al mes supimos la noticia: Clara estaba embarazada. El mundo se vino abajo para ella.
Inés, en cambio, celebraba su suerte. Ese bebé aseguraba la estabilidad para todos. El abuelo del pequeño el empresario pagaría bien, como ya lo había hecho otras veces por salvar a su hijo. Había que guardar el secreto, al menos hasta el quinto mes.
A Clara nadie le preguntó qué quería. Cuando expresó su deseo de no tener al niño, Inés montó en cólera y la vigilaba día y noche.
Finalmente, el abuelo confirmó que pagaría suficiente para el mantenimiento si todo salía bien.
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¿Me comprende ahora? Por este bebé he perdido todo Sergio no me creyó, mis amigas me dieron la espalda, tuvimos que mudarnos… Ni siquiera terminé el instituto.
Lo siento, no debía juzgarte dijo la otra mujer, avergonzada. Pero la niña no tiene culpa.
¡Clara, tenemos que hablar ya! Entró Inés, arrastrando a mi hijo Andrés. ¡Fuera de aquí! Esto es asunto de familia.
La otra mujer me miró con pena antes de marcharse y cerrar la puerta tras de sí.
No permitiré que arruines todo con tus tonterías. Si dejas a la niña aquí, ni se te ocurra volver a casa. ¿A dónde irás? Tu abuela ha muerto, y el piso ya es de tu tío. ¡No tienes nada!
No, se viene conmigo entró en ese momento una mujer elegantemente vestida. Los ojos de Clara se iluminaron.
¡Mamá! Has venido
Por supuesto. Jamás te dejaría sola, cariño le respondió Beatriz, mi exesposa, abrazándola. Si me lo hubieras contado antes, te habría traído conmigo a Salamanca desde el principio. Yo pensé que aquí lo tendrías más fácil.
Creí que no te importaba sollozó Clara; al fin y al cabo, sigue siendo una niña.
Alguien hacía todo para separarnos. Tus regalos volvieron sin abrir, no podía llamarte Pensé que no podías perdonarme. Pero eso ya acabó le dijo, limpiándole las lágrimas. Vamos a marcharnos, y lo olvidarás todo, hija.
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Clara y Beatriz se marcharon juntas a Salamanca. La niña quedó con Inés, que soñaba con un futuro cómodo a base de la pensión del abuelo. Pero el empresario, enterado de la verdad, viajó hasta Madrid y se llevó a la pequeña con él. Mateo no tuvo más remedio que reconocer legalmente a la niña, aunque puso mil excusas.
Clara, ahora, es feliz. Vive con su madre, su mayor apoyo, quien nunca la dejará caer ni la traicionará. Hoy, mirando atrás, entiendo que la familia de verdad lo es cuando hay amor y comprensión, no simplemente lazos de sangre o intereses. La lección está clara: no se pueden imponer decisiones sobre la vida de otro, y el amor verdadero siempre encuentra el modo de abrazarnos de nuevo.







