El hijo de mi marido apareció en nuestras vidas después de 12 años

El hijo de mi marido apareció en nuestras vidas después de 12 años

Hace quince años, mi marido estaba haciendo la mili. Era marinero, de esos con uniforme que dejan a las chicas del pueblo con la boca abierta. Claro, en el cuartel sólo había tíos, pero las muchachas de la zona se paseaban por allí como si regalaran chocolatinas. Los chicos, que llevaban meses a pan y agua en cuanto a compañía femenina, pues caían como moscas; sus novias estaban a cientos de kilómetros. Eran rollos de verano y poca cosa más. Así fue como mi marido se lió con una chiquilla de 17 años. Al acabar la mili, la dejó tirada y volvió a Madrid tan fresco.

Nosotros nos conocimos algún tiempo después. Primero nos enrollamos, luego boda por lo civil y, desde hace 12 años, estamos felizmente casados (o eso pensaba yo). Tras cuatro años, tuvimos una hija, Lucía, que ahora tiene ocho años. Mi marido siempre soñó con tener un niño.

No voy a decir que es el padre modelo, pero se implica con Lucía en los deberes, la lleva de vez en cuando al Retiro o de pesca al embalse y no escatima en mimitos.

Bueno, pues en medio de nuestra idílica vida familiar, nos sacude la bomba: Mi marido se reencuentra en Facebook con un colega de la mili y resulta que aquella chavalita de pueblo, a la que le rompió el corazón antes de volver a casa, se quedó embarazada. En el pueblo se partían de risa de ella (¡viva la discreción rural!) y circulaban cotilleos que ni en Sálvame, pero ella tiró para adelante con su hijo y nunca fue a buscar al padre. Para no molestar, dice. Cuando mi marido supo esto, casi se le corta la digestión.

Después de esta charla, mi marido se puso como un loco a buscar a la chica en Instagram. La encontró, junto a un hijo que era un calco suyo, hasta con la misma ceja rebelde. Los celos me subieron a la cabeza como un buen vermut Madrid en San Isidro. Encima, nuestra Lucía es clavada a mí y a mi marido eso siempre le ha mosqueado, como si el ADN le tomase el pelo. Pero lo de encontrar a su hijo le tocó las fibras paternales de golpe. La mujer tardó en darle bola, le dejó en visto semanas, pero al final contestó. El hijo tiene 14 años, es un crack en deporte y saca unas notas que ya podrían copiar las de Lucía. Le encantan los gatos y su madre.

Enseguida hicieron piña padre-hijo. Venga hablar del instituto, de la Play, de que si quiere estudiar ingeniería, de que si Messi o Benzema Mi marido se volcó tanto con el chaval que Lucía no veía a su padre ni de lejos. Pasaba el día whatsappeando sin parar con el primerizo.

Cuanto más avanzaba aquello, más se me cruzaban los cables. Y llegó el verano: el muchacho vino a pasar unos días a casa. Mi marido le cumplía todos los caprichos, como si tuviera una lámpara mágica: que cine, que Bernabéu, que hamburguesa, que gato nuevo Lucía y yo nos moríamos de celos, la pobre niña hasta lloraba, porque su papi pasaba de ella diciendo: Contigo llevo ocho años, pero a él no le he visto en catorce. Tócate el moño. Lucía se lo tomó a pecho y yo igual.

Aquí seguimos, con este ritmo de adopción acelerada. Cada vez que hay un santo, cumpleaños o Navidad, mi marido le manda una transferencia al hijo euros, claro y es capaz de olvidarse del cumple de Lucía. Le he intentado hacer entrar en razón, pero ni caso. Para mí, la responsable es la madre original aquella: si en catorce años no has dado señales, ahora hazte la sueca. Y, claro, tener dos familias pasa factura, que los números cantan en la cuenta bancaria.

No me imagino cómo serán estas vacaciones si vuelve el muchacho. Lucía ya asocia verano con dramas familiares en vez de playa. Mi marido, quitándole hierro al asunto, suelta: Los chicos quieren padre, las niñas a la madre. Ya, hombre, pero a mí me suena a excusa barata. Sus sentimientos de padre sólo existen para su hijo varón, la niña ni le importa ya.

Hablan a diario por videollamada, y la pobre Lucía, si quiere ver a su padre, casi que lo tiene que seguir por la casa con una linterna. ¡Me pone de los nervios! Pero aquí sigo, sin poder hacer nada. Si tanto le mola la novedad, que coja un AVE y se largue a vivir con el chaval. A ver si así descansamos los demás.

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