Ella se fue, y él comprendió demasiado tarde que era su único y verdadero amor

Se había marchado, y sólo cuando fue demasiado tarde comprendió que ella era su único y verdadero amor.
Se había ido, y él lo entendió demasiado tarde: sólo a ella había amado de verdad.
Fernando se hallaba sentado en su coche, clavando la mirada en la entrada del restaurante. Sus dedos vibraban, pero ni siquiera lo percibía. Un pitido sordo le atravesaba la cabeza, señal inequívoca de su ansiedad. Aquella noche tenía lugar la reunión de antiguos alumnos. Veinte años desde que salieron del Instituto de Enseñanza Secundaria San Isidoro en Salamanca. Veinte años desde que él mismo había reducido a escombros aquello que podría haber sido su felicidad.
Por aquel entonces, sospechó que Lucía le engañaba. Una foto junto a un pretendiente nuevo, o eso creyó, le revolvió las entrañas. Ella no ofreció defensa. Silencio. Él gritó, acusó, le vomitó todo lo que nunca había dicho. Y ella, simplemente, se fue. Sin llantos. Sin palabras que explicaran nada.
Seis meses después, Fernando se casó con Clara. Por despecho. Por demostrar a Lucía que también él podía ser feliz sin ella. Pero la felicidad nunca se presentó. El matrimonio, plano y tirante como una cuerda de guitarra mal afinada. Todo estaba en su sitio: esposa, un hijo pequeño, el trabajo de administrativo en Valladolid. Pero su corazón, ese, no decía ni una palabra.
Y esa noche iba a verla. A Lucía. La única. La que sí había amado.
Entró en el comedor y la reconoció enseguida, aunque no la vio al instante: la olió. Un perfume de limonero, la risa ligera que bailaba en el aire. Siempre irresistible: vestido estampado de flores, tirabuzones chocolate cayendo sobre los hombros, esa mirada valiente. Y de pronto, todo volvió a girar igual que antes, como en un sueño antiguo, pero con la lógica torcida de los laberintos.
Lucía dijo cuando la vio salir a la terraza para responder al móvil.
¿Sí, Fernando? respondió ella, su voz calma, con un tinte irónico entre líneas.
Quiero saberlo todo. ¿Cómo has vivido sin mí?
¿De verdad deseas escucharlo? Su tono no guardaba ya dolor, tan solo ese desgaste de quien ha peregrinado demasiado.
No puedo vivir sin ti. Sin nosotros
Fernando, no hay nosotros. Desde hace años, no existe.
¿Y nuestro hijo? soltó de pronto.
Ella se puso pálida. Cerró los ojos. Al hablar, su voz fue grave, contenida:
¿Te refieres al bebé que perdí después de todas tus acusaciones? ¿Aquel que no pude salvar porque se me secaron los sueños de tanto llorar? Sí, estaba embarazada. Pero tú dijiste que no era tuyo. Elegiste creer esa foto, no a mí. No a tu corazón. Creíste a Clara.
Fernando agachó la cabeza. Todo quedó demolido aquel día.
He seguido adelante, Fernando. Rota, calcinada. Pero logré sobrevivir. Me marché. Empecé otra vida. Un hombre me tendió su mano: vio en mí solo a Lucía. No mis errores ni mis ruinas ni mi pasado. Y ahora, juntos, tenemos dos hijos adoptados de Galicia. Son míos desde el primer día. Y soy feliz.
Perdóname no fue más que un susurro.
¿Por qué? ¿Por destruirme? Ya lo hice, te perdoné. A mí me costó mucho más. Pero ya no soy la que tú conociste. Ya no soy tuya. Entendiste tarde lo que habías perdido.
Y se alejó de él, ligera, erguida, segura. Todo lo que Fernando jamás supo cuidar.
Se quedó quieto allí, rodeado del zumbido de los coches de la Gran Vía, con el alma hecha trizas y la amarga certeza: no se puede regresar nunca. A veces, simplemente, llegas tarde. Y aunque la lleves en el pecho toda la vida para ella, ya no eres nadie.

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