Mamá, no agobies a papá cada noche.
Querido diario,
Hoy por la tarde ocurrió algo curioso en casa que me hizo reflexionar. Mi hija, Lucía, que tiene seis años recién cumplidos, se acercó a su madre con una seriedad que pocas veces he visto en alguien tan pequeño. Se plantó frente a ella y le dijo: Mamá, necesito hablar contigo de mujer a mujer. Mi esposa soltó una ligera sonrisa y le respondió: Claro, ¿de qué quieres hablar?
Lucía, un poco confundida por la pregunta, contestó con total naturalidad:
Pues, de los hombres, mamá.
Mi mujer se quedó mirándola sin saber bien cómo seguir la conversación.
Bueno, ¿de quién quieres hablar exactamente? Los hombres no son cosas, son personas intentó corregirle con ternura.
¿Por qué dices eso? la interrumpió Lucía. Si estás hablando de personas, di de quién, no de qué.
Bufó resignada, claramente poco convencida con esa explicación, y dijo:
Aún no te he contado nada y ya me estás liando, mamá
Perdona, cielo. Dime, ¿qué es lo que te preocupa?
Lucía bajó la mirada, algo pensativa, y susurró:
Estoy preocupada por papá.
Eso me mostró que los niños a veces captan más de lo que pensamos. Su madre le preguntó con cariño:
¿Qué le pasa a papá?
Creo que le molestas demasiado cada noche respondió Lucía sin rodeos.
A mi esposa le cambió la cara. Yo, desde el pasillo, intentaba contener la risa.
Cariño, ¿no duermes por las noches? le preguntó.
Por supuesto que duermo dijo Lucía muy segura.
Entonces, ¿cómo lo sabes?
Porque siempre te escucho decir: ¡Ya está bien, es muy tarde, apaga ese portátil! Mamá, él está trabajando en el ordenador, ganando dinero para nosotros. Para que tú tengas tus cosas y yo pueda tener juguetes nuevos. ¿Por qué le molestas?
Mi mujer respiró hondo y, humildemente, asintió:
Tienes razón, Lucía. A veces no soy justa con él. Lo tendré en cuenta. ¿Algo más que quieras preguntar o ya hemos terminado nuestra conversación?
Lucía asintió con la cabeza, satisfecha de haber solucionado lo que consideraba un asunto importante.
Sí, ya está todo. Voy a calentar la cena. Papá debe de estar a punto de llegar de la oficina.
Vi cómo Lucía corría hacia la ventana del salón, como hace siempre, para ver si me veía llegar por la avenida mientras me saluda con su mano.
Hoy he aprendido que los ojos inocentes de una niña pequeña pueden enseñarnos grandes verdades sobre el amor, la paciencia y el valor de un simple gesto en familia. Aquello que parece rutina para nosotros puede ser importantísimo para los que queremos.






