Un inesperado giro del destino: una llamada desde el hospital materno cambió la vida de Vítor, soltero empedernido de Madrid, cuando le comunican la muerte de Ana y le dicen que es el padre de una niña recién nacida. Entre dudas, recuerdos de un romance en la Costa del Sol y la súplica de la abuela, Vítor tendrá que enfrentarse a la paternidad y al pasado que creía olvidado.

Me acomodé en el escritorio, frente al portátil, con una taza de café recién hecho. Tenía que terminar algunos asuntos pendientes del trabajo. De pronto, sonó el teléfono. Era un número desconocido.

¿Dígame?

¿Don Víctor Domínguez? Le llamamos del Hospital Materno Infantil. ¿Le resulta familiar el nombre de Ana María Fernández? preguntó una voz de hombre mayor, educada pero con un poso de gravedad.

No, no conozco a ninguna Ana María Fernández. ¿De qué se trata? respondí, desconcertado.

Verá Ana falleció ayer durante el parto. Ya nos pusimos en contacto con su madre. Ella aseguró que usted es el padre de la niña dijo, haciendo una pausa que pesó en el aire.

¿Qué niña? ¿Qué padre? No entiendo nada empecé a ponerme nervioso.

Ana dio a luz a una niña ayer. Y según tenemos entendido, usted es el padre. Siempre y cuando sea usted Víctor Domínguez. Tendría que pasarse mañana por el hospital. Debemos decidir qué hacer habló pausado, claramente para que todo quedara bien claro.

¿Decidir qué? yo seguía sin entender nada.

Venga mañana al hospital de la Gran Vía. Pregunte por Nicolás Pérez. Soy yo. Allí lo veremos todo con calma.

Me quedé un rato con el teléfono en la mano, oyendo el pitido del final de la llamada. Al colgar, traté de asimilar lo que acababa de escuchar.

¿Ana? ¿Quién es Ana? farfullé mientras caminaba de un lado a otro de la habitación. Ni idea No, espera. A ver ¿Cuánto dura un embarazo? Nueve meses Claro. Ahora es mayo Así que fue en septiembre ¿Qué hice en septiembre?

Miré la taza de café, fruncí el ceño y la dejé sobre la mesa. Ahora mismo me vendría mejor una copa, pero bueno En septiembre estuve en Cádiz de golpe la imagen apareció nítida ante mis ojos dos semanas. ¡Eso es! ¡Ana!

Ahora recordaba apenas su rostro. Rubia, de ojos claros ¿Cuántas Anas habré conocido yo? No pretendía acordarme de todas. Con casi cuarenta años, nunca me casé ni contemplaba hacerlo. Menos aún quería tener hijos. Nunca. Mi vida era perfecta como estaba y no pensaba cambiarla por ninguna Ana desconocida.

Pero había muerto. Eso retumbaba en mi cabeza como un martillo.

¿Cómo se ha podido morir? pregunté en voz alta, mirando al techo, como si allí estuviera la respuesta. ¿Cuántos años tendría? ¿Veinte, como mucho?

Me entraron ganas de fumar, pero lo había dejado. Sentí en lo más hondo algo extraño; ¿pena quizás?, ¿confusión?, ¿remordimiento?

¿Una niña? repetí, murmurando hacia el vacío. Pues que la madre de Ana se haga cargo de la cría. Al fin y al cabo, es su abuela. ¡Y vete tú a saber si ni siquiera es mi hija!

Ya tenía decidido qué iba a hacer. Iría mañana, hablaría con el médico y firmaría la renuncia. Nada más. Seguía con mi vida.

Pero esa noche no logré pegar ojo. No podía dejar de darle vueltas. Una presión amarga, como un nudo en la garganta, me impidió descansar y, por primera vez en años, sentí que algo se rompía por dentro.

No podía imaginar el cuerpo frío de Ana tumbado en la morgue. Intenté tragarme el nudo… pero solo creció, reptando desde el pecho hasta los ojos. Y en la memoria apareció, luminosa: Ana sonriendo, Ana corriendo junto al mar, Ana mirándome con cara de no entender nada y, a la vez, de quererlo todo. Aquella chica divertida, que olvidé en cuanto pisé Madrid. Y ahora era su cuerpo el que descansaba allí… Su piel dormida.

Al día siguiente, tras llegar al hospital, salí disparado al pasillo en cuanto sentí que iba a derrumbarme y, sin dudar, le pedí a un desconocido un cigarro. Apoyado en la puerta, di una larga calada y me dirigí directo al despacho del doctor Nicolás Pérez.

¿No quiere ver a su hija? preguntó Nicolás, con voz compasiva.

No. Quiero antes hablar con la madre de Ana. ¿Dónde está? contesté serio, observando con atención al médico.

Está esperando en el pasillo. Acaba usted de pasar a su lado.

Ahora vuelvo murmuré y salí apresuradamente.

No tardé en ver a la madre de Ana, una mujer delgada y frágil con un pañuelo negro. Estaba sentada sola, al fondo del pasillo. En tres pasos me planté a su lado.

Buenos días logré decir, casi sin voz.

Levantó la mirada, y me empecé a hundir en aquella pena infinita que le cubría los ojos…

“Se parece muchísimo a Ana”, pensé sorprendido.

Me llamo Verónica. Verónica Domínguez susurró Soy la madre de Anabel.

Yo soy Víctor… también Domínguez aclaré sin saber por qué.

Lo sé. Anabel me hablaba mucho de usted. Ahora, ya nunca más me hablará y rompió a llorar.

Me quedé paralizado, sin saber qué hacer ni adónde mirar. Me limité a estar a su lado.

Verónica se enjugó las lágrimas y dijo, suplicando:

No renuncie a la niña, por favor. No podría soportar que mi nieta acabara en un orfanato. ¿Lo entiende?

¿Cómo que en un orfanato? Usted es la abuela. ¡Seguro que a usted se la dan! intenté tranquilizarla. Y al pensar ¡Pero si es casi de mi edad! me resultó aún más extraño todo aquello.

No podrán dármela. Tengo una discapacidad, una cardiopatía Solo le pido que la reconozca como suya. Yo la cuidaré, no le molestaremos nunca, se lo prometo suplicó, extendiendo las manos hacia mí, con todo el amor de una madre y una abuela de verdad.

Venga, vamos juntos la animé y volví con ella al despacho del jefe de planta.

Nicolás Pérez levantó la vista de los papeles.

¿Qué hace falta para reconocer la paternidad? pregunté, con un nudo en el estómago.

Una prueba de ADN respondió el médico, mirando muy fijo. ¿Ya han pensado el nombre de la niña?

¿El nombre? ¿Qué nombre? caí en la cuenta, perplejo.

¿Cómo van a llamar a la pequeña? sonrió el jefe.

¿Quiere verla? preguntó de nuevo el doctor.

Suspiré, miré de reojo a Verónica y dije en voz baja:

No, no quiero…

Los trámites se solucionaron sorprendentemente rápido. El análisis confirmó que la niña era mía. No sabía qué hacer, ni cómo afrontar lo que se me venía encima. No estaba preparado para convertirme en padre, y menos así. Pero tampoco podía borrarlas a ambas como si no hubieran existido nunca.

“No pasa nada,” pensé, “ayudaré en lo posible. Transferencias, alguna cosita que necesiten… les compraré el carrito, lo necesario” pensé justo antes del alta de la niña.

Cuando salió la enfermera del despacho, traía un bulto envuelto en una manta rosa tan recargada de encajes y lazos que me dejó seco.

Verónica cogió el paquete, levantó la manta y preguntó:

¿Quieres ver a la niña?

No me dio tiempo a contestar. La puerta se abrió de golpe y Nicolás Pérez reclamó a Verónica un instante dentro del despacho.

Verónica me dejó el niño en brazos y entró a hablar con el médico.

El tiempo se congeló. No era capaz de moverme ni de articular palabra. El bulto era cálido. Olía a leche y a caramelo. De pronto, la niña empezó a gemir, luego maulló como un gatito y finalmente rompió a llorar desconsoladamente. Asustado, la miré a los ojos y vi mi reflejo. ¡Era mi viva imagen! Sentí que el suelo se hacía blando y me senté casi sin darme cuenta en una silla del pasillo, mecí la niña y ella se calmó. Me miró con intensidad y, puede que hasta me sonriera.

Al salir, Verónica extendió los brazos hacia su nieta.

Déjame, la cojo yo dijo.

¡No! contesté sin pensar ¡Me acaba de sonreír! Y sin poder contenerme, sentí, por primera vez, una alegría extraña y honda. Vámonos, Verónica le dije bajito. Y, esta vez con decisión: Nos vamos todos juntos a casa.

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Un inesperado giro del destino: una llamada desde el hospital materno cambió la vida de Vítor, soltero empedernido de Madrid, cuando le comunican la muerte de Ana y le dicen que es el padre de una niña recién nacida. Entre dudas, recuerdos de un romance en la Costa del Sol y la súplica de la abuela, Vítor tendrá que enfrentarse a la paternidad y al pasado que creía olvidado.
Él se fue de todos modos