DIARIO DE ZOILA
Hoy, mientras la brisa del mar Mediterráneo me acaricia el rostro y la voz de mi tía Olalla suena en la cocina, intento poner orden a los recuerdos. Mi vida, que en un tiempo parecía oscura y sin salida, ha dado tan inesperado giro A veces me cuesta creer que soy la misma Zoila de hace unos pocos años.
Durante mucho tiempo fui la sombra de mi hermana mayor, Valentina. Siempre fue admirada, inteligente, hermosa, segura, y su éxito en Madrid era la comidilla de la familia. Yo, en cambio, sólo era la mujer que a los treinta y dos años parecía una anciana, con el rostro hinchado y amoratado por el alcohol, el cuerpo escuálido y el pelo como estopa, sin apenas fuerzas para quererme ni a mí misma. Valentina lo intentó todo: me ingresó en clínicas privadas carísimas en la sierra de Guadarrama, me llevó incluso a curanderas de pueblos de Toledo; pero nada funcionó. Compró un piso para mí en Lavapiés, aunque lo registró a su nombre, para evitar que lo cambiase por una botella de vino barato. Pero ni así conseguía salir.
Cuando Valentina decidió marcharse a vivir a Bruselas, vino a despedirse. Ya no podía hablar. Sólo abrí un poco los ojos y vi su silueta difusa, el ventanal mugriento como telón de fondo y el hedor de las botellas vacías, regalo cotidiano de los borrachos de la calle. Valentina no pudo dejarme morir sola. Su conciencia no se lo habría perdonado jamás. Así que, casi por inercia, pensó en la tía Olalla, hermana de nuestra madre, de la que poco sabíamos salvo su risa contagiosa y aquellas visitas lejanas, cuando traía del pueblo mermelada casera, manzanas que olían a gloria y setas secas.
En el Renault de un amigo, me envolvieron en una manta y pusieron rumbo a Villasol, el pueblo de la tía, apenas cuatro casas desparramadas junto a un riachuelo y un campo de olivos. Allí, tía Olalla a sus sesenta y ocho años, con vida suficiente en la mirada para toda la familia me colocó en su cama y escuchó las palabras de Valentina: Se está muriendo y yo debo irme, tía Olalla. Aquí tienes unos euros, para lo que puedas necesitar y la llave del piso en Madrid. Se fue sin tomar ni una taza de té.
Recuerdo poco de los días siguientes, solo fragancias: la del anís silvestre y las manzanillas que tía Olalla recogía y preparaba en el termo, las gotas de miel disueltas en los infusiones que con infinita paciencia me daba cada media hora, a cucharaditas, incluso por la noche. Cuando revivía un poco, añadió leche tibia de su cabra, Marta, luego caldo de verduras y un delicado consomé de gallina Olalla tenía sólo siete, pero sacrificó dos para mí. Notaba su entrega en cada gesto sencillo.
Al mes logré sentarme sola en la cama. Y, abrigada con un chal y un viejo edredón, la tía me llevaba en un trineo a la casa de baños, donde preparaba decocciones de hierbas para lavarme. En ese vapor me sentía renacer. Me cepillaba el pelo, que ahora olía a tomillo y romero, y me cubría con su rebozo. El color volvió a mis mejillas. La vida sencilla comenzó a gustarme: el sol del amanecer, las nubes inmensas sobre la sierra, los brotes de los almendros en primavera. Aprendí a ordeñar a Marta, recogía los huevos cada mañana y empecé a ayudar con la huerta.
Un día descubrí un pequeño talento: tía Olalla me enseñó a tejer ganchillo. Al principio, pequeñas servilletas, y después, chales grandes y cálidos con motivos difíciles, llenos de vida y color. Viajamos juntas a Sevilla para comprar lanas de todos los tonos y, poco a poco, los primeros encargos llegaron: la gente del pueblo y de la ciudad querían tener una de mis prendas. Con lo ganado, y sumando los ahorros de la tía, al cabo de tres años dejamos la aldea para instalarnos en una casita blanca junto al mar, cerca de Almuñécar. En el jardín, Marta, nuestra querida cabra, mordisquea manzanas y contempla la playa, mientras nosotras nos bañamos bajo el sol de Andalucía.
Ahora, mirando mis manos limpias y mi piel con vida, doy gracias a la tía Olalla por haberme rescatado cucharada a cucharada, a base de infusiones y amor sencillo, del pozo del que ni médicos ni hechiceras lograron sacarme. La vida nos da segundas oportunidades, y yo pienso aprovechar la mía, celebrando cada mañana, cada ínfimo milagro de este presente.
¿La mejor parte? Esta historia no es un cuento. Es mi verdad.







