Eligió el amor y pagamos todos el precio: cuando la hija mayor decide casarse joven y ser madre, una familia de Lyon al borde del abismo

Celia recordaba cómo, desvelada en su pequeño piso de Madrid, recorría de long en ancho el pasillo con el móvil apretado en la mano, donde acababa de llegar otra notificación de impago. Sentía el pecho agarrotado por la angustia: ¿cómo podría alimentar a la familia ahora que su hija y su yerno se habían convertido en una carga tan pesada? Todo había comenzado cuando su hija mayor, Jimena, que contaba diecinueve primaveras, anunció que estaba embarazada y quería casarse. Juegos familiares de antaño
Celia trabajaba con una compañera, Clara, una mujer prudente y atenta. Clara criaba sola a sus dos hijas: Jimena, la mayor de diecinueve años, y la pequeña Candela, que tenía diez. Hasta entonces, Clara nunca se quejaba abiertamente. Jimena estudiaba con esmero en la universidad, Candela era la alegría del colegio. Ambas, obedientes y ejemplares, llenaban de orgullo a Clara, pese a los duros días de madre soltera.
Pero en segundo curso, Jimena conoció a su primer amor, Mateo. El joven, llegado de otra provincia, se ganó pronto la aprobación de Clara, que lo veía sencillo y honrado, no el típico que buscaba aprovecharse de los demás. Pronto, los enamorados decidieron irse a vivir juntos. Para evitar alquilar, se instalaron en casa de Clara, a pesar de que a Clara no le agradaba la idea de tanta prisa: su hija apenas tenía diecinueve años y aún le quedaba carrera y el camino hacia la independencia. Pero no había otra opción.
La vivienda de Clara tenía tres habitaciones, pero eran tan pequeñas como un suspiro, y el espacio escaseaba ya antes de la llegada de Mateo, el futuro yerno. La situación empeoró con su mudanza; Clara se resignó hasta que descubrió el verdadero motivo de aquellas prisas: Jimena le confesó su embarazo y la decisión de casarse que tan meditada parecía estar. Clara sintió que el suelo se desmoronaba bajo sus pies; su hija, apenas mujer, ya iba a ser madre.
Mateo tampoco trabajaba. Igual que Jimena, era estudiante a tiempo completo y no mostraba intención alguna de cambiar a estudios a distancia. Aun así, organizaron una boda de lujo, de esas que una solo ve en película. Eligieron uno de los restaurantes más caros de Madrid, enviaron invitaciones a media ciudad y Jimena encargó un vestido de diseñador como si desfilase en la Gran Vía. Clara intentó protestar, explicando que su bolsillo no podía abarcar tales gastos, pero Jimena, apretándose el vientre, rompió a llorar:
Mamá, ¿quieres privar a tu nieto de lo mejor?
Clara suspiró y pagó todo. Sacó de sus ahorros, hizo filigranas con su modesto colchón y hasta pidió un nuevo préstamo de euros. Confiaba en que, una vez casados, los jóvenes buscarían empleo y se harían cargo de su vida. Sin embargo, esas esperanzas se desmoronaron como castillos en la arena. Jimena y Mateo continuaron viviendo en casa, sin buscar siquiera un trabajo.
Los padres de Mateo les regalaron un coche de segunda mano. La pareja paseaba por la ciudad como si estuvieran de vacaciones, con los padres del novio costeando la gasolina sin dudar, sabedores de que su hijo estaba en la ruina. Pero todo lo demás comida, facturas, ropa recaía sobre Clara. Los jóvenes no conocían ni el precio de una barra de pan. Cuando Clara mencionaba los gastos, Jimena miraba al techo con gesto cansado:
Mamá, estamos estudiando, ¿qué se supone que vamos a hacer?
Jimena no quería renunciar a ningún capricho. Mostraba a su madre catálogos de carritos y cunas, siempre los modelos más modernos y caros. Clara, con su salario más bien modesto, quedaba sin palabras.
Jimena, no puedo permitirme todo esto. Aún tengo tu préstamo de estudios, y a Candela que mantener
¿Lo dices en serio? se indignaba la joven. ¿Te vas a poner tacaña ahora que vas a ser abuela?
Celia sentía la rabia hervir. ¿Acaso había sido ella quien decidió criar a un niño? Ella lo soportaba todo, trabajaba hasta la extenuación y el dinero se esfumaba. El préstamo universitario de Jimena pendía sobre ella como una losa y Candela precisaba tanto cariño y atención como siempre, mientras los jóvenes vivían un cuento de hadas.
Hasta que un día, Celia no pudo más. Volvió al piso tras un largo día de trabajo regañada por llegar tarde, por culpa de la compra de la semana. Al entrar en casa, la realidad le heló el alma: Jimena y Mateo, entre risas, hojeaban una revista de artículos para bebés y eligieron alegremente una cuna que valía el sueldo medio de un mes. Candela, en silencio, pintaba sentada en la esquina de la sala y el fregadero rebosaba platos sucios.
¿También tengo que fregar por vosotros? tronó Celia, dejando las bolsas en el suelo.
¡Madre, por favor! respondió Jimena. ¡Estamos ocupados con el bebé!
¿Vosotros esperáis un bebé, pero pago yo? Esto se acabó. O buscáis trabajo o buscáis otra casa Celia temblaba de rabia.
Jimena rompió a llorar, Mateo palideció, pero Celia ya no se dejaba llevar por las lágrimas. Les dio un mes para encontrar cualquier empleo.
De lo contrario, os vais con los padres de Mateo. Que os mantengan ellos.
Intentaron conmoverla, pero Celia no cedió. Quería a su hija, sí, con ese amor antiguo de las madres españolas, pero comprendió: sin límites, la arruinarían. Al poco, Candela, consciente de su sufrimiento, la abrazó fuerte una noche y le susurró:
Mamá, yo nunca te haría esto.
Celia esbozó una sonrisa entre lágrimas. Por su hija pequeña, lucharía hasta el final. ¿Y Jimena y Mateo? Pronto la vida misma les enseñaría que ya no podían aferrarse a ella para siempre.

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