Una decisión difícil
Agripina Márquez, a quien todos llamaban cariñosamente la Condesa, estaba sentada con su perrito Chusquín en el regazo y el portátil delante. Navegaba en Skyscanner buscando vuelos a Madrid.
Igual no encuentro vuelos decentes y asequibles para esas fechas y así el destino decide por mí, pensó con poquita valentía.
Chusquín, que tenía ese sexto sentido perruno de notar el estado de ánimo, levantó la cabecita y le lamió la mano.
Vaya, si hasta tú sabes que esto no va a ser tan sencillo, soltó ella con una sonrisa triste.
Salvador, el esposo de su antigua amiga Leocadia, con la que no hablaba desde hacía una década, había planeado darle una sorpresa a su mujer por su cincuenta cumpleaños y quería reunir a todos los viejos amigos. Agripina sospechaba que Salva había organizado todo a espaldas de Leo.
¿Qué hago? ¿Voy o no voy? ¿De verdad se alegrarán de verme por allí? ¿O harán como si fuera la camarera?
Muñoz, el marido de Agripina, estaba completamente en contra:
¿Y tú para qué vas a meterte en eso? Si esa mujer es un saco de humo y cotilleos. Yo he abierto mi casa de par en par desde que llegaste aquí, he hecho todo por quedar bien con ellos, y mira cómo te ha pagado zanjaba siempre el tema sin dar pie a debate.
Mientras la página cargaba, Agripina echó una mirada por la habitación y reparó en una pequeña figurita de cerámica que, en su día, le había regalado Leocadia. Notó un pellizco en el pecho.
…Las dos emigraron a España durante la segunda ola migratoria. Juntas iban a clases de español, celebraban los santos y cumpleaños, llevaban a los críos al mismo campamento. Pasaban las tardes charlando horas y horas junto a la piscina de la urbanización, compartiendo libros, pelis y confidencias. Parecía que aquella amistad no la rompería nadie.
Agripina incluso atendía a los padres de Leo y a ella misma cuando les dolía algo, gripes, jaquecas, todos los achaques de la familia pasaban por sus manos.
Hasta aquel día tonto, ese mensaje imprudente mandado por descuido a la persona equivocada. “Ahora no puedo, ya tengo el oído frito de escuchar a Leocadia hablar de otro vestido más”.
Sabía que no estaba bien criticar así, pero era la verdad; Leo se había obsesionado con la ropa de marca. Y esa sinceridad, que iba dirigida a una amiga en común, acabó llegando a la propia Leocadia. Se acabó la conversación. Al día siguiente, un contestador cortante: “No necesito amigas así.” Y punto.
Pasaron los años. Y ahora, la invitación al cumpleaños.
Agripina le daba vueltas y vueltas por las noches, revisando pros y contras, y no dejaba dormir ni a Muñoz ni al pobre Chusquín.
Anda, duérmete ya, se enfadaba su marido.
Varias veces empezó a escribirle a Salvador una respuesta… y acababa borrándola.
En la pantalla parpadeaba un vuelo Barcelona-Madrid.
¿Reservo ya?
Agripina se quedó petrificada con el dedo sobre el ratón.
Haz lo que quieras, soltó Muñoz esa mañana. Pero no esperes ni comprensión ni que te acompañe.
No lo espero, musitó Agripina.
Tú verás. Pero luego no digas que no te lo advertí.
Ya. O lo diré, o no. Lo importante es no quedarme con las ganas de intentarlo.
Acabó yendo.
El vuelo se retrasó, la conexión falló, y su vestido se perdió en mitad del Atlántico en alguna bodega de equipaje. Al llegar al hotel, de pronto la reserva no aparecía por ningún lado y el sitio estaba a reventar. En recepción, el chaval le ofreció amablemente una lista de hostales cercanos.
Gracias, le respondió Agripina, rendida. Todo se me junta.
Mientras se bebía el café frío y revisaba aquella lista, se le vino a la cabeza Elena, su compañera de la facultad. Le escribió por WhatsApp y, para su sorpresa, contestó enseguida: “Vente, tengo habitación de sobra. Y ropa para elegir, no te preocupes.”
Al día siguiente, ya iban las dos al club de golf donde era el fiestón. Elena la animaba con energía:
Entra como invitada y no como un fantasma del pasado. Y ponte recta, ¿eh?
El evento era de película: carpas, champán, todas las señoras iguales. Pero de los amigos de antes, ni rastro. Solo gente guapa y segura de sí misma, desconocidos para ella.
Salva fue el primero en ir corriendo a abrazarla, con cara de disculpa:
Me alegro un montón de que hayas venido. Perdona… solo quería que ella te viera.
Y de pronto apareció Leocadia. Con un vestido de diseño, peinado perfecto y una mirada de cristal.
Agripina… Qué sorpresa, dijo apenas torciendo la boca,. Disfruta, y se fue.
Después, durante el brindis, Leocadia cogió su copa de vermut, llevó la aceituna a la boca… y de repente se atragantó. Toda roja, ojos desorbitados, manos al cuello.
¡Que se ahoga! ¡Que alguien llame a una ambulancia! gritó Salva.
Pero Agripina ya estaba allí. Se movió con calma, ni los tacones ni el vestido prestado le pusieron nerviosa: postura firme, brazos rodeando el abdomen, apretón seco y hacia arriba. La maniobra de Heimlich surtió efecto: la aceituna salió volando y Leocadia, entre sollozos, volvió a respirar.
Llegó el SAMUR a los quince minutos, pero ya no hacía falta.
Gracias, susurró la cumpleañera sin mirarla.
De nada sonrió Agripina. Me alegro de no haber venido en balde.
En el aeropuerto, de vuelta a Barcelona, sintió alivio.
No porque todo hubiese terminado, sino porque, por fin, las cosas habían quedado claras.
Aquella amistad estaba más que enterrada. Solo faltaba el acto final, sin discursos, pero con sinceridad.
Muñoz la esperaba en la puerta. Chusquín se puso tan feliz que casi se ahoga de alegría.
¿Y qué tal todo? preguntó Muñoz.
Ha sido un poco de todo… Pero ya está zanjado.
¿Hiciste el ridículo?
No. Más bien ella.
¿Y?
No me apetece volver por allí.
Él cogió su bolso. Ella le abrazó del brazo.
Y juntos, para casa.







