La decisión más difícil Agripina Márquez, apodada “la Condesa”, estaba sentada con su perro Gavino en el regazo y el portátil delante, hojeando en Skyscanner las ofertas de vuelos a Chicago. —A lo mejor no encuentro vuelos cómodos y baratos para esas fechas y así el destino decide por mí —pensó, poco convencida. Gavino, percibiendo su estado de ánimo con esa sensibilidad perruna, le lamió la mano. —Ajá, hasta tú sabes que esto no va a ser tan sencillo —sonrió ella, triste. Sergio —marido de Ilona, su ex amiga de la que no sabía nada desde hacía una década— había decidido darle una sorpresa a Ilona por su cumpleaños y reunir a todos los amigos. Agripina sospechaba que Ilona no estaba al corriente. ¿Qué hacer? ¿Ir o no ir? ¿La recibirían con alegría? ¿O disimularían como si fuese la camarera? Musi, el marido de Agripina, era completamente contrario: —¿Para qué te vas a meter en eso? Si Ilona es una charlatana vacía. Yo me esforcé, las invité a casa antes de que tú vinieras, intenté agradarles y mira… —cortaba cualquier intento de debate. Esperando a que cargara la página, Agripina miró la habitación y vio una figurita de cerámica que Ilona le regaló años atrás. Corazón encogido. …Vinieron juntas a Estados Unidos al final de la segunda ola migratoria. Fueron al mismo curso de inglés, celebraron fiestas, mandaban a los niños juntos de campamento. Pasaban horas charlando junto a la piscina del residencial, intercambiando libros, películas y confidencias. Pensaba que aquello era para siempre. Agripina cuidaba de los padres de Ilona, incluso de ella cuando enfermaba: gripazos, jaquecas, todos los males de la familia pasaban por sus manos. Hasta que un día, un mensaje enviado sin querer a la destinataria equivocada: “No puedo ahora, ya me está taladrando Ilona con otro de sus vestidos.” Fue un error cotillear, Agripina lo sabía. Pero era la verdad: Ilona estaba obsesionada con la ropa de marca. Aquella confesión lo arrasó todo. Quería desahogarse con una amiga común, pero… el mensaje lo leyó Ilona. Silencio. Al día siguiente, un contestador frío: “No necesito una amiga así”. Fin. Desde entonces, años de silencio. Y ahora, la invitación al aniversario. Por las noches, debatiéndose a solas, a vueltas con los pros y los contras. Musi y Gavino sin dormir. —Déjalo ya —protestaba su marido. Ella empezaba correos de respuesta a Sergio, para borrarlos al instante. En la pantalla parpadeaba el vuelo Colonia-Chicago. ¿Reservar ahora? Agripina se quedó con el dedo en el ratón. —Si quieres, vete —dijo Musi por la mañana—. Pero no esperes apoyo ni compañía. —No lo espero —susurró ella. —Luego no digas que hubiera sido mejor no ir. —Lo diré. O no. Lo importante es no arrepentirme de no intentarlo. Al final, fue. El vuelo se retrasó, perdió la conexión, el vestido se quedó varado en otra terminal al otro lado del Atlántico. Al llegar, la reserva del hotel “desapareció”, el hotel estaba lleno y el recepcionista le ofreció una lista de pensiones cercanas. —Gracias —respondió ella, agotada—. Todo encaja. Con el café frío y la lista en la mano recordó a Elena, amiga de la universidad. Contra todo pronóstico, Elena contestó de inmediato: “Ven, tengo habitación de invitados. Ya veremos el vestido.” Al día siguiente, camino al club de golf donde era la fiesta, Elena animaba: —Entra como invitada, no como sombra del pasado. Espalda recta. Era una celebración de lujo: carpas, champán y chicas cortadas por el mismo patrón. Viejos amigos, ninguno a la vista; sólo gente elegante y segura de sí misma. Sergio la saludó primero, la abrazó con culpabilidad: —Me alegro de que hayas venido. Perdona… sólo quería que ella te viera. Y entonces apareció Ilona, con un vestido de diseño, peinado impecable y mirada de hielo. —Agripina. Qué sorpresa —dijo, torciendo apenas los labios—. Disfruta, —soltó, alejándose. Más tarde, en el brindis, Ilona tomó su copa de martini, se llevó una aceituna a la boca y, de pronto, empezó a toser. Su cara se puso roja, los ojos desorbitados, manos al cuello. —¡Se ahoga! ¡Llamad a una ambulancia! —gritó Sergio. Pero Agripina ya estaba a su lado. Actuó serena y precisa, con tacones y vestido prestado: postura correcta, los brazos bien, un apretón seco hacia arriba. La maniobra de Heimlich funcionó: la aceituna salió disparada y, llorosa, Ilona volvió a respirar. La ambulancia llegó quince minutos después, ya innecesaria. —Gracias —dijo la homenajeada sin mirarla. —No hay de qué —respondió Agripina con ironía—. Ya ves que no vine en balde. En el aeropuerto de regreso, ella por fin sintió alivio. No porque hubiera acabado. Sino porque, por fin, todo estaba en su sitio. Esa amistad llevaba muerta mucho tiempo. Ahora, por fin, se celebraba su entierro: sin palabras, pero con claridad. Musi fue a recogerla. Gavino estuvo a punto de asfixiarse de alegría. —¿Y bien, cómo fue? —preguntó Musi. —De todo un poco. Pero ya está cerrado. —¿Te dejaste humillar? —No. Diría que más bien al revés. —¿Y? —Que ya no me llama volver. Él recogió su maleta. Ella le tomó del brazo. Y, juntos, volvieron a casa.

Una decisión difícil

Agripina Márquez, a quien todos llamaban cariñosamente la Condesa, estaba sentada con su perrito Chusquín en el regazo y el portátil delante. Navegaba en Skyscanner buscando vuelos a Madrid.

Igual no encuentro vuelos decentes y asequibles para esas fechas y así el destino decide por mí, pensó con poquita valentía.

Chusquín, que tenía ese sexto sentido perruno de notar el estado de ánimo, levantó la cabecita y le lamió la mano.

Vaya, si hasta tú sabes que esto no va a ser tan sencillo, soltó ella con una sonrisa triste.

Salvador, el esposo de su antigua amiga Leocadia, con la que no hablaba desde hacía una década, había planeado darle una sorpresa a su mujer por su cincuenta cumpleaños y quería reunir a todos los viejos amigos. Agripina sospechaba que Salva había organizado todo a espaldas de Leo.

¿Qué hago? ¿Voy o no voy? ¿De verdad se alegrarán de verme por allí? ¿O harán como si fuera la camarera?

Muñoz, el marido de Agripina, estaba completamente en contra:

¿Y tú para qué vas a meterte en eso? Si esa mujer es un saco de humo y cotilleos. Yo he abierto mi casa de par en par desde que llegaste aquí, he hecho todo por quedar bien con ellos, y mira cómo te ha pagado zanjaba siempre el tema sin dar pie a debate.

Mientras la página cargaba, Agripina echó una mirada por la habitación y reparó en una pequeña figurita de cerámica que, en su día, le había regalado Leocadia. Notó un pellizco en el pecho.

…Las dos emigraron a España durante la segunda ola migratoria. Juntas iban a clases de español, celebraban los santos y cumpleaños, llevaban a los críos al mismo campamento. Pasaban las tardes charlando horas y horas junto a la piscina de la urbanización, compartiendo libros, pelis y confidencias. Parecía que aquella amistad no la rompería nadie.

Agripina incluso atendía a los padres de Leo y a ella misma cuando les dolía algo, gripes, jaquecas, todos los achaques de la familia pasaban por sus manos.

Hasta aquel día tonto, ese mensaje imprudente mandado por descuido a la persona equivocada. “Ahora no puedo, ya tengo el oído frito de escuchar a Leocadia hablar de otro vestido más”.

Sabía que no estaba bien criticar así, pero era la verdad; Leo se había obsesionado con la ropa de marca. Y esa sinceridad, que iba dirigida a una amiga en común, acabó llegando a la propia Leocadia. Se acabó la conversación. Al día siguiente, un contestador cortante: “No necesito amigas así.” Y punto.

Pasaron los años. Y ahora, la invitación al cumpleaños.

Agripina le daba vueltas y vueltas por las noches, revisando pros y contras, y no dejaba dormir ni a Muñoz ni al pobre Chusquín.

Anda, duérmete ya, se enfadaba su marido.

Varias veces empezó a escribirle a Salvador una respuesta… y acababa borrándola.

En la pantalla parpadeaba un vuelo Barcelona-Madrid.

¿Reservo ya?

Agripina se quedó petrificada con el dedo sobre el ratón.

Haz lo que quieras, soltó Muñoz esa mañana. Pero no esperes ni comprensión ni que te acompañe.

No lo espero, musitó Agripina.

Tú verás. Pero luego no digas que no te lo advertí.

Ya. O lo diré, o no. Lo importante es no quedarme con las ganas de intentarlo.

Acabó yendo.

El vuelo se retrasó, la conexión falló, y su vestido se perdió en mitad del Atlántico en alguna bodega de equipaje. Al llegar al hotel, de pronto la reserva no aparecía por ningún lado y el sitio estaba a reventar. En recepción, el chaval le ofreció amablemente una lista de hostales cercanos.

Gracias, le respondió Agripina, rendida. Todo se me junta.

Mientras se bebía el café frío y revisaba aquella lista, se le vino a la cabeza Elena, su compañera de la facultad. Le escribió por WhatsApp y, para su sorpresa, contestó enseguida: “Vente, tengo habitación de sobra. Y ropa para elegir, no te preocupes.”

Al día siguiente, ya iban las dos al club de golf donde era el fiestón. Elena la animaba con energía:

Entra como invitada y no como un fantasma del pasado. Y ponte recta, ¿eh?

El evento era de película: carpas, champán, todas las señoras iguales. Pero de los amigos de antes, ni rastro. Solo gente guapa y segura de sí misma, desconocidos para ella.

Salva fue el primero en ir corriendo a abrazarla, con cara de disculpa:

Me alegro un montón de que hayas venido. Perdona… solo quería que ella te viera.

Y de pronto apareció Leocadia. Con un vestido de diseño, peinado perfecto y una mirada de cristal.

Agripina… Qué sorpresa, dijo apenas torciendo la boca,. Disfruta, y se fue.

Después, durante el brindis, Leocadia cogió su copa de vermut, llevó la aceituna a la boca… y de repente se atragantó. Toda roja, ojos desorbitados, manos al cuello.

¡Que se ahoga! ¡Que alguien llame a una ambulancia! gritó Salva.

Pero Agripina ya estaba allí. Se movió con calma, ni los tacones ni el vestido prestado le pusieron nerviosa: postura firme, brazos rodeando el abdomen, apretón seco y hacia arriba. La maniobra de Heimlich surtió efecto: la aceituna salió volando y Leocadia, entre sollozos, volvió a respirar.

Llegó el SAMUR a los quince minutos, pero ya no hacía falta.

Gracias, susurró la cumpleañera sin mirarla.

De nada sonrió Agripina. Me alegro de no haber venido en balde.

En el aeropuerto, de vuelta a Barcelona, sintió alivio.

No porque todo hubiese terminado, sino porque, por fin, las cosas habían quedado claras.

Aquella amistad estaba más que enterrada. Solo faltaba el acto final, sin discursos, pero con sinceridad.

Muñoz la esperaba en la puerta. Chusquín se puso tan feliz que casi se ahoga de alegría.

¿Y qué tal todo? preguntó Muñoz.

Ha sido un poco de todo… Pero ya está zanjado.

¿Hiciste el ridículo?

No. Más bien ella.

¿Y?

No me apetece volver por allí.

Él cogió su bolso. Ella le abrazó del brazo.

Y juntos, para casa.

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La decisión más difícil Agripina Márquez, apodada “la Condesa”, estaba sentada con su perro Gavino en el regazo y el portátil delante, hojeando en Skyscanner las ofertas de vuelos a Chicago. —A lo mejor no encuentro vuelos cómodos y baratos para esas fechas y así el destino decide por mí —pensó, poco convencida. Gavino, percibiendo su estado de ánimo con esa sensibilidad perruna, le lamió la mano. —Ajá, hasta tú sabes que esto no va a ser tan sencillo —sonrió ella, triste. Sergio —marido de Ilona, su ex amiga de la que no sabía nada desde hacía una década— había decidido darle una sorpresa a Ilona por su cumpleaños y reunir a todos los amigos. Agripina sospechaba que Ilona no estaba al corriente. ¿Qué hacer? ¿Ir o no ir? ¿La recibirían con alegría? ¿O disimularían como si fuese la camarera? Musi, el marido de Agripina, era completamente contrario: —¿Para qué te vas a meter en eso? Si Ilona es una charlatana vacía. Yo me esforcé, las invité a casa antes de que tú vinieras, intenté agradarles y mira… —cortaba cualquier intento de debate. Esperando a que cargara la página, Agripina miró la habitación y vio una figurita de cerámica que Ilona le regaló años atrás. Corazón encogido. …Vinieron juntas a Estados Unidos al final de la segunda ola migratoria. Fueron al mismo curso de inglés, celebraron fiestas, mandaban a los niños juntos de campamento. Pasaban horas charlando junto a la piscina del residencial, intercambiando libros, películas y confidencias. Pensaba que aquello era para siempre. Agripina cuidaba de los padres de Ilona, incluso de ella cuando enfermaba: gripazos, jaquecas, todos los males de la familia pasaban por sus manos. Hasta que un día, un mensaje enviado sin querer a la destinataria equivocada: “No puedo ahora, ya me está taladrando Ilona con otro de sus vestidos.” Fue un error cotillear, Agripina lo sabía. Pero era la verdad: Ilona estaba obsesionada con la ropa de marca. Aquella confesión lo arrasó todo. Quería desahogarse con una amiga común, pero… el mensaje lo leyó Ilona. Silencio. Al día siguiente, un contestador frío: “No necesito una amiga así”. Fin. Desde entonces, años de silencio. Y ahora, la invitación al aniversario. Por las noches, debatiéndose a solas, a vueltas con los pros y los contras. Musi y Gavino sin dormir. —Déjalo ya —protestaba su marido. Ella empezaba correos de respuesta a Sergio, para borrarlos al instante. En la pantalla parpadeaba el vuelo Colonia-Chicago. ¿Reservar ahora? Agripina se quedó con el dedo en el ratón. —Si quieres, vete —dijo Musi por la mañana—. Pero no esperes apoyo ni compañía. —No lo espero —susurró ella. —Luego no digas que hubiera sido mejor no ir. —Lo diré. O no. Lo importante es no arrepentirme de no intentarlo. Al final, fue. El vuelo se retrasó, perdió la conexión, el vestido se quedó varado en otra terminal al otro lado del Atlántico. Al llegar, la reserva del hotel “desapareció”, el hotel estaba lleno y el recepcionista le ofreció una lista de pensiones cercanas. —Gracias —respondió ella, agotada—. Todo encaja. Con el café frío y la lista en la mano recordó a Elena, amiga de la universidad. Contra todo pronóstico, Elena contestó de inmediato: “Ven, tengo habitación de invitados. Ya veremos el vestido.” Al día siguiente, camino al club de golf donde era la fiesta, Elena animaba: —Entra como invitada, no como sombra del pasado. Espalda recta. Era una celebración de lujo: carpas, champán y chicas cortadas por el mismo patrón. Viejos amigos, ninguno a la vista; sólo gente elegante y segura de sí misma. Sergio la saludó primero, la abrazó con culpabilidad: —Me alegro de que hayas venido. Perdona… sólo quería que ella te viera. Y entonces apareció Ilona, con un vestido de diseño, peinado impecable y mirada de hielo. —Agripina. Qué sorpresa —dijo, torciendo apenas los labios—. Disfruta, —soltó, alejándose. Más tarde, en el brindis, Ilona tomó su copa de martini, se llevó una aceituna a la boca y, de pronto, empezó a toser. Su cara se puso roja, los ojos desorbitados, manos al cuello. —¡Se ahoga! ¡Llamad a una ambulancia! —gritó Sergio. Pero Agripina ya estaba a su lado. Actuó serena y precisa, con tacones y vestido prestado: postura correcta, los brazos bien, un apretón seco hacia arriba. La maniobra de Heimlich funcionó: la aceituna salió disparada y, llorosa, Ilona volvió a respirar. La ambulancia llegó quince minutos después, ya innecesaria. —Gracias —dijo la homenajeada sin mirarla. —No hay de qué —respondió Agripina con ironía—. Ya ves que no vine en balde. En el aeropuerto de regreso, ella por fin sintió alivio. No porque hubiera acabado. Sino porque, por fin, todo estaba en su sitio. Esa amistad llevaba muerta mucho tiempo. Ahora, por fin, se celebraba su entierro: sin palabras, pero con claridad. Musi fue a recogerla. Gavino estuvo a punto de asfixiarse de alegría. —¿Y bien, cómo fue? —preguntó Musi. —De todo un poco. Pero ya está cerrado. —¿Te dejaste humillar? —No. Diría que más bien al revés. —¿Y? —Que ya no me llama volver. Él recogió su maleta. Ella le tomó del brazo. Y, juntos, volvieron a casa.
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