NI CONTIGO, NI SIN TI
Nunca jures nada, nunca. No te comprometas en vano. Puedes jurar amor eterno y la vida te regala un nuevo amor, uno tan fuerte que no eres capaz de apartarte de él afirma con aplomo Verónica Casares, convencida de que comparte una verdad sensata.
¿Nuevo amor? Mamá, ¿cómo es eso? Me parece que eso es traición a quien amas responde sorprendida Lucía, mirando a su madre como si de pronto le hablara en otro idioma.
Lucía, quizá sí, sea una traición. Una infidelidad, quizás. Pero ¿cómo explicártelo? El amor se va. No se puede detener, ni retener. Llega un día en que te vuelves absolutamente indiferente hacia la persona por la que antes hubieras dado la vida. Intentar recuperar lo que fue es como regar arena en el desierto. No sirve de nada. Así pasa, hija
Aparece un nuevo sentimiento. Es como una corriente eléctrica. El amor de antes se borra, y fluye una pasión distinta. No entiendes por qué sucede, de repente chisporrotea la llama de la ilusión. Es doloroso y dulce al tiempo. ¿Quién puede luchar contra esta pasión arrolladora?
Encuentras a tu mitad y lo demás te sabe a poco. Es pura química de las emociones.
¿Cómo describir, por ejemplo, el color rojo? No hay palabras exactas. Con los sentimientos es igual Verónica suspira con resignación.
Lucía la observa con atención.
Le parece que su madre habla de sí misma, de una ilusión secreta.
Mamá, dices cosas muy extrañas, pero intentaré comprenderte añade Lucía, dispuesta ya a salir del salón.
Confío en ello Verónica abraza cálidamente a su hija.
¿Cómo explicarle a tu hija, o incluso a ti misma, que da igual cuánto tiempo lleves casada con tu pareja? Ya sean diez, veinte años Da igual cuántos golpes del destino habéis superado juntos, cuántos hijos os unen No importa
De pronto aparece esa persona. Te lanzas a su vida casi sin poder evitarlo.
Y piensas: ¿cómo podía yo respirar y vivir sin él media vida? ¿Cómo?
Verónica se queda pensativa mirando por la ventana, preguntándose qué será lo próximo.
No puede olvidar a ese hombre. Forma parte de ella, le quema como una astilla en el corazón. No se puede borrar. Ni los psicólogos ayudan. Esto es amor
«No tengo culpa de nada. No busqué a nadie. Eduardo me encontró a mí. No me deja ir. Muchas veces intenté huir. Fue imposible. Se me eriza la piel con solo sentirlo cerca. Es el destino. No lo puedo evitar.»
Verónica ha decidido no decirle nada a su marido sobre la despedida. En secreto, irá recogiendo sus cosas para marcharse con Eduardo a Valencia, donde empezarán una nueva vida juntos.
Eduardo la llama desde hace tiempo y su amor ya se ha posado, madurado
Quizá su marido intuya el motivo de su huida. Estos últimos seis meses Verónica no se separa del móvil: lo pone bajo la almohada al dormir, lo lleva al baño, nunca lo suelta
Su marido es listo, lo va a comprender.
«Mi hija es de las que tienen las ideas claras. Eligió a un buen hombre y ahí se quedó. Aunque salió corriendo al casarse, pero bueno No se le conocen tentaciones ni historias. Firme como una piedra. Lucía está siempre con su marido, una sombra detrás de él. Una familia perfecta. Dio a luz a un hijo, en él puso el alma. A pesar de que salió travieso, la vida le pondrá en su sitio y le enseñará.»
Por fin, Verónica se prepara para el viaje. Hacia el amor. Para siempre.
Sin embargo, la vida cambia el rumbo, y lo hace sin avisar, sin piedad. Como si la golpeara con ortigas.
Su marido cae enfermo de repente, incapacitado como un niño pequeño. Un ictus.
Qué duro
Antes, cualquier problema lo afrontaban juntos, el doble era medio pesar
Ahora Verónica va de un lado a otro, entre su amor y el marido enfermo. Solo le queda telefonear a Eduardo. Hay días en los que la desesperación es insoportable, y nada le apetece: ni amor, ni pasión, nada
Todo patas arriba
Siente una pena infinita por su marido y no logra olvidar a Eduardo (el sentimiento por él solo crece y crece).
Su hija, al ver cuánto sufre su madre, le dice:
Mamá, déjame a mí el cuidado de papá. Vive tu vida
Verónica rompe a llorar, abraza a Lucía y le susurra al oído:
Gracias, Lucía. Eres una chica sabia.
Ese mismo atardecer, Verónica espera el tren en la estación de Atocha.
El encuentro con Eduardo. Lágrimas de alegría, besos ansiosos, palabras sin sentido.
Hola, mi cielo Verónica se cuelga de los hombros de Eduardo y no lo suelta.
Verónica, cuánto te he echado de menos Eduardo le besa la mano con pasión.
La noche es mágica, interminable Pasión desbordada, años de espera, placer hasta estremecer, hambre insaciable
Las sábanas guardan gemidos
¿Dónde está el cielo?
¿Dónde la tierra?
Como si fuera la última vez
Cuánto necesitaba esa frágil cita.
Tres días después, Verónica cuida del marido postrado en cama
Seca las lágrimas con una servilleta, las suyas, las de élAl amanecer, la realidad vuelve con su peso: mensajes en el teléfono de Lucía, recordándole el cambio de medicación de su padre; el sonido frío y rutinario del mundo despertando allá afuera. Eduardo duerme abrazado a ella, confiado, y Verónica lo observa, preguntándose si ese amor correspondido será suficiente para curar los vacíos que la vida ha ido dejando tras de sí.
Vestirse con la ropa del día, vestirse también con las promesas de un futuro en el que la pasión no se mezcle con la culpa ni el deseo con la tristeza. Pero sabe, en lo más hondo, que ni contigo ni sin ti tiene remedio su mal. Quizá ese sea su destino: ser mitad y mitad, dividirse entre las sendas ya andadas y los caminos por descubrir.
Antes de marcharse a la nueva ciudad, Verónica llama a Lucía, escucha de fondo la voz ronca de su esposo preguntando con ternura por ella. Siente entonces, inesperadamente, una paz dulce y amarga.
Tal vez nunca entenderá del todo los caprichos del corazón, ni podrá jurar nada con certeza. Pero, al colgar, sonríe por primera vez en mucho tiempo, sintiendo que la vida incluso en su desorden es hermosa, porque al fin ha sido capaz de elegir.
Así, entre los andenes tibios de la estación y el futuro incierto que late en sus venas, Verónica comprende: no hay amor perfecto, ni existe el tiempo preciso, sólo momentos intensos, sinceros, que justifican todos los demás.
Y mientras el tren parte, ella, ligera, se permite cerrar los ojos y amar, sin culpa ni miedo, sabiendo por fin que la felicidad es siempre un instante robado al caos.







