SOLO RESPIRA… —¡Ay, Dios mío! ¿Y de dónde la habrás sacado, Olegio? ¡Si pesa un quintal! No te entiendo, Olegio. Es que es una fofa, ni fu ni fa. ¿Qué le ves? Mamá, dile tú algo —protestaba y protestaba Elena… —Ya está bien, Elena, tranquila. Es la elección de tu hermano. Olegio es quien va a vivir con ella. Que se las apañe con su novia —Ana Victoria miró interrogante a su hijo. —¿Ya habéis acabado? Pues eso… Me caso con Tania. Y encima, en otoño tendremos un hijo. Se han terminado los debates, queridas señoras —Olegio salió de la sala. …Olegio ya había estado casado. Con una belleza. Y la hija quedó en aquel matrimonio anterior. Amó a su exmujer con locura. Pero, al parecer, nunca encajó en la familia. Su suegra hizo todo lo posible por romper ese amor. Olegio tuvo que marcharse. Por entonces se desmadró. Bebía sin medida, se metía en peleas, cambiaba de mujer en mujer… …De repente apareció Tania. Se conocieron en un grupo de amigos. Tania enseguida se fijó en Olegio. Guapo, elegante, extrovertido. Tenía un sentido del humor maravilloso. Nadie hacía reír a Tania tan rápido. Tania era profesora de matemáticas en el instituto. Vivía en casa de sus padres. Tenía veinticuatro años cuando conoció a Olegio. A veces ocurre, ves a alguien y lo amas para toda la vida. Sin más razón, porque sí. Porque simplemente existe. Y sientes que esa persona es tu alma gemela. Y es como si la conocieras de toda la vida. Ya no puedes imaginar tu mundo sin ella. Así le ocurrió a Tania. Olegio aquella noche ni se fijó en la desconocida. Primero, porque iba borracho como una cuba. Segundo, Tania no era su tipo. Pero nada. Y tercero, Olegio había renunciado al matrimonio: “Ya tuve bastante, ¡ni loco vuelvo a casarme!”, decía a sus amigos. Pero en aquella fiesta estaba Emma. Un auténtico bombón. Olegio entabló con ella una charla amena. Y hasta la apartó del grupo. Se aisló con Emma en la cocina. Al rato, se irían juntos, de la mano, en plena noche. …Con Emma todo era genial. Olegio lo tenía claro con ella. Una chica burbujeante, loquita pero encantadora. Los hombres la miraban y suspiraban. Olegio presentó a Emma a su hermana Elena. —Guapa, sí, pero no es chica de familia —sentenció Elena. —Ya lo sé —respondió Olegio. Emma dejó a Olegio por otro hombre. Olegio no sufrió. Sabía que esa chica no era para él. La dejó marchar, sin remordimientos. …Tania esperó su momento. Olegio estaba libre: era hora de actuar. Tania invitó a Olegio a salir. Él no aceptó enseguida, pero al final sí. Tania llevó a Olegio a su casa, lo presentó a sus padres. Al padre y a la madre les cayó fenomenal el chico. Y empezó la historia… Olegio estaba rodeado de atención y cuidados las 24 horas. Tania revoloteaba sobre él como una mariposa. Cumplía cualquier capricho de Olegio al instante. A los seis meses, Olegio decidió contar a su madre y hermana que Tania sería su futura esposa. —¿Pero tú la quieres, Olegito? —preguntó la madre. —No. Antes amé… Tú lo sabes, mamá. Eso duele. Me basta con saber que Tania me quiere con locura —Olegio se quedó pensativo. —Te resultará duro, hijo, vivir con quien no amas bajo el mismo techo. ¿Podrás acostumbrarte? —Ana Victoria se secó las lágrimas. —Ya veremos —respondió Olegio, esquivo. …Se celebró la boda en casa de la novia. —¡Sed felices, amaos, y si discutís, reconciliaos pronto, tortolitos! —aconsejó la suegra a Olegio. …Discutían, pero no se reconciliaban. Olegio empezó a beber. Se volvió a casa de sus padres. Ana Victoria negó con la cabeza, pero no dijo nada. Tania se plantó ese mismo día en casa: —¿Pero qué haces, Olegio? Vuelve. ¡No te entregaré a nadie! Volvió. …Nació un hijo. La vida se complicó… El tiempo voló… Olegio se encariñó cada día más con esa cálida familia. El suegro y la suegra le quisieron como a un hijo. El mejor bocado, para Olegito. Si el yerno llegaba de trabajar, todos en silencio: necesitaba descansar. Le colmaban de regalos… Olegio nunca faltó al respeto a los padres de Tania. Los valoraba. Él asumía todas las tareas de la casa. A Tania siempre la llamaba con cariño: “Taniuca”. Adoraba a su hijo. …Pasaron veinticinco años juntos. Como un suspiro… Los padres envejecieron. Se pusieron enfermos. Se pasaban el día en el ambulatorio. —Olegito, ¿y si te haces por fin una revisión? —aconsejaba Tania a su marido. —Como tú digas, Taniuca… —respondía Olegio. …Siempre tenía prisas por cambiar la valla, hacer reformas, dejar el jardín perfecto. Siempre con prisas… …Llegó la ambulancia. —Ya no hay nada que hacer. Muerte repentina… El mundo se vino abajo. Tania cayó desmayada. Los médicos la recuperaron. —¿Cómo es posible? Olegito acababa de pasar por todos los médicos. “Sano”, decían. Y de repente… un accidente absurdo… ¡No me lo creo! —Tania gritaba. Los padres ancianos miraban desde un rincón, desconcertados. —¡Teníamos que haber muerto nosotros, los viejos! ¡Nosotros! ¿Por qué tanta injusticia? —la madre de Tania rompió a llorar. —¡Olegito! ¡Eres mi vida! ¡Solo respiraaaaa…! —Tania se abalanzó sobre su marido muerto. …Lo enterraron. …Dos meses después, murió el padre de Tania. Antes de morir decía: —¡Olegito! ¡Llévame contigo! Un mes después murió la madre de Tania. …A los seis meses, Tania vendió la casa. No pudo seguir viviendo allí. Compró un piso. Casó a su hijo. …Confesaba a la hermana de Olegio, tras siete años de viudedad: —Elena, un marido como Olegito, no lo encuentras… Viví un infierno al perderlo. No supe protegerle… A su hijo le pidió: entiérrame junto a papá. Qué dolor y amargura sin el ser amado… Y el tiempo no cura, Helenita. Créeme…

SOLO RESPIRA…

¡Ay, madre! ¿De dónde la has sacado? ¡Si pesa como un quintal! De verdad que no te entiendo, Óscar. ¡Es que parece una inútil! Igual que nada. ¿Qué le ves? Mamá, dime algo tú protesta Carmela, una y otra vez, sin descanso

Ya está bien, Carmela, tranquilízate. Esa es la decisión de tu hermano. A Óscar le toca vivir con su novia. Allá él, que se apañe le responde Mercedes, mirándole con gesto interrogante a su hijo.

¿Ya habéis acabado? Pues escúchadme. Me caso con Carmen. Y, además, en otoño vamos a tener un hijo. Así que, queridas mujeres, el debate ha terminado dice Óscar y se sale del salón.

Óscar ya estuvo casado una vez. Con una auténtica belleza. De ese matrimonio le quedó una hija. Amaba a su esposa con locura, pero, al final, no encajó en la familia política. Su suegra hizo de todo para romper ese amor. Y Óscar no tuvo más remedio que marcharse.

Aquel tiempo fue duro: empezó a beber a todas horas, se metía en broncas, cambiaba de mujeres sin rumbo…

Y entonces, como caída del cielo, apareció Carmen. Se vieron por primera vez en una reunión de amigos. Carmen reparó instantáneamente en Óscar; le resultó atractivo, varonil y muy simpático. Tenía un sentido del humor que nadie más podía igualar. Nadie hacía reír a Carmen como él.

Carmen daba clases de matemáticas en un instituto. Vivía todavía en casa de sus padres. Tenía veinticuatro años cuando conoció a Óscar.

A veces ocurre: ves a alguien y sabes que es para toda la vida. Sin motivo, solo porque sí. Simplemente, porque existe. Sientes que es tu alma gemela y que ya lo conoces de siempre. Así le sucedió a Carmen.

Esa noche, Óscar ni siquiera notó a la desconocida.

Primero, porque estaba bien borracho. Segundo, porque Carmen no era su tipo, ni de lejos. Tercero, porque Óscar había jurado no volver a casarse. No más bodas, una y no más, les había repetido a sus amigos.

Pero en aquel grupo estaba Sonia. Encanto puro. Óscar entabló charla con ella y terminó llevándosela a la cocina para estar a solas. Más tarde ambos se irían, juntos, tomados de la mano, en plena noche.

Con Sonia todo fue intenso. A Óscar le gustaba todo de ella. Era una chica burbujeante; los hombres se giraban en la calle al verla.

Óscar llegó a presentar a Sonia a su hermana Carmela.

Bonita es, pero no es para hacer familia dictaminó Carmela.

Ya lo sé respondió Óscar.

Sonia acabó dejando a Óscar por otro hombre.

Él no sufrió. Sabía que ella no era de su mundo. La dejó marchar, sin arrepentirse.

Carmen esperó su momento. Óscar estaba libre; llegó su hora.

Carmen le invitó a salir. Él tardó, pero aceptó.

Carmen le llevó a casa y presentó a sus padres. Óscar les cayó muy bien.

Y empezó todo

A Óscar lo rodearon de cariño y atención las veinticuatro horas del día.

Carmen revoloteaba a su alrededor como una mariposa. Concedía inmediatamente cualquier capricho de Óscar.

A los seis meses, Óscar decidió contar a su madre y hermana sobre su futura esposa.

Pero, Óscar, ¿la quieres? le preguntó Mercedes.

No. Antes quise Tú lo sabes, madre. Eso duele. Me basta con saber que Carmen me ama locamente Óscar se quedó pensativo.

Hijo, será muy duro vivir bajo el mismo techo con una mujer a la que no quieres. ¿Te acostumbrarás? Mercedes secó sus lágrimas.

Ya veremos respondió él, evitando profundizar.

Y así fue la boda, celebrada en casa de la novia.

Vivid, amad, y si os peleáis, resolvedlo enseguida aconsejó la suegra de Óscar a los recién casados.

Las peleas llegaron, pero la reconciliación no. Óscar empezó a beber. Regresó a casa de sus padres.

Mercedes, su madre, negó con la cabeza, pero no dijo ni palabra.

Carmen fue tras él el mismo día:

¿Qué planeas, Óscar? Vuelve. A ti no te voy a perder.

Y Óscar volvió.

Nació un hijo.

Llegaron las preocupaciones y la rutina giró sin parar

Óscar se fue sintiendo cada vez más unido a aquella familia tan cálida.

Su suegro y suegra le cogieron cariño de verdad.

El mejor trozo, siempre para Óscar.

Si volvía del trabajo, todos bajaban la voz para no molestarle; tenía que descansar.

Le colmaban de detalles y ropa nueva

Óscar nunca faltó al respeto ni a la madre ni al padre de Carmen. Les tenía consideración.

Él llevaba toda la carga de la casa. A Carmen siempre la llamaba Carmencita. Siempre.

Adoraba a su hijo.

Pasaron veinticinco años en común. Como un suspiro

Los padres de Carmen envejecieron. Enfermaron con frecuencia. Pasaban más tiempo en el ambulatorio que en casa.

Óscar, ¿por qué no te miras tú también la salud, de vez en cuando? le aconsejaba Carmen a su marido.

Como tú digas, Carmencita aceptaba él.

Siempre tenía prisa: cambiar la valla, hacer reformas, poner orden en el jardín Todo le urgía

Una ambulancia llegó de golpe.

Ya no se puede hacer nada. Muerte súbita dijo el médico.

A Carmen se le fue el mundo. Se desmayó.

Consiguieron reanimarla.

¿Cómo puede ser? ¡Óscar pasó por todos los médicos hace nada! Sano, decían. Y ahora, un resbalón absurdo todo esto. ¡No me lo creo! Carmen gritaba desesperada.

Los padres, ya mayores, se sentaron apartados, sin saber qué hacer.

¡Nosotros, los viejos, debimos morir antes! ¡Nosotros! ¿Por qué tanta injusticia? lloró la madre de Carmen.

¡Óscar! ¡Eres mi vida! Sólo respiraaa Carmen se arrojó sobre el cuerpo de su marido muerto.

Le enterraron.

A los dos meses murió el padre de Carmen.

Antes de morir, repetía:

¡Óscar! ¡Llévame contigo!

Al mes falleció la madre de Carmen.

Seis meses después, Carmen vendió la casa.

No pudo soportar más vivir allí. Se compró un pequeño piso. Casó a su hijo.

Siete años después, aún viuda, le confesaba a Carmela, la hermana de Óscar:

Carmela, un marido como Óscar no lo hay. He pasado el infierno al perderle. No supe cuidarle

A su hijo le dejó dicho: entiérrame junto a tu padre.

Qué dolor y amargura sin tu gran amor

Y el tiempo, Carmela, el tiempo no lo cura, créemeEl día que Carmen cumplió setenta años, su hijo apareció temprano, con una tarta, el café recién hecho y una sonrisa parecida a la de Óscar. Se quedaron sentados en la pequeña cocina, mirando caer la lluvia por la ventana abierta. Ya no había grandes planes ni ruido, solo la paz tibia de la rutina. Su hijo le cogió la mano y la besó.

Te echo de menos, papá susurró de pronto, sin mirarla.

Carmen sintió cómo una lágrima rodaba, cálida pero suave, por su mejilla. Cerró los ojos e inspiró hondo, dejando entrar el recuerdo de Óscar y a la vez, la certeza de que la vida seguía latiendo, incluso entre el dolor y la ausencia.

Después, pidió a su hijo que la llevara al cementerio. Allí estaban juntos, al fin: Carmen, su hijo y una brisa ligera entre los cipreses que olía a tierra mojada. Silencio. En el silencio, Carmen creyó por un instante sentir una caricia suave en el hombro. No dijo nada; solo permaneció allí largo rato, mirando la lápida con el nombre de Óscar y el suyo, ya grabado a un costado, esperando su fecha.

Caminando de regreso por el sendero, con el brazo de su hijo entrelazado al suyo, Carmen notó algo que no olvidaría nunca: en la vida caben el amor perdido, la nostalgia, la esperanza y la gratitud. Porque el amor, incluso después de todo, sigue respirando en los que se quedan.

Siguieron caminando bajo la lluvia, y Carmen, por primera vez en mucho tiempo, sonrió.

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SOLO RESPIRA… —¡Ay, Dios mío! ¿Y de dónde la habrás sacado, Olegio? ¡Si pesa un quintal! No te entiendo, Olegio. Es que es una fofa, ni fu ni fa. ¿Qué le ves? Mamá, dile tú algo —protestaba y protestaba Elena… —Ya está bien, Elena, tranquila. Es la elección de tu hermano. Olegio es quien va a vivir con ella. Que se las apañe con su novia —Ana Victoria miró interrogante a su hijo. —¿Ya habéis acabado? Pues eso… Me caso con Tania. Y encima, en otoño tendremos un hijo. Se han terminado los debates, queridas señoras —Olegio salió de la sala. …Olegio ya había estado casado. Con una belleza. Y la hija quedó en aquel matrimonio anterior. Amó a su exmujer con locura. Pero, al parecer, nunca encajó en la familia. Su suegra hizo todo lo posible por romper ese amor. Olegio tuvo que marcharse. Por entonces se desmadró. Bebía sin medida, se metía en peleas, cambiaba de mujer en mujer… …De repente apareció Tania. Se conocieron en un grupo de amigos. Tania enseguida se fijó en Olegio. Guapo, elegante, extrovertido. Tenía un sentido del humor maravilloso. Nadie hacía reír a Tania tan rápido. Tania era profesora de matemáticas en el instituto. Vivía en casa de sus padres. Tenía veinticuatro años cuando conoció a Olegio. A veces ocurre, ves a alguien y lo amas para toda la vida. Sin más razón, porque sí. Porque simplemente existe. Y sientes que esa persona es tu alma gemela. Y es como si la conocieras de toda la vida. Ya no puedes imaginar tu mundo sin ella. Así le ocurrió a Tania. Olegio aquella noche ni se fijó en la desconocida. Primero, porque iba borracho como una cuba. Segundo, Tania no era su tipo. Pero nada. Y tercero, Olegio había renunciado al matrimonio: “Ya tuve bastante, ¡ni loco vuelvo a casarme!”, decía a sus amigos. Pero en aquella fiesta estaba Emma. Un auténtico bombón. Olegio entabló con ella una charla amena. Y hasta la apartó del grupo. Se aisló con Emma en la cocina. Al rato, se irían juntos, de la mano, en plena noche. …Con Emma todo era genial. Olegio lo tenía claro con ella. Una chica burbujeante, loquita pero encantadora. Los hombres la miraban y suspiraban. Olegio presentó a Emma a su hermana Elena. —Guapa, sí, pero no es chica de familia —sentenció Elena. —Ya lo sé —respondió Olegio. Emma dejó a Olegio por otro hombre. Olegio no sufrió. Sabía que esa chica no era para él. La dejó marchar, sin remordimientos. …Tania esperó su momento. Olegio estaba libre: era hora de actuar. Tania invitó a Olegio a salir. Él no aceptó enseguida, pero al final sí. Tania llevó a Olegio a su casa, lo presentó a sus padres. Al padre y a la madre les cayó fenomenal el chico. Y empezó la historia… Olegio estaba rodeado de atención y cuidados las 24 horas. Tania revoloteaba sobre él como una mariposa. Cumplía cualquier capricho de Olegio al instante. A los seis meses, Olegio decidió contar a su madre y hermana que Tania sería su futura esposa. —¿Pero tú la quieres, Olegito? —preguntó la madre. —No. Antes amé… Tú lo sabes, mamá. Eso duele. Me basta con saber que Tania me quiere con locura —Olegio se quedó pensativo. —Te resultará duro, hijo, vivir con quien no amas bajo el mismo techo. ¿Podrás acostumbrarte? —Ana Victoria se secó las lágrimas. —Ya veremos —respondió Olegio, esquivo. …Se celebró la boda en casa de la novia. —¡Sed felices, amaos, y si discutís, reconciliaos pronto, tortolitos! —aconsejó la suegra a Olegio. …Discutían, pero no se reconciliaban. Olegio empezó a beber. Se volvió a casa de sus padres. Ana Victoria negó con la cabeza, pero no dijo nada. Tania se plantó ese mismo día en casa: —¿Pero qué haces, Olegio? Vuelve. ¡No te entregaré a nadie! Volvió. …Nació un hijo. La vida se complicó… El tiempo voló… Olegio se encariñó cada día más con esa cálida familia. El suegro y la suegra le quisieron como a un hijo. El mejor bocado, para Olegito. Si el yerno llegaba de trabajar, todos en silencio: necesitaba descansar. Le colmaban de regalos… Olegio nunca faltó al respeto a los padres de Tania. Los valoraba. Él asumía todas las tareas de la casa. A Tania siempre la llamaba con cariño: “Taniuca”. Adoraba a su hijo. …Pasaron veinticinco años juntos. Como un suspiro… Los padres envejecieron. Se pusieron enfermos. Se pasaban el día en el ambulatorio. —Olegito, ¿y si te haces por fin una revisión? —aconsejaba Tania a su marido. —Como tú digas, Taniuca… —respondía Olegio. …Siempre tenía prisas por cambiar la valla, hacer reformas, dejar el jardín perfecto. Siempre con prisas… …Llegó la ambulancia. —Ya no hay nada que hacer. Muerte repentina… El mundo se vino abajo. Tania cayó desmayada. Los médicos la recuperaron. —¿Cómo es posible? Olegito acababa de pasar por todos los médicos. “Sano”, decían. Y de repente… un accidente absurdo… ¡No me lo creo! —Tania gritaba. Los padres ancianos miraban desde un rincón, desconcertados. —¡Teníamos que haber muerto nosotros, los viejos! ¡Nosotros! ¿Por qué tanta injusticia? —la madre de Tania rompió a llorar. —¡Olegito! ¡Eres mi vida! ¡Solo respiraaaaa…! —Tania se abalanzó sobre su marido muerto. …Lo enterraron. …Dos meses después, murió el padre de Tania. Antes de morir decía: —¡Olegito! ¡Llévame contigo! Un mes después murió la madre de Tania. …A los seis meses, Tania vendió la casa. No pudo seguir viviendo allí. Compró un piso. Casó a su hijo. …Confesaba a la hermana de Olegio, tras siete años de viudedad: —Elena, un marido como Olegito, no lo encuentras… Viví un infierno al perderlo. No supe protegerle… A su hijo le pidió: entiérrame junto a papá. Qué dolor y amargura sin el ser amado… Y el tiempo no cura, Helenita. Créeme…
Estaba fregando los platos cuando mi marido irrumpió gritando. Otra vez su madre. Otra vez la desconfianza. Ya basta.