VIENES TÚ…
Hoy, mientras subíamos hacia la ermita, empecé a encontrarme fatal. Sentía las piernas flojas, la vista se me nublaba. La senda era tan empinada que apenas podía respirar. Me salí del camino, busqué un rincón a la sombra y me tumbé directo sobre la hierba. Mi amiga Sonsoles, siempre tan atenta, me puso su mochila debajo de la cabeza.
La gente que pasaba nos miraba con curiosidad. Todos seguían subiendo, con su paso tranquilo, hacia la vieja ermita de la sierra. Alguien me ofreció una pastilla; ni pregunté qué era, la acepté sin interés y la puse bajo la lengua. Me sentía tan indiferente Al rato, parecía que me encontraba algo mejor.
Pero de subir hasta la cima, ya ni hablar. Así que Sonsoles y yo descendimos despacio hasta el arroyo. Luego, siguiendo el curso del agua, fuimos regresando al hotel rural donde nos alojamos.
Sin ni cambiarme, me tumbé encima de la cama. Me invadía una tristeza extraña. ¿Por qué, Señor, me cierras el paso al templo? ¿Por qué me pones un muro? Es como si dijeras, Aparte, Yasmín, que pasen los justos, tú, pecadora, descansa en mitad del camino y piensa en tu vida
Yasmín, ¿te preparo un té? Sonsoles me miraba angustiada, con esa ternura suya.
Gracias, Sonso, prefiero esperar un rato respondí con un suspiro, cerrando los ojos.
A veces pienso en Sonsoles. Vaya historial Maridos, amantes, y ni un hijo, que ni echa en falta. No tiene remedio, pero aun así se empeña en venir al templo. ¿Será miedo al infierno? En el fondo, todos queremos ganarnos el cielo; vivir a tope, quemar la vida y después, al final, tener tiempo de arrepentirse Mejor el último día.
Pero lo malo es que a veces no hay tiempo para eso.
Me da pena mi amiga. Es buena, noble, siempre está ahí. Nadie controla su carácter volcánico, tiene mucho ego, demasiado a veces Y si no consigue lo que quiere, todos a temblar. Nadie es imprescindible, pero a veces la oigo llorar por las noches, sola en la habitación de al lado. Cuarenta y cuatro años, y aún a la deriva.
¡Pero qué ansia de amor tiene! Busca esa pasión que arrasa, que consume hasta el aire
A mí siempre me critica: Que si uno solo marido, que si los dos críos, la familia pendiente, la cocina encendida día y noche. ¡Menuda vida aburrida, Yasmín!
¿Y por qué no pruebas a salirte del tiesto? Hay hombres que te miran, ¿lo notas? Dale una oportunidad a la pasión. Siempre te va a esperar tu Rodrigo. Te va a aceptar, hagas lo que hagas. Pero al menos sabrás lo que es arder. Sal del pantano de tu familia, mujer. ¡Anímate! No te arrepentirás.
Pero ya no me tientan esas pasiones. Quizás porque ya lo viví; ya sentí ese incendio.
Tuve una historia con Luis, no lo he contado nunca. Le quise tanto que me dolía respirar. Estuvimos liados dos años, y Rodrigo, mi marido, lo presentía. Yo, en mi pecado, llegué a pensar en dejarlo todo. Luis me embriagó, no podía ni quería resistirme. Quedábamos y mi cuerpo temblaba, me faltaba el aliento. Me llenó de luz y fuego.
No se puede describir
Pero mira, supe dejarlo. Amando todavía.
Volví con mi familia. A veces pienso, ¿para qué? Con Luis viví una felicidad pequeña, pero inacabable.
Rodrigo hace tanto que no siento nada, pero hubo amor, y mucho. Me faltaba el aire de tanto quererle. Ahora sólo me queda compasión. Él mismo mató el amor con su dejadez… Qué le voy a hacer.
Todo era un lío en aquellos años, y ni a Sonsoles le conté lo de Luis. Ella aún cree que soy santa. Ya ves tú
Ni al templo me ha dejado entrar Dios hoy
Será que lo merezco.
Qué difícil olvidar a Luis. Nos entendíamos sin palabras, nos bastaba una mirada. Hay cosas que sólo pasan una vez en la vida, y marcan para siempre.
¿Querría repetirlo, Yasmín? ¡Claro que sí! Ay
Venga, Sonso, sirve el té le dije, con una sonrisa renovada, abrazándola.
Y en el fondo de mi alma, sentí una voz apacible: Descúbrete, niña. Limpia tu alma. Te quiero. Ámate, y venAbrí los ojos: la tarde temblaba tras la ventana, como una promesa débil y dorada. El aroma del té se mezcló con la brisa, y la sentí al fin, en el centro de mi pechoaquella paz diminuta y suficiente que apenas una vez en la vida se posa. Miré a Sonsoles, que volvía con las tazas humeantes y su sonrisa rota y valiente. Qué extraño regalo esto de la amistad, pensé. Tan inesperada, tan imperfecta, y así todo, tan parecida al amor.
Apoyé mis labios en la taza y, entre trago y trago, comprendí que a veces no hay cima que escalemos con las piernas; a veces, el verdadero ascenso ocurre tumbada en la hierba, o al calor de una infusión y una mirada cómplice. Y aunque no crucé el umbral del templo, sentí que una puerta invisible se abría muy adentro.
¿Sabes, Sonso? Quizá no necesitamos subir más alto murmuré. Quizá solo hay que aprender a quedarse.
Ella me miró sin entender del todo, pero asentía, y su mano buscó la mía. Así nos quedamos, compartiendo la tibieza del silencio. Fuera, los campanarios llamaban a misa, y por un segundo, juraría que Dios descendía al llano, trayendo consuelo a dos mujeres anónimas, que esa tarde supieron perdonarse y amarse, un poco más cerca de la luz.







