El abuelo desde el balneario mandó un telegrama: No vuelvo contigo, me quedo a vivir con Pilar
La abuela de Marisa doña Carmen Fernández era el prototipo de abuela cariñosa, dulce y comprensiva que todos querríamos tener. Al abuelo apenas lo recordaba: algún retazo lejano, la vaga impresión de un olor fuerte y desagradable a tabaco de liar y sudor, ese tono de voz de sargento mayor que hacía temblar hasta al perro del vecino. Carmen siempre hablaba pestes de su marido: la maltrataba a menudo y, cuando no tenía algo mejor que hacer, se desquitaba con ella gratis y por puro aburrimiento.
El abuelo, Alejandro, era guarda de la Renfe. Cada día, junto a su compañero, recorría varios kilómetros de vía mirando si todo estaba en su sitio, arreglando lo que podía y, si la cosa era seria, avisando a la cuadrilla de reparaciones. Lo peor era el madrugón bajo la lluvia o escarchados en pleno invierno. Y claro, eso machaca a cualquiera. Por aquel entonces, el Estado ofrecía plazas gratuitas para curas de balneario a los obreros más machacados; a Alejandro se lo ofrecieron varias veces, pero siempre decía que no, con ese orgullo suyo de macho castellano.
Un invierno le dolía tanto la rodilla que pensaron que se la había traído el mismísimo demonio; el médico le recetó aguas termales y descanso, y le rogó casi de rodillas que aceptara la plaza en el balneario. A los médicos Alejandro les temía más que a Hacienda y les respetaba más que al cura del pueblo, así que, sin rechistar, obedeció. Carmen le preparó la maleta marrón de plástico con la asa negra que tenía más años que la catedral de Burgos, y allá fue el abuelo.
Carmen pegó botes de alegría ¡tres semanas de libertad, eso es vida! Asó una fuente enorme de pipas de girasol, salió al patio, y entre risas repartió a manos llenas entre las vecinas, compartiendo la noticia entre carcajadas. ¡Tres semanas de respiro sin disgusto, sin humo ni broncas, ni platos de sopa arrojados a la basura porque le falta o le sobra perejil!
Dos semanas después, la cartera trajo a doña Carmen un telegrama que decía: No vuelvo contigo, me quedo a vivir con Pilar. Carmen lo leyó una, dos, tres veces, como quien escucha llover oro en su ventana, y después, de rodillas, exclamó bien alto: ¡Virgencita del Carmen, por fin has oído mis plegarias! No cabía en sí de gozo. Lo primero fue recoger todas las camisas y pantalones del abuelo que planchaba a diario y ponerlos en un hatillo. Encima, sus papeles y algún que otro cartapacio, y directo todo al trastero: ni rastro suyo quería en casa.
Cuando terminaron las vacaciones del abuelo, apareció por casa a solucionar papeles del trabajo, se empadronó por su cuenta y se largó para siempre, llevándose sus cosas y su libreta de ahorros. No soltó ni un adiós, y afortunadamente Carmen tampoco se lo pidióno fuera a ser que se le ocurriera arrepentirse.
Con su hija se fue de sábado de compras al mercadillo para elegir papel pintado. Alejandro jamás lo permitió; paredes encaladas y se acabó la discusión. Compraron también tela para cortinas Carmen sacó su vieja Singer y, canturreando, cosió las cortinas largas con las que llevaba años soñando. El abuelo había impuesto los visillos cortos y horripilantes, trapos los llamaba ella con desprecio.
Con la azada, Carmen arrancó hasta la última planta de tabaco que Alejandro plantaba en el huerto, y en su lugar puso fresas. Sin piedad, quitó casi toda la zarzamora el abuelo solo reconocía esa fruta, y la devoraba tanto fresca como en mermelada, mientras impedía que en casa crecieran cerezas, ciruelas o fresas. Fuera con los cacharros viejos y mellados, y para el uso diario sacó la vajilla nueva que sus compañeras le regalaron al jubilarse.
La feísima hule blanca de la mesa, con su dibujo difuminado por los siglos, acabó en la basura. Por fin apagó el hornillo de gas que había estado encendido tirando de la economía más terca para no gastar cerillas. Ahora en la pila de la cocina lucía un jabón de fresas oloroso; el abuelo prohibía lavarse las manos con jabón eso es para el baño, una vez por semana, que con agua basta.
Carmen rejuveneció, las patas de gallo se le borarron. Vecinas iban y venían, preguntándole por lo que había plantado, y a ella le encantaba devolver las visitas, llevando tortas doraditas con setas de monte. Hasta el pelo le crecía más oscuro, como si le hubieran quitado de golpe diez años.
Por supuesto, hubo viudos y solitarios que quisieron cortejarla, pero Carmen ni agua. Ni uno volvió a pisar el umbral como pareja: así vivió feliz y contenta, rodeada de hijos y nietos hasta el último día, exclamando siempre entre risas: ¡Quién le iba a decir a Alejandro que lo mejor de su vida era marcharse con otra!Cuando la nieta Marisa preguntaba si echaba de menos a su marido, doña Carmen le guiñaba el ojo y decía: Hija, a veces la libertad es mejor compañía que cualquier hombre. Y cuando las fresas maduraban, invitaba a todo el barrio a probarlas, mientras en el aire flotaba la risa contagiosa de una mujer que, al final, había encontrado su lugar en el mundo.
En el pueblo, aún corría el rumor de que Carmen tenía pacto con la suerte, pues nunca se la veía cansada ni sola, y sus tardes se llenaban de historias, juegos y meriendas dulces. Bajo esas cortinas largas por fin estrenadas, entre el aroma de fresas recién lavadas y luz que bailaba sobre papel pintado de flores, Carmen se sabía dueña de cada día.
Y así, mientras el tren del pasado se alejaba definitivamente, doña Carmen, con una taza de chocolate y el sol llenando la cocina, sonreía con toda el alma. Porque justo donde Alejandro creyó que acababa todo, comenzaba, para ella, la mejor de las vidas.







