¡Rodrigo, el maletero! ¡Se ha abierto el maletero, para el coche! exclamaba Lourdes, aunque bien sabía ya que todo estaba perdido. Las cosas caían rodando sobre la carretera, dispersándose entre los coches que venían detrás, tan apretados y lentos en la autovía, que probablemente ni notaron el torbellino de bultos y regalos que dejaban atrás.
Y los obsequios, y las delicias que habían estado comprando y guardando con tiento durante los últimos dos meses: el lomo ibérico, la tarta de Santiago, las conservas caseras de su madre, y el queso manchego que sólo se permitían en días señalados. Las bolsas con los productos más especiales y los regalos estaban arriba del todo, para que no se aplastaran. Llevaban muchas cosas; iban a pasar todas las fiestas en el pueblo, en casa de la abuela de Rodrigo.
La autovía estaba atestada, todos escapando de Madrid en busca de familia y mesas largas. Los coches fluían pegados uno al otro, parsimoniosos pero sin espacio para detenerse de golpe. Así que todo lo que rodó fuera quizá jamás podría recuperarse.
Los niños, sentados detrás, miraban a Lourdes, su madre, con ojos llenos de angustia y pronto las lágrimas brotaron en sus mejillas. Lourdes trató de calmarlos mientras Rodrigo detenía el coche a un costado, pisando con dudas el arcén. Quedaba una chispa de esperanza, quién sabe, quizás alguna bolsa habría volado al margen. Caminaron regresando entre charcos y hierba helada, pero era inútil. ¿Buscar más? Sólo perderían tiempo y temblor.
Ya, cariño, no le des más vueltas. Lo que no está, no está. Y si hace falta algo, ya lo compraremos. Y si no, pues tampoco pasa nada dijo Rodrigo, viendo la tristeza de Lourdes . Son cosas materiales, anda, sube al coche, que mira cómo cae la nieve y la noche acecha la carretera.
Pero durante el resto del viaje, Lourdes no decía palabra. ¿De qué servía ahora echar la culpa a Rodrigo, por el cierre oxidado de aquel viejo Seat? Ni siquiera tenía sentido pensar en el candado, ya habían avisado que no era seguro. Entre intentar no pensar y sofocar lágrimas, el amargor crecía. Ahorró durante meses, mimó cada compra, imaginó la ilusión de los viejos ¿y ahora? Claro que hay tragedias peores, pero cómo dolía. Recordó el regalo para la abuela de Rodrigo, un edredón de lana gruesa y blanda, precioso, y el pesar la punzó aún más.
Llegaron al pueblo entrada la madrugada, convencidos de que la abuela Antonia, extenuada, dormiría ya. Pero frente al portal, la luz del farolón chispeaba alegre, y enseguida salió Antonia corriendo, con su inseparable vecina Encarnación detrás.
¡Ya estáis aquí, gloria bendita! gritó la abuela, besando a todos, uno a uno. ¡Lourdes, Rodrigo, bendito sea Dios! ¡Pensábamos que habíais tenido un accidente! Rodrigo, hijo, ¿y dónde está Mateo con Carla? ¡Ah, aquí están mis queridos, gracias al cielo!
Abuela, que estamos bien, ¡no se preocupe! ¿Qué le pasa, que anda tan nerviosa? la abrazó Rodrigo , Entremos, que nieva y solo llevas esa bata. No te vayas a constipar.
La abuela restó importancia con un gesto. Encarnación y yo rezamos toda la tarde por vosotros. ¡No te rías, que fue verdad! Vi una cosa rara: cabeceé tras el almuerzo y, de pronto, parecía que vuestro coche volaba fuera de la carretera, y yo sin poder moverme, sintiendo un frío en el alma Zombi toda la tarde, inquieta. Vine Encarnación que sus hijos ya habían llegado y al vernos tan preocupadas, nos pusimos a pedir por vosotros, primero a Dios, luego a San Isidro para que os protegiera. Vaya que si sirvió No sabemos cómo, ni qué ofrecimos, pero estáis a salvo. ¡Eso es lo que importa!
Razón tienes, abuela asintieron Lourdes y Rodrigo . Y, si alguien encontró nuestras cosas y las aprovecha, que le den alegría. Tal vez lo necesitaban más ellos.
Recibieron el Año Nuevo con la mesa llena y la familia aún más repleta. Patatas recién cocidas, tomates en conserva, pepinillos de la huerta, y una empanada que aún humeaba. Sin faltar la famosa sopa de ajo de la abuela Antonia. Mateo y Carla pasaron la noche junto a la chimenea devorando pestiños; a ellos no les hacía falta nada más. Durante el día, bajaron con los niños del resto del pueblo a tirarse con sacos por la pendiente nevada, esperando sin parpadear a que el reloj diera las doce y, tal vez, ver a los Reyes Magos dejar regalos bajo la humilde encina.
La abuela Antonia reía, abrazando a sus nietos y a los de su vecina Encarnación. ¡Qué fortuna, todos juntos! Porque ese abrazo, ese calor de hogar, era el verdadero tesoro.
En el confín de la meseta, en una aldea casi borrada en los mapas, las únicas tres casas alumbraban una mesa sencilla donde cenaban dos hermanas, Nieves y Concha, y su vecino el tío Evaristo. Allí la vida era pura supervivencia, especialmente en invierno. Familia, ni rastro salvo en recuerdos. Gracias que en verano podían plantar algo; en los meses fríos sólo quedaba resistir juntos.
Pero entre el frío y la niebla, Evaristo se mantenía firme. Mientras hubiera compañía, nada estaba todo perdido. Aquella mañana arrastró su viejo trineo al pinar, buscando leña seca para encender la cocina. Atando ramas, vio en la cuneta una bolsa medio oculta por la nieve.
Se acercó, tiró de las asas: era una bolsa grande. Evaristo la abrió y quedó perplejo: dentro había paté, queso, embutido, dulces, hasta un edredón blanco como la escarcha, esponjoso y tibio. Miró a ambos lados: nadie. Colocó la bolsa sobre el trineo, junto a la leña, y volvió a casa.
Desplegó el edredón ante Nieves y Concha y encendió la lumbre. Las mujeres fueron sacando manjares ajenos, incrédulas.
Yo ya no esperaba probar semejantes delicias de nuevo en la vida murmuró Concha.
Pensaba que los milagros no existían respondió Nieves.
Quizá fue el Señor, que nos envió un premio antes de partir reflexionó Evaristo , Quién sabe, quizá aún nos quedan días para asombrarnos, para reírnos y para dar las gracias.
A veces no merece la pena lamentarse por lo perdido. Quizá fue una mano divina, despejando el camino de un mal mayor. No hay más que agradecer por lo esencial que permanece y celebrar lo que aún es nuestro: la vida, el abrazo, y la esperanza.







