¡Íñigo, el maletero! ¡Se ha abierto el maletero, para el coche! – gritaba Marina, aunque ya entendía que todo estaba perdido. Las cosas iban cayendo a la carretera mientras conducían, y seguro que los coches que venían detrás ni se enteraron. ¡Y entre ellas los regalos y detalles para la familia, para los que llevaban ahorrando los dos últimos meses! Que si el tarro de caviar rojo, el salmón ahumado, la paletilla ibérica que solo compran en ocasiones especiales… Todas esas delicias especiales puestas arriba del todo en el maletero para que no se aplastaran. Habían cargado de todo, iban al pueblo a pasar todas las fiestas con la abuela de Íñigo. Había atasco en la autovía, todos huían de la ciudad. Los coches iban muy juntos, despacio, pero era difícil parar en seco. Así que lo que cayó, muy probablemente, ya estaba perdido. Los niños, en el asiento de atrás, se alteraron al ver a su madre tan disgustada y se echaron a llorar también. Marina intentó calmarlos mientras Íñigo apartaba el coche al arcén y, por fin, se detuvieron. La esperanza aún latía: tal vez todo hubiera rodado hacia la cuneta. Caminaron hacia atrás por el margen de la carretera, pero lógicamente fue en vano. No tenía sentido buscar más, solo perderían tiempo. – Venga, no le des más vueltas, si se ha perdido, pues se ha perdido, ya compraremos otra cosa, ¿vale? Además, que tampoco es tan grave – trató de consolar Íñigo a Marina al ver su cara –. Son solo cosas, venga, al coche. Mira cómo nieva, está oscureciendo y la carretera está complicada. Pero durante el resto del trayecto, Marina no pronunció palabra. ¿Y ahora, de qué serviría reñirle a Íñigo por no cerrar bien el maletero? Si es que el coche es viejo, y el maldito cierre hace tiempo que no va bien. A ratos intentaba no pensar en lo sucedido, a ratos no podía contener las lágrimas. ¡Qué rabia, tanto esfuerzo para comprar todo eso! ¿Por qué siempre le pasan a ella estas cosas? Vale, podía haber sido peor, pero vaya fastidio. Y entonces recordó el regalo especial para la abuela, una manta blandita y preciosa, también perdida, y se le encogió todavía más el corazón. Al pueblo llegaron bien entrada la noche. Seguramente la abuela, doña María, ya estaría dormida. Pero la luz lucía en el portal y, nada más llegar, la propia abuela y su vecina, doña Zina, salieron a recibirlos. – ¡Ya habéis llegado, gracias a Dios! – exclamó la abuela besándolos a todos –. Marina, Íñigo, bendito sea, ¡que ya no sabíamos qué pensar! ¿Y dónde están Iván e Irene? Aquí están, mis queridos, gracias a Dios, todo está bien. – Pero abuela, que no pasa nada, ¿por qué os habéis asustado tanto? – Íñigo la abrazó – Venga, vamos dentro, que está cayendo una nevada tremenda y tú solo llevas el abrigo encima, que hace mucho frío, mujer. ¿Por qué te has puesto así? La abuela hizo un gesto. – Mira, toda la tarde estuvimos Zina y yo rezando por vosotros, y no te rías, hijo. Hoy he tenido una visión, Íñigo, te lo juro por Dios. Me quedé dormida después de comer, y vi, como si fuera real, vuestro coche saliéndose de la carretera y pasando una desgracia. Desperté empapada en sudor, con un mal cuerpo… Y después vino Zina a preguntar si habíais llegado, y su hijo y familia ya estaban en casa. Yo estaba fatal, ni podía hablar, apenas le expliqué mi mal presentimiento. Zina me dijo enseguida: – Mal asunto, hay que rezar por ellos, quizá aún estemos a tiempo. Así que entre las dos estuvimos toda la tarde pidiendo por vosotros a Dios y a San Nicolás, que os protegiera. Que a ver de qué forma os rescatábamos, si para bien acababa todo. En fin, gracias a Dios que hemos conseguido algo, porque os veo aquí, vivos y sanos todos. – Tienes razón, abuela – asintieron Marina e Íñigo –. Y si nuestros regalos y viandas los ha encontrado quien los necesitaba, pues que les aproveche. Será porque lo necesitaban más que nosotros. Celebraron el Año Nuevo en compañía, con una mesa bien servida: patatas de la huerta, tomates y pepinillos en salmuera, y como no, el clásico pastel de abuela. Iván e Irene pasaron la tarde robando pasteles recién hechos al calor de la cocina; era lo único que querían. Durante el día, corrieron por la ladera con los niños de los vecinos. Por la noche, aunque casi no podían mantener los ojos abiertos del sueño, esperaban la llegada de Papá Noel para ver los regalos bajo el árbol a las doce en punto. La abuela María reía, abrazando a bisnietos y los niños de Zina. ¡Qué alegría, todos juntos! Eso era lo importante. Y en un pueblecito perdido de la España profunda, donde apenas quedaban tres casas con vida, estaban sentados en la mesa dos viejas hermanas, Esperanza y Vera, y don Basilio, su vecino. Sobrevivían como podían: en verano, aún se defendían con el huerto, pero en invierno todo era frío y soledad de ancianos. Pero juntos seguían adelante, que es lo más importante. Don Basilio había traído un ramito de pino para adornar la mesa y recogido algo de leña para el fuego. Ató unas ramas, preparó el trineo, y de repente, entre los montones de nieve junto a la carretera, algo sobresalía. Se acercó con curiosidad y tiró: una bolsa. La abrió, y aquello era un tesoro: caviar, pescado, carne, y en el fondo, una manta blanca, tan suave y cálida como la nieve recién caída. Miró a su alrededor: no había nadie. Puso la bolsa en el trineo con la leña y regresó a casa. Extendió la manta delante de Esperanza y Vera, avivó el fuego, y sacaron las viandas a la mesa. – Ya pensaba que nunca volvería a probar manjares así – murmuró Vera maravillada. – Yo tampoco creía que vería algo así en la vida – contestó Esperanza. – Será que el Señor nos ha hecho este regalo, una recompensa tras tanto esfuerzo. Quizá aún podamos disfrutar algún invierno más, ver lo que Él disponga y alegrarnos – concluyó don Basilio. No hay que lamentar las cosas perdidas. A veces, Dios permite que sacrifiquemos algo para librarnos de un mal mayor. Hay que alegrarse por lo que realmente importa: lo que sigue en nuestras vidas.

¡Rodrigo, el maletero! ¡Se ha abierto el maletero, para el coche! exclamaba Lourdes, aunque bien sabía ya que todo estaba perdido. Las cosas caían rodando sobre la carretera, dispersándose entre los coches que venían detrás, tan apretados y lentos en la autovía, que probablemente ni notaron el torbellino de bultos y regalos que dejaban atrás.

Y los obsequios, y las delicias que habían estado comprando y guardando con tiento durante los últimos dos meses: el lomo ibérico, la tarta de Santiago, las conservas caseras de su madre, y el queso manchego que sólo se permitían en días señalados. Las bolsas con los productos más especiales y los regalos estaban arriba del todo, para que no se aplastaran. Llevaban muchas cosas; iban a pasar todas las fiestas en el pueblo, en casa de la abuela de Rodrigo.

La autovía estaba atestada, todos escapando de Madrid en busca de familia y mesas largas. Los coches fluían pegados uno al otro, parsimoniosos pero sin espacio para detenerse de golpe. Así que todo lo que rodó fuera quizá jamás podría recuperarse.

Los niños, sentados detrás, miraban a Lourdes, su madre, con ojos llenos de angustia y pronto las lágrimas brotaron en sus mejillas. Lourdes trató de calmarlos mientras Rodrigo detenía el coche a un costado, pisando con dudas el arcén. Quedaba una chispa de esperanza, quién sabe, quizás alguna bolsa habría volado al margen. Caminaron regresando entre charcos y hierba helada, pero era inútil. ¿Buscar más? Sólo perderían tiempo y temblor.

Ya, cariño, no le des más vueltas. Lo que no está, no está. Y si hace falta algo, ya lo compraremos. Y si no, pues tampoco pasa nada dijo Rodrigo, viendo la tristeza de Lourdes . Son cosas materiales, anda, sube al coche, que mira cómo cae la nieve y la noche acecha la carretera.

Pero durante el resto del viaje, Lourdes no decía palabra. ¿De qué servía ahora echar la culpa a Rodrigo, por el cierre oxidado de aquel viejo Seat? Ni siquiera tenía sentido pensar en el candado, ya habían avisado que no era seguro. Entre intentar no pensar y sofocar lágrimas, el amargor crecía. Ahorró durante meses, mimó cada compra, imaginó la ilusión de los viejos ¿y ahora? Claro que hay tragedias peores, pero cómo dolía. Recordó el regalo para la abuela de Rodrigo, un edredón de lana gruesa y blanda, precioso, y el pesar la punzó aún más.

Llegaron al pueblo entrada la madrugada, convencidos de que la abuela Antonia, extenuada, dormiría ya. Pero frente al portal, la luz del farolón chispeaba alegre, y enseguida salió Antonia corriendo, con su inseparable vecina Encarnación detrás.

¡Ya estáis aquí, gloria bendita! gritó la abuela, besando a todos, uno a uno. ¡Lourdes, Rodrigo, bendito sea Dios! ¡Pensábamos que habíais tenido un accidente! Rodrigo, hijo, ¿y dónde está Mateo con Carla? ¡Ah, aquí están mis queridos, gracias al cielo!

Abuela, que estamos bien, ¡no se preocupe! ¿Qué le pasa, que anda tan nerviosa? la abrazó Rodrigo , Entremos, que nieva y solo llevas esa bata. No te vayas a constipar.

La abuela restó importancia con un gesto. Encarnación y yo rezamos toda la tarde por vosotros. ¡No te rías, que fue verdad! Vi una cosa rara: cabeceé tras el almuerzo y, de pronto, parecía que vuestro coche volaba fuera de la carretera, y yo sin poder moverme, sintiendo un frío en el alma Zombi toda la tarde, inquieta. Vine Encarnación que sus hijos ya habían llegado y al vernos tan preocupadas, nos pusimos a pedir por vosotros, primero a Dios, luego a San Isidro para que os protegiera. Vaya que si sirvió No sabemos cómo, ni qué ofrecimos, pero estáis a salvo. ¡Eso es lo que importa!

Razón tienes, abuela asintieron Lourdes y Rodrigo . Y, si alguien encontró nuestras cosas y las aprovecha, que le den alegría. Tal vez lo necesitaban más ellos.

Recibieron el Año Nuevo con la mesa llena y la familia aún más repleta. Patatas recién cocidas, tomates en conserva, pepinillos de la huerta, y una empanada que aún humeaba. Sin faltar la famosa sopa de ajo de la abuela Antonia. Mateo y Carla pasaron la noche junto a la chimenea devorando pestiños; a ellos no les hacía falta nada más. Durante el día, bajaron con los niños del resto del pueblo a tirarse con sacos por la pendiente nevada, esperando sin parpadear a que el reloj diera las doce y, tal vez, ver a los Reyes Magos dejar regalos bajo la humilde encina.

La abuela Antonia reía, abrazando a sus nietos y a los de su vecina Encarnación. ¡Qué fortuna, todos juntos! Porque ese abrazo, ese calor de hogar, era el verdadero tesoro.

En el confín de la meseta, en una aldea casi borrada en los mapas, las únicas tres casas alumbraban una mesa sencilla donde cenaban dos hermanas, Nieves y Concha, y su vecino el tío Evaristo. Allí la vida era pura supervivencia, especialmente en invierno. Familia, ni rastro salvo en recuerdos. Gracias que en verano podían plantar algo; en los meses fríos sólo quedaba resistir juntos.

Pero entre el frío y la niebla, Evaristo se mantenía firme. Mientras hubiera compañía, nada estaba todo perdido. Aquella mañana arrastró su viejo trineo al pinar, buscando leña seca para encender la cocina. Atando ramas, vio en la cuneta una bolsa medio oculta por la nieve.

Se acercó, tiró de las asas: era una bolsa grande. Evaristo la abrió y quedó perplejo: dentro había paté, queso, embutido, dulces, hasta un edredón blanco como la escarcha, esponjoso y tibio. Miró a ambos lados: nadie. Colocó la bolsa sobre el trineo, junto a la leña, y volvió a casa.

Desplegó el edredón ante Nieves y Concha y encendió la lumbre. Las mujeres fueron sacando manjares ajenos, incrédulas.

Yo ya no esperaba probar semejantes delicias de nuevo en la vida murmuró Concha.

Pensaba que los milagros no existían respondió Nieves.

Quizá fue el Señor, que nos envió un premio antes de partir reflexionó Evaristo , Quién sabe, quizá aún nos quedan días para asombrarnos, para reírnos y para dar las gracias.

A veces no merece la pena lamentarse por lo perdido. Quizá fue una mano divina, despejando el camino de un mal mayor. No hay más que agradecer por lo esencial que permanece y celebrar lo que aún es nuestro: la vida, el abrazo, y la esperanza.

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¡Íñigo, el maletero! ¡Se ha abierto el maletero, para el coche! – gritaba Marina, aunque ya entendía que todo estaba perdido. Las cosas iban cayendo a la carretera mientras conducían, y seguro que los coches que venían detrás ni se enteraron. ¡Y entre ellas los regalos y detalles para la familia, para los que llevaban ahorrando los dos últimos meses! Que si el tarro de caviar rojo, el salmón ahumado, la paletilla ibérica que solo compran en ocasiones especiales… Todas esas delicias especiales puestas arriba del todo en el maletero para que no se aplastaran. Habían cargado de todo, iban al pueblo a pasar todas las fiestas con la abuela de Íñigo. Había atasco en la autovía, todos huían de la ciudad. Los coches iban muy juntos, despacio, pero era difícil parar en seco. Así que lo que cayó, muy probablemente, ya estaba perdido. Los niños, en el asiento de atrás, se alteraron al ver a su madre tan disgustada y se echaron a llorar también. Marina intentó calmarlos mientras Íñigo apartaba el coche al arcén y, por fin, se detuvieron. La esperanza aún latía: tal vez todo hubiera rodado hacia la cuneta. Caminaron hacia atrás por el margen de la carretera, pero lógicamente fue en vano. No tenía sentido buscar más, solo perderían tiempo. – Venga, no le des más vueltas, si se ha perdido, pues se ha perdido, ya compraremos otra cosa, ¿vale? Además, que tampoco es tan grave – trató de consolar Íñigo a Marina al ver su cara –. Son solo cosas, venga, al coche. Mira cómo nieva, está oscureciendo y la carretera está complicada. Pero durante el resto del trayecto, Marina no pronunció palabra. ¿Y ahora, de qué serviría reñirle a Íñigo por no cerrar bien el maletero? Si es que el coche es viejo, y el maldito cierre hace tiempo que no va bien. A ratos intentaba no pensar en lo sucedido, a ratos no podía contener las lágrimas. ¡Qué rabia, tanto esfuerzo para comprar todo eso! ¿Por qué siempre le pasan a ella estas cosas? Vale, podía haber sido peor, pero vaya fastidio. Y entonces recordó el regalo especial para la abuela, una manta blandita y preciosa, también perdida, y se le encogió todavía más el corazón. Al pueblo llegaron bien entrada la noche. Seguramente la abuela, doña María, ya estaría dormida. Pero la luz lucía en el portal y, nada más llegar, la propia abuela y su vecina, doña Zina, salieron a recibirlos. – ¡Ya habéis llegado, gracias a Dios! – exclamó la abuela besándolos a todos –. Marina, Íñigo, bendito sea, ¡que ya no sabíamos qué pensar! ¿Y dónde están Iván e Irene? Aquí están, mis queridos, gracias a Dios, todo está bien. – Pero abuela, que no pasa nada, ¿por qué os habéis asustado tanto? – Íñigo la abrazó – Venga, vamos dentro, que está cayendo una nevada tremenda y tú solo llevas el abrigo encima, que hace mucho frío, mujer. ¿Por qué te has puesto así? La abuela hizo un gesto. – Mira, toda la tarde estuvimos Zina y yo rezando por vosotros, y no te rías, hijo. Hoy he tenido una visión, Íñigo, te lo juro por Dios. Me quedé dormida después de comer, y vi, como si fuera real, vuestro coche saliéndose de la carretera y pasando una desgracia. Desperté empapada en sudor, con un mal cuerpo… Y después vino Zina a preguntar si habíais llegado, y su hijo y familia ya estaban en casa. Yo estaba fatal, ni podía hablar, apenas le expliqué mi mal presentimiento. Zina me dijo enseguida: – Mal asunto, hay que rezar por ellos, quizá aún estemos a tiempo. Así que entre las dos estuvimos toda la tarde pidiendo por vosotros a Dios y a San Nicolás, que os protegiera. Que a ver de qué forma os rescatábamos, si para bien acababa todo. En fin, gracias a Dios que hemos conseguido algo, porque os veo aquí, vivos y sanos todos. – Tienes razón, abuela – asintieron Marina e Íñigo –. Y si nuestros regalos y viandas los ha encontrado quien los necesitaba, pues que les aproveche. Será porque lo necesitaban más que nosotros. Celebraron el Año Nuevo en compañía, con una mesa bien servida: patatas de la huerta, tomates y pepinillos en salmuera, y como no, el clásico pastel de abuela. Iván e Irene pasaron la tarde robando pasteles recién hechos al calor de la cocina; era lo único que querían. Durante el día, corrieron por la ladera con los niños de los vecinos. Por la noche, aunque casi no podían mantener los ojos abiertos del sueño, esperaban la llegada de Papá Noel para ver los regalos bajo el árbol a las doce en punto. La abuela María reía, abrazando a bisnietos y los niños de Zina. ¡Qué alegría, todos juntos! Eso era lo importante. Y en un pueblecito perdido de la España profunda, donde apenas quedaban tres casas con vida, estaban sentados en la mesa dos viejas hermanas, Esperanza y Vera, y don Basilio, su vecino. Sobrevivían como podían: en verano, aún se defendían con el huerto, pero en invierno todo era frío y soledad de ancianos. Pero juntos seguían adelante, que es lo más importante. Don Basilio había traído un ramito de pino para adornar la mesa y recogido algo de leña para el fuego. Ató unas ramas, preparó el trineo, y de repente, entre los montones de nieve junto a la carretera, algo sobresalía. Se acercó con curiosidad y tiró: una bolsa. La abrió, y aquello era un tesoro: caviar, pescado, carne, y en el fondo, una manta blanca, tan suave y cálida como la nieve recién caída. Miró a su alrededor: no había nadie. Puso la bolsa en el trineo con la leña y regresó a casa. Extendió la manta delante de Esperanza y Vera, avivó el fuego, y sacaron las viandas a la mesa. – Ya pensaba que nunca volvería a probar manjares así – murmuró Vera maravillada. – Yo tampoco creía que vería algo así en la vida – contestó Esperanza. – Será que el Señor nos ha hecho este regalo, una recompensa tras tanto esfuerzo. Quizá aún podamos disfrutar algún invierno más, ver lo que Él disponga y alegrarnos – concluyó don Basilio. No hay que lamentar las cosas perdidas. A veces, Dios permite que sacrifiquemos algo para librarnos de un mal mayor. Hay que alegrarse por lo que realmente importa: lo que sigue en nuestras vidas.
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